El futuro de Venezuela II

on Lunes, 15 Abril 2013. Posted in Artículos, Edición 7, Internacional, Elecciones Venezuela, Andrés Felipe Parra Ayala

7 ParraLa aparente victoria de Capriles sólo puede darse a costa de una interiorización de algunas ideas socialistas en la cultura política venezolana.
 
Andrés Felipe Parra
Fuente: www.rcnradio.com
No hay duda de que el resultado de las elecciones en Venezuela ha sido inesperado. Los sondeos de opinión daban ventaja a Maduro sobre Capriles por al menos diez puntos, pero los resultados dan una diferencia de un estrecho margen entre el candidato socialista y el de oposición. Maduro obtuvo 7.505.338 (50.66%), mientras que Capriles obtuvo 7.272.403 (49, 07%).

Es natural pensar que con esta pequeña diferencia se pone en alerta el futuro del proyecto revolucionario. En efecto, la pasada elección del 7 de octubre, dejó un margen para Hugo Chávez de al menos 11 puntos sobre su contendiente, Capriles. Y si el margen tuvo una reducción tan significativa en estas elecciones es porque algo no era como antes. Al respecto, es previsible que el mainstream mediático, ante el resultado maneje al menos dos escenarios de análisis que pueden considerarse en sus alcances y ser develados en sus supuestos.

El primero es que las elecciones fueron un fraude. Esta idea, aunque puede ser sustentada gracias al estrecho margen, es políticamente inconveniente para la oposición. A lo sumo que pueden llegar las cosas es que el comando de campaña de la Mud pida un reconteo de votos o una nueva auditoría de los resultados. Por ahora, el ánimo triunfalista de la oposición se traducirá en una posición más institucional en donde la derecha buscará administrar su victoria para o bien pelear un referendo revocatorio o para esperar a las próximas elecciones parlamentarias.

El segundo análisis que es posible encontrar es que hay una crisis del modelo socialista en Venezuela pues éste en verdad se reducía a la influencia unipersonal de Chávez. Este punto no es tan claro. No es difícil darse cuenta que lo que potenció la subida de Capriles fue una apropiación de los símbolos de la izquierda y sus reivindicaciones políticas. Capriles siempre decía que su programa respetaba las misiones sociales, las políticas de Estado de nacionalización y reparto entre los sectores más pobres de la renta petrolera pero con una mejor y más eficiente gestión, aunque su programa tuviese intenciones de echar para atrás los programas sociales.

Los problemas de gestión son evidentes y las circunstancias no ayudaron a una imagen de un Maduro administrador, tras la devaluación del Bolívar Fuerte y la imagen de escasez de alimentos que fue fuertemente explotada por la derecha. Pero una cosa es cuestionar la eficiencia y otra el modelo en sí mismo. Aunque a veces ambas cosas se confunden, es más que obvio que un candidato que proponga explícitamente la privatización de la salud y la educación y el final de las misiones sería fuertemente rechazado por la población. La aparente victoria de Capriles sólo puede darse a costa de una interiorización de algunas ideas socialistas en la cultura política venezolana. El poder apelar a esas ideas y generar dudas en la población acerca de si Maduro podría ejecutarlas exitosamente fue una de las claves del ascenso de Capriles.   
 
Chávez: un arma de doble filo.

Chávez es una figura de las concepciones políticas cotidianas de los venezolanos. Esto no quiere decir que Chávez sea simplemente un mito o una figura político-religiosa como se ha hecho entender en algunos análisis ‘antropológicos’ de dudosa calidad académica y conceptual que han circulado por algunos medios escritos nacionales. Si Chávez es un símbolo político, es siempre un símbolo sujeto a interpretaciones múltiples de acuerdo a las circunstancias e intereses de los actores. En toda acción de lo que puede llamarse un ‘culto’ hay siempre, en el fondo, una especie de sincretismo que da un nuevo significado a la figura de Chávez. Por eso Chávez no es un ‘mito’ ni una figura de adoración religiosa que impone su contenido en una acción de culto, sino que es un símbolo que se llena de contenido distinto de acuerdo a quien lo utilice.

La campaña presidencial fue una muestra de ese sincretismo. Las acciones de Maduro y Capriles pueden entenderse como intenciones de apropiarse de la figura de Chávez. Paradójicamente hasta la oposición luchaba por ser heredera de Chávez. Y puede decirse que la oposición ganó, pues interpretó el símbolo de acuerdo a ciertas necesidades e inconformidades de la población; pero ganó dejando de ser oposición. Cuando Capriles se llamaba a sí mismo un candidato de centro-izquierda, las diferencias con el chavismo parecían ser cosméticas, reducidas a un estilo de gestión y no a un contenido de las políticas. El símbolo Chávez ayudó a que la oposición creciera electoralmente en estos comicios, pero dificulta la consolidación de un discurso que muestre sus intereses reales, que al menos están consignados de forma clara en el programa de gobierno de Capriles. Una derecha que se consolida en un espectro político negando sus propias ideas y proyectos es, sin duda, una contradicción.

Este escenario complejiza la postura de la oposición. Un ánimo triunfalista, que se ha visto en las últimas declaraciones de Capriles después del anuncio de los resultados por parte del CNE, puede ser la peor forma de administrar la victoria. La oposición corre el riesgo de confundir los escenarios: una cosa es haber sabido condensar ciertos descontentos con la gestión del modelo socialista y otra es creer que hay un descontento generalizado con las políticas sociales o el elevado gasto público. Si la oposición confunde el primer escenario con el segundo, puede echar por la borda el capital político que parece haber acumulado.

Este es el doble filo de Chávez para la oposición. Pero también lo es para las fuerzas socialistas. Uno de los errores de la campaña de Maduro fue poner al símbolo de Chávez en el centro del debate electoral. Cuando se hace eso, se corre el riesgo de que el símbolo sea interpretado desde otros marcos, como el de la derecha. La dificultad radica en que es difícil decidir los criterios correctos de interpretación de un símbolo como Chávez. El oficialismo se dedicó prácticamente en toda la campaña a intentar brindar esos criterios de interpretación con una lógica militante, lo cual era un cometido bastante difícil porque el símbolo Chávez sólo existe en su interpretación efectiva.

La campaña para las elecciones del 7 de octubre no fue el debate de apropiación de un símbolo sino que el propio Chávez siempre hacía hincapié en una diferencia de modelos y de concepciones de país con respecto a Capriles. Aunque Maduro se refería a estos puntos, que son de crucial importancia, siempre lo hacía en medio del debate de quién podía seguir mejor el legado de Chávez. El problema es que cuando Maduro dice “yo soy el hijo de Chávez” o manifiesta que él sí puede seguir el legado de Chávez mientras que Capriles no, admite la posibilidad del debate sobre quién puede interpretar y seguir el legado del símbolo Chávez. Plantear así las cosas era entrar perdiendo terreno en la campaña, pues las discusiones se hacían más ligeras, lo que disminuía los puntos fuertes que el proceso revolucionario puede poner en un debate político, como por ejemplo una confrontación de modelos y de visiones de país, y en cambio, fortalece la forma de debatir de la derecha que enfatiza en burlas y ridiculizaciones, como el poco feliz pero célebre episodio del “pajarito”.   

Mirando hacia el futuro        

El 49% de los votos es, sin duda, una victoria para la oposición, pero debe relativizarse. La oposición no tiene forma de concentrar políticamente ni organizativamente los votos que han sido ganados en circunstancias muy especiales, es decir, que se han ganado a costa del símbolo Chávez. Hay una disimetría entre el resultado electoral de la oposición y la posición real de las ideas de derecha en la sociedad venezolana. Por ahora, ese 49% no significa nada en sí mismo, pues todo depende de la utilización que le de la oposición a esta cifra. Las fuerzas socialistas controlan los gobiernos regionales, controlarán el ejecutivo seis años más y tienen la mayoría de escaños en la asamblea nacional. El futuro de Venezuela se juega en el gobierno, en donde la oposición no tiene ningún espacio en realidad.

Pero tener el control del gobierno no significa tampoco nada en sí mismo. Maduro va a administrar probablemente una producción de 6 millones de barriles diarios (el doble de barriles que en la actualidad y, por tanto, una doble bonanza), que a ese ritmo alcanzaría unos 150 años de acuerdo a las reservas venezolanas probadas internacionalmente. Aunque esto es, contrario a lo que dicen los medios, no una época de vacas flacas  sino de vacas doblemente gordas, el petróleo en Venezuela es una bonanza pero también es fuente de problemas como el desequilibrio de divisas o una postergación relativa del fortalecimiento estatal de la producción nacional colectiva.

La pérdida de al menos 600 mil votos con respecto a la elección anterior es un baldado de agua fría para las fuerzas socialistas. Aunque esto puede, a primera vista, acentuar algunos conflictos entre sectores que participan en la gestión del Estado porque todos culparían a Maduro del fracaso, en verdad es más probable esperar que ante la existencia de un enemigo que parece haber crecido, las fuerzas socialistas aprieten aún más sus filas.

Apretar las filas, sin embargo, no es tampoco garantía de nada. Sin un debate de ideas y el fortalecimiento del proceso político en donde las personas se apropian de sus asuntos cotidianos, las dos amenazas que se ciernen sobre la revolución podrían hacer de las suyas. La primera amenaza es la ineficiencia en la gestión del Estado. Pero la segunda amenaza es más complicada de manejar: en el 2019, habrá un relevo generacional en los electores. Se trata de una nueva generación de venezolanos que habrán nacido en el siglo XXI o a finales del siglo XX y que, por lo tanto, no recuerdan la cruel situación inhumana de pobreza durante la denominada Cuarta República. La batalla está en la politización e inclusión dentro de las redes de poder del Estado y los consejos comunales de esa nueva generación que no vive de recuerdos del pasado sino de expectativas del futuro.

***

1www.semana.com/mundo/articulo/venezuela-maduro-mas-duro/337663-3

Comentarios (11)

  • Tomás

    Tomás

    15 Abril 2013 a las 15:08 |
    Está claro el reto que se le viene "pierna arriba" al gobierno socialista venezolano. El más importante, es lograr salir de la sombra de Chávez y empezar a construir la corriente genuina que el legado chavista asume. De modo que esa nueva generación que asume las urnas pueda debatir, construir y empoderar su contexto concreto.
    En la historia "quien se quedó, se quedó".
  • Miguel Rojas

    Miguel Rojas

    15 Abril 2013 a las 16:27 |
    Interesante el análisis. Yo creo que lo del doble filo de Chávez está en la frase "Chávez es el pueblo". Uno puede entender que se trata de que Chávez se multiplicó y fue más allá de sí mismo en el pueblo, pero también uno puede decir que el pueblo se reduce a Chávez. Creo que el proceso anda en esa ambiguedad porque el proyecto político se asume como una atribución de una persona pero también como la aspiración de vida de millones de personas. La aspiración debe desprenderse de Chávez
  • Diego

    Diego

    15 Abril 2013 a las 16:41 |
    Yo pienso que en este momento hay que aceptar la salida pragmática: se ganó con poca diferencia, pero se ganó. Según las reglas de la democracia, la victoria es legítima. Ahora, esto no debe llevar a falsas expectativas. Ciertamente, hay fallas y el chavismo debe hacer la respectiva autocrítica. Creo que el talón de aquiles sigue siendo la participación de la base. Tal vez es lo más duro y díficl del proceso. Es lógico que se ha transitado muchísimo en esa dirección, pero es ahí donde está el futuro del proyecto. La democracia venezolana debe profundizarse aún más en las capas populares a través de la participación activa. No se puede perder el ejemplo y referente de lo que puede ser en la práctica una democracia socialista.
  • Torres

    Torres

    15 Abril 2013 a las 17:16 |
    Estoy de acuerdo con que se ganó y ya está. Pero además, si lo pensamos bien, el chavismo cruza por uno de sus mejores momentos en la historia: controla muchas más gobernaciones que antes eran de la oposición y tiene casi todo el congreso para hacer las leyes que necesita. El 7% que se levantó la oposición en estas elecciones no se compara con tener 20 gobernaciones ni tener casi todo el congreso ni tener la presidencia para 6 años. Ese 7% sirve para hacer buya que es lo único que hacen los medios en este país, pero no para gobernar o proponer un proyecto político diferente
  • Andrés Caicedo Rojas

    Andrés Caicedo Rojas

    15 Abril 2013 a las 17:18 |
    Excelente análisis, muy completo. De todas formas, los resultados electorales eran previsibles, si se tiene en cuenta la pérdida de Chávez y el ascenso que ha venido teniendo la oposición. Esa es una buena lección para Colombia, puede que el PSUV tenga ocho millones de afiliados, pero las lógicas electorales son muy distintas. Eso deberían aprenderlo quienes están apostándole a una Constituyente para refrendar los acuerdos de paz. El caso venezolano lo que muestra es que no es suficiente con "tramar" a la gente para que vaya a votar por x o y, se necesita un proceso de educación, para que puedan elegir por sí mismos de acuerdo a sus intereses. Me parece que esa política realista a la que le apostó Chávez y ahora le apuesta el chavismo siempre tiene que llegar a este límite, pues se conforma con "tramar", y eso se pierde fácilmente cuando el opositor aprende mejores formas de tramar. Por otro lado, no estoy muy de acuerdo con eso de que Capriles articuló cosas del proyecto socialista y por tanto de la izquierda. Mejor dicho, habría que discutir si en Venezuela hay un "modelo socialista" como aparece en la columna. Yo no creo que apropiarse del socialismo sea decir que no va a desmontar políticas asistencialistas, creo que eso definitivamente no puede confundirse con socialismo. Por lo tanto, tampoco creo que la cultura política venezolana esté permeada por idearios de izquierda o socialistas. Andrés dice que hay una "disimetría" entre el resultado electoral y la posición "real" de las ideas de derecha en la sociedad venezolana, me parece que pasa lo mismo con la izquierda. La derecha no se contradice, para nada, si asume políticas asistencialistas, de lo contrario Uribe sería un "ultra". Pienso que el peor error de Maduro durante la campaña fue dedicarse a conservar el electorado del chavismo, en lugar de articular parte del electorado de oposición. No advirtió que la muerte de Chávez fue vista, y tal vez ese sea el significado, como una oportunidad para construir algo distinto. En lugar de decir vamos a "mejorar" nuestra democracia, vamos a superar el caudillismo y el personalismo, vamos a construir de verdad el socialismo, no sólo políticas asistencialistas, se dedicó a decir: vamos a seguir en las mismas, sólo que sin Chávez. En últimas, manejó todo el tiempo un discurso conservador que terminó por hacer que muchos de sus votos viraran hacia la oposición.
  • Miguel Rojas

    Miguel Rojas

    15 Abril 2013 a las 17:40 |
    Yo estoy de acuerdo con Andrés Caicedo. Si nos fijamos, siempre gana el que le apuesta a algo nuevo no a tener lo mismo de siempre. Ese fue un defecto de la campaña del chavismo. Sin embargo, no estoy de acuerdo en una cosa. A mí me pareció evidente, como dice en la columna, que Capriles sí se apropió de cosas del chavismo cuando su programa de gobierno decía otra cosa.. Así Venezuela no sea un sistema socialista (¿quién lo decide?), en los discursos de la gente sí hay ideas de izquierda que han sido asumidas por las personas y es claro que de eso se aprovechó Capriles. Yo creo que las políticas asistencialistas de todas formas confrontan el modelo de renta petrolera que había antes de Chávez y yo no sé si la derecha quiera mantener esas políticas. Hay que ver la forma en que Capriles se ha enfrentado a las misiones siendo gobernador de miranda o hay que leer su programa de gobierno.
  • Diego

    Diego

    16 Abril 2013 a las 04:23 |
    Estoy de acuerdo con Torres. Pero la pregunta de fondo es: ¿por qué no se reflejó en votos este buen momento del chavismo? Me parece hoy es crucial que se reconozca la victoria. Hay que combatir la inestabilidad con las reglas democráticas. Aún en los momentos difíciles, Venezuela nos enseña muchísimo.
  • JAIRO

    JAIRO

    16 Abril 2013 a las 22:32 |
    Es increíble como la derecha venezolana, que habla tanto de democracia y de respeto a la ley, está recurriendo desesperadamente a la violencia para no reconocer al legítimo ganador de la jornada electoral. El artículo deja claro que el oficialismo tiene que evaluar sus fallas, pero esto no quiere decir en ningún sentido que las elecciones no hayan sido ganadas ya por Maduro. Claramente él fue elegido presidente. La derecha burguesa tiene que respetar resultados.
  • Facundo Guillén

    Facundo Guillén

    17 Abril 2013 a las 13:16 |
    La revolución bolivariana en la encrucijada

    “Esta revolución no la pueden destruir ellos, pero sí nuestros defectos y nuestras desigualdades.”
    Fidel Castro

    El domingo 14 de Abril de 2013 se desarrolló la última elección de Chávez. Maduro, nombrado sucesor por él, ganó las elecciones presidenciales de Venezuela con más de 7 millones y medio votos (representan casi el 51% de los votos totales). Capriles, miembro en los 80 de la secta Tradición Familia y Propiedad, representante de la rancia derecha de la República Bolivariana de Venezuela, perdió por poco más de 250 mil votos. Antes de finalizar el día, Capriles desconoce la victoria bolivariana y exige que se recuente la totalidad de los votos. La Casa Blanca apoya el reclamo de Capriles. La Unión Europea (UE) y la Organización de Estados Americanos (OEA) también. Bush, o mejor dicho Mr. Danger, ganó las elecciones del año 2000 con sólo el 0,3% de diferencia por sobre su competidor Al Gore. Así, tranquilamente, gobernó durante 8 años y declaró dos guerras y mató a miles de inocentes. Incluso Jimmy Carter, ex presidente de Estados Unidos, pocos meses atrás dijo “De las 92 elecciones que hemos monitoreado, yo diría que el proceso electoral en Venezuela es el mejor del mundo”. Obviamente, en este caso ni la OEA ni la UE chistaron. El mismo doble discurso imperialista que tristemente ya se ha vuelto costumbre.

    Con el apoyo de dichas potencias Capriles, al grito de “Maduro ilegítimo”, le pide a sus seguidores que tomen la calle y la policía de los municipios que gobierna la derecha los apoya. Resultado: un militante del PSUV asesinado, luego atropellado; comunicadores de medios comunitarios populares baleados; sedes del PSUV, del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) y de Mercales quemadas; la casa del jefe del Comando de Campaña Hugo Chávez y de la presidenta del Consejo Nacional Electoral rodeada por “escuálidos”; autos con gente en el interior prendidos fuego, TeleSUR y Venezolana de Televisión (VTV) atacadas. Ya se habla de por lo menos 7 muertos en las últimas horas. El olor de la alegría roja que inundó el pasado jueves las venas del este de Caracas transmutó en el particular hedor de la adrenalina. Antes de empezar, la pronosticada fiesta de la decimoséptima victoria electoral de los rojos rojitos se cancela. Mientras tanto, Capriles saca a su familia del país. Si ya se agregaron nuevas muertes al cargado río de sangre, la gente llora al imaginarse lo que hubiese pasado si estos asesinos fuesen gobierno. Nadie se lo quiere imaginar.

    El carozo del asunto es el temor que sienten los dueños de todo a que el pueblo se haya activado y se haya convertido en un actor político a ser considerado, cuyas opiniones hay que tener en cuenta. En la periferia capitalista, especialmente en el patio trasero de Estados Unidos, la más tibia de las reformas es vista como una revolución social. De la misma forma es combatida. Y aunque el modo de producción capitalista esté lejos de ser superado, las reformas también lejos están de ser tibias como el bonito mar Caribe.

    Algunos camaradas acá se preguntan ¿cómo es posible que el resultado final haya sido tan ajustado? ¿cómo es posible que haya tanto desleal que haya votado por la derecha? Parece que realizan la pregunta para saber qué les hubiese permitido evitar este escenario. Las respuestas tentativas y obvias que encuentro son que el liderazgo no se gana, se construye, que Chávez era Chávez y Maduro está lejos de serlo. Además, es difícil ganar sistemáticamente en el terreno preferido de la burguesía, más cuando el candidato opositor es conocido hace dos años y el propio hace días, opacado por la figura de Chávez. Por otro lado, el marketing de la campaña de Maduro apoyado en cantantes y en la farándula conversa al chavismo no ha sido lo mejor para interpelar al movimiento popular. Reivindicar el socialismo y caer en una tonta forma de mercantilización como la de esta campaña no sirve en un país donde la disputa simbólica es más que clave. Menos aún cuando la derecha busca disputar el legado de Chávez. Hay que sumar a esto la importante cantidad de errores cometidos. Por último, algunos más arriesgados, con los que me atrevo a coincidir, dicen que miembros de la burocracia incrustada en el proceso y de las Fuerzas Armadas fueron comprados y con similar práctica clientelista lograron conseguirle decenas de miles de votos a la oposición.

    A pesar de todo, de antemano era sabido por todos que la oposición iba a desconocer el resultado aunque el oficialismo hubiese ganado por 10 puntos de diferencia, como lo hizo Chávez el pasado 7 de octubre. Lo que no se tenía presente era con qué profundidad iba a ser utilizada la excusa del fraude para conspirar contra el gobierno. Se creyó que iba a pasar como pasó todos los años anteriores, que la oposición habló de fraude y armó guarimbas, despelote, cerca de sus propias casas. El cambio cualitativo, que no tiene tanto que ver con la diferencia de 8% de votos extra que se esperaba tener, es que la muerte de Chávez aceleró drásticamente los tiempos. Desgarró el equilibrio dinámico entre Estado, gobierno, movimiento popular, burocracia y oposición. La burguesía nunca estuvo dispuesta a esperar otros 6 años y menos a arriesgarse a que el proceso se profundice. Por eso aprovechó este nuevo momento de incertidumbre creado por la desaparición física de su líder. Con o sin diferencia importante de votos este era y es uno de los mejores momentos en el que la derecha podía entablar batalla y en el peor de los casos forzar un compromiso, un “golpe blanco”. Seguramente una mayor distancia en la disputa electoral le habría quitado legitimidad a la estrategia de la derecha y por ende hubiese sido más difícil que se generara la crisis que se vive en este momento. Pero el punto es que las condiciones estaban dadas y entre tanta victoria cantada de antemano, tanta encuesta y estadística sobre elecciones pasadas, no hubo la suficiente preparación para este escenario.

    Ahora, lo hecho hecho está y no es tiempo de lamentarse, pero tampoco de caer en facilismos. Esa idea de que cuanto peor mejor, parece galopar en estos días en parte de la militancia popular venezolana. Por el momento, parece verdad que los avances de la derecha ayudaron en alguna medida a que el campo popular se reorganizase, como pasó con el golpe del 2002 y con la única derrota electoral, que sucedió en el 2007. Conociendo lo caro que le costó al pueblo argentino dicho análisis de cuanto peor mejor, mantengo cierta distancia prudencial con esta idea. Igualmente, en definitiva lo que importa es que el pueblo logre ganar esta nueva difícil pulseada que le toca jugar.

    Para derrotar la conspiración que existe en este momento en Venezuela, no va a alcanzar con arrestar a los militares involucrados en maniobras golpistas, como pasó ayer. Tampoco va a alcanzar con encarcelar a los maestros de obra que se encuentran orquestando esta operación. La disputa no es entre partidos políticos, sino entre fuerzas sociales. Es por ello que lo que va a determinar el desenlace de esta disputa no es tanto lo que haga el gobierno sino cómo responda el movimiento popular, la clase obrera y el pueblo en general. El mensaje de los militantes populares es claro: "No queremos violencia, queremos la paz, pero si nos buscan nos van a encontrar”. En ese sentido, la búsqueda de unidad es más que bienvenida, obligatoria, necesaria para ganarle a la derecha. Sin embargo, esto no puede implicar la censura a la crítica o perseguir a los que disienten. Los mejores militantes de base, los más consecuentes luchadores - como es de esperar- desconfían de los burócratas y oportunistas que utilizan a las mayorías para satisfacer sus intereses particulares, al igual que hace la burguesía. Nadie en sus cabales arriesgaría voluntariamente su vida, la de sus amigos, su familia, la de sus compañeros de trabajo o la de sus vecinos para satisfacer a unos pocos. Quienes atentan contra la unidad son esos oportunistas que se pegaron al proceso como se pegan a cualquier gobierno, y no quienes buscan aislarlos de las filas revolucionarias. La crítica a la devaluación continua, a la inflación, cuando sectores de la burguesía se enriquecen comprándole dólares a precio oficial al Estado y vendiéndolos a 3 o 4 veces su precio en el mercado negro es necesaria. La gente ve que claramente hay sectores de la burguesía como los banqueros y los importadores que se enriquecen mientras sus ingresos se estancan. Tarde o temprano, la revolución deberá tocar los intereses de la banca si pretende avanzar. En ese sentido hay que trabajar para profundizar el proceso de forma constante, para reconquistar sectores populares que se pasaron a las filas de la oposición.

    No se puede sostener por mucho tiempo esta situación de equilibrio de fuerzas. O se profundiza el proceso de cambio, o el proceso muere, y con él miles de personas y entre ellos los mejores hijos del pueblo. En la guerra, detenerse, estancarse, es empezar a perder. En este punto se impone una pregunta que anda rondando ¿y las Fuerzas Armadas? Por ahora la opacidad se impone. Pocos saben algo de lo que está pasando en su seno, y los que saben no quieren hablar. Hasta el momento en su mayoría apoyan al gobierno de Maduro, pero se sabe que hay divisiones internas. Por ejemplo, para todos esta claro que la Guardia Nacional es una mafia y que Diosdado Cabello juega a dos puntas intentando quedar bien con Dios y con el Diablo. En este momento bisagra es donde se verá qué sectores de la institucionalidad son los que le temen más al pueblo organizado que a la mismísima derecha. En última instancia, el poder nace del fusil, y pese a todo lo que se ha dicho sobre las Milicias Populares, los fusiles los siguen teniendo las Fuerzas Armadas.

    Todos sabemos que si esta luz se apaga, un gigantesco manto negro caerá sobre toda Latinoamérica, amenazando con retrotraernos a los tiempos más oscuros de los 90, y eso lo sabe hasta la socialdemocracia más liviana, aunque no tenga ni las herramientas ni la voluntad política para evitarlo. Tenemos los precedentes de los golpes de Paraguay, de Honduras, y sus asesinatos selectivos de campesinos, de trabajadores, de periodistas, de dirigentes de la izquierda, su restricción de libertades para las masas, pero todo eso no basta para imaginarse el escenario de cacería contra la militancia popular y de izquierda que abriría una victoria de la derecha en Venezuela. La agudización de las contradicciones sociales y el aumento exponencial de la organización popular que han generado las reformas del proceso bolivariano harían inviable un “golpe blando”. Tampoco el efecto sobre el movimiento popular latinoamericano y el golpe estratégico contra el proyecto socialista sería ni de lejos similar, eso lo tenemos que tener muy presente.

    En estos días donde la historia camina más rápido por estos pagos, mientras entrevistaba a un intelectual orgánico del proceso, un veterano curtido en las batallas de los últimos 30 años por el socialismo y la libertad, le pregunté ingenuamente qué podíamos hacer en concreto los compañeros del resto de Latinoamérica para solidarizarnos con el pueblo venezolano. Se rió, le envió un saludo cariñoso a todas las organizaciones latinoamericanas y me dijo que esperemos con paciencia, que pronto nos va a tocar a nosotros también. Esta lucha es una lucha que el pueblo consciente y organizado de Venezuela debe ganar, no solo por ellos, sino para todos los que luchamos por construir una sociedad justa y libre.

    Facundo Guillén

    Caracas, 17 de Abril de 2013
  • Cesgew

    Cesgew

    15 Abril 2017 a las 01:55 |
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