“Mató el tigre y se asustó con el cuero”: refrendar la paz en Colombia!

on Jueves, 29 Septiembre 2016. Posted in Artículos, Edición 90, Plebiscito, Nacional, Andrés Fabián Henao, Conflicto armado

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En mi interpretación de este dicho, la simbología del tigre se refiere a la fantasía militarista de la guerra, la realidad del cuero al conflicto político constitutivo de la paz. Contra la cobardía militarista que sigue proyectando en el tigre sus ilusiones de una Colombia sin conflicto de clases, el heroísmo pacifista resiste con asumir responsabilidad por los cientos de miles de víctimas que ha dejado esa guerra, para darles propio entierro. Asumir responsabilidad por el cuero quiere decir confrontar las causas sociales que han hecho que el irreducible conflicto que nos constituye se exprese no en la forma política del desacuerdo, sino en la forma armada de la violencia. El cuero, en otras palabras, no desaparece, así como no desparecen los millones de víctimas que ha dejado el conflicto armado colombiano.

 
Andrés Fabián Henao
Fuente de la imagen: http://www.arteporlapaz.org

“Mi padre se volvió. ‘¿Qué animal es este?’ Rugió por encima de los gruñidos de Mahisha.

‘Es un tigre’, Ravi y yo respondimos al unísono, señalando con obediencia lo que era absolutamente obvio.

‘¿Son los tigres peligrosos?’

‘Si padre, los tigres son peligrosos.’

‘Los tigres son muy peligrosos,’ gritó padre. ‘Quiero que entiendan que nunca deben—bajo ninguna circunstancia—tocar a un tigre, acariciar a un tigre, o pasar las manos por entre las rejas de la jaula, incluso acercarse a la jaula. Ha quedado claro? Ravi?
Ravi asintió vigorosamente.

‘Piscine?’

Yo asentí incluso con más vigor.’

(…)

‘Fue Richard Parker el que me devolvió la calma. Es la ironía de esta historia que aquel que me atemorizó hasta la tontería, al comenzar, fuera el mismo que me traería paz, propósito e incluso me atrevería a decir, integridad.’”

(énfasis del autor, mi traducción de dos fragmentos en la novela de Yann Martel, Life of Pi [2001])

Mató el tigre y se asustó con el cuero”. Este dicho siempre me ha generado cierta perplejidad, y creo que el impasse en mi entendimiento tiene que ver con un presupuesto que nunca me ha parecido del todo justificado. Se trata de asumir, para que la frase tenga sentido, la exclusión en una parte de la frase de su homólogo estructural en la otra. En este sentido, matar el tigre supone haber superado el miedo, asustarse con el cuero supone que el tigre ya no existe. El dicho se complica, sin embargo, si algo de la otra cláusula continúa activo; si, por ejemplo, matar el tigre no se traduce en la superación del miedo sino en su desplazamiento, en donde lo que pierdo con la muerte del tigre y, para ser más preciso, con el hecho de ser yo quien lo ha matado, es la posibilidad de localizar ese miedo en un objeto que lo organice. ¿Dónde ponerlo si la conclusión lógica de mi acción me obliga a la aterradora consecuencia de relocalizarlo en mi propia persona? Lo mismo sucede con el cuero, pues el cuero no quiere decir que ya no hay tigre sino todo lo contrario, que no hay sino tigre. Tigre es, en esa pura carne inerte que toma la forma del cuero, desprovista de toda investidura simbólica, todo lo que hay, y es precisamente esto lo que en realidad he matado cuando he matado al tigre.

La solución temporal, según la cual las dos partes de la frase se suceden, es menos satisfactoria si uno le presta atención a esta inevitable contaminación del sentido entre las dos cláusulas. El que puede lo más, puede lo menos, dice la lógica, y poder en este caso define la superación del miedo, lo más el tigre, lo menos el cuero. No se puede haber matado el tigre, haber podido lo más, para después asustarse con el cuero, no poder lo menos. Esta serie de equivalencias se complica si, como se afirmó arriba, se atiende a la diferencia en la repetición, pues la relación entre matar y asustarse es tan confusa como aquella que existe entre el tigre y el cuero. El miedo no es, en otras palabras, lo que se debe superar para poder matar el tigre. De hecho lo contrario es el caso, se mata al tigre no porque se ha superado el miedo sino precisamente porque el miedo se ha vuelto insoportable y es todo lo que hay. Superar el miedo significa lo opuesto, uno aprendería a convivir con el tigre sin quitarle al tigre todo lo que lo hace tigre, así como Piscine Molitor (Pi) logra convivir con Richard Parker durante los 227 días a la deriva en el Océano Pacífico, en aquella famosa novela de Yann Martel (2001) en la que el tigre nunca deja de ser tigre. Tampoco es cierto que ya no haya tigre en el cuero, pues el cuero es el cuero del tigre. Lo aterrador del cuero, del tigre que resta en el cuero, y precisamente porque ahí queda tigre, es ese otro descubrimiento que el resto del tigre me da de vuelta, ese saber que en realidad lo que no hay es tigre en el tigre, que lo que siempre hubo fue puro cuero.

Según esta interpretación matar el tigre es, en efecto, no ser capaz de matarlo. Se mata al tigre en la realidad porque se sigue conviviendo con el tigre en la imaginación, porque lo que se ve no es el cuero con vida que el tigre es—política y epistemológicamente reducido a esa pura animalidad a-significante en esta crítica a la ideología—sino al tigre en el que reúno la proyección de todas mis fantasías ideológicas, al tigre que le otorga coherencia a mi desordenada y confusa serie de creencias, emociones, afectos, incertidumbres, frustraciones, contradicciones, etc. Matar al tigre es, si se quiere, conservar la simbología del tigre, sublimarlo en aquel acto cobarde en el que la ausencia del tigre me hunde por completo en la fantasía narcisista de mis egocéntricas elucubraciones. Se trata, si se quiere, de vencer al súper-ego que me dice, en la forma de un tigre que en cualquier momento me engulle, lo que no puedo hacer, para convertirme en un delirante ego-súper que todo lo puede, incluso matar al otro contra la famosa prohibición paterna que el tigre sustituye. Asustarse con el cuero es la consecuencia lógica de esta delirante ensoñación, y el pánico es la coherente respuesta cuando lo que se ve, sucedido el acto, no es el tigre sino el cuero que resta. Sin tigre, con puro cuero, ya no hay nada que soporte esa ilusión de omnipotencia con la que conseguía transformar la posibilidad real de verme engullido por el tigre en la irrealidad simbólica de mi propio poderío guerrerista. Todo lo que queda es una víctima, que es al mismo tiempo menos de lo que yo, el asesino, esperaba, y mucho más, pues no cabe en las cuentas de mi cobarde ideología.

Esto quiere decir que el dicho popular cobra su sentido original si se toma el verbo matar en su sentido más alegórico. No se puede matar al tigre y asustarse con el cuero porque, el dicho propiamente entendido —una vez atravesada la fantasía guerrerista de su imaginario— establece no una sucesión temporal entre las dos cláusulas sino una simultaneidad política. Matar el tigre es, en otras palabras, reducirlo a cuero. Al tigre se le mata cuando uno ya no se asusta con el cuero, con el hecho de que no hay nada más allí que puro cuero, que nada soporta el heroísmo de mi acción más allá de mis propias proyecciones imaginarias, que no existe una razón última que garantice el significado de mi acción, que justifique, explique, y le otorgue sentido a todas esas desordenadas creencias, emociones, frustraciones, etc., que deshacen mi ego en incoherencia y confusión. En síntesis, que el tigre siempre ha sido cuero.

La conclusión ética de este asesinato simbólico es la de asumir responsabilidad por el cadáver que le sobrevive, el cuero que resta, los cientos de miles de muertos que ha dejado la guerra y que no caben en ninguna cuenta simbólica que los justifique. En mi interpretación de este dicho, la simbología del tigre se refiere a la fantasía militarista de la guerra, la realidad del cuero al conflicto político constitutivo de la paz. Contra la cobardía militarista que sigue proyectando en el tigre sus ilusiones de una Colombia sin conflicto, en una guerra perpetua que en las cuentas más conservadoras ya se expresa en décadas, el heroísmo pacifista resiste con asumir responsabilidad por los cientos de miles de víctimas que ha dejado esa guerra, para darles propio entierro. Asumir responsabilidad por el cuero quiere decir confrontar las causas sociales que han hecho que el irreducible conflicto que nos constituye se exprese no en la forma política del desacuerdo público, sino en la forma armada de la violencia. El cuero, en otras palabras, no desaparece, así como no desparecen los millones de víctimas que ha dejado el conflicto armado colombiano. Este 2 de octubre se sellará la simultaneidad política de las dos cláusulas del dicho, al poner a prueba si habiendo matado al tigre no vamos a asustarnos ahora con el cuero. Tras décadas de violencia política, de desapariciones, masacres, asesinatos selectivos, desplazamientos forzados, intimidaciones, etc., Colombia finalmente descubrió en La Habana la misma ironía que Pi también descubrió en la barca, cuando la prohibición paterna ya no regía (ver epígrafe), que la única forma de matar a un tigre liberado es la de aprender a convivir con él, al conflicto que nos constituye como sociedad. Este 2 de octubre veremos si los colombianos nos asustamos con el cuero, si el conflicto que resta, como resta el cuero del tigre, se va a expresar en la forma de un conflicto político o continuará en la forma de un conflicto armado.

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