El Estado Islámico y las contradicciones de la lucha contra el terrorismo

on Martes, 02 Septiembre 2014. Posted in Artículos, Estado Islámico, Edición 40, Estados Unidos, Conflicto en Medio Oriente, Internacional, Andrés Felipe Parra Ayala

40 Parra

La razón por la que no puede augurarse un final rápido del Estado Islámico es que combatirlo integralmente exige que Estados Unidos renuncie a buena parte de sus intereses en oriente medio y abandone sus planes en Siria. Y es muy poco probable que eso suceda. Por no alterar sus planes geopolíticos, Estados Unidos podría crear otro monstruo para combatir el monstruo.

 
Andrés Felipe Parra
Fuente de la imagen: www.publico.es

El 29 de junio de 2014 Abu Bakr al-Baghdadi se declaró «Califa» del Estado Islámico de Irak y el Levante, en alusión a la zona siria del Levante Mediterráneo. Esta autoproclamación no es inoficiosa ni jovial. En el mundo islámico el título de Califa y la figura del Califato dan cuenta de una autoridad política y religiosa que exige por su propia naturaleza recaer sobre todos los creyentes musulmanes. Así, el Califa no se refiere únicamente a la jefatura de una entidad política, sino que su cargo es el de sucesor de Mahoma. Abu Bakr al-Baghdadi, quien realmente ostenta el nombre más modesto de Ibrahim (Abu Bakr es el nombre del primer califa del Islam) se unió a la causa de la yihad en el año 2003 para combatir la ocupación estadounidense, y su organización, que anteriormente era una facción de Al-Qaeda, adquirió un poderío militar y financiero inusitado en la guerra civil de Siria.

Al día de hoy, el nombre de «Estado Islámico» no es una broma ni una ilusión de sus militantes: el Estado Islámico ha instituido cortes, ha impuesto leyes, cobra impuestos (o, si se quiere, «extorsiones»), exporta barriles de Petróleo, tiene empresas de gas y controla buena parte del territorio sirio e iraquí. Su capital es la ciudad de Raqqa, ubicada en Siria, y sus fronteras se extienden por el norte de Siria colindando con la capital de Irak. El Estado iraquí ha perdido control efectivo de las fronteras con Siria y Jordania, que actualmente están bajo el mando del califato.

40 Parra1Fuente:http://wscdn.bbc.co.uk/worldservice/assets/images/2014/06/30/140630120157_irak_siria_califato_20140.gif

El Estado islámico ha prendido las «alarmas antiterroristas» de la mayoría de países occidentales y ha ofuscado al mundo con sus atrocidades. La esclavización de trescientas mujeres de la comunidad yazidí, capturadas en Irak y obligadas a contraer matrimonio con milicianos de la organización que combaten en la guerra civil siria, está acompañada de la tristemente célebre decapitación del periodista estadounidense James Foley, por quien los rebeldes pedían más de cien millones de dólares al gobierno de los Estados Unidos y un cambio de política en el medio oriente. En su momento, el gobierno norteamericano se rehusó a pagar la suma no sólo por cuestiones de orgullo o por la fortaleza que un país como Estados Unidos debe mostrar a sí mismo y al mundo, sino fundamentalmente por motivos «legales»: el Patriot Act o Ley Patriota prohíbe a los ciudadanos financiar a «grupos terroristas» bajo ninguna circunstancia –incluída, por supuesto la del secuestro-.

El episodio de la decapitación de Foley llevó al director del FBI, James Comey, a decir que frente al cruento accionar del Estado Islámico, los otros terroristas parecían gente cordial y civilizada. Por esta razón, varios funcionarios del gobierno estadounidense han declarado al Estado Islámico como su nuevo enemigo número uno. Pero en esta ocasión, como es costumbre desde hace varias décadas, las lecciones de moralidad del gobierno de Estados Unidos en general y de Comey en particular resultan superfluas. Ya son sabidos los efectos que tiene la intervención de la «civilización» americana sobre el «terrorismo»: la historia de las intervenciones en nombre de la libertad no ha llevado la «libertad» a ninguna parte sino que, por el contrario, su resultado es el nacimiento de un nuevo enemigo de los Estados Unidos. Lo que implica, por simple lógica, que Estados Unidos interviene para crear una situación que amerite una futura intervención.

El caso más claro es el de Osama Bin Laden, quien fue la punta de lanza de la resistencia afgana contra la invasión soviética y sus células fueron apoyadas y financiadas durante la Guerra de los Balcanes. Después se convirtió en enemigo número uno del mundo occidental. Este ciclo infinito de intervenciones, naturalmente, tiene una motivación económica: el llamado «complejo militar industrial» necesita una demanda permanente que sólo las intervenciones puede llegar a mantener viva. Pero esta motivación económica colinda con una verdad patética: el gran potencial tecnológico y armamentístico del ejército estadounidense se complementa irónicamente con la modesta capacidad que sus soldados tienen de combate en terreno. La desafortunada aventura en Vietnam en la que las fuerzas del vietcong demostraron superioridad táctica desde varios puntos de vista se convirtió en la marca genética del ejército estadounidense. Esta marca es también evidente en la incapacidad que ha tenido el mismo ejército de reestablecer el orden en Afganistán después de su intervención en 2001.

Esta incómoda situación, en la que su ejército demuestra una capacidad de combate inferior y deficiente a pesar de su tecnología, ha obligado a Estados Unidos a apoyar grupos ilegales y de mercenarios en países y situaciones en donde la «barbarie» amerita una intervención. Y aunque, en efecto, las situaciones y experiencias que padecen los habitantes de algunas regiones intervenidas hayan sido crueles y brutales antes de la intervención –como sucedía en Afganistán o sucede hoy en día en el Estado Islámico-, las acciones de Estados Unidos y sus aliados terminan creando un monstruo, quizá peor, para combatir otro monstruo. Las atrocidades cometidas por facciones de organizaciones rebeldes sirias, apoyadas por Estados Unidos, podrían llegar a haber superado las acciones represivas del gobierno de Al Assad durante la «primavera árabe». De igual forma, uno de los videos filtrados por WikiLeaks, en donde un soldado estadounidense mata civiles como forma de ocio y diversión, pone en evidencia una faceta radical de lo monstruoso en la que lo cruel se confunde con el entretenimiento virtual de una consola de videojuegos. El Estado Islámico no es la excepción en este sentido.

El primer ministro de Irak, Nuri al-Maliki, denunció a Arabia Saudita, a Kuwait y a Qatar de financiar al Estado Islámico. La afirmación causó controversia y fue negada por los países involucrados pero, en especial, por Estados Unidos sin haber sido acusado directamente. Al respecto, los analistas más «moderados», que incluso trabajan en entidades gubernamentales de los países en cuestión, han señalado que la financiación a grupos rebeldes sirios pudo «desviarse» y terminar en el Estado Islámico. Aunque todavía no está probado con fuentes independientes que Estados Unidos haya financiado directamente al Estado Islámico, hablar de una «desviación de recursos» en el contexto de una guerra civil, como la de Siria, es un eufemismo o una muestra de una modesta capacidad de juicio.

Resulta inverosímil creer que un país como Estados Unidos, que posee aparatos de inteligencia y que los despliega en su «lucha contra el terrorismo», llegando incluso a espiar jefes de Estado, no sabe a quién está financiando o que desconoce la información militar y política de las organizaciones a las que presta ayuda. También es inverosímil pensar que Estados Unidos desconocía el riesgo inminente –que se había convertido en el tema favorito de los portavoces sirios y de quienes apoyaban a al Assad en la comunidad internacional- de que financiar a los grupos rebeldes significaba financiar a Al Qaeda y a grupos yihadistas. Si bien es difícil encontrar un cheque firmado por autoridades estadounidenses a nombre del «Estado Islámico» como portador, es innegable que financiar a los rebeldes en Siria llevaba consigo el riesgo del fortalecimiento de una organización extremista. Tampoco es mentira que Estados Unidos estaba dispuesto a correrlo como un «daño colateral».

¿Qué hacer entonces con el Estado Islámico? Esta es la pregunta que se hacen los ciudadanos de la comunidad internacional. La intervención internacional contra el Estado Islámico resulta ventajosa en esta ocasión por una feliz coincidencia de circunstancias: nadie se opone a que se use militarmente la fuerza contra el «Califa» Ibrahim y sus combatientes. De hecho, de alguna manera u otra, todas las naciones y grupos armados involucrados directa o indirectamente en el conflicto sirio le han declarado la guerra al Estado Islámico: Turquía mantiene escaramuzas con las tropas yihadistas en su frontera, Irán ha manifestado que entraría a atacar si los combatientes irrumpen en ciudades sagradas para la tradición islámica chiita y Siria mantiene un férreo combate con las tropas de al Baghdadi en la ciudad de Alepo. Pero esta feliz coincidencia es al mismo tiempo frágil.

Siria ha manifestado que tiene la voluntad de negociar con Occidente la incursión de tropas de la OTAN en su territorio, siempre y cuando pueda fraguarse una suerte de alianza. Si esto sucede, Estados Unidos estaría firmando su carta de renuncia a controlar el tránsito del canal de Suez, por donde sale el petróleo del medio oriente. Por ello, Estados Unidos rechazó la oferta y sólo ha bombardeado desde el aire las posiciones del Estado Islámico en Irak. De igual manera, algunos países europeos han brindado ayuda armamentística a los grupos nacionalistas kurdos, como el Partido de los Trabajadores del Kurdistán que combate al mismo tiempo contra Turquía, Irak y tiene presencia en el conflicto sirio.

El Estado Islámico parece ser combatido por todas partes. Pero eso no garantiza su fin. El Estado Islámico cuenta con más de dos mil millones de dólares en sus arcas y, mientras siga controlando los pozos de Siria e Irak, sus ingresos serían de cien millones de dólares al mes. Aunque la recuperación de posiciones pueda ser relativamente exitosa por parte del ejército iraquí, eso no implica la desaparición del Estado Islámico como organización. Sin embargo, la razón por la que no puede augurarse un final rápido del Estado Islámico es que combatirlo integralmente exige que Estados Unidos renuncie a buena parte de sus intereses en oriente medio y abandone sus planes en Siria. Y es muy poco probable que eso suceda. Por no alterar sus planes geopolíticos, Estados Unidos podría crear otro monstruo para combatir el monstruo.

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