Cien años de soledad y la estirpe en Colombia*

on Domingo, 15 Junio 2014. Posted in Artículos, Sandra Jaramillo, Edición 35, Gabriel García Márquez, Literatura, Cultura colombiana, Nacional

35 SandraCien años de soledad nos habla de Colombia. Nos habla de la estirpe que en nuestro país puede reinar y de la autodestrucción que entre nosotros puede llegar a ser posible si la historia se vive como no-historia, si nos seguimos negando al pasado como memoria y al futuro como una construcción colectiva que sean capaces de ir más allá de la soledad y la oscuridad que impone la pasión del odio.
 
Sandra Jaramillo
Fuente de la imagen: bancaynegocios.com

No había ningún misterio en el corazón de un Buendía, que fuera impenetrable para ella [Pilar Ternera], porque un siglo de naipes y de experiencia le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje”.
Gabriel García Márquez. Cien años de soledad.

La lectura de Cien Años de Soledad es quizá una de las pocas cosas que se nos presentan como obligadas para todo colombiano, culturalmente hablando, es decir, en lo relativo a eso formativo que pasa más allá de la escuela. Y quizá por tal razón, la relación con la novela (llamada novela por el momento, sin dejar de considerar valiosa la discusión más especializada que intenta dirimir si se trata de una narración que también es muestra de la crisis de la novela moderna tras la segunda mitad del siglo XX) y con el autor esté más cerca del maniqueísmo que reza amores y odios, que de la lectura cuidadosa de su obra. Así pues, la reciente muerte y la euforia periodística que sorprende con desgarramientos sentimentales que en pocas semanas olvida, me llevó a una lectura –culturalmente obligada- de la que parece casi un himno nacional.

Los Buendía son una estirpe legendaria que empieza y termina con la ficción que el autor nos ofrece. El José Arcadio padre conmueve con la espontanea exploración que lo lleva a fundar el conocido Macondo en el que termina ahogándose hasta la locura. Es tanta su fuerza que inventa mapas descabellados y descubre por sus propias indagaciones algo que ya el mundo sabía: la tierra es redonda. José Arcadio padre es el espíritu sofocado que sólo ve posibilidades de expansión en la cuentería de los gitanos que con el máximo snobismo le informan de algunas novedades que se dan en el mundo. Pero esa cuentería da vueltas sobre sí misma porque no hay nada qué hacer con ella y en ese eterno girar termina atado a un árbol de castaño y sumido en la oscuridad de su locura. Ya no habla con nadie, por lo menos con nadie del mundo de los vivos. Pero no sólo José Arcadio está en la oscuridad. También Úrsula Iguarán, su prima-esposa, queda hundida en la oscuridad de la ceguera. Ella no se lo dice a nadie, pues teme que sus hijos, nietos, etc., digan que ella ya no es útil y actúen en consecuencia. Sola, silenciosa, ciega, vieja y con dificultades para moverse, se apoya en las paredes que la lectora imagina de tapia para adivinar con la escucha enmudecida cómo se mueve el mundo que ella no puede molestar porque necesita seguir haciendo parte de él. La oscuridad y la soledad también son las fieles compañeras de Remedios que llega a ellas tras seguramente matar a su esposo-hermano adoptivo que tanto goce le puso en la carne. La soledad de Remedios es la gran conquista de su vida y no quiso a renunciar a ella por “los falsos encantos de la misericordia” cuando le propusieron cuidar su vejez en la casa Buendía. Oscura es Amaranta que encarna el odio, al odio como pasión consagra su vida. Llora de impotencia en su cuarto solitario cuando se le hace verdad el hecho de que está imposibilitada para entregarse a los amores que le deparó la existencia. Ella odia a Remedios y a través de su odio está tan atada que “pensaba en ella al amanecer, cuando el hielo del corazón la despertaba en la cama solitaria, y pensaba en ella cuando se jabonaba los senos marchitos y el vientre macilento,…”. Ella odia y el Coronel Buendía se desliza en el pantano de su poder envilecido sorprendiendo a Úrsula, quien en el ocaso de vejez centenaria descubre que “…aquel hijo por quien ella había dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor”.

Quizá los Buendía están incapacitados para el amor. A lo máximo que llegan es a la sexualidad deliciosamente enviciada de aquellos que hacen el amor sin entrar en intimidades. Ellos están incapacitados para pasiones distintas al odio, incapacitados para la gratitud y mucho más para la lealtad. Los Buendía representan, en buena medida, una humanidad que se decanta hacia lo peor. Muestra de ello es el despreciable Aureliano Segundo, quien sostenido por las mujeres para reducir su vida a comer, follar, beber y tocar acordeón, no tiene un rincón de misericordia en su ser para ocuparse del drama de su hija de quien supuestamente había sido compinche.

Los Buendía son una estirpe condenada por la maldición de la cola de cerdo con la que saldrían los hijos de los primos que le dieron origen. Una cola de cerdo que metaforiza el peso de una superstición religiosa que termina uniendo en la culpa a José Arcadio con Úrsula que parecen representar a aquellos que actúan una moral estricta que les viene de un ordenamiento externo a su propia conciencia, recibiendo la orden divina como premonición de lo inevitable. Una cola de cerdo que metaforiza el bucle que se vuelve sobre sí como esa rueda que gira dando vueltas sobre sí misma. Las mujeres Buendía “que son como mulas”, es decir, que se mueven en un solo sentido prefijado y que no cambian de opinión por más que se les insista, son trasgredidas en su tipo a través de sólo dos mujeres que aman y dan a luz, recibiendo por ello el castigo de la muerte y el convento.

Cien años de soledad es una novela muy dramática que nos pinta una estirpe capaz de autodestruirse por la oscuridad, por la ceguera, por el odio, por la distancia, por la incapacidad de construir juntos. En los Buendía no hay conversación, ni siquiera hay relación. En los Buendía no hay amor, no hay solidaridad. En los Buendía no hay visión, no hay pensamiento y los libros que allí aparecen sólo acentúan el aislamiento porque representan el aislamiento del erudito que tampoco hace mundo. La historia de los Buendía es la historia de la no-historia. Es el pasado que se recibe como una unidad homogénea aplastante que se repite, sin saber el porqué, en el eterno nombre de los Aurelianos y de los Arcadios y de las Úrsulas y de las Remedios de quienes se espera que actúen tipos, antes que esperar que construyan individualidades. Es la historia de la no-historia que hace el futuro como premonición y no como construcción. Es la historia que hubiera seguido dando vueltas sino lo hubiera impedido “el desgaste progresivo e irremediable del eje”.

Cien años de soledad nos habla de Colombia. Nos habla de la estirpe que en nuestro país puede reinar y de la autodestrucción que entre nosotros puede llegar a ser posible si la historia se vive como no-historia, si nos seguimos negando al pasado como memoria y al futuro como una construcción colectiva que sean capaces de ir más allá de la soledad y la oscuridad que impone la pasión del odio.

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*Texto de opinión escrito el 12 de junio. Es decir, antes de la votación presidencial del 15 de junio en Colombia.

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