Chávez: el incomprendido y su legado

on Jueves, 14 Marzo 2013. Posted in Artículos, Edición 5, Internacional, Revolución Bolivariana, Hugo Chávez, Edwin Cruz

5 EdwinChávez, como muchos revolucionarios, fue una especie de Quijote fuera de tiempo y de lugar, y como tal se encargó de demostrarnos que en una época de completa desesperanza la imaginación puede más que las posibilidades. Nos recordó, y no es cosa menor, que la política es el deseo por alcanzar lo imposible.
 
Edwin Cruz Rodríguez
Fuente: http://revoluciontrespuntocero.com
Lo que pasa en estos días con Chávez -con el cuerpo, pero más que todo con el significante- me recuerda la respuesta que diera Raimon Panikkar en alguna de sus conferencias, cuando fue interrogado sobre la muerte: ¿Qué ocurre cuando una gota de agua cae al mar?, se preguntó el sabio indio-catalán. Sin duda alguna, procedió a responder, la gota de agua desaparece. Sin embargo, reparó luego de un instante de silencio, al agua de la gota no le pasa nada.

No quiero decir con esto que la situación política venezolana y latinoamericana siga igual o vaya a ser igual de aquí en adelante, pero, y sin ahondar en su contenido místico, tal respuesta sí llama la atención sobre la forma en que, por fijarnos en la gota de agua, hemos olvidado el agua de la gota.

De 1999 a esta fecha es mucho lo que ha cambiado en América Latina, de forma muchas veces imperceptible, sobre todo en países como Colombia, por razones obvias. No obstante, existen problemas para identificar los legados de Chávez, que se explican por las mismas razones que en buena parte llevaron a la incomprensión de su gobierno y de la Revolución Bolivariana.

Un listado, muy parcial, de esos problemas debería incluir: a) es un proceso político que no puede observarse de forma imparcial, irremediablemente implica una toma de partido, en contra o a favor, por razones distintas; b) la centralidad de la figura de Hugo Chávez, el árbol que obnubila al observador y le impide fijarse en el bosque, en las transformaciones políticas, sociales, culturales y subjetivas tras la figura del caudillo;c) el hecho de que se trata de un fenómeno que, dadas las circunstancias en que se produce, se percibe como fuera de tiempo y de lugar o, mejor dicho, desafía los sentidos hegemónicos de tiempo y lugar, y de ahí d) su singular carácter, al mismo tiempo tan particular y tan parecido a otros procesos históricos. Estos problemas tienen que ver con un fenómeno quizás más profundo: e) nuestra dificultad (de los latinoamericanos) para comprender, si se quiere, nuestro problema de identidad.

a) Chávez nos compele a tomar partido; basta escuchar lo que dice la prensa por estos días o leer, aunque sea muy por encima como es mi caso, algo de la abundante literatura académica que se ha producido, para tener evidencias contundentes de que la objetividad o la neutralidad axiológica brillan por su ausencia. La toma de partido con respecto al proceso político venezolano se produce en torno a temas álgidos como la definición del tipo de régimen o de gobierno. Aunque Chávez llegó y se mantuvo en el poder por la vía electoral, desde distintas posiciones ideológicas se cuestionó en forma permanente el carácter democrático de su gobierno.

Desde la derecha liberal, no dejó de argumentarse que la democracia requería alternación en el poder, poco importaba que el Presidente fuera refrendado en múltiples ocasiones por el voto popular. También se cuestionó el que supuestamente no existiera una división real de los poderes estatales o el hecho de que se vulneraran libertades como la de prensa, sin reparar en que los medios de comunicación se utilizaran para llamar a la rebelión o que tales derechos fuesen más respetados y protegidos en Venezuela en comparación con países cuya democracia no se pone en cuestión. Desde la izquierda, no dejó de reprochársele el “caudillismo”, el “populismo”, el nacionalismo, el militarismo e, incluso, el “bonapartismo”, que impiden que el pueblo tome las riendas del proceso. Por ejemplo, cuando se le preguntó a Jacques Rancière su opinión sobre el proceso venezolano, en su visita del año pasado a Colombia, optó por comparar a Chávez con Napoleón, para poner de presente sus dotes carismáticos y la facilidad con que se vinculaba al pueblo, al tiempo que afirmó que tal cosa no debía confundirse con socialismo.

En alguna ocasión el Comandante Presidente afirmó: “No es lo mismo hablar de revolución democrática que de democracia revolucionaria. El primer concepto tiene un freno conservador; el segundo es liberador”. El significado de la “democracia revolucionaria” requerirá un estudio más sosegado, quizá esté más vinculado con el ejercicio real de la soberanía popular si se tiene en cuenta la politización de los sectores populares que ha supuesto el chavismo, es una apuesta por vincular al pueblo con la toma de decisiones que se aparta del halo tecnocrático que envuelve el significado dominante de la democracia. En cualquier caso, sea lo que sea que signifique, no es lo mismo que la democracia liberal o, como él mismo solía llamarla, la “democracia representativa de élites”. El desafío que esa concepción de democracia revolucionaria planteó al significado hegemónico de la democracia explica las posiciones que han cuestionado el proceso revolucionario venezolano, tanto a la derecha como a la izquierda.

b) Estas percepciones, de un lado y de otro, no están desligadas del enorme influjo de la figura de Chávez. Tanto para la derecha, como para ciertos sectores de izquierda, no dejó de ser inquietante que un mestizo, cristiano y, como si fuera poco, militar, se presentase además como un socialista y un revolucionario. Pero incluso los discursos académicos terminaron por centrarse en la figura de Chávez, acaso bajo el supuesto, a todas luces desatinado, de que un ser humano puede determinar el curso de la historia. Es cierto que líderes de la talla de Chávez no se cosechan todos los días. El Coronel exhibe una enorme capacidad para capitalizar el descontento de la población con el “sistema populista de conciliación de élites”, como lo denominó Juan Carlos Rey, que reunía los partidos tradicionales AD y COPEI, desde el Pacto de Punto Fijo en 1958, y que se intensificó luego de la crisis económica que llevó al Caracazo en 1989 y la brutal represión que le siguió. Sin embargo, el liderazgo es una construcción intersubjetiva, más que un talento o un don individual. Si el pueblo venezolano no es el mismo después de Chávez, no puede negarse que Chávez no hubiese sido tampoco lo que fue sin el pueblo venezolano. Es cierto que antes de Chávez ese pueblo no se encontraba tan organizado y no había desarrollado niveles de conciencia como los que hoy tiene, pero ello no debería ser razón suficiente para subestimar la capacidad de agencia de los subalternos.

c) En 1997 o 1998, incluso después del golpe de 1992, cuando menos era impensable, por no decir que imposible, pensar en un proceso como el que en estos 14 años ha vivido Venezuela y, aún menos, imaginar sus consecuencias sobre la política latinoamericana y mundial. Ideas como el socialismo, la igualdad, la libertad y la soberanía, entre muchas otras, habían sido enterradas, ya fuese por la vía del discurso posmodernista o de aquél que llamó la atención sobre “el fin de la historia”. Tales “metarrelatos” pertenecían a una época felizmente superada y presuntamente olvidada. No parecía existir alternativa a la democracia liberal y el imperio del mercado. Pero más sorprendente es que muchos de esos significantes fuesen articulados por el discurso chavista y empezaran a llenar de significado la política latinoamericana justo en el contexto de “guerra contra el terrorismo” posterior al 11/s, justo en un país con tanto influjo de la cultura y el estilo de vida norteamericano como lo es o lo era Venezuela y justo en uno de los principales productores de petróleo. Es extraño pensarlo ahora, pero aún está por explicar cuáles son los procesos que permiten esa extraña confluencia. En todo caso, podría decirse que una de las características de la Revolución Bolivariana es estar fuera del tiempo y el lugar. En este sentido, la Revolución Bolivariana cuestiona el tiempo y lugar hegemónicos, es simultánea pero no contemporánea del tiempo dominante y construye un lugar alternativo al espacio imperante.

d) De ahí el carácter singular del proceso. Para algunos no pasará de un intento por revivir la guerra fría o el socialismo “realmente existente”, como en diversas ocasiones se ha afirmado, mientras que otros optan por compararlo con el socialismo cubano o el tradicional populismo latinoamericano. Sin duda, pueden encontrarse similitudes con todos esos procesos. Sin embargo, tales comparaciones no dejan de adolecer de cierto “historicismo ingenuo”. Puede ser aceptable, por ejemplo, que el gobierno de Chávez se compare con el de Juan Domingo Perón, Getulio Vargas o Lázaro Cárdenas, o incluso con el tradicional populismo de la historia venezolana. Después de todo, en todos esos casos hay una interpelación al pueblo para sustentar una serie de políticas sociales que permiten a extensos sectores excluidos acceder a la ciudadanía. Estos casos están marcados por la emergencia de sectores medios y urbanos que demandan un lugar en el espacio público político e incluso por una gran confianza en el desarrollo nacional y en procesos como la industrialización. Sin embargo, lo que definitivamente no es comparable es el significado histórico del chavismo. No me refiero al significado que le confieren los académicos desde una u otra orilla, sino al que se construye socialmente y tiene consecuencias en la forma como concebimos la realidad y nos relacionamos. No reviste el mismo significado, no opera de la misma forma en la conciencia de los sujetos y la forma como se relacionan entre sí, el populismo latinoamericano en el contexto histórico de mediados de siglo XX, y el chavismo a principios del siglo XXI, por el hecho de que son temporalidades distintas. Para no ir más lejos, no es lo mismo articular un discurso populista en plena guerra fría como una vía para el desarrollo nacional “no alineado”, que hacerlo cuando el Muro de Berlín es un tenue recuerdo y por todas partes el más mínimo intento de regular el mercado o fomentar una democracia participativa es tachado de anacrónico.

e) Finalmente, las distintas incomprensiones del fenómeno chavista y la Revolución Bolivariana hacen ostensible, por enésima vez, el interminable problema de la identidad latinoamericana. Mientras los discursos públicos y académicos se han enredado en una maraña de problemas, el pueblo venezolano no tiene inconveniente para comprender a Chávez y al chavismo, tal vez porque la más grande virtud del Comandante Presidente fue saber interpretar sus deseos. Al pueblo no plantea mayor problema el que Chávez afirme que Jesucristo fue el primer socialista o que le confíe a él su salud, como tampoco el que utilice prendas militares y hable de socialismo o cante joropos y rancheras. Tengo la impresión de que no comprender un fenómeno como el chavismo equivale a no comprender, al menos no del todo, muchas de las particularidades, lo propio si se quiere, de América Latina. Este es un problema menos académico y más político y cultural. Y es que si nos detenemos nuevamente sobre las reticencias frente a ese proceso, es fácil observar que las distintas perspectivas están sesgadas por una mentalidad colonial que no admite la representación que el chavismo ha construido de sí mismo sino, por el contrario, intenta interpretarlo a partir de sus propias concepciones, que se asumen como superiores, de lo que debe ser una revolución socialista o de lo que debe ser la democracia. Existe, en suma, una obstinación a comprender la Revolución Bolivariana en sus propios términos, en su propia semántica. La derecha liberal aspira a una democracia representativa de libre mercado como la que supuestamente tienen los países desarrollados, sin tomarse la delicadeza de preguntarle al pueblo qué es lo que entiende por democracia. Parte de la izquierda, como queda claro con el entonces muy aplaudido comentario de Rancière, continúa pensando que el socialismo ha sido definido por las clases acomodadas, por no decir las vanguardias, de los países desarrollados, y, por más razón que pueda tener en el análisis de la Revolución Bolivariana, continúa negándose a escuchar al pueblo latinoamericano.

Aún no comprendemos del todo este proceso. Quizás el tiempo nos dará una mejor perspectiva. Con todo, cabe plantear la pregunta por el legado de Chávez. Quienes asimilan la Revolución Bolivariana con el tradicional populismo de la historia Venezolana, no ven en ella más que un cambio de las élites en el poder. Desde esta perspectiva, que otra vez es muchas veces compartida por sectores de derecha y de izquierda, Chávez y su movimiento no serían sustancialmente distintos a las élites puntofijistas que reemplazó. Por ejemplo, el gobierno de Chávez no significó, pese a sus esfuerzos, un cambio sustancial en el modelo de desarrollo rentista. A lo sumo, con Chávez se habría operado un cambio en los destinatarios de las crecidas rentas de la bonanza petrolera: ya no las clases medias altas que formaban los círculos clientelistas de AD y COPEI, sino los pobres identificados con el chavismo y el ejército. De la misma forma, mientras el sistema político de Punto Fijo funcionó mediante la cooptación corporativa de los actores sociales por la vía de los partidos tradicionales, el chavismo habría implementado instrumentos, desde los Consejos Comunales hasta el mismo PSUV, para cooptar las diversas expresiones del pueblo. A ello se habría adicionado el denominado “imperialismo del petróleo” y los intentos de “exportar” (¡!) la Revolución Bolivariana.

Se puede hacer, no obstante, un balance menos pesimista de las conquistas del gobierno de Chávez si se tienen en cuenta las constricciones estructurales en las que debió operar: las enemistades internas y externas, pero también el renunciar a la imposición violenta para hacer la revolución, entre otras. Coincidimos en que quizás la mayor virtud fue devolver la dignidad al pueblo, promover formas de organización y la conciencia de esa dignidad. También el redimensionar la política en una época en que los asuntos comunes son dejados a supuestos gestores y administradores especializados antes que confiados a los ciudadanos y al inevitable conflicto. Abrir posibilidades, discursivas y prácticas, para posibilitar el agenciamiento de proyectos políticos alternativos en América Latina fue otro de sus logros, pues, con todo y sus límites, el chavismo operó como una apertura de oportunidades para otros actores y otros procesos en la región. Aunque es común escuchar que el fenómeno de los “gobiernos progresistas” se explica en parte por el retiro de Estados Unidos de su “patio trasero” desde el 11/s, lo cierto es que sin un proceso como el bolivariano las oportunidades políticas no se hubiesen materializado. En ese esfuerzo cabe resaltar el hecho de revivir un internacionalismo subalterno, tanto a nivel de los actores sociales y sus organizaciones, como a escala de los Estados de la región, con iniciativas como la CELAC, el ALBA y UNASUR. Después de todo, quién olvidará la tarde del 4 de noviembre de 2005 cuando Chávez, en la clausura de la Tercera Cumbre de los Pueblos de América, en esa hermandad latinoamericana que se formó en el Estadio de Mar del Plata junto con otros líderes del pueblo latinoamericano, mandó “el ALCA al Carajo!”. Tal vez otro logro es el esfuerzo por pensar nuestra historia en nuestros propios términos. El interés de la juventud por pensadores como Bolívar debe mucho a eso. Sin duda, este listado de conquistas es incompleto.

Son logros, qué duda cabe, trascendentales. Pero no por ello constituyen el mayor legado de Chávez. Quisiera decir que ese legado alude a algo más profundo, con una permanencia que no dependerá de forma inmediata de los avatares de la política. Todas esas ganancias pueden verse cuestionadas en el futuro cercano. Es cierto que el pueblo está mejor organizado y ha desarrollado una conciencia crítica muy marcada, pero ello no necesariamente implica el mantenimiento ni menos la consolidación del proceso revolucionario. El resultado está abierto a la contingencia y solo el futuro nos dirá si Chávez era tan indispensable, o si sus epígonos son tan capaces como él de desarrollar la tarea que les encomendó.

Chávez, como muchos revolucionarios, fue una especie de Quijote fuera de tiempo y de lugar, y como tal se encargó de demostrarnos que en una época de completa desesperanza la imaginación puede más que las posibilidades. Nos recordó, y no es cosa menor, que la política es el deseo por alcanzar lo imposible. Quizás esa sea el agua de la gota que, a través de la memoria, enardecerá el torrente de las venas aún abiertas de América Latina.

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