De la paz a la solidaridad. Pensar el « común » en Europa y Colombia

on Viernes, 05 Julio 2013. Posted in Artículos, Matthieu de Nanteuil, Edición 12, Internacional, Proceso de paz

12 internacionalEn este artículo se describe la desintegración de la solidaridad europea en el contexto de austeridad que conocemos actualmente y da información sobre los avances del proceso de paz en Colombia. Mientras que la UE está a punto de olvidar que la paz, peniblemente construida, debe basarse en la solidaridad - sin ella la sociedad europea está amenazada de ruptura -, Colombia marcha en dirección opuesta. Ella puede estar en el proceso de poner fin a medio siglo de conflicto armado.
 
Matthieu de Nanteuil
Fuente: www.elespectador.com

[Texto traducido del original escrito en francés]

Colombia está en un trámite que intenta poner un fin definitivo a la violencia armada, la cual enlutó la sociedad colombiana durante más de medio siglo. El termino oficial que permite describir esta transformación es el de “proceso de paz”. Este proceso agrupa los “actores armados” (el gobierno y las FARC). Pero ¿qué significa “la paz”?  ¿Se puede pensar sin reflexionar sobre la sociedad por la cual esta paz está concebida?

Por otro lado, se puede decir que la Unión Europea es el resultado de un proceso largo de construcción institucional que tiene su origen en “la paz entre los enemigos de ayer” (especialmente Francia y Alemania). La paz ya está, eso es indiscutible. Es muy improbable, para no decir socialmente et culturalmente imposible, que estos países entren en guerra mutua en el siglo que viene.  Pero Europa pudo reconstruirse porque fundó su concepción de la paz sobre una visión fuerte de la solidaridad y hoy la solidaridad se pierde entre miembros de la UE así que al interior de cada  uno de ellos. ¿La Unión Europea podrá entonces sobrevivir a la existencia de una sociedad sin solidaridad?

Yendo un poco más lejos, ¿es posible pensar en conjunto estos dos procesos? ¿Es posible volver a Colombia después de analizar críticamente la situación de Europa hoy? ¿Que implica pensar la paz con la solidaridad?

¿Qué es la paz?

“La constitución republicana ofrece la perspectiva de la consecuencia deseada, es decir la paz perpetua”. En un texto fundador (Vers la paix perpétuelle, 2006 [1796], p. 85), Kant recuerda que la paz no existe por sí misma. La paz supone une práctica política, la república, que es « la forma pública de las practicas, la entrada en lo público […] de las acciones humanas »  (Proust, 1991, p. 18). Esta frase anuncia a Hannah Arendt, para quien el espacio público designa el espacio del aparecer, el movimiento que permite poner a la luz las singularidades y funda la ley de la pluralidad (Arendt, 1961). La república es la organización política que permite la coexistencia pública de los unos y otros. La paz depende directamente de ella.

Para llegar a ser efectiva, la paz tiene que echar raíces en una práctica política; una práctica que descansa sobre derechos incondicionales, es decir sobre una justicia civil capaz de recordar, defender y actualizar estos derechos. La justicia transicional describe la forma que tiene esta exigencia de justicia en países atravesados  por crímenes de masa (Valencia Villa, 2003; Andrieu, 2012). Pero la paz no se limita a eso. Kant no podía ver qué esta forma política, la república, tenía que descansar sobre una base social, un zócalo de relaciones que permite socializar los seres humanos para que no caigan en la división, el conflicto, la guerra de cada uno contra cada uno. Habrá que esperar a Durkheim para que esta cuestión encuentre una repuesta. El problema fundamental de la modernidad, dirá Durkheim, es la división social. Esta división genera y amenaza la solidaridad: crea interdependencias pero también fracturas. Llama un nuevo tipo de solidaridad, la solidaridad instituida.

El cambio intelectual que permite Durkheim es esencial puesto que este contribuye a la aparición de una nueva infraestructura ética. Kant, el padre de la razón práctica, había descrito lo que era la ética de lo político: el derecho y más precisamente « el derecho a tener derechos », para retomar una expresión de Arendt. La justicia civil es la emanación directa de esta revolución kantiana de lo político. Sin embargo no es suficiente porque puede acompañarse de desigualdades muy profundas, materiales y culturales. Tiene que completarse por una ética de la sociedad. Este es el aporte mayor de Durkheim: en la época moderna, la sociedad se constituye como el foco de una conciencia moral frente al riesgo de la división social. La solidaridad es el nombre de esta ética social, en la cual la paz encuentra su razón de ser.

La solidaridad supone una política de redistribución pero, más profundamente, la capacidad de crear lazos cuando la época favorece el encerramiento sobre sí mismo. Para Durkheim, estos lazos nunca pueden reducirse al simple cálculo de intereses. Cuando está erigido en norma general, el cálculo de interés genera la indiferencia y la división. El vínculo social es la capacidad de pensar y actuar en conjunto a distintos niveles. Significa que es posible  definirse más allá de sus intereses pero también de sus papeles, grupos de pertenencia, disciplina científica – de su mundo propio. En breve, el vínculo social designa la capacidad a hacer emerger una conciencia no-fragmentada, un sí más allá del sí (Morin, 1999).

Sin embargo, ni Durkheim ni Weber habían imaginado que esta cuestión podría ocurrir al nivel de las relaciones entre Naciones. Para ellos, las relaciones inter-nacionales tenían que estar estabilizadas para favorecer la solidaridad dentro de cada país, de cada sociedad. Se puede revisitar tal problemática para ver cómo ponerla al nivel de la relaciones entre Naciones: eso va a constituir el corazón de la experiencia de la Comunidad Europea y de la Unión Europea, hasta un cierto punto. ¿No podríamos considerar hoy que tal dinámica se está confrontando a un límite fundamental?  

Por otro lado, no hay que olvidar que dentro de cada país la paz no tiene ningún sentido sin echar raíces en la solidaridad, en la formación de una conciencia no-fragmentada. La fragmentación tiene una historia larga en Colombia: el conflicto armado es a la vez el resultado de una fragmentación más antigua y la causa de una fragmentación constantemente reiterada. ¿Permite el proceso de paz  de la Habana sobrepasar esta situación?

De Europa a la Unión Europea

No se dice lo suficiente que la reconstrucción de la paz en Europa no fue solamente el producto del fin de las hostilidades. Destrozadas por dos conflictos mundiales, las sociedades europeas jamás habrían podido quedarse lejos de la violencia si no hubiesen tomado conciencia que la paz necesitaba la institución de la solidaridad. Es el nacimiento del pacto social después de la segunda guerra mundial que  permitirá solidificar la paz de manera duradera.

En Francia, el proyecto de seguridad social está inscrito en el programa del Consejo Nacional de la Resistencia (CNR) aplicado desde 1945, él se constituye en el armazón social de las décadas siguientes, permitiendo arreglar numerosos conflictos (conflictos sociales, así que conflictos identitarios en el contexto de la descolonización). En Alemania, el “milagro alemán” va a apoyarse en la reconstrucción del partido social-demócrata, no solamente para estabilizar el país gracias a la repartición de los “frutos del crecimiento”, sino también para involucrarse en un trabajo crítico sobre la culpabilidad. Ahí, más que en otras partes, el compromiso por la paz ha sido acompañado de la emergencia de una nueva conciencia de sí, que ha permitido entender hasta qué punto la violencia de masa ha sido el producto de una ideología radical de encerramiento sobre sí, realzada por el antisemitismo del Estado y la burocratización del crimen (Bauman, 2008). La Comunidad europea y después la Unión Europea, se inscribieron hasta hoy en la prolongación de este trabajo inmenso, iniciado por las sociedades en guerra. Pero la globalización neoliberal se manifestó…

En una Unión Europea cada vez más y más ampliada – con Croacia la UE incluye 28 miembros –, se ha privilegiado la competencia generalizada en detrimento de los servicios públicos y ha se inventado una burocracia fundada sobre tres pilares (Consejo, Comisión y Parlamento), volviendo así a la fragmentación. A partir de 1992 la Unión Europea considera que el único motor de la unidad europea es la moneda, basada en una política de control de los gastos públicos sin gobierno común. El gusano está en el fruto: los sistemas sociales y las economías nacionales están en competencia, huele a racismo y florece el nacionalismo. Esto es exactamente lo contrario de lo que Durkheim decía a propósito de la solidaridad. Mirando todo esto con distancia, se puede decir que la tragedia griega ya estaba en marcha.

Aquí estamos: Europa construyó la paz, edificó la paz sobre un zócalo de solidaridad pero acabó con este último objetivo. Está de nuevo amenazada por la fragmentación.  La disminución masiva de los gastos públicos se hace sin cuestionar la política de la competencia, la cual se ha desarrollado en detrimento de una política industrial común y que creció con la ayuda del dumping fiscal y social. Paralelamente, las sociedades civiles han sido consideradas como simples “mecanismos de ajuste” en la crisis, sin poder actuar, sin lugar de reapropiación o de renegociación de las políticas decididas al nivel de la UE. Con la austeridad, el proyecto fundador de la Unión Europea está vaciándose de su flujo vital. El riesgo es evidente: el empobrecimiento, el crecimiento de las desigualdades, el impulso del nacionalismo. Sin caer en la guerra, Europa puede enredarse en la crisis.

El conflicto armado colombiano como proceso socio-histórico

¿Qué pasa en Colombia? Con el proceso de la Habana, el país está escribiendo una etapa-clave de su historia. El fin de las hostilidades, si tiene lugar, permitiría abrir una nueva era. Por otro lado e independiente del hecho que ha permitido rehabilitar la noción de “conflicto armado” y de abrir el camino para su solución, este proceso ofrece posibilidades para comprometerse en un diálogo con un marco bastante abierto.

No obstante se habla de un proceso de negociación entre actores armados: el gobierno y las FARC que son, en esta fase, las únicas contrapartes del proceso; la justificación es que cada uno de ellos tiene una estructura militar « oficial ». Teóricamente desmovilizados después de la Ley Justicia y Paz (2005), renombrados como bacrim (bandas criminales), los paramilitares no hacen parte del trámite. Ahora sus compromisos en los crímenes de masa están claros. La justicia civil tiene que exigir que sus responsabilidades sean analizadas y sancionadas al fin del proceso de paz como se ha hecho con los otros actores armados.

Es cierto es que el cese definitivo de la guerra tendría un impacto importante sobre todos los actores armados: este podría deslegitimar la utilización de la violencia de las armas con el argumento que ella no sería útil en un contexto de ausencia de conflicto interno. Pero tal deslegitimación es muy frágil – podría no pesar mucho si un nuevo ciclo de violencia enciende el país- y no permitiría atacar  las raíces del conflicto armado.

La renovación de las estructuras paramilitares que tuvo lugar en estos últimos años, así que el control económico y político que estas estructuras impusieron sobre regiones enteras, tienen que ubicarse en una perspectiva más larga: estas subrayan el papel del Estado en la fragmentación de la sociedad, lo cual ha, de facto, otorgado  a actores ilegítimos una gran parte de sus prerrogativas. Igualmente, este proceso descansa sobre estrategias de control violento de las poblaciones civiles, esencialmente en regiones ricas en recursos naturales.

Se puede decir la misma cosa de las FARC y del Ejército: si las raíces estructurales del conflicto no son desenmascaradas, estos actores siempre podrán desarrollar estrategias de reclutamiento fundadas en la reproducción de esquemas belicistas y la polarización de la población, con un fondo de desigualdades persistentes. Para los jóvenes en particular, la pobreza endémica es el terreno más seguro para que se perpetúen carreras profesionales ligadas al uso de las armas.

La fragmentación se deriva del conflicto armado pero tiene orígenes más profundos. Se refiere, como ya lo hemos dicho, a la imposibilidad de instituir la solidaridad de manera duradera. Tal solidaridad implica una política de redistribución masiva de la riqueza que hasta ahora no ha ocurrido realmente. Ella exige la formación de una conciencia de sí que, más allá de las pertenencias culturales o sociales inmediatas, sea capaz de definirse en relación con los demás, incluyendo con posibles adversarios. Es esta dificultad, para no decir esta imposibilidad, que constituye uno de los puntos neurálgicos del origen del conflicto armado.

Esta situación remonta al siglo XIX: multiculturales, marcados por las secuelas de las guerras de independencia, los países latino-americanos tienen en su gran mayoría una economía agraria. No conocen el movimiento obrero que recompone la Europa industrial de esa misma época. En la diversidad misma de su estructura sociológica, el movimiento obrero ha desestabilizado la concepción liberal de lo político; igualmente ha abierto una nueva aprehensión de lo universal. A través de él, es la condición social asignada a la mayoría de la población que se pone en cuestion. Este proceso es el resultado de un trabajo de homogeneización de  intereses y de culturas populares, trabajo que permitió al movimiento obrero aparecer como el sujeto político central de la época industrial, antes y después de los conflictos mundiales.

La trayectoria de Colombia es distinta: superpone una tradición belicista nunca realmente estabilizada y un multiculturalismo profundo cuyas raíces son múltiples. A partir de 1948, año que marca el comienzo de La Violencia, el país se sumerge en el conflicto violento entre liberales y conservadores que va desembocar en la separación entre las élites y la población – lo que materializa el Frente Nacional.  En los años sesentas los actores principales del conflicto armado se forman. Aunque van a cambiar de identidad y de estrategia, se trata de los mismos protagonistas del problema de hoy: FARC (1964), ELN (1965), grupos paramilitares (1968).

Sabiendo esto, es importante no reducir este periodo a una visión puramente militarizada del conflicto. Lo último echa sus raíces en una serie de conflictos sociales: conflictos socio-económicos, pero también, conflictos de tierras, de racismo, de género, etc. Esta superposición de conflictos, que forma el núcleo de la fragmentación social, desborda el marco del conflicto. Su reproducción está ligada a las condiciones actuales de la globalización económica y a la identidad política interna del país.

●    Aunque de una manera muy desigual, Colombia penetró plenamente, desde hace dos décadas, en la división internacional del trabajo. Con una especialización más y más grande de sus producciones, una « reprimarización » de su economía y el desarrollo de mega-proyectos industriales, aparece como un actor regional importante, especialmente con respecto a los intercambios con la UE y los EEUU. Tal desarrollo se acompañó del asesinato sistemático de sindicalistas pero también, de lo que poco se habla, de una disminución drástica de los convenios colectivos de trabajo. Al nivel sociológico, el enfrentamiento entre los representantes del trabajo y los del capital, está ligado a una visión belicista que dejó secuelas muy profundas en el mundo del trabajo. Ahora, la perspectiva del TLC UE-Colombia/Perú no resuelve esta situación : al contrario, contribuye a empeorarla al reflexionar como si el costo humano de la mundialización fuera secundaria, para no decir inexistente, con respecto al éxito aparente de la economía nacional.

●    A este se agrega una escena política múltiple, pero igualmente fragmentada. El multiculturalismo – confirmado en la Constitución de 1991 – está anclado  en la vida política y cultural del país pero tiene por tela de fondo un nacionalismo autoritario, muy alejado de las aspiraciones de  paz y del bien-estar de la gran mayoría de la población. Entre los dos, Colombia no logró instalar procesos de articulación entre sus distintos componentes políticos.

La escena política colombiana se caracteriza por distintos aspectos: identidades locales muy fuertes; reivindicaciones separadas de una serie de actores socio-culturales (campesinos, sindicalistas, indígenas, afro-colombianos, etc.); escisiones entre la ciudad y el campo, pero también entre partidos y dinámicas de la sociedad civil. Por ejemplo, la incorporación del Polo Democrático Alternativo (PDA), partido de la izquierda democrática, sigue siendo elitista sin evitar las divisiones internas. Su vínculo con el movimiento social es problemático, especialmente con el mundo campesino. De su lado, el movimiento social ha sido el blanco de los actores armados y criminalizado por el aparato de Estado. Se mantuvo con un coraje que suscita la admiración pero no pudo interrumpir estas fuerzas centrifugas.

En fin, la fragmentación ha producido efectos nocivos en los movimientos de víctimas: fruto del conflicto armado y atizadas por el poder político, las divisiones entre víctimas han atormentado la política colombiana estos últimos años.

Es la razón por la cual, paralelamente al desarrollo de una política masiva de redistribución, la solidaridad necesita la reconstrucción de una conciencia de sí, capaz de dar voz a la sociedad civil en su condición misma: más allá de los intereses de uno u otro actor, es esta condición general que se pide a la sociedad colombiana, la que tiene que estar en el centro del proceso de paz.

Pensar el “común”

En Europa como en Colombia, sería vano creer que la paz tiene que concebirse de manera aislada o peor aún, pensar que ella reclama la unidad nacional, en el sentido de un gobierno que exigiría la unión de todos al servicio de la Nación.  Europa entró en una era post-nacional que es irreversible. El nacionalismo colombiano sirvió como tapadera al autoritarismo del poder político y a la reproducción de esquemas belicistas durante demasiado tiempo.

La paz no existe sin la solidaridad. En tiempos de sociedades abiertas y globalizadas, la solidaridad no es homogeneidad. Ella supone un trabajo de la sociedad sobre sí misma, capaz de confrontarse con las potencias pero también con los riesgos de la modernidad avanzada.

Con el desarrollo del capitalismo, del pluralismo y de la complejidad, Durkheim designaba este desafío « división social » o « división del trabajo ». Cuando la división no logra  regularse por la solidaridad, cae en la fragmentación, la cual puede reproducir la violencia armada (Colombia) o suscitar el resentimiento de masa (Europa). Limitada y compensada por la solidaridad, la división puede transformarse en pluralidad. La pluralidad es la cara de la sociedad cuando los movimientos centrífugos de la modernidad están relevados por la institución de la solidaridad.

Según Arendt, este cambio de perspectiva requiere la formación del « sentido común ». El sentido común es la expresión política del "estar juntos". En sociedades democráticas designa el esfuerzo que hacen los individuos únicos para entrar en comunicación, para salir de sus particularismos, para reconocerse como contrapartes de una misma comunidad política. Con él, dice Arendt, “seres humanos muestran quienes son”: desbordan el marco de sus identidades físicas para acceder a un nivel más profundo de realidad – el único nivel que permite a cada uno existir en la presencia de los demás (Arendt, 1961, p. 236). Lógicamente este proceso no puede venir exclusivamente desde “arriba”. El exige una articulación renovada entre instituciones y prácticas sociales.

Colombia está en un momento crucial de su historia. De sus instituciones se espera el restablecimiento de la justicia civil pero también el compromiso fuerte en favor de una política de redistribución. De sus prácticas sociales se espera la capacidad de sobrepasar las fracturas identitarias y de tejer nuevos lazos en distintos niveles.

Signos positivos se multiplicaron estos últimos años. Con el proceso de paz se pudo observar que algunos actores de la escena política – como el presidente Santos – se opusieron claramente a la deriva uribista, que dio forma a la política colombiana durante ocho años consecutivos. Del lado del movimiento social, numerosas iniciativas de “puesta en común” se desarrollaron  (La Ruta social común para la paz, El Congreso de los pueblos, etc.). De la conjunción entre estas fuentes podría emerger una nueva consciencia colectiva. Esto requiere de tiempo, quizás dos generaciones; pero el movimiento ya empezó.

¿No se podría considerar que eso es la lección de Colombia... a Europa?

***

Arendt H. (1961). Condition de l’homme moderne, Paris, Plon.
Bauman, Z. (2008), Modernité et Holocauste, Paris, Complexe  [1989].
Durkheim, E. (1994), De la division du travail social, Paris, PUF [1891].
Kant, E. (2006). Vers la paix perpétuelle et autres essais, Paris, GF [1795].
Múnera-Ruiz, L., Rodriguez Sánchez, N. (eds) (2009), Fragmentos de lo Público-Político. Colombia siglo XIX, Bogotá, La Carreta Histórica.
Palacios, M., Safford, F. (2002), País fragmentado, sociedad dividida, Bogotá, Norma.
Proust, F. (2006), Introduction, in Kant, E. (2006). Vers la paix perpétuelle et autres essais, Paris, GF [1795], p. 5-68.
Morin, E. (1999), Introduction à une politique de l’homme, Paris, Seuil.
Valencia Villa, H. (2003), Diccionario de derechos humanos, Espasa Calpe, Madrid.

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