Comienza el espectáculo político: variaciones liberales de la derecha a la izquierda

on Miércoles, 29 Mayo 2013. Posted in Artículos, Elecciones 2014, Edición 10, Nacional, André-Noël Roth

10 AndreFaltando un año para definir el nombre del próximo presidente de la República así como los “representantes del pueblo” para los próximos cuatro años, ya se está instalando el escenario electoral. Los diferentes actores ya empiezan a definir estrategias para hacer parte del casting. El teatro de la República prepara su gran espectáculo.
 
André-Noël Roth
Fuente: http://www.vanguardia.com
Faltando un año para definir el nombre del próximo presidente de la República así como los “representantes del pueblo” para los próximos cuatro años, ya se está instalando el escenario electoral. Los diferentes actores ya empiezan a definir estrategias para hacer parte del casting. El teatro de la República prepara su gran espectáculo. Los profesionales de la política, y los aspirantes a serlo, activan sus maquinarías electorales y afinan su (re)presentación para la indispensable operación de seducción hacia los medios de comunicación y hacia los espectadores jurados. Cada cuatro años los profesionales de la política proceden así a una redistribución controlada de los roles mediante un reality de envergadura nacional, para la felicidad de los medios de comunicación y de entretenimiento que invitarán a los espectadores a calificar su actuación.

¿Cuáles serán las obras propuestas? Fundamentalmente serán variaciones alrededor del liberalismo: liberalismo social, liberalismo conservador y social liberalismo.

En primer lugar tendremos al actual presidente J.M. Santos que pretende seguir como actor principal. Esta opción encarna una versión tropicalizada del liberalismo social de la Tercera Vía de su amigo y mesías Tony Blair. Su propósito general consiste en seguir transformando (se pronuncia “modernizando”) Colombia en una zona de libre mercado al mejor estilo anglosajón. La estrategia es tanto nacional como internacional: profundiza la liberalización y transnacionalización de los mercados internos que, al mismo tiempo, se blindan mediante dos políticas complementarias: 1) la inserción del mercado colombiano en una mercado común regional en acelerada construcción: la Alianza del Pacifico (México, Chile, Perú, Costa Rica), y 2) mediante la firma de acuerdos de libre comercio con socios más lejanos: Estados Unidos, Canadá, Unión Europea, Suiza, Corea del Sur.  Esto para constituir una alianza o un bloque de países defensores de un ultraliberalismo económico que genera un contrapeso a otras alianzas regionales como Mercosur y ALBA. Así se construye un espacio geopolítico que promueve la integración internacional centrada y limitada en el libre comercio (“el mercado hasta donde es posible”) con un mínimo de regulación estatal (“el Estado hasta donde sea necesario”). Este liberalismo es social hasta donde sea necesario para facilitar la integración competitiva limitando al máximo los costos de transacción en el mercado global. En esta concepción, para el caso colombiano, el conflicto armado es el principal costo de transacción: implica gastos militares marginalmente crecientes y genera costos por riesgos de inversión. Para disminuir este costo es posible hacer unas concesiones antiliberales en temas agrarios: una reforma agraria socializante en algunas porciones del territorio (Punto 1 del Acuerdo de La Habana) que, con el tiempo, será, suponen, absorbida por las lógicas mercantiles circundantes predominantes. Eso es una simple aplicación de una metodología costo-beneficio, tal como les gusta a los expertos en econometría que abundan en los ministerios. Además, ganar la paz, bien vale una misa.      

La segunda opción sometida al juicio de los espectadores, el liberalismo conservador, es la que conducirá el expresidente Álvaro Uribe. Se diferencia de la anterior por su énfasis en la defensa intransigente de los valores tradicionales: propiedad privada, moralismo cristiano (en particular católico) y libertad de comercio. Se basa en una concepción de la nación una, indivisa y homogénea que añora la constitución de 1886. Representa la visión romántica (para algunos) de una nación colombiana soñada (y que, de hecho, jamás existió). Frente a un liberalismo económico asumido, esta opción constituye el sueño de un liberalismo que se pliega a unos criterios morales anticuados (al mejor estilo talibán) pero que encuentra eco en una población preocupada y angustiada ante los cambios desestructuradores generados por un liberalismo amoral desenfrenado que, además, no logra cumplir con sus promesas de bienestar.

Finalmente, la tercera variación al liberalismo, la constituye el social liberalismo. Es la tercería, o la izquierda “moderna” (moderna porque acepta la centralidad del mercado como regulador de las relaciones sociales). Esta opción se diferencia de la primera por dar una mayor importancia a la política social y considerar a la política económica liberal como un mal benigno pero necesario.  Como máximo, sueña con la instauración de un régimen de capitalismo de Estado en algunos ámbitos de intervención pública, oscilando entre Lula y Chávez, entre la socialdemocracia y el autoritarismo supuestamente ilustrado. Esta opción, muy heterogénea en su interior, no parece tener en la actualidad una real posibilidad de ganar el concurso de seducción electoral, y aún menos lograr una mayoría en el Congreso, en ausencia de un líder reconocido.  

De modo que, salvo circunstancias extraordinarias, las únicas opciones creíbles las constituyen el liberalismo social y el liberalismo conservador.  ¿Entonces, a qué rol puede pretender la izquierda social liberal en este espectáculo? A mi juicio tiene dos posibilidades: o hacer un papel de figuración (tal vez honorable y heroico) para asumir el papel de una oposición crítica, veedora, pero impotente, o, como segunda posibilidad, asumir sus ansias de poder y de cargos burocráticos y respaldar o aliarse, mejor temprano que tarde, con el proyecto del santismo, con el cual la izquierda tiene mayor afinidad, con el fin de fortalecer e incidir hasta donde se puede en aspectos de la política económica, social y cultural (al estilo de ministerios para la economía solidaria y la reforma agraria, para la reconciliación, la diversidad y la inclusión social). Los acuerdos de La Habana, si se confirman y llegan a buen puerto, podrían constituir la base programática de una coalición política amplia a favor de una política liberal y progresista.   

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