El programa bolsa familia y los prejuicios de la élite brasileña

on Martes, 14 Enero 2014. Posted in Artículos, Brasil, Programa bolsa familia , Sarah Mailleux Sant’Ana, Edición 25, Internacional

25 InternacionalA pesar de los cambios pendientes no se puede negar, como lo hacen las élites y una gran parte de la clase media, los impactos positivos que éste ha tenido. Estas reacciones de oposición pueden comprenderse si se entiende que, como lo señala el periodista Matheus Pichoneli, la autonomía de los explotados desarma a aquellos que los explotan, lo que les queda entonces a estos últimos es propagar sus propios prejuicios, sin ninguna base empírica, intentando retardar el progreso de la nación.
 
Sarah Mailleux Sant’Ana
Fuente: www.infoescola.com

En octubre de 2013, el programa bolsa familia cumplió sus primeros 10 años. En el momento de su lanzamiento, en el primer año de gobierno de Lula, atendió a 3,6 millones de familias, otorgándole a cada una de ellas aproximadamente 32 dólares por mes. Actualmente el programa cubre 13,8 millones de hogares y el pago mensual llega hasta 65 dólares. En total se han beneficiado cerca de 50 millones de brasileros (lo que representa más de un cuarto de la población del país) logrando sacar de la miseria a 22 millones de ciudadanos.

La Bolsa Familia es una subvención de transferencia directa de recursos, dirigida a las familias que están por debajo de la línea de pobreza y de extrema pobreza. Los criterios de elegibilidad están ligados a los recursos y a la composición de las familias, dando prioridad a aquellas compuestas por mujeres en embarazo y niños de 0 a 18 años. Para acceder al programa, los beneficiarios deben cumplir con ciertos deberes en los que se observan: el seguimiento de la escolaridad, el cumplimiento del calendario de vacunas y la atención de la nutrición de las mujeres embarazadas y de los niños. En realidad, los “deberes” a los que se hace referencia están ligados a los derechos básicos de cualquier ciudadano: el derecho a la educación, el derecho a la salud y a la seguridad alimentaria. Las exigencias del programa han tenido así un efecto positivo en la disminución del absentismo escolar y del trabajo infantil (con la ayuda de programas específicos que luchan contra este problema), ha contribuido al mejoramiento de las condiciones de salud y de seguridad alimentaria, y ha reactivado las economías locales provocando así un efecto indirecto en la población que no hace parte del programa.

El costo del programa representa solamente 0,5% del PIB. Según el Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA), por cada dólar invertido hay un retorno en la economía real de 1,78 dólares. A manera de comparación, se puede mencionar que en marzo de 2012, el IPEA demostró que el sistema de pensiones de los funcionarios públicos representaba 1,9% del PIB, mientras que estos solo representan el 12% de la población económicamente activa.

El 15 de noviembre la Asociación Internacional de Seguridad Social (AISS) otorgó al programa Bolsa Familia el 1er premio “por una contribución excepcional a la seguridad social”. Este premio es una especie de Nobel que la AISS atribuye cada tres años en Suiza y que representa el más importante reconocimiento a la responsabilidad de un programa social en los esfuerzos por romper el ciclo estructural del hambre y de pobreza en un país. Es igualmente un reconocimiento a la apuesta hecha por las autoridades por la promoción de la autonomía de los beneficiarios a través de la transferencia directa de recursos. A pesar de los prejuicios que existen en ciertos sectores de la sociedad brasilera, según los cuales un pobre no sabría administrar su dinero o escoger lo que es mejor para él, convirtiéndose así en un simple instrumento del clientelismo, es indudable que el programa ha provocado cambios de gran importancia para la economía, la sociedad y la democracia en Brasil.

Sin embargo, a pesar de los resultados, las élites de Brasil y ciertos sectores de la clase media persisten en difundir prejuicios en contra del programa y de los beneficiarios. Cuando el premio AISS fue otorgado, hubo una avalancha de reacciones de estos sectores que se podía observar en las simples conversaciones de los bares hasta en la publicación de artículos en internet, todos con una gran carga de sarcasmo sobre lo que ellos llamaban “Bolsa Limosna” y con afirmaciones como “en mi época, Bolsa Familia significaba que los padres trabajaban por sus familias”.

La idea según la cual aquellos que reciben los subsidios son individuos, quienes además de no querer trabajar, se aprovechan del Estado, viene de mucho tiempo atrás. Desafortunadamente esta simplificación del problema no es el monopolio de una cierta ignorancia brasilera, por el contrario, ella está presente en muchos otros países. Sin embargo, a los prejuicios que atañen específicamente al programa Bolsa Familia, se les puede oponer las investigaciones y evaluaciones que se han hecho sobre su impacto y que demuestran justamente lo contrario. Así, se ha llegado a la conclusión que el subsidio no cubre todos los gastos de subsistencia, pero que al permitir a los beneficiarios tener un mínimo de estabilidad financiera, se les abre una posibilidad que muchos no han conocido en sus vidas: la posibilidad de negociar.

Casi siempre, en las zonas rurales, trabajar para los medianos y grandes propietarios de tierras se presenta como una experiencia de explotación (material y financiera) y de irrespeto (social y patronal). Por ejemplo, en numerosas regiones del nordeste brasilero los propietarios de tierras podían exigir hasta más de 12 horas de trabajo diario y ofrecían un salario de menos de 3 dólares por día, violando con frecuencia el derecho de los trabajadores. Esto quiere decir que existía (y existe aún) un sistema de semi- esclavitud recurrente, al que las personas estaban obligadas a someterse, ya que frente a la necesidad de asegurar la supervivencia de sus familias, las posibilidades de negociación eran inexistentes. En la actualidad, muchos trabajadores beneficiarios de la “Bolsa Familia” se niegan a trabajar en esas condiciones, dirigiéndose hacia otras plantaciones en donde el pago es más justo y en donde pueden contar con algunos derechos, obligando así a los propietarios de tierras a aumentar los salarios (y en algunas ocasiones forzando al respeto de los derechos de los trabajadores). Igualmente en la ciudad, aunque los empleos siguen siendo precarios, las posibilidades de elegir y de negociar han tenido un ligero aumento. Los beneficiarios del subsidio tienen un margen de elección un poco más amplio. En lugar de soportar las exigencias injustas de un patrón, que en general se soportan por el temor de perder el empleo, los trabajadores pueden dirigirse hacia otras posibilidades en donde el patrón los trata con mucho más respeto y respeta algunos derechos de los trabajadores (hay que señalar que la violación de los derechos de los trabajadores es aún muy frecuente).

Estos cambios no son apreciados por una parte de la sociedad, que sigue considerando a los pobres como ciudadanos de segunda, sin derecho a tener derechos ni a tener otras posibilidades para mejorar su calidad de vida. La herencia de 388 años de esclavitud está aún muy presente en el discurso y en las prácticas de la élite y de una parte de la clase media. Es de esperarse entonces que este ligero empoderamiento de los sectores más pobres de la sociedad los incomode, sobre todo si se tiene en cuenta que estos cambios comienzan a poner en tela de juicio las prácticas de los patrones.

Otro de los prejuicios que se expresan frente al programa, es que en vista del « beneficio » que la Bolsa Familia representa para los pobres, estos votan solamente con el ánimo de asegurar la continuidad del programa y sin ningún sentido crítico. Así, si un pobre con hambre no piensa, un pobre que tiene menos hambre no piensa tampoco. Al escuchar y leer lo que dice una buena parte de la élite se puede decir que los pobres se asemejan a los animales, que se ocupan solamente del alimento, del descanso, intentando sobrevivir haciendo lo menos posible. Con esto nos situamos en el viejo prejuicio del esclavo perezoso así como en la negación de la dignidad humana. Sin embargo, lo que la realidad demuestra es que los beneficiarios, al estar obligados por el programa a mantener a sus hijos en la escuela, así como a un seguimiento de su estado de salud, devienen demandantes de un servicio de calidad, lo que los hace más activos y críticos que antes. Por otro lado, el hecho de que la Bolsa Familia sea otorgada por el gobierno federal, sirve al debilitamiento de la relación clientelista que ha existido durante siglos en diferentes regiones del país. Los habitantes de estas regiones están menos obligados a « mendigar favores » a las autoridades locales y cuentan con muchos más servicios en donde pueden informarse acerca de sus derechos. Esto obliga poco a poco a un cambio en las prácticas electorales. De esta manera cuando los beneficiarios evalúan los resultados del programa, mencionan, entre otros, los efectos en la educación y en la infraestructura, la electricidad, la salud, las relaciones con los poderes locales, así como con el patronado, y resaltan un sentido de dignidad y de ciudadanía reencontrada. Cuando se refieren directamente a la Bolsa Familia lo hacen como uno de los tantos aspectos que deben tenerse en cuenta pero no como el central.

A pesar de esto, la élite brasilera asume que los ciudadanos beneficiarios continuarán votando por el partido que ha puesto en marcha el programa Bolsa Familia, por temor a perder el « beneficio » y en respuesta a una especie de clientelismo federal. Sin embargo, en un comienzo, el programa había sido presentado como « beneficio » e institucionalizado por la ley 10.836 del 9 de enero del 2004 (el programa comenzó en octubre del 2003). Pero lo que las élites parecen ignorar es que el 15 de septiembre del 2006, la Ley Orgánica de Seguridad Alimentaria y Nutricional, ley 11.346, fue aprobada. Esta última es una ley que consolida la concepción del ingreso mínimo como derecho de todo ciudadano, incluyéndolo en la agenda social brasilera en tanto que obligación legal y en una la lógica de respeto de los derechos, impidiendo así que el derecho se inscriba en la campaña de un partido o de un gobierno. En estos términos, la Bolsa Familia es un programa que puede ser remplazado por otro, siempre y cuando se mantenga el tipo de transferencia y el valor de los ingresos no sea menor al otorgado por el programa.

Muchas críticas se le pueden hacer al Programa Bolsa Familia así como a los programas paralelos que lo acompañan. Desde su concepción, el programa evoluciona intentando justamente responder a las críticas, vengan ellas de los beneficiarios, de los gestores del programa, de los académicos, de la sociedad civil, de los organismos internacionales, etc. No hay que negar que aún existen muchas mejoras a aportar y que se deba continuar con una actitud crítica, pidiendo la rendición de cuentas por la parte del gobierno y de los responsables del programa. Pero a pesar de los cambios pendientes no se puede negar, como lo hacen las élites y una gran parte de la clase media, los impactos positivos que éste ha tenido. Estas reacciones de oposición pueden comprenderse si se entiende que, como lo señala el periodista Matheus Pichoneli, la autonomía de los explotados desarma a aquellos que los explotan, lo que les queda entonces a estos últimos es propagar sus propios prejuicios, sin ninguna base empírica, intentando retardar el progreso de la nación.

Afortunadamente el progreso comienza a llegar a pesar de las reacciones de estos sectores de la sociedad. Los resultados del programa hablan por sí solos y el abismo existente entre las críticas simplistas y la realidad pone en evidencia la ignorancia y los miedos de estos sectores opositores al programa. Solo queda esperar que así como en otros países que han vivido cambios sociales importantes, sin el acuerdo de los grupos sociales dominantes, nos despertemos en un país donde las perspectivas sociales defendidas por las élites actuales sean las características de un sistema derrumbado, que harán parte de una historia de la que los ciudadanos sentirán vergüenza de hablar.

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