El acontecimiento Gaitán. Para una filosofía de la historia colombiana

on Jueves, 06 Abril 2017. Posted in Memoria, Artículos, Jorge Eliecer Gaitán, Nacional, 9 de abril, Memoria histórica, Edwin Cruz

103 Edwin

En contienda hay varios proyectos de comunidad política y no todos son partidarios de una asunción del pasado; por el contrario, la mayoría de los proyectos quieren dar permanencia a la discontinuidad, dejar el pasado en el pasado más que hacerlo presente. Se trata de proyectos de comunidad política excluyentes, que pugnan por mantener una masa manipulable, obediente a toda costa, aunque sus ocurrencias sean cada día más absurdas.

 

Edwin Cruz
Fuente de la imagen: https://fronterainformativa.wordpress.com

Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me mata, porque sabe que si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán cincuenta años en regresar a su nivel normal

Jorge Eliécer Gaitán

En “El problema de América”, el filósofo venezolano Ernesto Mayz Vallenilla sostuvo que la desesperada búsqueda de la “originalidad”, presente hasta hace unas décadas en América Latina, constituía un “síntoma de fragilidad y precariedad históricas, de inconsistencia e indefinición, de no sentirse aún plenamente realizado –de ‘no-ser-todavía’”. Esa “radical inseguridad” e “indefinición” frente a la Historia esconde así un problema ontológicoi.

Reacio a acuñar a priori aquellas respuestas a las que únicamente el decurso paciente del tiempo puede llegar, el discípulo de Heidegger sostuvo que dicha “originalidad”, el desenvolvimiento de ese ser colectivo, no puede lograrse yendo en contra de nuestra propia historia o tratando de arrancar de ceros, como si no estuviéramos hechos del mismo material que ha dado forma a esa historia. La proyección del ser americano hacia el futuro depende de la asunción del pasado en el presente, como condición para la clausura de la experiencia del “no-ser-siempre-todavía” en que se halla sumidoii.

Ya no nos encontramos en esos tiempos en los que todavía la historia se escribía con mayúscula. Las filosofías de la historia, y junto con ellas las visiones monistas de la modernidad y del desarrollo, han declinado irremediablemente. Sin embargo, en ningún lugar el diagnóstico de Mayz Vallenilla resulta más apropiado que en Colombia, especialmente cuando emerge la pregunta por el significado del 9 de abril en un contexto de “construcción de paz”.

El acontecimiento Gaitán es fundamental para entender nuestra relación con la historia, con el sentido de nuestra vida colectiva como comunidad política, puesto que marca un momento a partir del cual hemos estado incapacitados para asumir nuestro pasado y proyectarnos como sociedad hacia el futuro.

Un vacío de sentido

Los acontecimientos, así como los “períodos”, las “eras” o las “edades” históricas son construcciones sociales, mediante las cuales los seres humanos confieren sentido a su relación con el tiempo. Todo acontecimiento tiene una duración, instantánea, corta o prolongada, de forma que marca continuidades o discontinuidades históricas que se inscriben de diversas maneras en la memoria colectiva (hábitos, ritos, tradiciones, etc.), generando efectos en las prácticas sociales y políticas. El acontecimiento Gaitán reviste un significado particular y sumamente paradójico, porque si bien implica una discontinuidad no constituye una ruptura histórica.

La revolución de 1952 en Bolivia, el ascenso de Lázaro Cárdenas en México, de Getulio Vargas en Brasil o de Perón en Argentina, constituyeron claramente rupturas históricas que, palabras más palabras menos, se expresaron en la ampliación de sus comunidades políticas para incluir al pueblo en el espacio de lo político, a aquellos sectores sociales emergentes producto de la modernización social de principios de siglo. En cambio, en Colombia las formas de dominación oligárquicas salieron victoriosas frente a aquellos proyectos que, como el de Gaitán, pugnaban por la ampliación de la esfera política para incluir al pueblo.

Mientras en aquellos países el proyecto nacional-popular confirió durante buena parte del siglo XX un sentido a sus comunidades políticas, Colombia se sumió en una discontinuidad permanente, en la experiencia traumática que ha impedido la construcción de un proyecto de país compartido e incluyente. Si la violencia de las últimas décadas no fuera suficiente para soportar esa afirmación, bastaría repasar algunos de los títulos de obras que, desde el ensayo y las ciencias sociales, se han interrogado por la nación colombiana: “De cómo se ha deformado la nación colombiana”, “Colombia, una nación a pesar de sí misma”, “Colombia: país fragmentado, sociedad dividida”, “El fracaso de la nación”, “¿Por qué fracasa Colombia?”, etc.

Suspendidos en el tiempo

Al decir de William Ospina, probablemente el más agudo intérprete de nuestra historia contemporánea, “La vieja Colombia murió el 9 de abril de 1948: la nueva no ha nacido todavía”. En efecto, la sociedad colombiana está como suspendida en el tiempo, incapacitada para romper la discontinuidad instaurada con El Bogotazo, agenciando un proyecto de país que confiera sentido a nuestra vida colectiva o, para decirlo con la brillante metáfora que da título a la novela de Arturo Alape, este país carga con El cadáver insepultoiii.

Quizás por eso experimentamos la historia como la eterna repetición de lo mismo: un Día del odio, como bautizó Osorio Lizarazo esa fecha, que se ha prolongado por más de seis décadas; una memoria y una conciencia histórica que se manifiestan, por ejemplo, en la confusión de las fechas de los magnicidios, Gaitán se confunde con Galán, Pardo Leal, Jaramillo Ossa o Pizarro, como si irremediablemente todos los crímenes obedecieran al arquetipo del Crimen del siglo, que desde abajo ha reconstruido Miguel Torres; un genocidio político sin fin, desde las guerrillas del Llano hasta nuestros días, injusticia e impunidad perpetuas.

Pero dicha suspensión en el tiempo no sólo implica un conjunto de representaciones en la sociedad colombiana, sino fundamentalmente la imposibilidad de asumir el pasado como condición para proyectarse al futuro. La imposibilidad de saldar cuentas con una serie de problemas que se retrotraen a la Colonia pero que han sido y son funcionales al tipo de dominación oligárquica que se ha ejercido en el país como, para no ir más lejos, el problema de la propiedad de la tierra.

Y es que si bien el poder oligárquico salió vencedor frente al tímido desafío populista que representó Gaitán, no podría decirse que por ello consiguió establecer un proyecto de país hegemónico, que confiriera sentido a la vida colectiva. Los proyectos políticos de la oligarquía colombiana han sido proyectos para sí mismos como grupo social preocupado por conservar sus privilegios y su distinción, no proyectos de país. Su carencia de hegemonía y aún de legitimidad se expresa, para no ahondar en el hecho de que su dominación ha estado soportada más en la coerción -la violencia en todas sus formas- que en el consenso -la sanción de una situación de facto vía elecciones-, en la existencia y la persistencia de la insurgencia armada durante tantos años.

El anacronismo político

Además de la ausencia de sentido, la discontinuidad operada sobre nuestra relación con el tiempo y el carácter traumático del acontecimiento Gaitán, otra de sus consecuencias ha sido el anacronismo político. Nuestra sociedad actual experimenta varias temporalidades con distintas velocidades que difícilmente encuentran sintonía. La temporalidad de las élites, regionales y nacionales, legales e ilegales, aunque adaptada a la aceleración del tiempo global, continúa siendo más propia de la Colonia que de una sociedad compleja del siglo XXI. Esto en parte explica la dificultad de esas élites para conseguir la hegemonía en torno a un proyecto colectivo, más allá de las argucias politiqueras, clientelares o francamente corruptas que refrendan cada tanto su dominación.

Algunos síntomas: los títulos nobiliarios que anteriormente reivindicaban distinguidos miembros de esa élite hoy han sido reemplazados por títulos académicos de prestigiosas universidades globales, aunque igualmente falsos. Un vicepresidente se cree con derecho a propinar “coscorrones” a su escolta y, no contento con eso, le ordena recibir sus “disculpas” en un acto público. La historia alternativa y digital de las oligarquías colombianas, entre 1498 y 2017, es obra de uno de sus ocasionales pero aún así contados miembros críticos. Hoy como ayer se denuncia como la peor de las traiciones cualquier intento de cambio a esa forma oligárquica de ejercer la dominación, incluso al precio de amenazar con reiniciar la guerra; cualquier otra opción política alternativa es abiertamente denunciada como peligrosa, “terrorista” o más recientemente “populista”.

Debajo hay un pueblo que aun reclama la ampliación del espacio político y que al mismo tiempo defiende sus propias temporalidades. Así por ejemplo, los sabios y valientes habitantes de Cajamarca (Tolima) han puesto en práctica un proceso radical de democracia para expulsar la minería de su territorio, reivindicando así el ritmo lento de la naturaleza y de la vida en contra de las inversiones bursátiles en el mercado global, cuya vertiginosa velocidad genera muerte y destrucción.

Saldar cuentas con el pasado

El proceso de paz, aún con los problemas que presenta en este momento, sigue siendo una oportunidad para saldar cuentas con el pasado, para construir un proyecto de país que se proyecte al futuro. La asunción del pasado en el presente es una tarea enteramente política, que implica más que una decisión acerca de lo que se debe recordar y lo que se debe olvidar, como condición para hacer viable este país.

Más que una memoria hegemónica, incluyente o excluyente, sobre el pasado inmediato, es necesario construir un sentido de vida colectivo que haga posible resolver la discontinuidad permanente, nuestro particular “no-ser-siempre-todavía”. En contienda hay varios proyectos de comunidad política y no todos son partidarios de una asunción del pasado; por el contrario, la mayoría de los proyectos quieren dar permanencia a la discontinuidad, dejar el pasado en el pasado más que hacerlo presente. Se trata de proyectos de comunidad política excluyentes, que pugnan por mantener una masa manipulable, obediente a toda costa, aunque sus ocurrencias sean cada día más absurdas.

Frente a ellos se abre la posibilidad de construir pueblo, no un pueblo vengativo que podría resultar de una lectura apresurada de Gaitán (“si muero, vengadme”), sino ese otro pueblo plural, incluyente y, sobre todo, formado por ciudadanos capaces de decidir por sí mismos que anticipó cuando dijo:

“Cercano está el momento en que veremos si el pueblo manda, si el pueblo ordena, si el pueblo es el pueblo y no una multitud anónima de siervos”.

***

iMayz Vallenilla Ernesto (1979). “El problema de América”. Latinoamérica. Cuadernos de cultura latinoamericana, 93, p. 6.

iiIbíd., p. 11.

iiiMenciono únicamente los títulos de algunas obras de ficción sobre Gaitán y el 9 de abril, aunque un análisis pormenorizado podría aportar más luces sobre la experiencia traumática del acontecimiento.

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