El salto prodigioso de un país (3). A golpes de realismo

on Martes, 01 Octubre 2013. Posted in Artículos, Edición 18, Cultura colombiana, Camilo Castellanos, Nacional

18 CamiloLa verdad es que la concreción de los acuerdos de paz a finales del año 2013, luego de un periodo de aparente desajuste, orden de la guerra, dio paso a un periodo de liberación de la confianza y la imaginación. Ahora era viable pensar con generosidad un proyecto de vida en el cual se invirtiera lo que hasta hace poco demandaban el miedo y la muerte.
 
Camilo Castellanos
Fuente: http://literatura.wikia.com/

El parteaguas fue el número 321 de la revista de la Universidad de Antioquia1. En él se publicaron las ponencias y las conclusiones del simposio “Los desafíos de las Ciencias Sociales”, convocado bajo el poético lema de “que se acaben los ecos, que empiecen las voces”.  Una reunión de practicantes de la filosofía, la biología, las artes de la ingeniería, las  matemáticas, la crítica literaria, entre otros quehaceres,  que compartían no solo el ser docentes –algunos de prestigiosas universidades extranjeras– sino también el no haber sobrepasado el umbral de la cuarta década, era la subcuarenta de la academia colombiana.

El tono de las reflexiones lo dio la historiadora Helena Pérez Niño. En su ponencia sostuvo que “el afán de simular parece ser un rasgo propio de los españoles y de sus tataranietos allende el mar. Para unos y otros no importa tanto ser como parecer. Por la simulación se piensa que reconocer los propios defectos o los errores en los que se pueda haber incurrido debilita la propia estima o da gavelas gratuitas a los rivales”. Ocurre entonces, en su opinión, que se atribuyen a otros las razones del fracaso, o las equivocaciones se explican por lo que falta para ser como los arquetipos que se pretende imitar. Así encontramos la sinrazón de nuestras conductas en los ancestros antropófagos de los habitantes originarios, o en el catolicismo de los abuelos españoles. No nos equivocamos, otros nos han empujado al error con la fuerza de la necesidad. Concluía la ponencia con una afirmación rotunda: hasta ahora hemos eludido con obstinación nuestras responsabilidades.

En la misma línea, el filósofo Diego Hernández, denunció con énfasis la condición de antena repetidora del pensamiento colombiano. Recordó la disputa entre benthamistas y neotomistas en el siglo XIX, o la rapidez con la que en el siglo XX se pasó del positivismo al estructuralismo y de este al postmodernismo, como paradigmas dominantes. Traía a cuento títulos inolvidables como “La libertad en Kant” o “El concepto de potencia en Spinoza”, una exégesis de categorías ajenas que, en una suerte de escolasticismo laico, rehuía sin pudor la reflexión de la realidad de violencia y autoritarismo. Hernández se había puesto a paz y salvo con Marx a comienzos de la década y predicaba con audacia que era preciso pensar sin muletas los problemas colombianos, abría así un combate contra los “Idola claustri”, título que asignó a su trabajo en un rasgo de irónica inconsecuencia.

La reflexión de la profesora Diana Granados partía de señalar que el rumbo dominante en las ciencias sociales en América latina ha sido la búsqueda de aquello de lo que carecemos, carencias que son las razones de nuestro infortunio. Somos atrasados porque no somos suficientemente modernos o porque no tenemos un mercado tan amplio como es necesario. Nos falta una clase dirigente efectivamente nacional o lo que es lo mismo es dominante pero presenta un déficit de hegemonía. Nuestra democracia es deformada porque los colombianos son menos ciudadanos que los franceses o sus instituciones están desprovistas de la legitimidad que ostentan las suizas.

Por el contrario, para la profesora Granados más que pensar en lo que nos falta deberíamos profundizar en lo que nos sobra. Por ejemplo, tenemos exceso de pasión por la vida que permite que la gente colombiana haya derrotado siempre la adversidad sin importar que esta derive de una catástrofe, de la guerra o de un imponderable de la economía. La inspiración libertaria ha impedido que se impongan quienes han pretendido establecer una supremacía mediante la fuerza o quienes han presumido tener el monopolio exclusivo de la verdad.

Sin que nadie lo hubiera premeditado el simposio de Medellín propició un clima nuevo, que tuvo su mejor intérprete en el biólogo Sebastián Sendoya –biólogo doctorado en Brasil que ha dedicado buena parte de su vida a la investigación en torno a las hormigas— para quien estas reflexiones debían traducirse en un programa positivo no sólo para la academia sino en general para quienes desde sus particulares disciplinas se interesan en el desarrollo del conocimiento y del país. Un programa de largo plazo y de amplio horizonte permitirá, son sus palabras, “aprovechar el promisorio panorama que se despeja para la vida colombiana”. Insistía en que “nunca como ahora el país dispone de una cohorte de científicos sociales, de las ciencias puras y de las aplicadas, por lo visto en casi todas las disciplinas, la mayoría jóvenes, que hoy son parte de las autoridades universitarias”. Es preciso, decía, que este amplio grupo defina un propósito común, se plantee un ideal de excelencia y busque respuesta y estímulo tanto en la sociedad como en el Estado.

La verdad es que la concreción de los acuerdos de paz a finales del año 2013, luego de un periodo de aparente desajuste, orden de la guerra, dio paso a un periodo de liberación de la confianza y la imaginación. Ahora era viable pensar con generosidad un proyecto de vida en el cual se invirtiera lo que hasta hace poco demandaban el miedo y la muerte.

Los primeros en entenderlo fueron los empresarios de la Costa. En un golpe de realismo coincidieron en que el proyecto de la región Caribe solo era posible si se cambiaban los patrones de desarrollo lo que implicaba un viraje en la pauta de la región, privilegiando las economías locales, una agricultura con una alta producción de valor agregado, lo que solo es posible mediante una fuerte inversión en ciencia y tecnología, básicamente en investigación para que, en un esfuerzo general, la región se hiciera competitiva por la calidad y novedad de sus productos.

En un esfuerzo concertado, los empresarios costeños se plantearon rebajar los gastos en seguridad privada en un doce por ciento anual, de manera que en cuatro años la región destinó casi un cincuenta por ciento menos a los vigilantes, las cámaras y los perros de presa. Este ahorro se dedicó a crear centros de investigación conforme a la vocación productiva de cada subregión. Un camino que el país conocía con empeños como Cenicaña, pero cuyo rumbo se había perdido entre las contingencias de la guerra.

Los buenos ejemplos cunden. Ahora todas las regiones emularon en la configuración de centros de investigación similares a los de la costa Caribe. Ahora la competencia no era por quien jugaba el mejor fútbol sino qué región aportaba las dinámicas productivas más innovadoras. El Estado entró a la competencia en un plan aún más audaz de desmonte del gasto improductivo, canalizándolo con prodigalidad al fortalecimiento de las universidades y, sobre todo, de su capacidad investigativa. Se produjo entonces el milagro: muchos investigadores que habían partido al extranjero por falta de oportunidades, retornaron esperanzados porque la gran oportunidad era su propio país.

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1Revista Universidad de Antioquia, N° 321, 2015.

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