Apetito para las madelinas? Proust, Portelli y la memoria histórica en Colombia

on Miércoles, 28 Agosto 2013. Posted in Artículos, Edición 16, Nacional, Memoria histórica, Andrés Fabián Henao, Conflicto armado

16 HenaoRecordar tiene que ver más con el ahora que con el ayer y en el recuerdo se (con)funden, de manera inevitable, la realidad con la ficción y el reportaje con la fábula. Aceptar que la memoria no está por fuera del tiempo no debería desacreditarla. Temporalizar la memoria no significa reducir la verdad al relativismo. Se trata de cambiar la pregunta en relación con la memoria, con el ¡Basta Ya! que la memoria invoca.
 
Andrés Fabián Henao
Fuente: http://archivo.e-consulta.com/

Por muchos años todo lo concerniente a Combray que no tuviera que ver con el teatro y el drama a la hora de acostarme había dejado de existir para mi, cuando un día de invierno, mientras volvía a casa, mi madre, al ver que tenía frío, sugirió que, contra mis hábitos, tomara un poco de té. Al principio me rehusé, pero luego, no se por qué, cambié de parecer. Ella mandó a traer una de esas regordetas galletas llamadas pequeñas madelinas, que parecen como si hubieran sido moldeadas en la acanalada válvula del cascarón de una concha

(Mi traducción de Proust, Á la recherche du temps perdu—En busca del tiempo perdido)

Un imperativo titula el más reciente informe del Grupo de Memoria Histórica (GMH)1, ¡Basta Ya! El informe está subtitulado, Colombia: memorias de guerra y dignidad. Del lado de la guerra sobresalen los números: el subregistro que indica que 220.000 personas murieron por causa del conflicto armado en el país, entre el primero de enero de 1958 y el 31 de diciembre del 2012 (la guerra continúa); otro número que indica que el 81,5% de esas muertes corresponde a civiles y el 18,5% a combatientes; un número todavía más grave que estima que “tres de cada cuatro homicidios han quedado por fuera de las estadísticas”. Del lado de la dignidad sobresalen las voces de las víctimas que hablan a lo largo del informe: desde la presentación del mismo por la Coordinadora del informe, Martha Nubia Bello, que abre con el testimonio de una mujer en la Costa Caribe diciendo, “tenemos derechos, sólo queremos que nos garantice el acceso a esos derechos” (p.19), hasta la culminación del informe con la pregunta que reiteradamente le hicieron las víctimas a GMH cuando ofrecieron sus testimonios, “¿Qué vas a hacer con mi palabra?” y que abre el último capítulo dedicado a las recomendaciones de política pública. El argumento de este artículo es que a la Colombia del ¡Basta Ya! la definirá el modo de atravesar la brecha que separa ambas intervenciones, la demanda política por la garantía de los derechos, con la que se abre el informe, y la demanda ética por un hacer responsable con la palabra que la víctima le dona al actor/lector, con la que se cierra el informe.

Hablar sobre el conflicto armado colombiano es, ante todo, asumir responsabilidad por esa pregunta, ¿qué vas a hacer con mi palabra? Se habla sobre el conflicto porque se habla con la palabra de la otra o del otro, de quien lo sufre, incluso si dicha palabra no se pronuncia (como es evidente, aunque no exclusivo, en los tres de cada cuatro casos que solo aparecen en las estadísticas por efecto de su ausencia). No se puede no hacer algo con la palabra que se dona porque no-hacer algo con ella es ya hacer algo: ignorarla, recibirla con indiferencia y contribuir al silencio en el que la guerra la hunde. A ese don de la palabra lo acompaña un imperativo, ¡Basta Ya! La pregunta, cabe aclarar, no establece una comunidad abstracta donde no la hay, no dice “¿qué vamos a hacer con nuestras palabras?” La pregunta reconoce la asimetría existente entre quienes demandan las palabras y quienes las donan (el GMH fue creado en el marco de la extinta Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación y en cumplimiento de la Ley 975 de 2005, una ley en cuya escritura participaron los victimarios pero no las víctimas sin desconocer la autonomía de la que gozó el GMH en la elaboración de sus informes). ¿Qué vas a hacer con mi palabra? tampoco se presta a reconciliaciones temporales. La memoria no es una cosa del pasado sino del presente. La memoria no está fuera del tiempo, como si se tratara de un hermético depósito de recuerdos. La memoria muta con el tiempo y el acto de recordar altera inevitablemente el recuerdo que rescata del olvido. Como lo dice Jonah Lehrer, en Proust Was a Neuroscientist, “nos gusta pensar que nuestros recuerdos son impresiones inmutables, de algún modo separadas del acto de recordarlos (…) pero no lo son” (mi traducción). Recordar tiene que ver más con el ahora que con el ayer y en el recuerdo se (con)funden, de manera inevitable, la realidad con la ficción y el reportaje con la fábula. Aceptar que la memoria no está por fuera del tiempo no debería desacreditarla. Temporalizar la memoria no significa reducir la verdad al relativismo. Se trata de cambiar la pregunta en relación con la memoria, con el ¡Basta Ya! que la memoria invoca. Su función crítica no debería ser la de acortar la brecha que existe entre el hecho y el recuerdo, entre la ficción y la realidad, como si a la realidad se le pudiera dar una forma fija por fuera de algún tipo de representación. La tarea crítica de la memoria debería ser la de interrogar las funciones que sirve a la distorsión del hecho sin atribuirse la función policiva por disciplinar o controlar esas diferencias. Por el contrario, sería más productivo expandir las brechas para comprender qué funciones sirven las diferentes representaciones simbólicas que se hacen de un evento—que no existe independientemente de dichas representaciones—en relación con los actores, las estrategias políticas y los saberes que posiciona, así como también en relación a aquellos que invisibiliza o margina.

Esa es la metodología propuesta por Alejandro Portelli en su célebre obra, La muerte de Luigi Trastulli (1991), que también informa la metodología del GMH (ver las referencias a Portelli en el informe del GMH, Recordar y narrar el conflicto. Herramientas para reconstruir memoria histórica). En su historia oral de la muerte de Trastulli, Portelli no intenta limpiar las distorsiones que efectúan las diferentes versiones que distintas comunidades ofrecen del evento histórico para darnos la verdad ‘definitiva’ sobre la muerte de Trastulli, por así decirlo, ‘limpia de ficciones’. Las brechas existentes entre el hecho y sus representaciones tampoco buscan poner en duda la facticidad de su muerte. Lo que Portelli quiere entender es la riqueza analítica que esconden las contradicciones, las funciones sociales y políticas que operan dichas distorsiones para las comunidades que reconstruyen su presente mediante la reconstrucción conflictiva de su pasado. Esta mezcla política del pasado con el presente se propone leer en el intervalo y la distorsión entre el hecho y la pluralidad de representaciones que lo coproducen, el conflicto político que fractura la comunidad pero que también la sostiene y la dinamiza. En el fondo de la posición de Portelli se escucha la voz de Nietzsche, cuya crítica más aguda al positivismo histórico es la de haber concebido que la interpretación, que es la realidad, es un efecto del poder y no de la verdad.

Y es en relación con esta visión del poder que cabe rescatar a Proust, para ver si la frase que titula la entrevista que le hizo Juanita León a la ‘Toya’ Uribe en el 2010, ‘somos una sociedad amnésica’, adquiere otro sentido. Aquí vale la pena volver sobre lo que más le interesó a Jonah Lehrer en su lectura de Proust, la plasticidad de su narrativa, que Lehrer describió del siguiente modo: “Proust siempre estaba refinando las ficciones de sus frases a la luz del nuevo conocimiento que adquiría, alterando sus palabras del pasado para que reflejaran las circunstancias de su presente” (mi traducción, página 87 de Proust Was a Neuroscientist). La plasticidad de la narrativa también cautivó a Myra Jehlen, otra especialista en Proust, que consideró que el recuerdo del pasado le exigía al escritor francés estudiar permanentemente al presente. Si para rescatar la madelina del pasado Proust debe examinar la madelina del presente, una seria evaluación histórica de la guerra exige examinar la desigualdad política y económica de Colombia hoy. La plasticidad de la narrativa denota la inseparabilidad entre lo dicho y el decirlo, el discurso y sus condiciones, la memoria como “inseparable del momento de su recolección” (mi traducción, página 88 de Proust Was a Neuroscientist). Mi argumento es que en el juicio político que se le hace a la afectividad de dicha inseparabilidad, la amnesia de la sociedad colombiana no está del lado de la memoria sino de su recolección, de sus condiciones. Para ponerlo en clave proustiana, que Combray está ahí, como también están las madelinas—aunque escazas—, el té y los días fríos, pero que hace falta el apetito por las madelinas.

Esto no quiere decir que ya todo se sabe. Quiere decir que la amnesia de la sociedad no es principalmente producto de la poca visibilidad y difusión pública que han tenido los 24 informes que ha producido el GMH en relación con la guerra en Colombia, por no hablar de las bases de datos del CINEP, CERAC y del IEPRI, o de los reportes que han publicado MOVICE, CODHES, Amnistía Internacional o Dejustica, por mencionar unos pocos. Por supuesto que la sociedad colombiana se beneficiaría con la publicación de más informes, como también de un mayor acceso y una mejor difusión de los mismos. También ayudaría que se dispusieran más recursos para la memoria que para la continuación de la guerra, pero la amnesia a la que se refiere la ‘Toya’, en mi concepto, no tiene que ver con la descripción de Combray sino con el apetito por las madelinas. Y, como Proust lo señala en el epígrafe con el que abro este artículo, dicho apetito depende de dos condiciones: i) la prioridad de la relación social (Proust, su madre, su tía, la/el panadera/o que cocina las madelinas, la/el que las trae…) por sobre la presunta individualidad del recuerdo en la forma del testimonio y ii) la perturbación del status quo (el actuar en contra de los hábitos). Lo que hace falta es enfatizar la relación social y perturbar los hábitos para que el apetito, de otro modo ausente, logre vincular tanto cognitiva como afectivamente la madelina del pasado con la del presente, las atrocidades que recuenta el informe con una acción política que las interrumpa.

Los parámetros de esa nueva nemotécnica, colectiva y socio-políticamente perturbadora, habrá que buscarlos también en las voces de las víctimas. De hecho, la política de la memoria histórica se encuentra en el conflicto que enfrenta dos nemotécnicas, la del exceso semántico que produce la literatura y la del empobrecimiento lingüístico que efectúa la violencia. Este es el conflicto político que leo en el testimonio de una niña, víctima de la masacre de Bojayá, que dice: “Había gente que lo único que le quedaba entero era un dedo, quedaban molidos, como caer una piedra en un pantano, sí recuerdo esas imágenes. Hay veces, cuando yo estoy así triste es cuando me acuerdo de esto y digo ‘Luz Dary, vení que ya me estoy acordando de lo que pasó el dos de mayo, hacéme charla’. Y ella me hace charla y como es una de mis mejores amigas hace que no me acuerde de eso” (testimonio de una niña de Bellavista, tomado de GMH). A la nemotécnica de la crueldad, que grava en la memoria el recuento de los cuerpos desmembrados y amenaza con extinguir la singularidad de su existencia por el peso de su dolor, la niña opone la nemotécnica de la literatura. Su testimonio incluye relaciones metonímicas (la analogía del pantano) y el refugio transitorio en el lenguaje de su amiga, Luz Dary, a la que invita con otro imperativo, ‘hacéme charla!’ Si la niña de Bellavista puede contar su historia es porque Luz Dary responde, le hace charla, así como Proust solo puede retratar todo lo concerniente a Combray que había dejado de existir para él porque su madre le sugirió interrumpir sus hábitos y él responde a su perturbación. El suplemento lingüístico de la amistad le permite a la niña de Bellavista preservar su historia sin quedar reducida a ella. Me pregunto si la brecha que separa ese ¿qué vas a hacer con mi palabra?, de la ética, con la garantía de los derechos, de la política, no consiste en complementar el imperativo del ¡Basta Ya! con el del ¡hacéme charla! de la amistad política entre dos niñas que preservan el testimonio para que se sostengan con él ya no solo la facticidad del evento sino también la comunidad que se reinventa a sí misma en la recolección colectiva de su memoria.

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1http://centrodememoriahistorica.gov.co/micrositios/informeGeneral/descargas.html

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