Bogotá: ¿Lecciones de gobierno para la izquierda?

on Lunes, 31 Marzo 2014. Posted in Artículos, Bogotá, Izquierda colombiana, Edición 30, Bogotá Humana, Gustavo Petro, Nacional, André-Noël Roth

30 AndrePetro le hizo un favor grande a la derecha colombiana: logró deslegitimar la capacidad de gestión de la izquierda en el gobierno. Pensó que podía enfrentar las fuerzas políticas, administrativas, económicas y mediáticas contrarias con discursos y ligereza (como mínimo) jurídica y administrativa. No se puede reclamar un respeto estricto al Estado de Derecho, y rechazar su lógica cuando sus normas no le convienen. A fortiori conociendo a sus enemigos.
 
André-Noël Roth
Fuente de la imagen: www.semana.com 

Como ocurre en muchas ciudades grandes, la izquierda tiene allí mayores posibilidades de encontrar votos “progresistas” y, por lo tanto, tener experiencias de gobierno. Ciudades como México, Lima, Nueva York, París, Zurich o Porto Alegre están o han estado gobernadas por representantes de partidos de izquierda o progresista mientras que, a nivel nacional, los gobiernos se encontraban en manos de partidos de derecha. Las experiencias de gobierno local, cuando son percibidas como exitosas, pueden ser una etapa importante para la conquista electoral del poder a nivel nacional. Bogotá no es entonces una excepción.

En esta última década la capital colombiana experimentó así tres alcaldías “progresistas” (o consideradas como tal) en un país que nunca ha tenido gobiernos nacionales afines al progresismo o a la izquierda. Bogotá tuvo en Luis Eduardo Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro tres experiencias “progresistas” pero que reflejan cada una un estilo y una sensibilidad de izquierda diferente. Sin embargo, a pesar de las diferencias, estas tres alcaldías se desarrollaron en un contexto político institucional relativamente similar: ninguno de estos tres alcaldes (cuatro si incluimos también a Antanas Mockus) tuvo la oportunidad de gobernar disponiendo de una mayoría política en la rama legislativa, es decir en el Concejo de Bogotá. Y allí aparecen los diferentes estilos personales de los mandatarios para sortear esta dificultad político-institucional con el fin de obtener la gobernabilidad necesaria (aprobación del Plan de Desarrollo y del presupuesto) para desarrollar y administrar los proyectos de la ciudad. Ante la dificultad política para obtener el aval del Concejo para la financiación de las políticas, se puede ver con bastante claridad cuatro estilos personales que desembocan en cuatro estrategias políticas diferentes. Mockus decidió no gastar el dinero, Garzón negoció acuerdos con las fuerzas políticas opositoras en un intento conciliador de gana-gana (¿o miti-miti?), Moreno compró el apoyo aceitando con dinero público y contratos y, finalmente, Petro intentó gobernar a punta de golpe de opinión, de forcejeo y de juego con las normas formales e informales establecidas. Cuatro estrategias, cuatro culturas políticas alternativas o de izquierda.

Mockus, el purista, no se ensució las manos con grandes proyectos infraestructurales y prefirió dedicarse a fortalecer aspectos de cultura ciudadana e intentar gobernar llamando al civismo, a la educación y a la buena voluntad de los ciudadanos con reconocido éxito. Eso tiene la ventaja de no costar demasiado: Mockus como profesor magistral y Bogotá como aula. Es el arquetipo de una centro-izquierda postliberal basada en la educación y la cultura.

Garzón, el pragmático, representa una línea socialdemócrata considerada como “responsable” y realista. Su experiencia y cultura sindicalistas le sirvieron para lograr negociar una gobernabilidad mediante la renuncia a sus valores de izquierda, limitándose a ejecutar programas sociales asistencialistas para los más débiles, enarbolados en un discurso de derechos sociales. Su experiencia gerencial terminó por convencerlo de las equivocaciones del pensamiento de izquierda y hacerlo adherir al social-liberalismo (el “realismo”). Éste consiste en aceptar y priorizar los valores de la economía neoliberal con algunos leves correctivos sociales.

Moreno, como politiquero tradicional que siempre ha sido, hizo lo que su familia política de origen le enseñó: la política y el voto son como cualquier negocio, se compran y necesitan clientes. Se dedicó entonces a satisfacer tanto una clientela, siempre más exigente, como a sí mismo, en una lógica digna de los oligarcas postsoviéticos. A cambio de estos favores, obtuvo cierta gobernabilidad para hacer algunas obras de infraestructura y gobernar al estilo izquierda caviar con cuenta bancaria en islas caribeñas.

Petro, el ideólogo, quien denunció exitosamente las derivas corruptas del anterior alcalde, pensó que podía gobernar proyectos de corte socialdemócrata y ambientalista (servicios públicos bajo control público, peatonalización y priorización de transporte público) con la misma fórmula con la cual construyó su popularidad desde el Congreso de la República: a punta de discursos entre denuncias y grandilocuencia de tipo caudillista, sumadas a la gesta y manipulación populistas. Como alcalde se la pasó haciendo anuncios de proyectos y políticas interesantes, que no pudo cumplir luego. Tal vez demasiado influenciado por un cierto discurso posmoderno culturalista, pensó que el verbo le podía todo. En su megalomanía pensaba incluso que nadie podía sucederle, hasta que su “partido” consideró útil presentar tanto una terna para la transición como un candidato para la elección atípica de Bogotá para intentar preservar lo que se pueda de capital político.

Sin negar importantes avances en políticas sociales y derechos para las minorías, así como en algunos aspectos de planeación y una tímida apertura hacia una mayor participación ciudadana (y seguramente en otros temas no tan mediatizados), esta década de gobierno de izquierda nos muestra una cosa: la izquierda colombiana no ha reflexionado lo suficiente para entender qué significa (y qué implica) aceptar gobernar desde una posición minoritaria y en un contexto normativo y cultural moldeado desde décadas por la lógica neoliberal, clientelista y crecientemente corrupta. Las condiciones, limitaciones y posibilidades del contexto político y normativo colombiano para el desarrollo de un “socialismo” municipal, no han sido suficientemente analizadas y pensadas. Igual de grave aún, tampoco existe por parte de la izquierda una reflexión seria sobre qué significa la administración pública en el siglo XXI y cuáles son los retos de la democracia participativa para la gestión pública. Así, en vez de desarrollar un proyecto innovador hacia una nueva gobernanza participativa y popular, la izquierda colombiana, en estos aspectos, no ha salido en los hechos del pensamiento taylorista de Lenin y de la lógica autoritaria “top down” o de comando y control. Para la gran mayoría de la izquierda colombiana siempre parece que el fin justifica los medios, y que la labor administrativa es simplemente técnica. Lo único importante siendo, según eso, quién ostenta el poder político: el líder lo es todo.

En este sentido, Petro le hizo un favor grande a la derecha colombiana: logró deslegitimar la capacidad de gestión de la izquierda en el gobierno. Pensó que podía enfrentar las fuerzas políticas, administrativas, económicas y mediáticas contrarias con discursos y ligereza (como mínimo) jurídica y administrativa. No se puede reclamar un respeto estricto al Estado de Derecho, y rechazar su lógica cuando sus normas no le convienen. A fortiori conociendo a sus enemigos.

Imaginemos un momento el caso inverso: Petro Procurador y Ordoñez Alcalde con un proyecto de una Bogotá teocrática. ¿No hubiera Petro usado hasta el límite sus poderes legales para hacer caer a Ordoñez? Aceptar gobernar en estas condiciones no tan favorables (en particular sin mayoría política) implicaba respetar las reglas de manera ejemplar e intentar cambiar las normas o hacer gala de creatividad jurídica para blindar sus políticas. Finalmente, el verbo de Petro fue vencido por otro discurso: el discurso jurídico. Aquí no hubo ni golpe de Estado ni impostura. Lo que hubo es una falta de inteligencia política por parte del mandatario local. Petro, como suele ocurrir frecuentemente con los que están convencidos de tener la verdad, consideró a todos sus contradictores y críticos, de derecha y de izquierda, como traidores, golpistas, corruptos, retrogradas o capitalistas oligarcas sin vergüenza. Como detentor de la verdad, actuó como los virreyes españoles: acatar las normas sin cumplirlas. Se fue aislando y duró hasta que le llegó el gran inquisidor. Los medios y normas que el Estado de Derecho colombiano tiene dispuesto no eran los más favorables para su proyecto político, desconocerlos fue el “papayazo” que esperaban sus enemigos. Petro no fue víctima de un golpe de Estado o de un complot de la burguesía, sino víctima de su propia ambición y ceguera política en un contexto de disputa ideológica y de intereses económicos acérrima. Privilegió la disputa ideológica y los proyectos a largo plazo y menospreció la gestión de los mediano y corto plazos para resolver algunos de los problemas urgentes de la población bogotana: movilidad y seguridad. Eso no le da derecho a arroparse de mártir.

Si la izquierda colombiana quiere gobernar en el Estado de Derecho contemporáneo, es preciso que reflexione y diseñe una estrategia creíble en el contexto real. Y requiere que, en vez de saltarse las normas inconvenientes, busque construir los movimientos y las alianzas políticas necesarias para modificarlas. El episodio Petro habrá por lo menos puesto en evidencia lo absurdo del diseño legal que le ofrece poder absoluto a la Procuraduría.

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