El negocio del fútbol, la comunidad del espectáculo

on Sábado, 01 Febrero 2014. Posted in Artículos, Copa mundial de fútbol, Fútbol, Edición 26, Cultura colombiana, Nacional, Edwin Cruz

26 EdwinFenómenos como el espectáculo del fútbol permiten observar que también el elemento identitario de la ciudadanía –los ciudadanos además son miembros libres e iguales de una comunidad cultural o nación- es crecientemente construido por la publicidad mercantil.
 
Edwin Cruz
Fuente: www.amanecemetropolis.net 

Seguramente para quienes no gustan del espectáculo del fútbol debe ser poco grata la saturación de publicidad sobre el próximo campeonato mundial. No es un asunto de “cambiar de canal” o de frecuencia radial, pues por todos los medios de comunicación se nos recuerda a cada momento, en un despliegue informativo de lejos superior al de la conmemoración del bicentenario de la Independencia, que luego de dieciséis años el seleccionado nacional ha retornado a donde supuestamente siempre debió estar. Las secciones deportivas de los noticieros inician informándonos cuántos días faltan para el mundial, muchos productos que no tienen absolutamente nada que ver con el deporte se promocionan con esa competencia como caballo de batalla y no faltan los candidatos a cargos de elección que desde ya han aprovechado la coyuntura repartiendo volantes con la programación del torneo, por supuesto debidamente acompañada del logotipo de su partido y su respectivo número en el tarjetón.

Esa debe ser una tendencia global, incluso en países que no tendrán representación en la competencia, pues los espectáculos deportivos hacen parte de los más rentables negocios del mundo y entre ellos el espectáculo del futbol es el rey. Algo de sano nacionalismo débil, o tal vez sería mejor decir patrioterismo, no debería ser motivo de preocupación y quizás no lo sea en aquellos países donde se han formado imaginarios nacionales en algún sentido incluyentes o en esos otros que tienen más motivos para fomentar la identidad nacional.

Pero cómo no interesarse por ello en un país donde de la misma forma como hoy se lamenta, por más de una semana y como la peor de las catástrofes, la posible ausencia de un jugador del equipo nacional, hace veinte años otro fue asesinado por un error rutinario que a alguien le pareció una traición. ¿Cómo no preocuparse por la manipulación del sentimiento patrio en un país tan excluyente y fragmentado?, ¿por qué nos inquieta más la participación de la selección nacional en el mundial de fútbol, en lugar de preocuparnos que ya nos hemos llevado el tercer puesto entre los países más desiguales del mundo? Tal vez responder estas cuestiones pueda alumbrar la forma como se construye hoy nuestro relato nacional.

Las naciones se formaron por varios caminos: en algunos casos los Estados apelaron al pasado inmemorial para construir un imaginario nacional que les asegurara su legitimidad. Otras veces se optó por interpelar al pueblo acudiendo al mito de un supuesto origen étnico común. La Revolución Francesa erigió un concepto de nación como una comunidad en donde los ciudadanos miembros serían libres e iguales. Esa ficción fue duramente criticada ya en el siglo XIX por el encubrimiento que la ideología nacional operaba sobre las desigualdades reales y los antagonismos de clase.

En nuestro caso, dado que los criollos independentistas no podían revivir el pasado colonial para legitimarse, pues su enemigo era la Colonia, ni interpelar un supuesto origen étnico común, dada la irreductible diversidad poblacional, optaron por la concepción republicana de la nación. Durante el siglo XIX ese ideal antagonizó con el sueño de revivir la nación colonial. Quizás fue en el período del radicalismo liberal (1863-1886) cuando más lejos se llevó ese ideal de nación y más se hizo por realizar la comunidad de ciudadanos. Luego tal proyecto fue enterrado por los regeneradores, quienes plasmaron en la Constitución de 1886 un imaginario de nación orientado hacia el pasado colonial, hispánico, ultramontano y sectario que se prolongaría hasta 1991 pero que, a juzgar por el fanatismo cuasi religioso con el que hoy se abrazan la propaganda y los símbolos nacionales de la selección de fútbol, todavía persiste, si no en sus contenidos por lo menos en sus formas.

El fútbol tiene unos interesantes y misteriosos orígenes arraigados en distintas culturas, no nació en la cabeza de un educador físico en un frío cálculo para el cultivo del cuerpo, como el baloncesto o el voleibol, por ejemplo. Si bien el nacimiento formal del balompié se fecha en 1863, cuando varios clubes deportivos acordaron sus reglas en Londres, es sabido que durante la Edad Media no sólo los súbditos ingleses, muchas veces desobedeciendo su gobierno, practicaron deportes similares. Incluso, desde muchísimos siglos atrás se practicaba el Calcio florentinoi, y el juego de pelota mayaii, o el fútbol guaraníiii, entre otrosiv. Lo cierto es que a partir de cierto punto, a principios del siglo XX, la historia del deporte más popular del planeta, como la de otros, se articuló al devenir de los imaginarios nacionales y, en consecuencia, su origen popular empezó a ser instrumentalizado por las élites “constructoras de nación”. El deporte y el ritual popular empezó a convertirse en un gran espectáculo en las sociedades de masas, un productor de abultados dividendos políticos y económicos.

Suramérica en ello fue pionera, si tenemos en cuenta, como nos recuerdan los periodistas deportivos, que la Copa América inaugurada en 1916 fue el primer torneo entre selecciones nacionales. Pero la instrumentalización del deporte llegó a su extremo durante el fascismo italiano. Mussolini, quien al parecer no gustaba del fútbol, encontró en su espectáculo un método eficaz para la propaganda política. Para el mundial de 1934 el Duce no dudó en disputar con Suecia la sede del evento, que le había sido arrebatada cuatro años atrás por Uruguay, así como no escatimó esfuerzos para que la selección italiana ganara la competencia: desde dar órdenes expresas de ganar, hasta importar jugadores argentinos y brasileños de origen italiano uniformándolos con la camisa negra, incluso hay rumores de que amenazó de muerte a los jugadores –mediante un telegrama que llegaba justo antes de los partidos importantes con el lema del fascismo: “vencer o morir”-, y es seguro que manipuló árbitros y otras autoridades deportivasv.

Lamentablemente, todo eso no hace parte de una prehistoria felizmente olvidada, porque algo similar ocurrió en tiempos más recientes, bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla en el mundial de Argentina 1978. La anfitriona albiceleste, como dirían los expertos, se coronó por primera vez campeona gracias a las ingentes gestiones del régimen autoritario, que ya entonces buscaba con ansia y por todos los medios algo de legitimidad, en un desespero que más tarde llevaría los militares a emprender la guerra de las Malvinas para fomentar el patrioterismo. En aquel tiempo, según la presidenta de Abuelas de la Plaza de Mayo, Estela Carlotto, “mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados”vi.

¿Cómo es posible que después de estos sucesos pueda seguirse creyendo en la absoluta transparencia de estas competencias? ¿Alguien todavía está dispuesto o dispuesta a pensar que los mundiales de fútbol recogen la hermandad de los pueblos y actualizan la tradición de la antigua Olimpia?

Es de suponer que las cosas no han cambiado sustancialmente: los intereses del Estado y las clases dominantes en el poder, cuyos ejemplos límites acabamos de reseñar, han sido desplazados o tal vez complementados, por la no menos oscura mano del mercado. Hoy en día el espectáculo del fútbol es una empresa capitalista gigantesca y el campeonato mundial es el mejor negocio del año. Para no ir muy lejos, sólo habría que calcular cuánto ganarán los medios de comunicación autorizados para transmitir los partidos por vía de la pauta publicitaria o cuáles serán los dividendos de las empresas multinacionales de ropa deportiva propietarias de las camisetas oficialesvii. ¿Cuánto ganará la cervecería Bavaria, patrocinador oficial de la selección Colombia, una de las diez más costosas del mundo según los “precios” de sus jugadores, en un mes de mundial?viii.

¿A quién benefician las ganancias del espectáculo del fútbol? No precisamente a los fieles seguidores de sus selecciones, o de sus clubes, ni siquiera los anfitriones del mundial: en junio de 2013 miles de brasileños protestaron como nunca en contra de las desproporcionadas inversiones públicas en preparativos para la Copa Confederaciones, el mundial de fútbol 2014 y los juegos olímpicos de 2016. En este negocio, como era de esperarse, también es el Estado y los recursos que aportan los ciudadanos los encargados de garantizar el retorno de la inversión privada, lo que en nuestro medio alguien huérfano de imaginación bautizó con la infortunada expresión de “confianza inversionista”. Las protestas, que además denuncian la corrupción producto de los sobreprecios de las obras, la escasa inversión social del gobierno y el desplazamiento de viviendas de personas humildes para construir la infraestructura mundialista, han retornado en los últimos díasix.

¿Sobre quiénes recaen los costos? Por ahora sabemos que una buena proporción afectará a toda la humanidad y a todas las especies vivas de la Tierra:

“La FIFA anunció que el torneo de 2014 hará necesaria una gran cantidad de viajes aéreos hacia las sedes alrededor de Brasil, lo que producirá el equivalente a 2.72 millones de toneladas de bióxido de carbono, un gas que produce el efecto invernadero. Eso significa que durante el campeonato, que dura un mes, se generará la misma cantidad de gas que emiten 560 mil automóviles de pasajeros en un año de acuerdo con la calculadora del cibersitio de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos”x.

Una consecuencia no menos grave de la saturación publicitaria del espectáculo futbolero es la potestad que tienen los inversionistas, el “mercado global”, por medio de sus aparatos publicitarios, para definir ese patrón de legitimidad que es la comunidad nacional y otras identidades personales y colectivas como la ciudadanía. Desde hace tiempo se ha venido insistiendo en la forma como el “libre mercado” interfiere en la construcción de la ciudadanía, haciendo que su criterio definitivo sea el consumo de mercancías en lugar de la pertenencia a una comunidad política. En otros términos, el componente de estatus de la ciudadanía -los individuos miembros de una comunidad política tienen los mismos derechos y libertades- se ha visto crecientemente afectado por el embate neoliberal que, palabras más palabras menos, obliga a comprar esos derechos y libertades como si se tratara de mercancías.

Fenómenos como el espectáculo del fútbol permiten observar que también el elemento identitario de la ciudadanía –los ciudadanos además son miembros libres e iguales de una comunidad cultural o nación- es crecientemente construido por la publicidad mercantilxi. Así, por ejemplo, consumir ciertos productos, una marca de aparatos tecnológicos, la camiseta de un club de fútbol o la transmisión regular de sus partidos –sin importar qué tan alejados de la experiencia vital se encuentren- puede ser base de la identidad más que la historia patria y el conjunto de símbolos y valores que alguna vez pretendió inculcar el dispositivo educativo. Por consiguiente, no es de extrañar, aunque sí de lamentar, que hoy existan personas dispuestas a morir y matar por esas mercancías como antes lo hubiesen estado en nombre de la patria.

Esto significa que a falta de una comunidad de ciudadanos, libres e iguales frente a la ley, la nación tiende a convertirse en una comunidad del espectáculo, una “comunidad imaginada”, según la célebre expresión que Anderson usa para definir la naciónxii, pero ahora formada por los consumidores desterritorializados de las diversas mercancías asociadas, en este caso, al negocio del fútbol. Vale decir, el imaginario de la nación es construido, preponderantemente, por los agentes que dominan el mercado con arreglo a sus fines, además de explotado por ellos como una mercancía más del espectáculo.

De esa forma, no sólo es enajenado hasta el último resquicio el mito moderno del sujeto individual: la capacidad de agencia en la construcción del yo, de la identidad, sino que la ideología nacional incrementa su eficacia mistificadora. Como dijera Debord, “la forma y el contenido del espectáculo son idénticamente la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. Es también el espectáculo la presencia permanente de esta justificación, en tanto que acaparamiento de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna”xiii. El espectáculo del fútbol, las “noticias amables” que tanto enfatizan los medios de comunicación como compensación a las trágicas informaciones del día a día, contribuyen a distraer la atención y hacen posible aguantar las injustas y deplorables condiciones de existencia de la mayoría de la población en este país y en un mundo donde el 1% de los ricos concentra la mitad de la riqueza, para hacer creer que bajo tales condiciones puede existir una competencia deportiva en igualdad de condiciones.

Con ello no sólo se nos hace salir de la monotonía, que en nuestro país siempre tiene un halo violento, sino también suponer que todos los conflictos reales del país se pueden solucionar por el hecho de portar la camiseta, y ojalá la del patrocinador oficial, de la selección. Los ricos pueden sentarse junto a los pobres, los asesinos con las víctimas, los discriminadores al lado de los discriminados, los explotadores con los oprimidos a presenciar un partido: el espectáculo del fútbol funciona como un encubridor de los clivajes en que está realmente fragmentada esta sociedadxiv. Ya que no hemos sido y no somos iguales y libres en tanto ciudadanos, podemos tener en común el participar pasivamente del espectáculo, tal vez es de las pocas cosas que aún permiten pensar que esto es una nación:

“El espectáculo se presenta a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, el espectáculo es expresamente el sector que concentra toda mirada y toda conciencia. Por el hecho mismo de estar separado, este sector es el lugar de la mirada abusada y de la falsa conciencia; la unificación que este sector establece no es otra cosa que un lenguaje oficial de la separación generalizada”xv.

***

ihttp://expertfootball.com/es/historia_calcio.php
iihttp://www.mexicodesconocido.com.mx/el-juego-de-pelota-de-chichen-itza-yucatan.html
iiihttp://www.ultimahora.com/futbol-guarani-una-historia-mucha-historia-n338184.html
ivhttp://expertfootball.com/es/historia_del_futbol.php
vhttp://www.jotdown.es/2013/08/futbol-y-fascismo-los-mundiales-de-mussolini-y-hitler/
vihttp://www.clarin.com/deportes/MUNDIAL_0_920908213.html
viiPara estos menesteres consultar in extenso: http://futbolfinanzas.com
viiihttp://www.kienyke.com/economia/seleccion-colombia-costos/
ixhttp://www.rebelion.org/noticia.php?id=175224 http://www.excelsior.com.mx/global/2014/01/25/940317
xhttp://www.prensa.com/uhora/deportes/mundial-brasil-2014-tendra-alto-costo-atmosfera/240405
xiVer el clásico de García Canclini Néstor, Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización, México, Grijalbo, 1995.
xiiAunque suprimiendo “como inherentemente limitada y soberana”. Anderson Benedict, Comunidades imaginadas, México, FEC, 1997, p. 23.
xiiiDebord Guy, La sociedad del espectáculo, Santiago de Chile, Ediciones Naufragio, 1995, p. 9. El destacado es del texto original.
xivEstos fenómenos han sido analizados profundamente para el caso argentino por Pablo Alabarces. Ver por ejemplo: “Fútbol, leonas, rugbiers y patria”, en Nueva Sociedad, 248, 2013, pp. 28-42.
xvDebord, Op. Cit., p. 8. El destacado es del texto original.

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