Contradicciones de la Educación Superior en Colombia

on Domingo, 15 Septiembre 2013. Posted in Artículos, Edición 17, Nacional, Crisis educativa, Andrés Felipe Parra Ayala

17 ParraEl conocimiento es algo que está en permanente ampliación y exploración por lo que producir conocimiento no es como producir carros, porque el carro es siempre el mismo de acuerdo a un modelo mientras que la virtud del conocimiento consiste en no dejarse aplacar por moldes y romper con lo establecido.
 
Andrés Felipe Parra
Fuente: www.larepublica.co

El pasado domingo 8 de septiembre tuvo lugar en Bogotá la “carrera de los colores”. Tras el desastre provocado por esa tóxica y extraña forma de recreación, los organizadores del evento dijeron que todo estaba pago y arreglado con Aguas de Bogotá. El argumento parece válido: si los ricos pagaron por usar la calle, pueden hacer de ella un desastre si les da la gana. Detrás de este episodio que generó indignación en las redes sociales hay algo más preocupante que explica el hecho de que los ricos puedan comprar el uso de la calle mientras que los pobres deban endeudarse para garantizar sus derechos: lo público es una mercancía. Eso es lo que pasa en Colombia y tiene consecuencias nefastas para la calidad de vida de las personas. La educación no es la excepción.

Todos los “logros” que ha tenido la política de educación superior, puestos en la boca de la Ministra y calcados mediocremente en los informes del Banco Mundial, miden únicamente cuántas personas han sido capaces de comprar el derecho a la educación. Las estadísticas de Educación Superior en Colombia parecen más el balance de ventas de una tienda que las proyecciones de un país que se preocupa por el sentido y la orientación de la educación como un problema ciudadano y no estrictamente de cifras y números.

Lo que las cifras realmente muestran

Escuchando los informes de la actual Ministra de Educación, que han sido recogidos por varios medios de comunicación, muchas personas pensarían que el Estado tiene un compromiso con la educación superior. El Plan Nacional de Desarrollo proyecta un aumento del 35 al 50% en la cobertura, mientras que en los últimos diez años (2002-2012) el porcentaje de matriculados en las instituciones de educación superior ha aumentado en un 20%, pasando de un 20.9% en 2002 a un 42.3% en el año 20121. Las cifras de cobertura son, sin embargo, engañosas por dos razones:

Primero, lo que explica buena parte del aumento de la cobertura no es un incremento en los cupos sino un cambio en la metodología de la medición: desde el gobierno de Álvaro Uribe el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES) calcula la cobertura teniendo en cuenta la formación tecnológica que se hace después del bachillerato, como por ejemplo la del SENA2. Naturalmente, incluir más rubros en la estadística engorda las cifras.

Segundo, una medida precisa de la cobertura real no puede hacerse si se ignoran los índices de deserción que van del 45 al 60%, lo que quiere decir que en promedio 1 de cada 2 estudiantes matriculados (que entran dentro de las cifras de cobertura) no se gradúan. Los índices más altos de deserción se presentan en la formación técnico-profesional en los estudiantes cuyas familias tienen ingresos inferiores a dos salarios mínimos. De nada sirve la cobertura si se acompaña de una constante y fuerte deserción: estudiar uno o dos semestres para luego tener que retirarse por cualquier motivo es como no estudiar.

Las siguientes gráficas trazan las líneas de una radiografía de la deserción en la Educación Superior en Colombia. En la primera, se compara el número de semestres cursados con el porcentaje de desertores de acuerdo al número original de matriculados. Observando las intersecciones en el décimo o undécimo semestre (que es el promedio de duración de una carrera universitaria en Colombia) podemos darnos cuenta del porcentaje de la deserción acumulada. La segunda gráfica compara el nivel de deserción de acuerdo a los ingresos.

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Fuente: Sistema para la Prevención de la Deserción de la Educación Superior

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Fuente: Sistema para la Prevención de la Deserción de la Educación Superior

Aunque los mayores índices de deserción se encuentran en la población más pobre, observando las gráficas podemos darnos cuenta de que el problema afecta a todas las capas sociales. El Ministerio de Educación ha construido una “teoría de la deserción”3 en la que juegan causas múltiples: el ingreso, la falta de orientación profesional, la incompatibilidad de las mallas curriculares con las expectativas personales de los estudiantes, etc. La limitación profunda de la “teoría” del Ministerio es que no se pregunta si la deserción se debe a una deficiencia estructural del modelo de educación que se tiene en el país.

Pero no sólo eso: detrás de la multiplicidad de las causas y del tratamiento diferenciado que requieren los casos singularizados de la deserción hay un hecho que es ignorado sistemáticamente. Sobre la población con menos ingresos no recae únicamente el problema económico sino también todas las deficiencias del sistema de educación superior. Dicho de otro modo: además de no tener los recursos, los estudiantes de estratos bajos sufren la deficiencia de formación en el bachillerato, la ausencia de un ejercicio consciente de elección de la profesión, y la imposibilidad de sostenerse económicamente en el tiempo de estudio, etc. Los inconvenientes que sufre una familia pobre para mandar a su hijo a la universidad pueden sintetizar todas las aristas y contradicciones del modelo. Y se trata de inconvenientes que un subsidio semestral de 680 mil pesos semestrales (lo que en realidad alcanza únicamente para los costos del transporte) es incapaz de resolver.

Aprendiendo a contar

¿Qué mide realmente un índice como la cobertura? La formulación del indicador está totalmente inspirada en una concepción de la educación como transacción mercantil. Lo que mide la cobertura ni siquiera es el número de personas que están realmente estudiando en las instituciones de educación superior sino el número de veces que se ha comprado una matrícula. El índice de cobertura es muy similar a una máquina registradora que puede contar las veces que una mercancía ha sido comprada en un lapso de tiempo, que puede ser un semestre o un año.

Naturalmente, una medida como la de la cobertura no debe desestimarse del todo. El problema surge cuando hay una intencionalidad política de aislar este indicador y mostrarlo como un signo de buena salud del sistema de educación superior en su conjunto. Cuando hacen eso, el Ministerio de educación y el gobierno en general engañan. No porque mientan deliberadamente (aunque se han dado casos) sino porque hay muy buenas razones para pensar que el destino de la educación de un país como el nuestro –y en verdad de cualquiera- no puede depender del número registrado de matrículas compradas y vendidas.

Para el gobierno toda la educación gira alrededor del momento en que el estudiante compra el servicio educativo. Después de comprado el servicio, hay que desentenderse de lo que sucede con la educación, el estudiantado y los profesores. Por eso las políticas de inclusión de los sectores más pobres de la sociedad, que no tienen el dinero para comprar el servicio educativo, son solamente crediticias. Ayudar a que los jóvenes estudien no significa otra cosa que darles facilidades financieras de compra, casi como si se tratara de un carro o un paseo de luna de miel. En este panorama es imposible no decir que la educación se ha convertido en una mercancía y en un negocio.

Las contradicciones del modelo, que son consecuencia de la mercantilización, son más que evidentes. Todo se aclara si vemos la relación entre el porcentaje de los beneficiarios de los créditos del ICETEX y el índice de cobertura por estrato social. En la década del 2000 el porcentaje de beneficiarios del crédito ACCES pertenecientes al estrato 1 y 2 es de casi las tres cuartas partes de la totalidad de beneficiarios4. No puede negarse que el crédito se ha focalizado en los sectores de menos ingreso. Pero ahí está la contradicción: eso es algo que debe preocuparnos y no una razón para celebrar un sentido social de nuestros gobernantes. El nivel de matrícula bruta para los sectores beneficiarios del crédito alcanza en promedio únicamente un 7%5, lo que significa en la práctica que no sólo el crédito no garantiza una cobertura en los estratos bajos sino que puede ser también una causa importante de la deserción. La contradicción radica en que lo que pretende incluir a los estudiantes en el sistema de educación superior (el crédito) es lo mismo que los excluye.

Lo de siempre: el neoliberalismo

Si el modelo es contradictorio, entonces, hay que cambiarlo. La necesidad de un cambio en la educación ha sido enarbolada por varios sectores y estamentos de la sociedad. Pero el gobierno no escucha. No sólo éste sino todos los anteriores. Las razones para no dar un giro en la concepción de la educación superior se remiten a unos postulados económicos que buscan que el gasto público sea eficiente y sostenible. Pueden identificarse tres postulados:

• Los estudiantes deben pagar porque lo que no les cuesta lo hacen fiesta.
• Es más eficiente incentivar a la demanda que a la oferta porque obliga a las universidades a ser más competitivas al tener que luchar entre sí por los recursos que se encuentran en los jóvenes compradores y porque, adicionalmente, buena parte de ese recurso invertido en créditos retornará a las arcas públicas.
• Lo público es ineficiente pues los índices de productividad de una entidad pública son muy bajos, lo que representa una relación irracional entre el costo y el beneficio.

El primer punto es falso y peligroso pues sólo plantea que es posible pertenecer a un espacio público y común por medio del pago. Esta idea olvida que hay otras formas de construir espacios colectivos que nunca se reducen a los vidrios bien puestos y a los edificios blancos. Olvida también que son estos espacios colectivos de la discusión, la deliberación y el intercambio de ideas lo que constituye realmente a la Universidad y no las paredes blancas. Cuidar de lo público es deliberar y discutir dentro de formas de vida democráticas. Cuando se pone la discusión del cuidado de lo público en el mantenimiento de las instalaciones universitarias que son gratuitas para los estudiantes se elimina lo público de la formulación y del argumento: si hay que pagar para entrar a un espacio público, ya no es público sino privado. Así como es impensable para los liberales de buena voluntad que haya que pagar para votar en las elecciones, debería ser igual de impensable y absurdo para cualquier persona normal que haya que pagar para educarse. Publicidad y gratuidad son imposibles de separar.

El segundo punto es un argumento típicamente neoliberal que postula un concepto de eficiencia económica que no sirve para nada a la hora de pensar en la educación. Sobre todo porque en el fondo eficiencia económica significa siempre eficiencia de las ganancias. Si se tratara de eso, deberíamos celebrar la eficiencia del sistema de salud que deja muchas ganancias pero, al mismo tiempo, mucha gente muerta. La lógica del negocio no va con la salud ni con la educación: la experiencia muestra que cuando el negocio es exitoso, el acceso al derecho es deficiente. Y de lo que se trata es de lo segundo, nunca de lo primero.

El tercer postulado está asociado con el segundo. El concepto de eficiencia que se utiliza para descalificar a lo público no es otra cosa que una exigencia de lo que en economía se llama la “propensión marginal al ahorro”. Se trata de un principio que permite medir, entre otras cosas, la eficiencia de la producción de bienes y servicios a partir de la idea de que si el volumen de la producción es mayor, el costo por unidad tenderá a reducirse. Si una empresa no cumple con este principio, es ineficiente.

Exigir este tipo de eficiencia a la educación, y en especial a la educación superior, es un error garrafal que han cometido todos los gobernantes y economistas neoliberales porque por una cuestión de puro sentido común, una cosa tal no puede aplicarse. Por ejemplo, el aumento del “volumen de la producción” de investigación no reduce los costos sino que los amplía: si hay más personas investigando, la investigación misma se multiplicará y se hará más diversa porque surgen nuevos problemas y la gente se especializa cada vez más. Un criterio de la calidad de la educación superior es que haya una investigación diversa y activa que exige un aumento paulatino del gasto en educación. El conocimiento es algo que está en permanente ampliación y exploración por lo que producir conocimiento no es como producir carros, porque el carro es siempre el mismo de acuerdo a un modelo mientras que la virtud del conocimiento consiste en no dejarse aplacar por moldes y romper con lo establecido.

La cuestión está puesta sobre la mesa: o conocimiento y educación o neoliberalismo.

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1Estadísticas de Educación Superior actualizadas al 20 de agosto de 2013. Subdirección de Desarrollo Sectorial. Ministerio de Educación Nacional. www.mineducacion.gov.co/1735/articles-212350_resumen.xls‎
2http://www.universidad.edu.co/index.php?option=com_content&task=view&id=35&Itemid=11
3www.mineducacion.gov.co/1735/articles-254702_libro_desercion.pdf
4Estadísticas de Educación Superior actualizadas al 20 de agosto de 2013, op cit.
5http://www.unperiodico.unal.edu.co/dper/article/desercion-universitaria.html y http://www.unperiodico.unal.edu.co/dper/article/gobierno-nacional-sobreestima-cobertura-en-educacion-superior-1.html

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