Cuerpo: el paisaje del yo

on Jueves, 31 Julio 2014. Posted in Artículos, Discriminación, Diversidad sexual, Edición 38, Sandra Jaramillo, Comunidad LGBTI, Nacional

38 Sandra

Hay vidas que ya tienen resuelto el quién soy, el quién seré, el qué debo hacer, el cómo me debo presentar, el cómo me puedo expresar. Y seguramente estas vidas son las más frecuentes porque se trata de aquellas que hacen congruencia con un modelo de civilización interesado en que operemos funcionalmente en el orden que nos ha sido dado, antes que interesado en que creemos las condiciones para proponer un nuevo orden que permita la coexistencia de órdenes diversos.

 
Sandra Jaramillo
Fuente de la imagen: www.agedcareguide.com.au

“Agathe se había examinado a sí misma con atención; casualmente, empezó por la cara, porque sus ojos se sintieron atraídos por ella y ya no pudo apartarlos del espejo. Fue retenida como cuando uno no quiere marcharse, pero recorre cien pasos una y otra vez hasta un objeto que se ha hecho visible el último momento, al cual quiere uno dirigirse definitivamente, y al final acaba por dejarlo correr. Así fue retenida Agathe sin vanidad, ante el paisaje de su “yo”, situado frente a sus ojos como un velo de cristal”1.

Así describe el escritor austriaco Robert Musil, la escena de una mujer buscándose a través del espejo. ¿Qué es lo que ella busca? Parece ser algo que es lo más propio de sí, a juzgar por la conmoción honda –de agrado o desagrado- que siente al mirarse, pero también parece ser algo separado de sí porque el espejo se lo devuelve como una otredad. Ella busca que el espejo le devuelva una narración de su ser, ella busca que el espejo le ratifique la imagen que de sí ha construido, ella busca que el espejo le indique el paso del tiempo que moldea la geografía de su cuerpo, ella busca una expresión que a modo de la palanca de Arquímedes le permita moverse –con confianza- en el mundo, ella busca que el espejo contribuya a responder –a través del reconocimiento que haga de su cuerpo- el enigma supremo que reza: “¿quién soy?”, más aún, “¿quién estoy llamado a ser?”.

Pero esta búsqueda a la que se enfrenta Agathe al mirarse al espejo, seguramente no es la misma a la que nos enfrentamos muchas y muchos al mirarnos al espejo, pues hay vidas para las cuales esas preguntas hondas de la existencia están taponadas por respuestas prefijadas que dan todo por sentado. Hay vidas que ya tienen resuelto el quién soy, el quién seré, el qué debo hacer, el cómo me debo presentar, el cómo me puedo expresar. Y seguramente estas vidas son las más frecuentes porque se trata de aquellas que hacen congruencia con un modelo de civilización interesado en que operemos funcionalmente en el orden que nos ha sido dado, antes que interesado en que creemos las condiciones para proponer un nuevo orden que permita la coexistencia de órdenes diversos. Además, los cada vez más difundidos discursos de la Nueva Era y la Superación Personal, son eficaces sistematizadores de esas respuestas prefijadas, funcionales y nada ingenuas, y se venden a granel como formulitas para el “Buen Vivir”.

Ahora bien, esas preguntas sobre el ser a las que hacemos alusión, son unas que vienen actualizando, en ese banquete que es la sociedad, todas aquellas personas que individual o colectivamente, implícita o explícitamente, se declaran parte o simpatizantes de las reivindicaciones de la diversidad como los LGBTI o los Queer, personas que no se resignan a asumir acríticamente una identidad sexual y/o de género, sino que encaran el desafío de hacerse conscientemente de ellas a través de la lectura que hacen del discurso anclado en su inconsciente desde la más temprana infancia por la vía de las primeras identificaciones con las figuras primordiales, discurso que habla de lo más propio y lo más auténtico de sí. Estas personas avanzan quizá hacia la constitución de nuevos sujetos políticos del asunto de género, y ubican en el centro de la reivindicación social y de la indagación teórica que aporte a la acción práctica, la categoría singularidad.

En un evento público que recientemente se llevaba a cabo en la ciudad de Medellín, una teórica y activista de la diversidad sexual decía: no soy hombre, no soy mujer, no soy gay, no soy lesbiana, no soy transgenerista, no soy transexual… soy piroba, actualizando así la vuelta de tuerca que otras reivindicaciones sociales han hecho cuando acentuándolas buscan normalizar expresiones que intentan insultar y excluir como negro, marica, etc. Además, ella se declara piroba porque rechaza las etiquetas que no se limitan a nombrar una particularidad, sino que desde ella intentan una nueva generalidad que, otra vez, excluye la singularidad cuando se intenta marcar un deber ser para las lesbianas, para las mujeres, para los trans. Y es que la singularidad alude a lo que es único e irrepetible, a lo que no se puede comunicar ni comunizar; así como se le nombra con el mismo significante “mesa” a objetos que son diversos en tamaño, composición, materialidad, color, se nombra como transgenere, por ejemplo, a un conjunto de seres cada uno de los cuales tiene una singularísima experiencia y por tanto se pueden dar infinitas combinaciones: mujeres, con órgano viril que eligen sexualmente hombres; hombres, con órganos de hembra que eligen sexualmente hombres y gozan de ser penetrados;… y muchas otras que ni siquiera podemos nombrar por los límites del lenguaje. No sin que ello implique que esas otras realidades no existen sino precisamente que los retos sociales que hoy hemos de encarar incluyen la expansión del lenguaje que nos permita expandir nuestro mundo; incluyen la flexibilización del derecho que garantice la diversidad de derechos; incluyen la efectiva aceptación que permita ordenamientos sociales en los que todos quepamos y en el que hayan condiciones materiales que garanticen esas diversas existencias.

Ahora, en esa misma ciudad innovadora en la que la activista y teórica de la diversidad sexual a veces se puede expresar abiertamente ante un nutrido y respetuosos público, existen lugares de fiesta que, como un reconocido salón de baile ubicado en la carrera 70, hace de un enano un objeto de exposición circense que entretiene y hace reír a la gente, principalmente a los paisas, por su condición diversa, a modo de la supuestamente superada discriminación que en el siglo XIX se hacía de personas carentes de órganos genitales, al ubicarlos como objetos de exposición y ridiculización. ¿En qué siglo de la premodernidad andará nuestra ciudad innovadora para encarar los retos de humanización que se nos proponen desde el movimiento de la diversidad sexual y de género?

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1El hombre sin atributos. Robert Musil. Tomo II. Capítulo 21.

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