Cómo representar la violencia: sobre Los ejércitos de Evelio Rosero

on Domingo, 15 Junio 2014. Posted in Artículos, Evelio Rosero, Edición 35, Literatura, Nacional, Andrés Fabián Henao

35 HenaoLa violencia no se puede representar, Rosero lo sabe, y es precisamente por eso que la propia representación debe incluir, como uno de sus rasgos constitutivos, el de su propia imposibilidad. De ahí el enigmático epígrafe que Rosero incluye de Molière: “¿No habrá ningún peligro en parodiar a un muerto?” ¿Cómo representar la masacre si el lenguaje resulta insuficiente frente al hecho que describe, si la representación encierra el riesgo de parodiar al muerto? Rosero lo sabe y asume el riesgo con responsabilidad, por eso Ismael solo puede reír con una risa que ya no controla (p. 157, 186, 195 y 203), la risa con la que los ejércitos creen que se burla de ellos cuando en realidad llora.
 
Andrés Fabián Henao
Fuente de la imagen: www.tusquetseditores.com

‘Su nombre’, repiten, ¿qué les voy a decir?, ¿mi nombre?, ¿otro nombre?, les diré que me llamo Jesucristo, les diré que me llamo Simón Bolívar, les diré que me llamo Nadie, les diré que no tengo nombre y reiré otra vez, creerán que me burlo y dispararán, así será
(Evelio Rosero, Los ejércitos, Barcelona: Tusquets, 2010, p. 203)

Mi versión del libro corresponde a la segunda edición en Fábula de Tusquets de julio de 2010. Primero el título, Los ejércitos de Evelio Rosero. Segundo la ilustración en su cubierta, una fotografía artística de Kamil Vojnar. El protagonista de este libro es Ismael. Es él quien narra lo que sucede en Los ejércitos. Geraldina es, imagino yo, la mujer que aparece retratada en la ilustración de Vojnar, como si estuviera huyendo de la violencia. Rosero le dedica el libro a Sandra Páez y la violencia lo habita desde el puro principio, cuando Rosero nos deja saber, con la forma plural del artículo definido, los, sobre la inexistencia en Colombia del monopolio legítimo de la violencia por parte del Estado, en el que Max Weber quiso ver el rasgo distintivo del Estado moderno.

La historia del conflicto armado colombiano no es la historia de la formación de el ejército, en singular, sino de los ejércitos, en plural: el ejército local y nacional, el ejército de los narco-paramilitares, el ejército de las guerrillas, el ejército estadounidense, el ejército del complejo militar-industrial privado de carácter transnacional, etc. A la violencia material que pluraliza los ejércitos se suma la violencia simbólica que diferencia entre ‘el’ y ‘la’, la voz masculina del narrador y el silencio femenino de la fotografía, la misma violencia sexual que acompaña e informa, tanto material como simbólicamente, la guerra que se acumula en el libro, desde el mismo comienzo con su alegoría del Génesis bíblico.

Ismael, ya viejo y encaramado en el muro de su huerto, bajo la excusa de recoger sus naranjas, observa a la esbelta Geraldina completamente desnuda en la casa de su vecino, el brasilero. La casa del brasilero funciona como metonimia territorial de la violencia colombiana, la parte que se refiere al todo. En esa casa acontece la escena que abre y cierra la historia, que circunscribe el drama de su repetición constante. Una historia que inicia con el paraíso en medio del infierno1 y termina con el infierno sin paraíso que sobreviva. En el paraíso Geraldina está “tumbada bocabajo en la roja colcha floreada” mientras “las manos enormes del brasilero merodeaban sabias por su guitarra y su voz se elevaba, plácida y persistente, entre la risa dulce de las guacamayas” avanzando “las horas en su terraza de sol y de música” (p. 11). En el infierno “entre los brazos de una mecedora de mimbre, estaba abierta a plenitud, desmadejada, Geraldina desnuda, la cabeza sacudiéndose a uno y otro lado, y encima uno de los hombres la abrazaba, uno de los hombres hurgaba a Geraldina, uno de los hombres la violaba” (p. 202). La placidez que ofrece el calor del sol en el paraíso, con la que Rosero abre la novela, es reemplazada por el temor que ejerce el sofocante calor de las explosiones en el infierno, con el que la cierra. La música del brasilero ha sido sustituida por el ruido de los fúsiles y el silencio de todos aquellos hombres que contemplan pasivamente la violación del cadáver de Geraldina, “como feligreses en la iglesia a la hora de la Elevación”, según Ismael.

En ambas escenas Geraldina aparece desnuda, una continuidad que no le es indiferente a Ismael cuando descubre, en la última escena, la perversión de su deseo. Solo al final vuelve Ismael a ocupar la misma posición que ocupa al comienzo, cuando se descubre a sí mismo “acechando el desnudo cadáver de Geraldina”. Pero todo ha cambiado entre el principio y el final. Los ejércitos han asesinado a Geraldina e Ismael ahora observa un cadáver. Al deseo de Ismael de ver a Geraldina desnuda ya no lo acompañan la vigilante mirada de los tres gatos subidos en los almendros, ni tampoco la de su mujer, Otilia, mientras le daba de comer a los peces. El brasilero ya no toca la guitarra ni se escucha tampoco la risa dulce de las guacamayas mientras las naranjas inundan el lugar con su fragancia. Solo una cosa permanece constante, la mirada posesiva de Ismael. Es por eso que, frente a la horrorosa escena de la violación de su cadáver, como si él mismo se hubiera convertido en “otra esfinge de piedra”, Ismael se pregunta “¿por qué no los acompañas Ismael?”, “¿por qué no les explicas cómo se viola un cadáver?, ¿o cómo se ama?, ¿no era eso con lo que soñabas?” (p. 202). El deseo de Ismael, que abre la novela en medio de su revestida inocencia para cerrarlo también con su desnuda perversidad, actúa como patrón de medida de la agravación de la violencia. El propio Ismael lo anuncia en la mitad de la novela, cuando “cierra por un segundo los ojos porque no quiere recordar a Geraldina desnuda […] en mitad de la desaparición de Otilia […] y cuando se supone que su marido aún no ha muerto” (p. 149, ver también p. 170-171). La violencia sexual envuelve el todo.

Es otra la Geraldina que aparece en la portada del libro, en la fotografía artística de Vojnar, pues quiero creer que se trata de ella. En la ilustración Geraldina está vestida. Ella corre hacia nosotros, que visualmente ocupamos la posición de la cámara, pero mira hacia el nublado fondo del que huye, la hojarasca que la persigue, para utilizar la metáfora de Gabriel García Márquez. Geraldina está sola en la foto, suspendida entre dos fuerzas contrarias que parecen inmovilizarla, como la inmoviliza también la cámara, dejándola paralizada en ese paso que Geraldina aún no acaba de dar. La contradicción política se vive en su cuerpo, con los pies que intentan avanzar mientras su rostro se da la vuelta. La inmovilidad de Geraldina en la foto evoca otra escena bíblica, la inmovilidad de la esposa de Lott, convertida en un pilar de sal tras desobedecer el mandamiento divino de no voltear la mirada para ver la destrucción de Sodoma y Gomorra. Pero no es éste su único eco literario. La inmovilidad de Geraldina en la ilustración también evoca el Angelus Novus de Paul Klee, en el que Walter Benjamin quiso ver al Ángel de la Historia, con su rostro vuelto hacia el pasado en el que ve:

“una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que él vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso” (traducción de José Sánchez Sanz, Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia, IX).

¿Y cuál es ese vendaval que arrastra a Geraldina en la foto, incapaz de cerrar las alas, despertar a los muertos y recomponer el destrozo? Es el vendaval que protagonizan las elites económicas y políticas locales y nacionales, las instituciones multilaterales de crédito y su imposición de políticas neoliberales, las redes multinacionales de narcotráfico y las políticas represivas que garantizan la rentabilidad de sus precios, los arquitectos de los mega-proyectos, las agroindustrias, los terratenientes, las petroleras, etc., todos aquellos interesados en exterminar a quienes habitan los territorios denominados ‘estratégicos’ para poder acumular los capitales que impulsan ese vendaval que llaman progreso. ¿Y cuál es esa única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas a los pies del Ángel de la Historia? La normalización de la masacre como estrategia de guerra para desplazar forzosamente a la población, principalmente afro descendiente e indígena, para poder continuar con la acumulación de capital y con el cierre del sistema político. Una estrategia que le ha costado la vida a más de doscientos veinte mil personas entre enero de 1958 y diciembre del 2012, ha desplazado a más de cinco millones, ha destruido a las y los líderes del cambio social y ha producido la más agresiva contra-reforma agraria que haya vivido el país en su historia. Una que ha visto más de 300 mil títulos de propiedad cambiar de manos y, en menos de medio siglo, la total inversión en la proporción poblacional entre el campo y la ciudad2.

La mayoría de los personajes de Rosero no sobreviven a la violencia que se acumula en Los Ejércitos. A aquellos que lo consiguen, la violencia tampoco los deja tranquilos, esa violencia que se repite y que se desplaza, como un imparable vendaval, de San José a San Vicente, de Apartadó a Las Cruces, de Bogotá a Teruel. Ismael muere al final (p. 203), mientras medita qué nombre darle a los ejércitos que, con el suyo en la lista de ejecución, están listos para acumular una ruina más. A Otilia, su esposa, la desparecen (p. 118) y del brasilero, su vecino, solo sabemos que ha sido secuestrado (p. 66) y que quizás le espera el mismo destino de Carmina Lucero, la panadera, muerta en cautiverio (p. 47). Mucho más ahora que, con Geraldina muerta y su cadáver ultrajado (p. 202), ya no queda nadie que pueda negociar su liberación. A Gracielita también la secuestraron para luego asesinarla (p. 66 y 201). El otro hijo de Geraldina y el brasilero, Eusebito, sobrevivió el secuestro pero no el trauma que lo sumió en el silencio (p. 121). A Chepe lo asesinaron, no sin antes haber secuestrado a su mujer, Carmenza, que estaba embarazada de Angélica, nacida en cautiverio para ser mutilada, junto a su madre, con el objetivo de presionar el desembolso del dinero que Chepe ya no tenía (p. 181, 125 y 177). A Mauricio Rey lo asesinan por orden del capitán Berrío, que en lugar de sufrir la justicia militar por sus excesos vuelve al pueblo para interrogar incluso a los niños para ver quienes le están colaborando a la guerrilla y así seguir aterrorizando a la población junto al general Palacios (p. 97, 144, 117 y 161). También asesinan a la esposa de Rey, Adelaida López y Hortensia Galindo y sus mellizos solo se salvan porque ‘escogen’ (si aún tiene sentido usar esa palabra) el desplazamiento contra la muerte, como también sucede con el Alcalde Fermín Peralta, obligado a despachar desde Teruel (p. 118, 165 y 157). El desplazamiento forzado también lo sufren el Padre Albornoz y su ‘ilegítima’ mujer, la Señora Blanca, Ana Cuenco y Rosita Viterbo, la propia hija de Ismael y Otilia, María, el Profesor Lesmes y la amante de Marcos Saldarriaga, Gloria Dorado (p. 124, 133-34, 129, 139, 160 y 167). Marcos Saldarriaga, secuestrado el 9 de marzo del 2000 finalmente aparece asesinado (p. 27 y 169). Al maestro Claudino lo decapitan como también decapitan a Oye durante la última masacre (p. 113 y 200). Peor muerte sufre el médico Orduz, al que acribillan en la nevera en la se escondía (p. 118). A Fanny, la portera, la descubren muerta con la esquirla de una granada atravesada en el cuello en la masacre que antecedió a esta (p. 123), así como también encontraron a la Sultana, la madre de Cristina, acribillada por los ladrillos después de una de las explosiones (p. 123). No será mejor la suerte del abandonado Viejo Celmiro (p. 183) y quién sabe cuál será la de Cristina, ahora huérfana, cuando la próxima masacre ya no le perdone la vida.

Balas perdidas, ejecuciones extrajudiciales, masacres, vacunas, tortura, secuestros, desplazamientos forzados, Ismael ya no se asombra cuando dice, “de modo que no era otra guerra, es la guerra de verdad” (p. 63). ¿Qué le queda? Le queda el lenguaje, las metáforas que aún no lo abandonan para describir el horror del que es testigo con la esperanza de que los demás ya no lo olviden para ver si por fin el ángel cierra sus alas. Es con el lenguaje que Ismael nos deja saber que ahora habita “un pueblo en un país en el suplicio” (p. 60), uno cuya “atmósfera, de un instante a otro, es irrespirable”, con un “lento desasosiego que se apodera de todo” (p. 83) hasta convertir al país en una “tristeza diaria” (p. 89). Esa tristeza es la que lo hace sentirse como si estuviera “al filo de un acantilado sintiendo que una mano cualquiera lo puede empujar al instante menos pensado” (p. 123). El pueblo de Ismael se ha convertido en “otro pueblo, parecido, pero otro, rebosante de artificios, de estupefacciones, un pueblo sin cabeza ni corazón” (p. 189), un pueblo que ya “no es suyo […] en donde puede empezar a atardecer o anochecer o amanecer sin que él sepa” (p. 193).

La violencia no se puede representar, Rosero lo sabe, y es precisamente por eso que la propia representación debe incluir, como uno de sus rasgos constitutivos, el de su propia imposibilidad. De ahí el enigmático epígrafe que Rosero incluye de Molière: “¿No habrá ningún peligro en parodiar a un muerto?” ¿Cómo representar la masacre si el lenguaje resulta insuficiente frente al hecho que describe, si la representación encierra el riesgo de parodiar al muerto? Rosero lo sabe y asume el riesgo con responsabilidad, por eso Ismael solo puede reír con una risa que ya no controla (p. 157, 186, 195 y 203), la risa con la que los ejércitos creen que se burla de ellos cuando en realidad llora.

***

1La novela comienza en el año 2004, dos años después de la Masacre de Bojayá y cuarenta años después de que Ismael fuera testigo, por primera vez, de una ejecución extrajudicial por alguno de los ejércitos que operaban en San Vicente el mismo día en que conoció a su esposa, Otilia, cuando acababa de formarse un nuevo ejército, las Farc en Marquetalia.
2Mabel González Bustelo, “‘Desterrados’: Forced Displacement in Colombia”, en: Alfredo Molano, The Dispossessed: Chronicles of the Desterrados of Colombia, Chicago: Haymarket Books, 2005, p. 204.

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