El día de los simples

on Martes, 14 Octubre 2014. Posted in Artículos, Edición 43, Luis Carlos Sánchez, Cultura colombiana, Nacional

43 LuisCarlos

Y acaso también, en conexión con esa fuerza, quepa pensar la paz, a menudo traicionada por el entusiasmo imaginativo de sus defensores, como cumplimiento de una promesa abortada, como deposición y pago de una deuda, como desactivación de los mecanismos que aseguran la continuidad de una tradición de despojo y destrucción.

 
Luis Carlos Sánchez
Fuente de la imagen: http://agendapu.blogspot.com/

La idea de una acción histórica, de una acción de cara a la historia, es una de las ideas más fascinantes y a la vez aterradoras del siglo XX. Actuar históricamente tuvo sentidos diversos que podemos agrupar en dos grandes tendencias: para algunos se trataba de comprender las leyes de la historia y actuar de conformidad con ellas, hacer historia comprendiendo sus tendencias y afirmando la propia voluntad ante ellas; y para otros se trataba de entregarse al destino histórico al que eran convocados, la entrega a lo que Alain Badiou ha llamado la “pasión de lo real”.

Entre los primeros, no podía haber consenso sobre lo que debía entenderse por “leyes de la historia”, pues para unos eran las del progreso indefinido del capitalismo, las libertades burguesas y los valores liberales; para otros las definidas por la contradicción económica fundamental entre capital y trabajo, que se expresa políticamente en la lucha de clases; y aún para otros más, las de la eugenesia y el predominio racial, cuya formulación científica también tuvo difusión y acogida. Muy esquemáticamente, aquellos que creían en la existencia de leyes de la historia y que se esforzaban por comprenderlas y actuar de conformidad con ellas, fueron englobados bajo el nombre de “historicistas”, a pesar de enormes diferencias entre tendencias y del papel ambivalente de la voluntad en cada caso. Karl Popper dirigió agudas críticas contra la forma lógica del historicismo, concentrando sus ataques en el marxismo y la ideología racial nacional-socialista, pero dejando impensado el hecho, hoy evidente, de que la forma más inapelable de historicismo vive en el capital, en la proclamación cínica pero diabólicamente efectiva del “fin de la historia”.

Por su parte, aquellos que entendían la acción histórica como su entrega a la “pasión de lo real” podían o no reconocer que había leyes en la historia, pero en cualquier caso asumían que lo real trascendía a tal punto la voluntad de los hombres, que una ética humana debía incorporar el misterio indescifrable de su destino. En el límite, la radical negación de cualquier ley y la igualmente radical afirmación de la fuerza del destino se encontraron en el siglo XX en un punto inesperado y dramático: la muerte administrada en los campos de exterminio. En ellos, una ley sin su clave, y por lo tanto, en sentido estricto, una no-ley, sellaba con inusual fatalidad el destino de los vivientes. Y aunque el nexo entre la vida y su destino por lo general lleva el sello de la muerte, también fenómenos más prosaicos, burocráticamente organizados y repetidos en la vida cotidiana de los hombres, llevan el signo oscuro de una fatalidad que no puede sino comprenderse mal.

Con toda probabilidad, a pesar de la distinción elemental, historicismo y destino se copertenecen y refuerzan mutuamente, y en esa copertenencia y refuerzo mutuo está escrita buena parte de la historia política del siglo XX. Esta confluencia entre historicismo y destino se manifestó en un doble hecho: por un lado, las leyes, extraídas en otro tiempo mediante esfuerzos supremos del pensamiento, adquirieron tal nivel de autonomía que se convirtieron en signos oscuros de un destino inevitable; y por el otro lado, la figuración destinal alimentó una nueva mitología de la ley, vacía en su forma pero aparentemente implacable en sus mecanismos de captura, que articulaba historia y criatura en el plexo culpable de todo lo viviente. En ese sentido, que la estructura de la acción histórica haya adquirido la forma de una justificación, es decir, que actuar históricamente se haya convertido de cierto modo en justificar la propia existencia, la bondad de Dios o la fuerza de una ley, corresponde al hecho de que la historia haya adquirido la forma de un tribunal en sesión permanente, cuyas acusaciones debían ser respondidas.

Ahora bien, que la acción histórica se comprendiera ante todo como justificación de lo humano en el tribunal de la historia liberaba un resto, débil pero cierto, de fuerza histórica que no comparecía al juicio. Y hubo tal vez, como tradición secreta de lo derrotado por el ímpetu histórico, una débil fuerza histórica en aquello que no tenía una meta pero que sí reclamaba un final. Esta débil fuerza histórica no soñaba con horizontes lejanos y grandiosos, sino que encaraba el sueño más bien prosaico de una vida cumplida, una vida que llevara a término la deuda que se había vuelto impagable y que en esa misma medida se había convertido en fuente y engranaje de la tradición gloriosa de todo lo que se ha impuesto alguna vez sobre la tierra, de todo lo que ha conseguido enseñorearse sobre el mundo. Se trataba entonces de una débil fuerza histórica que mantenía viva la posibilidad de una ética de la felicidad al lado de una masiva y fortalecida ética del deber, que acompañaba a la acción histórica destinal e historicista.

¿Qué quiere decir llevar las cosas a su final y no ponerles una meta? ¿Qué carácter tiene una acción histórica sin meta?, ¿qué acción histórica es posible prescindiendo de los fines? Y finalmente ¿en qué sentido una acción con estas características reintroduce una ética de la felicidad de tono antiguo en un mundo moderno construido sobre la ética de los deberes? Por supuesto que apenas voy a esbozar una respuesta a estas preguntas. Pero acaso el esbozo sea suficiente, pues nada hay de misterioso en ellas. En efecto, la simpleza es el rostro de lo cumplido, de la deuda finalmente cerrada, de la clausura que rompe la tradición gloriosa de lo impagable. Lo que está en juego es la posibilidad de restablecer a cada cosa en su lugar y de “concebir –como escribió Kafka– la dicha de que el suelo que pisas no puede ser más grande que los dos pies que lo cubren”. El día de los simples es cualquier día y todos los días. Es un tiempo de restablecimiento, sí, pero aquello que se restablece no es un estado de cosas, pues es un tiempo configurado por lo que ya fue sin haber sido aún; ya fue porque ya pasó, pero no ha sido aún porque no realizó sus promesas. Y aquello que ya es sin ser todavía tiene un nombre antiguo en filosofía: potencia. Cada cosa encuentra entonces su lugar en la potencia, y allí reposa disponible e inapropiable para los hombres, pues no hay propiedad sobre lo que es en potencia. Restablecer una potencia es lo más simple no porque sea fácil sino porque devuelve al hombre su simpleza, lo libera en cierto modo de su misterio. Bertolt Brecht pensó algo similar cuando dijo del comunismo que “no es una locura, sino el fin de la locura, no es el enigma sino la solución; es lo sencillo que resulta difícil de realizar”.

Los tiempos que corren, con sus paces maltrechas y sus retóricas de autoayuda mal disimuladas, albergan, como cualquier día, el sueño prosaico de lo simple. Llevar las cosas a su final, habilitar las fuerzas históricas no del futuro sino del final - algo que la teología conoce hace mucho como “escatología” y que en algunos textos Marx asoció a la categoría histórica del “proletariado” -, implica saldar las deudas de las cosas llamándolas por su nombre. Acaso la fuerza de un gesto como el del senador Iván Cepeda, que ilumina públicamente lo que ya más o menos se sabe y llama las cosas por su nombre a pesar de que no puedan ser nombradas, no resida tanto en su poder de judicialización de lo denunciado. Acaso la fuerza de su gesto resida en la sencillez con que ilumina la oscuridad voluntaria de nuestra política, sencillez que agudiza las tensiones entre los poderosos y deja planteados los términos en los que cada cual, incluida la justicia, está llamado a decidir sobre lo que debe hacer.

Y acaso también, en conexión con esa fuerza, quepa pensar la paz, a menudo traicionada por el entusiasmo imaginativo de sus defensores, como cumplimiento de una promesa abortada, como deposición y pago de una deuda, como desactivación de los mecanismos que aseguran la continuidad de una tradición de despojo y destrucción. Una paz que devuelva la potencia de cualquiera, una paz en el día de los simples, no es un ideal de vida, sino vida simple y llanamente, y en ese día, que es cualquiera, cada cual sabrá y sabe, de hecho, exigir y llevar a término aquello que debe ser cumplido, depuesto, desactivado.

Comentarios (0)

Déje un comentario

Estás comentando como invitado. Autentificación opcional debajo.

Ediciones anteriores

Ver más ediciones