Antígona y los ‘falsos positivos’

on Jueves, 14 Febrero 2013. Posted in Artículos, Edición 3, Nacional, Crímenes de Estado , Memoria histórica, Falsos positivos, Andrés Fabián Henao, Violación derechos humanos

3 andresHNo es la voluntad de paz sino sus lógicas, y aquellas de la guerra, lo que ha cambiado con la nueva versión de la tragedia colombiana. Ahora se trata de un conflicto político que confronta dos formas de la identidad en relación con la memoria y con el olvido.
 
Andrés Fabián Henao
Fuente: http://santanderaudiovisual.blogspot.com.es/
Según los estudios más recientes, el general y poeta griego, Sófocles, escribió su Antígona en el año 441 antes de la era común. Tendría unos cuarenta y cuatro años y parece ser que el éxito de la obra fue tal que los atenienses lo eligieron junto con otros ocho generales, incluido el gran artífice de la democracia griega, Pericles, para liderar una campaña encargada de aplastar la revuelta de Samos, ese mismo año. Aquella cautivadora fuerza que la tragedia no ha dejado de ejercer en su audiencia desde sus orígenes en Atenas (cuando Demóstenes citaba pasajes completos durante sus intervenciones en la asamblea griega y Aristóteles volvía continuamente a ella en su Política), no ha perdido su vigor, todo lo contrario, parece ser que nunca antes en su historia el texto de Sófocles ha gozado de tanta atención como hoy en día.

En su Antígonas, publicado en 1984, el crítico literario George Steiner aseguró que se trata de la tragedia antigua más veces adaptada y reescrita en la modernidad, y el profesor de literatura clásica, Mark Griffith, sostiene que no existe otra heroína trágica tan ampliamente admirada como Antígona, que ha sabido cruzar todas las fronteras y adaptarse a contextos sociales y políticos completamente diferentes.

La tragedia griega gira en torno a una acción, un entierro prohibido que realiza una mujer que carece de reconocimiento político. Antígona, la hija de Edipo, decide enterrar públicamente el cuerpo de su hermano, Polinises, desobedeciendo el edicto de su tío, y nuevo soberano de Tebas, Creonte, quién ha prescrito la muerte para quien transgreda su decisión. Polinises ha muerto a manos de su propio hermano, Eteocles, a quien él también asesinó en la batalla que protagonizaron los herederos de Edipo cuando se disputaban el trono. Eteocles había expulsado a su hermano de Tebas para convertirse en su único rey y Polinises, en retaliación por el daño sufrido, reunió un ejército en el exilio para destruir el régimen político de su ciudad natal. Tras la muerte de ambos, Creonte se convierte en el nuevo soberano y decide que Eteocles merece un apropiado entierro como protector y amigo de la ciudad, pero que Polinises, en tanto enemigo y traidor, no debe ni enterrarse ni llorarse sino exponerse públicamente para ser devorado por pájaros y perros mientras los ciudadanos observan el espantoso espectáculo. Ese es el decreto que Antígona no respeta, consciente del castigo que se le espera al transgresor. Lo desobedece sola, tras un fallido intento por convencer a su hermana, Ismene, de hacerlo juntas y lo justifica invocando dos leyes. La primera ley es de carácter divino e universal. No está escrita, como la de Creonte, pero sí está inscrita en las prácticas y tradiciones de la comunidad en las que se honra la obligación divina de enterrar todo cadáver sin que su pasado justifique excepción alguna. La segunda ley es de carácter terreno y singular. Antígona cita el argumento con el que la esposa de Intafrenes convence al rey Darío que le devuelva a su hermano, según lo narra Heródoto en una de sus Historias. El argumento consiste en subrayar el carácter irremplazable de Polinises, ya que al estar muertos los padres de Antígona, ella ya no puede tener otro hermano, como sí podría en el futuro conseguir otro esposo o procrear otro hijo.

América Latina ha sido un destino privilegiado en la heroica travesía de la tragedia griega, desde que abandonó el Festival de Dionisos para recorrer el mundo. En nuestro continente Antígona siempre ha estado dispuesta a cumplir con su rol, a enterrar el cuerpo del excluido, de la otredad, de esa alteridad radical que perturba la homogeneidad de la polis. Fue así como enterró indígenas durante las campañas cristianas del siglo diecinueve en las pampas argentinas (Leopoldo Marechal, Antígona Vélez [1951]), para volverlos a enterrar contra la guerra que les hizo el gobierno autoritario de Fujimori en Perú a principios de este milenio (Yuyachkani, Antígona [2000]). Antígona también ha sabido comunicar su ira cuando el entierro de los otros no ha sido posible porque han desaparecido sus cuerpos, como sucedió durante las dictadura del Cono Sur (Griselda Gambaro, Antígona Furiosai [1989]) y en lugar de su hermano ha tenido que comenzar a enterrar sus hermanas cuando comenzaron a asesinar mujeres en 1993 en Ciudad Juárez, introduciendo un nuevo término al vocabulario de la violencia, el feminicidio (Perla de la Rosa en Antígona: las voces que enciendan el desierto [2004]). Cuando finalmente llegó a Colombia, Antígona lo hizo en forma de novela con la Hojarasca que Gabriel García Márquez publicó durante La Violencia que se escribió con mayúsculas. Menos decidida que la heroína Tebana, Isabel también terminó por ayudar al cojo de su padre en el entierro de aquel doctor que todo el pueblo quería ver convertido en polvo al interior de su madriguera. Para cuando Antígona llegó al teatro de La Candelaria, en el año 2006, la antigua violencia entre liberales y conservadores se había vuelto más compleja y fueron necesarias tres Antígonas y dos Ismenes para poder realizar el entierro de Polinises en la versión de Patricia Ariza1. Tres Antígonas contra tres ejércitos, el del Estado, el de la guerrilla y el de los narcoparamilitares, todos ellos dispuestos a impedir que los ciudadanos afrodescendientes del Urabá enterraran a los familiares que les habían asesinado en tantas masacres que les han cometido, antes de que fueran forzados a desplazarse hacia las ciudades y ya no pudieran honrar a los suyos.

Pero la Antígona colombiana sigue mutando de formas conforme cambia la guerra, para poder contestar la complejidad de su violencia con la reinvención constante de sus rituales. Esta vez lo hizo en una instalación de impresiones digitales que el artista colombiano, Juan Manuel Echavarría, tituló, Réquiem NN 2006-20122. La instalación inmortaliza la iniciativa de paz con la que los campesinos de Puerto Berrío han buscado restaurar la dignidad de los cuerpos que los ejércitos sepultan en el Río Magdalena. El Grupo de Memoria Histórica de la CNRR incluyó este acto entre las ejemplares acciones con que los ciudadanos resisten el terror y el olvido, y lo describió en su documento, Memorias en tiempo de guerra. Repertorio de iniciativas (2009), como un palimpsesto en el que se tejen “significados sociales profundamente humanizantes”3. El ritual consiste en la adopción del NN por parte de los habitantes, escribiendo la palabra ‘escogido’ sobre la tumba. En lugar del inhumano número con el que el Estado inscribe al NN en su registro burocrático para su futura identificación, los pobladores reestablecen una relación humana con el muerto al donarle un nombre. Sin tener certeza alguna sobre la identidad política del cadáver, quienes lo adoptan simbólicamente le piden favores y, en reciprocidad, se encargan de cuidarle la tumba, de pintarla, decorarla y hacerle ofrendas.

Por supuesto, no es la primera vez que los habitantes de Puerto Berrío reaccionan con iniciativas de paz. Desde que las fuerzas armadas organizaron la catorceava brigada del ejército con sede en Puerto Berrío, en 1983, al mismo tiempo en que los grandes terratenientes creaban la Asociación de Ganaderos y Agricultores del Magdalena Medio, ACDEGAM, dando nacimiento al narcoparamilitarismo en Colombia, siempre hubo ciudadanos dispuestos a levantar su voz contra la guerra. Uno de ellos fue el director del Comité Regional de Derechos Humanos, Fernando Vélez, antes de que los ejércitos lo asesinaran en enero de 1983, después que protagonizara junto a otros políticos y sacerdotes, masivas marchas por la paz el año anterior. De la catorceava brigada estuvo encargado el general Farouk Yanine, que logró entorpecer las investigaciones que el entonces procurador, Carlos Jiménez Gómez, abrió contra los militares implicados. La excusa que utilizaron fue la guerrilla, pero lo que le interesaba a ACDEGAM era apoderarse de las tierras de los campesinos y así lo hicieron. De la región sacaron al INCORA y a la Caja Agraria, y en su lugar pusieron la hoja de coca y la impunidad.

De modo que no es la voluntad de paz sino sus lógicas, y aquellas de la guerra, lo que ha cambiado con la nueva versión de la tragedia colombiana. Ahora se trata de un conflicto político que confronta dos formas de la identidad en relación con la memoria y con el olvido. La primera la representa Creonte y consiste en substituir la identidad del muerto para que el olvido triunfe sobre la memoria. La otra la representa Antígona y consiste en restaurar la identidad del muerto para que la memoria triunfe sobre el olvido. En ambos casos el cuerpo adquiere en la muerte una identidad distinta de la que tenía en vida, pero las consecuencias de ambos modelos son completamente opuestas. El paradigma de la identidad substitutiva constituído por los crímenes de Estado, que algunos denominan con el eufemismo de ‘falsos positivos’, y que consiste en hacer pasar a un campesino por un guerrillero para poder cumplir con las cuotas de eficiencia militar y cobrar el dinero correspondiente. Así sucedió con Aicardo Ortiz Tobón, líder de la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra, al que los militares del Batallón Calibío asesinaron para hacerlo pasar por guerrillero. La finalidad de la identidad substitutiva es la de negar la humanidad del individuo en la muerte, un evento decisivo en la auto-determinación política de toda comunidad. Por el contrario, el paradigma de la identidad restaurativa lo constituye la adopción simbólica de los muertos en Puerto Berrío, cuyos habitantes no discriminan a las víctimas según su origen o el pasado que aún puedan leer en los ultrajados cuerpos que rescatan del río Magdalena. La finalidad de la identidad restaurativa es la de restablecer la humanidad del cuerpo al hacerlo partícipe de una comunidad política que reconoce su existencia como significativa. Por eso, no se puede confundir la indiferencia con la que este ritual busca realizar la promesa democrática de la igualdad con la indiferencia con que el Estado intenta reproducir la guerra al reducir todos los cuerpos a un mismo número.

Curiosamente, la Antígona de la modernidad que tiene más resonancia con la actual confrontación política colombiana es la controvertida versión francesa de Jean Anouilh durante la ocupación nazi en 1944. Si bien la generosa representación de Creonte como un hombre compasivo y razonable continúa generando críticas y sospechas frente al texto de Anouilh, no pocos consideran que ese era el precio que debía pagar para que la obra pasara la censura y La Resistencia pudiera escuchar en el teatro a Antígona diciendo en voz alta que Ismene también la escucha, y que como ella quién sabe cuántos más no la habían comenzado a escuchar ahora. La innovación más importante de Anouilh, aquella que explica por qué la Antígona francesa, a diferencia de su contraparte griega, es más bien insegura y en algún momento parece incluso dispuesta a hacer lo que Creonte le ordena, tiene lugar cuando Creonte le confiesa que no está seguro si el cuerpo que enterró es el de Polinises o el de Eteocles y que en realidad le da igual. La inseguridad de Antígona se debe a que a ella también le da igual, en que para Antígona tampoco importa si se trata de un amigo o de un enemigo, pero su indiferencia en relación con la identidad del muerto no es la misma que la de Creonte. Antígona tiene que encontrar un lenguaje político que le permite explicar en donde reside la asimetría que hay entre esas dos equivalencias. Los habitantes de Puerto Berrío encontraron ese lenguaje político con el que Antígona puede responderle a la indiferencia de Creonte. Lo encontraron en sus rituales funerarios, prácticas que siguen contando con la oposición del Estado. No, no es lo mismo enterrar a Eteocles que enterrar a Polinises, y hay que poder restaurar la identidad del segundo sin substituir la del primero.

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1Ver: http://hidvl.nyu.edu/video/000512472.html
2Ver: http://jmechavarria.com/chapter_requiemnn.html
3Ver: http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/descargas/informes2009/memoria_tiempos_guerra_baja.pdf

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