Costumbres políticas, acogida e inclusión: Los retos del posconflicto en Colombia

on Viernes, 31 Marzo 2017. Posted in Artículos, Edición 102, Martha Cecilia Herrera, FARC, Posconflicto, Acuerdos de la Habana, Cultura colombiana, Nacional

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El sujeto es lo que es a través de complejas tramas intersubjetivas y los espejos que nos muestran de manera fragmentada todo lo que hemos sido, somos o podremos llegar a ser, también nos configuran como hijos e hijas del conflicto, figuras que desde el punto de vista de la educación política deberemos saber tornear, moldear, afinar, en una etapa de posconflicto.

 

Martha Cecilia Herrera
@malaquita17
Fotografía: Mural realizado por jóvenes en comuna de Medellín. Martha Cecilia Herrera

¿Y la vida? ¿Y la vida qué es, dígame mi hermano? ¿Ella es el latido de un corazón? ¿Ella es una dulce ilusión? ¿Y la vida qué es? ¿Ella es maravilla o es sufrimiento? ¿Ella es alegría o lamento? ¿Qué es? ¿Qué es, mi hermano?

Canción de Gonzaginha

La implementación de los acuerdos con las Farc ha desplegado toda su complejidad a medida que avanza el 2017 y se contemplan las diversas aristas implicadas en la desaparición de la guerrilla más numerosa y antigua de América Latina. Después de más de seis años de estar enfrascados en encontrar una salida negociada al conflicto armado entre el Gobierno y las Farc y haber logrado firmar, con “mucho ruido”1, un Acuerdo de Paz a finales de 2016, hoy nos enfrentamos a los desafíos de cumplir con los compromisos pactados entre las partes, los cuales conciernen tanto a asuntos puntuales sobre los miembros de esta organización insurgente, como a otros que se sitúan en un escenario más amplio de cambios y reformas estructurales inminentes, si se quiere dar solución a problemas que han sido motor del conflicto y que, al mismo tiempo, no dejan al Estado libre de imputaciones en un escenario en el que cada parte tiene sus propias responsabilidades.

Bueno, ya se dio el paso más importante o pragmático si se quiere: el Gobierno consiguió que las Farc se disolvieran y sus miembros se concentraran de manera transitoria en 26 partes del territorio para iniciar el proceso de reintegración a la vida civil y entregar las armas con las que combatieron a las Naciones Unidas, las cuales serán fundidas para hacer tres monumentos alusivos a la paz. Más de 6.900 miembros regulares de las Farc ya se encuentran en estas zonas a la espera de un cambio en sus vidas y aún está por verse qué pasará con los milicianos. “Fueron 36 marchas por montañas, ríos y llanuras, verdaderas travesías por el interior del país” (Jaramillo, 2017). Ellos ya están allí y el mundo entero tiene los ojos puestos en este proceso. 

El mundo está mirando y reclama de cada una de las partes una posición ética y política que garantice el cumplimiento de lo pactado y el respeto de las doctrinas nacionales e internacionales sobre derechos humanos. De manera esencial al Estado le compete mostrar su legitimidad y para ello garantizar el retorno a la vida civil a quienes ha dado su palabra de que podrán hacer política sin armas. Y junto con este gesto, el Estado también debe cumplir la palabra ante el país y el mundo entero de que es posible una salida negociada a los conflictos políticos en el marco de un estado de derecho. Como dice la canción de Phil Collins, “el mundo está ahora observando, la gente busca la verdad y no podemos fallarles ahora”.

La selección de las zonas de concentración y las discusiones en torno a ellas, ha mostrado que las Farc tenían sus bases y redes de apoyo en las áreas rurales y aunque para concentrarse tuvieron que dejar territorios ocupados, los cuales ahora son disputados por otros grupos ilegales, ellos y también buena parte de sus familias y de sus lazos de sociabilidad se encuentran en el campo. No en vano han sido más de cincuenta años de actuar guerrillero y, por tanto, muchas de las expectativas que tienen se resumen en vivir pacíficamente y en condiciones de legalidad en los lugares donde se ha desenvuelto buena parte de sus vidas.

Así lo dejaron ver algunas de las imágenes acerca de su desplazamiento a las zonas de concentración en las que se evidencia que son seres humanos como cualquiera de nosotros, hecho necesario de destacar en la medida en que la guerra suele borrar lo que hay de humanidad en el oponente (ya que así no corremos el riesgo de querer parecernos a él y tampoco de vacilar al pensar en su eliminación física o simbólica). Así, ante el asombro, perplejidad o indiferencia de muchos, les vimos deambular por los caminos de manera desenfadada para tejer sus nuevas vidas, desandando el camino de la guerra para querer el de acogida e inclusión que el Estado se comprometió a brindar (Herrera, 2017). No les podemos fallar como nación. En palabras de Jaramillo (2017):

"Los guerrilleros no viajaban solos. Los acompañaban los delegados de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, del Mecanismo de Monitoreo y Verificación, y de la UNIPEP, la unidad de la Policía Nacional encargada de garantizar la protección. Sobre todo, los acompañaba un zoológico de 40 perros y de toda suerte de animales salvajes. Nutrias, borugos, osos hormigueros y guacamayas de todos los colores –dicen quienes acompañaron el viaje– fueron embarcados como un recuerdo que llevaban los guerrilleros de la vida que dejaban atrás" (Jaramillo, 2017).

Ojalá en estos esfuerzos de acogida e inclusión no terminemos por olvidar que también fueron y son sujetos políticos que abrazaron las armas bajo un ideario político en un escenario nacional y continental que le dotó de legitimidad en su momento, aunque hoy en día este parezca vacío o sin sentido debido a la degradación del conflicto así como a las políticas internacionales sobre terrorismo. Así pasó con experiencias como las de Chile y Argentina, en donde tuvieron que pasar décadas para que se pudiera hablar de los compromisos políticos de quienes fueron afectados por los acontecimientos de violencia política en la década de los setentas.

El frágil escenario que enfrentamos se expresa en una verdad de Perogrullo señalada por Christoph Harnisch, jefe de la delegación de la Cruz Roja internacional, según la cual “el acuerdo de paz en Colombia no bastará para acabar con la violencia” (Palomino, 2017). Las cifras que se consolidaron en torno al conflicto armado en las últimas décadas y las evidencias de que ha afectado de manera directa al 15% de la población colombiana, con sus dolorosas estadísticas sobre muertos y desaparecidos, nos acercan parcialmente a las consecuencias que éste ha tenido sobre el tejido social, los seres humanos y el ecosistema en general. Pero haber salido de este conflicto por medio de soluciones pacíficas nos instala como sociedad en un escenario de posacuerdos en donde deberemos aprender a lidiar con los efectos del conflicto sobre nuestras vidas, en la mira de restaurar el tejido social y, como parte de ello, acoger a aquellos “que vuelven de la guerra”, para lo cual se requiere de una opinión pública favorable que nos posibilite hacer frente a estos desafíos como Estado-nación.

Sin embargo, la creación de una opinión pública dispuesta a acompañar los retos implicados en esta nueva etapa encuentra dificultades en nuestras costumbres políticas, las cuales han sido moduladas en el marco de culturas políticas en las que prevalece la descalificación, la invisibilización y, no en menor grado, la eliminación de la diferencia, mucho más si esta proviene de sectores que se consideran desestabilizadores del orden social vigente. Con estos repertorios culturales y estas costumbres políticas, no podremos perdonar fácilmente, y aunque muchos quieren el desarme de la guerrilla porque entrevén que la opción negociada se impuso al no lograrse una derrota militar, en el fondo, cuesta trabajo comprender que el escenario a configurar está marcado por un Acuerdo y no por una Rendición.

En oposición a la lectura restringida que se deriva de estos repertorios de cultura política para entender el conflicto, en términos cognitivos y de acción política, es necesario hacer uso de otros repertorios culturales, es necesario invocar otras costumbres políticas que aunque no han sido hegemónicas sí han venido acrisolándose a través de prácticas de resistencia y de resiliencia, como respuesta a las maneras violentas de entender la esfera de lo político. Estos repertorios atesoran otras posibilidades para revertir varias de las consecuencias de más de cincuenta años de conflicto con base en idearios civilistas que nos permiten emprender caminos que viabilizan la paz.

Necesitamos que el estatuto de la oposición política, cuya reglamentación está en ciernes como parte de los acuerdos, se instale en el juego de la vida política pero también como parte del conjunto de nuestras costumbres políticas. Necesitamos una educación política que coadyuve en la formación de un ethos que reivindique, con base en un proyecto político basado en la igualdad y en la justicia social, lo que hay de humano en todos y cada uno de nosotros, incluido el derecho a hacer parte de la Polis, a expresarnos y participar en el Ágora, y a saber tramitar los conflictos como inherentes a la vida en comunidad (Tassin, 2001). Una educación política que retome lo más valioso que nos hayan dejado las experiencias de tantas décadas bajo el conflicto armado y sepa desechar con decisión aquello que continúe erosionando el tejido social que justo ahora debemos reconfigurar.

El sujeto es lo que es a través de complejas tramas intersubjetivas y los espejos que nos muestran de manera fragmentada todo lo que hemos sido, somos o podremos llegar a ser, también nos configuran como hijos e hijas del conflicto, figuras que desde el punto de vista de la educación política deberemos saber tornear, moldear, afinar, en una etapa de posconflicto. Somos lo que somos por nosotros mismos y por lo que otros hacen con nosotros y nosotros de ellos, en un plano si se quiere cosmológico o planetario. Digamos que, en este sentido, autonomía y heteronomía dan forma a la figura bifronte que nos constituye como seres humanos. Por ello, para Levinas “el sujeto es sujeto humano, ético, en la obertura al otro, en la respuesta a la demanda al otro, en la responsabilidad hacia su vida y su muerte” (Bárcena y Mèlich, 2010, p. 18).

Bien sabemos que en los tiempos actuales cada uno de nosotros debe enfrentar en el diario transcurrir las consecuencias de pertenecer a sociedades pautadas por la incertidumbre acerca del futuro, por la fragilidad en las posiciones sociales, así como por la inseguridad existencial que atravesamos de modo permanente (Bauman, 2003). Tanto yo, como tu, como nosotros, vosotros y ellos, estamos modulados por la incertidumbre del momento presente, y si posamos los ojos un poco más en esos otros que parecen tan distantes, quizás sepamos que sentimos miedo porque en el fondo somos el mismo amasijo de carne y podemos estar sujetos a los mismos vendavales. Cuando miro al otro como distante siento miedo de que otros me piensen como distante y me sometan al escarnio. Cuando veo que el otro puede ser redimido por la justicia y reintegrado al círculo familiar, societal, tal vez tema no ser yo mismo acreedor de este perdón pero a lo mejor, al mismo tiempo, lo deseo con fervor. Yo quiero acoger para que otros me acojan y acojan a los míos. Yo quiero abrazar porque mi madre me abrazó en su vientre nueve meses y con ello me dio la vida. Yo quiero ser partícipe del nacimiento de mis hijos y los de los otros para garantizar la continuidad de la existencia de la vida.

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Darwin Guevara, 19 años. Cuadro: Rosas silvestres. Acrílico sobre lienzo. Foto: Carlos Julio Martínez /SEMANA

Una sociedad en posconflicto significa el inicio de una etapa que implica un largo camino. Caminemos y que cada quien lo haga con sus alforjas, con sus propios repertorios, dispuestos a cuidar y a ser cuidados frente a la fragilidad que tenemos en común como seres humanos. Caminemos para poder hacer del Ágora un escenario posible. El mundo entero tiene los ojos puestos en nosotros, no le podemos fallar. Como lo dijo Tatiana Duplat, Directora de Señal Memoria en RTVC, en su intervención en el Foro Experiencias y Aportes Fundamentales de las Mujeres en la Construcción de Paz:

"Es el momento de escudriñar en los cajones, en las libretas, en cada rincón de los recuerdos, y sacar a la luz cada rastro, cada pista que nos permita reconocer cuánto sabemos de la paz y qué tenemos que hacer para tejer vínculos entre nosotros mismos; para que todo lo que le pase a los demás, nos duela, nos alegre o nos conmueva. Para que nunca más, de ninguna manera, permitamos que se repita el horror y la soledad de la violencia. Es hora de escuchar y de aprender de esta manera femenina de estar en el mundo y de entender la vida" (Duplat, 2017).

Para cerrar esta reflexión nada mejor que continuar con la canción del brasileño Gonzaginha con la que inicié esta columna, en donde el músico aventura su respuesta en torno a lo qué es la vida:

Somos nosotros los que hacemos la vida

Como se de, o se pueda, o se quiera,

Siempre anhelada por mas que sea equivocada,

Nadie quiere la muerte, solo salud y prosperidad,

Y la pregunta continúa circulando y la cabeza se agita…

Yo me quedo con la pureza de las respuestas de los niños:

¡Es la vida! ¡Es bonita y es bonita!

¡Es la vida! ¡Es bonita y es bonita!

Referencias

Bárcena F., Melich, J.C. (2000). La educación como acontecimiento ético. Barcelona, Paidós.

Bauman (2003). La modernidad Líquida. México D.F., Fondo de Cultura Económica.

Duplat, T. (2017). Lo común y lo corriente, esa manera femenina de entender la vida. http://lacestadelabicicleta.blogspot.com.co/2017/03/lo-comun-y-lo-corriente-esa-manera.html?m=1.

El susto de 'Timochenko' y otras anécdotas de la firma de la paz en Cartagena. (2016). http://www.vanguardia.com/colombia/video-374481-el-susto-de-timochenko-y-otras-anecdotas-de-la-firma-de-la-paz-en-cartagena

Gómez, Marisol (2016). Miembros de las Farc, bienvenidos a la democracia. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-16712167.

Jaramillo Sergio (2017). El final de la guerra. Arcadia. http://www.revistaarcadia.com/impresa/reportaje/articulo/sergio-jaramillo-la-desmovilizacion-de-las-farc/62169.

Herrera, Martha Cecilia. (2017). Por el río voy llegando y quiero que alguien me esté esperando. Por el río voy llegando vidita mía te quiero allí. Palabras al Margen, Edición 99.

Palomino, Sally (2017). Cruz Roja advierte de que el acuerdo de paz en Colombia no bastará para acabar con la violencia. http: //internacional.elpais.com/internacional/2017/03/09/colombia/1489080803_014154.html.

Tassin, E. (2001). Identidad, ciudadanía y comunidad política: ¿Qué es un sujeto político?. Filosofías de la ciudadanía. Sujeto político y democracia. Buenos Aires, Homosapiens ediciones.

***

1Hasta la Fuerza Aérea dejó sobrevolar “por accidente” (antes de tiempo) un avión K-fir (una de las más poderosas máquinas de guerra) sobre el Centro de Convenciones de Cartagena, el día de la firma del Acuerdo, interrumpiendo el discurso de bienvenida a la paz que pronunciaba Rodrigo Londoño, alias Timochenko, el máximo dirigente de las Farc, cuya cara de desconcierto no escapó a las cámaras. Como lo dijo la prensa, Londoño “no pudo esconder su miedo al rugido de los aviones de guerra, consecuencia de 34 años de combate en las filas de las Farc. Cuando las risas pararon y el avión salió de su vista, ‘Timochenko’ respiró tranquilo: “Bueno, esta vez venían era a saludar la paz y no a descargar bombas", atinó a decir. http://www.vanguardia.com/colombia/video-374481-el-susto-de-timochenko-y-otras-anecdotas-de-la-firma-de-la-paz-en-cartagena. http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-16712167.

Comentarios (1)

  • BHW

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