El “sancocho” por la paz

on Viernes, 13 Junio 2014. Posted in Artículos, Edición 35, Elecciones 2014, Nacional, Carlos Andrés Manrique

35 ManriqueAsí como hay un tiempo para las alianzas estratégicas y el cierre de filas de quienes somos afectos al actual proceso de paz con las insurgencias, también nos va llegando el tiempo de distinguir y sopesar las diferencias entre los muchos afectos, actitudes vitales, ideas, argumentos, propósitos, que han venido a parar en este “sancocho” cuasi Jaime Batemaniano (subrayando el “casi”) de la coalición por la “paz”.
 
Carlos A. Manrique
Fuente de la imagen: www.radiored.com.co

Somos muchos los afectos a la “paz”, que estamos convergiendo desde muy distintas  -y en otras circunstancias incluso antagónicas- procedencias, con la aspiración de que los diálogos de paz en curso entre el actual gobierno y las insurgencias se sostengan, lleguen a buen término y nos conduzcan a un mejor y renovado mañana. Pero hay también afectos muy distintos que han llegado a entrelazarse en esta coalición por la paz ante la urgencia que fustiga la fortaleza del enemigo común atisbada, quizás de manera un tanto sorpresiva, en los resultados de la primera vuelta, y las diversas formas de angustia que genera el prospecto de su retorno al poder estatal: el retorno, en suma, de esa “mano negra” que tantas vidas ha segado, tantas voces ha silenciado y tantos sueños ha frustrado en la historia de este país; y que es una extraña amalgama de conservadurismo costumbrista, violencia militar y para-militar, tecnocracia neoliberal desarrollista y capitalista de vanguardia, y estructuras clientelistas de intercambios de favores entre el poder del dinero y la burocracia del Estado, anquilosadas desde hace mucho en los sectores rurales del país.

Quizás sea la amalgama casi fantástica de este temido enemigo, lo que explique la también casi fantástica amalgama de colores, texturas, afectos, argumentos, ideas, principios, propósitos, que han venido a nutrir el “sancocho” de los aliados por la “paz”. Un “sancocho” que uno quisiera creer fuese parecido al que soñara de manera célebre Jaime Bateman, pero que pronto tiene uno que reconocer que carece de ese sabor y esa frescura, por muy necesario que sea hoy cocinarlo a fuego no tan lento y tomárnoslo con ganas y repitiendolo de acá al próximo domingo 15 de junio. Así que hay un tiempo para las alianzas estratégicas de los muchos afectos a los diálogos de paz y a su buen término en el que los acuerdos sean refrendados por plebiscito popular, y el país pueda recrear y reinventar sus rumbos; hay un tiempo para las alianzas en las que no podemos sino cerrar filas ante un enemigo común que combina el más desfachatado capitalismo con el más desfachatado guerrerismo, todo bajo esa aura de arrogante superioridad moral y estigmatización agresiva del enemigo que ha producido históricamente las peores y más dolorosas violencias en la historia moderna de Occidente, y en la de nuestro país.

Pero así como hay un tiempo para las alianzas estratégicas y el cierre de filas de quienes somos afectos al actual proceso de paz con las insurgencias, también nos va llegando el tiempo de distinguir y sopesar las diferencias entre los muchos afectos, actitudes vitales, ideas, argumentos, propósitos, que han venido a parar en este “sancocho” cuasi Jaime Batemaniano (subrayando el “casi”) de la coalición por la “paz”. Sopesar y diferenciar allí cuáles son las fuerzas creativas y transformadoras que se están poniendo en juego, y cuáles son las argucias que el status quo fragúa para acomodarse de manera astuta ante las circunstancias, y luego seguirse perpetuando con un segundo aire; sopesar y diferenciar cuáles son en este sancocho tan necesario como improvisado, y ansiosamente precipitado, de las militancias por la “paz” en torno a la candidatura de Santos (desde el Doctor Krápula hasta Clarita López, desde las comunidades de base indígenas y afrodescientes hasta Armandito Benedetti, desde Toto la Momposina hasta Shakira), cuáles son allí las inéditas configuraciones de fuerzas que pueden estarse fraguando llevando consigo la promesa de otro porvenir posible; y cuáles son, por otro lado, las mismas configuraciones de fuerzas que han estabilizado y profundizado en este país la desigualdad, la exclusión, las muchas formas de discriminación e invisibilización estructurales de los menos favorecidos en el orden socio-económico.

Quizás de este ejercicio de reflexión un poco más sopesado, más allá, o en un registro en todo caso distinto al de la urgencia de las alianzas y las coaliciones estratégicas que no dan espera con miras a esta segunda vuelta contienda electoral, puede depender que comprendamos mejor cuáles pueden ser, y por qué, las fuerzas afectivas, materiales, intelectuales que se están gestando en este “sancocho” delineando la promesa de transformaciones venideras en el tejido social de nuestro país. Movilizar estas fuerzas, darles una sostenida continuidad, encauzarlas, robustecerlas, es una responsabilidad colectiva que debe por supuesto trascender la coyuntura de esta sin duda decisiva jornada electoral del próximo domingo, aunque todos estemos cruzando los dedos y haciendo todo lo posible por mantener a raya a esa multicéfala “mano negra” que amenaza con echar al traste el gran terreno ganado en los diálogos de paz; y de paso amenaza con volver a estigmatizar y perseguir la movilización popular, entre muchos otros sombríos presagios.

Y en ese ejercicio de una reflexión más matizada y sopesada, me parece de vital importancia deslindarnos de una interpretación y valoración dominantes movilizada por parte de nuestros principales columnistas de opinión que, en este cierre de filas a favor del avance de los diálogos de paz, y haciendo de nuevo gala de su talante progesista e ilustrado, han hecho correr abundantes y airados ríos de tinta en los que se re-activa y afianza por enésima vez el típico discurso del liberalismo político civilizatorio: la civilización y la modernidad del lado de la paz, el caudillismo y feudalismo retardatario del lado de la guerra; la ley y las instituciones del Estado de derecho del lado de la paz, la corrupción y el matoneo coercitivos del lado de la guerra; la laicidad respetuosa de la diferencia del lado de la paz, y el oscurantismo dogmático y supersticioso del lado de la guerra. El Estado de derecho liberal racional, imparcial, equilibrado, del lado de la paz, la dictadura y el totalitarismo del lado de la guerra. Y un poco al margen de este esquema valorativo, profundamente simplista a nivel conceptual; profundamente “ortodoxo” y paralizante a nivel político (aunque se trate acá de la ortodoxia de nuestra centro-izquierda progresista e ilustrada en la cual ha encajado con tanta facilidad, y esto no es gratuito, nuestro paradigmático adalid de la tecnocracia neoliberal el presidente-candidato J.M. Santos); y estratégicamente muy débil (como lo demuestra el hecho de que nuestro sancocho por la paz a pesar de todos estos esfuerzos mancomunados que han hecho converger a sectores sociales y económicos tan dispares en esta coalición, esté no obstante ad portas de un foto-finish electoral); un poco al margen de este esquema valorativo e interpretativo, aparece el convidado de piedra de una izquierda dinosaúrica que bajo la lógica de la disciplina partidista e ideológica se mantiene al margen esperando su glorioso salto al poder, que nadie sabe muy bien cuándo llegará pero que seguro llegará… En una coyuntura como la actual, no podemos dejar que nuestros columnistas de opinión nos sigan encerrando en este pobre y reducido triángulo de posibilidades políticas (conservadurismo, liberalismo, comunismo); un triángulo tan viejo (a su manera) como la guerra de los mil días, como la hegemonía conservadora, como la masacre de las bananeras, como la época de la violencia, como el Frente Nacional, como la trágica y dolorosa masacre de la UP, como… la historia de nuestro país.

¿Para vislumbrar otras posibilidades en esta aciaga historia, no es menester que renovemos nuestros marcos interpretativos y valorativos? Me atrevo incluso a pensar, que las fuerzas creativas y transformadoras que se pueden estar configurando en este improvisado “sancocho” por la paz en el que ahora estamos echando cada quien como bien puede algo de sal, de yuca o de papa, tienen que ver justamente con afectos, propósitos, actitudes vitales y prácticas que hacen resquebrajar este pobre esquema triangular de interpretación de nuestro escenario político. Se trata de fuerzas, afectos, actitudes, prácticas, tejidos relacionales, que no responden ni al impulso de un liberalismo progresista ilustrado (ciego ante las complejas y profundas imbricaciones históricas entre el Estado de derecho y el Estado neoliberal del capitalismo tardío, y ante las sutiles técnicas de homogenización y normalización de una población productiva que se gestan en este cruce; y además, muy desconectado del sentimiento y la experiencia de las clases populares); ni al de un conservadurismo feudal (ciego ante la muerte de “Dios” en términos de Nietzsche, es decir, el ocaso de un horizonte de sentido unívoco capaz de agrupar a la humanidad bajo su órbita); ni al de la ortodoxia de una izquierda partidista (ciega ante las múltiples y plurales formas de organización y experimentación política de los nuevos movimientos populares).

Porque, además, las alternativas de comprensión y praxis de lo político que se nos presentan en ese empobrecido triángulo, no son, en muchos sentidos, reales alternativas. Hay importantes líneas transversales que sitúan a la izquierda partidista ortodoxa y al liberalismo progresista en el mismo espectro vital y afectivo, ese que gravita en torno a un discurso civilizatorio y a la dicotomía entre civilización y barbarie, entre progreso y tradición, entre modernidad racional y oscurantismo medieval. Lo mismo entre el liberalismo progresista y el conservadurismo de derecha: los dos gravitan por igual en torno a la tecnocracia neoliberal como criterio inflexible e indiscutible de un buen gobierno liderado por célebres expertos que saben cómo mandar a los que, ignorantes, sólo han de acogerse a las consecuencias de su indescifrable lenguaje. Y hasta entre la izquierda ortodoxa y el ultra-conservadurismo se cierne una línea transversal, una común configuración afectiva y vital: una comprensión de la política en términos de la lógica amigo-enemigo, y la inflexibilidad y casi “naturalización” de la línea divisoria entre unos y otros, bajo la lógica de una inamovible ortodoxia y disciplina del partido.

Quisiera entonces uno soñar…. pero ello sólo es posible si problematizamos de manera enérgica ese esquema interpretativo y conceptual en el que se mueven nuestros Héctor Abad Faciolince, nuestros César Rodriguez Garavito, nuestra Cristina de la Torre (querida y entrañable amiga, por lo demás), para nombrar sólo algunos de los más notorios representantes de nuestra intelligenstia de centro-izquierda ilustrada. Quisiera uno soñar que en este improvisado “sancocho” por la paz en virtud del cual el candidato-presidente JM Santos aparecía entusiasta, meditabundo y receptivo ante una declaración de la ONIC; o en virtud del cual vimos a una Clara López valiente deslindándose de la ortodoxia partidista del MOIR; o en virtud del cual hasta podríamos haber visto, de haber tenido más tiempo, a un Armando Beneddetti o a un Roy Barreras entusiastas compartiendo megáfono y tribuna con un colectivo de jovénes raperos de una barriada del sur de Bogotá; o a un Vargas Lleras desintificándose de las sombras más oscuras de su pasado cercano al paramilitarismo rendido a los pies y boquiabierto ante una Toto la Momposina empoderada…. en fin, quisiera uno soñar que en este improvisado y urgente sancocho por la paz se han configurado y reconfigurado afectos, relaciones, actitudes vitales, prácticas y experiencias que no son dicotómicas, sino que son más bien abiertas a dejarse contaminar por el otro que no es como uno, con el que poco o nada se tiene en común; que son generosas al reconocer la inteligencia del indígena, el campesino, o el ciuadano cualquiera, al no dejarla silenciar e invisibilizar tan fácilmente frente a la inteligencia de los economistas que corren complejos y sofisticados modelos matemáticos para diseñar políticas públicas; que son respetuosas ante el modo como su espiritualidad y su mitología pueden definir de manera constitutiva el tipo de ejercicio ciudadano del indígena o el afro-descendiente, sin horrorizarse ante esta infracción de la barrera que debe separar al mito de la política. En fin, quizás sean esta nuevas configuraciones afectivas, vitales, sensoriales, intelectuales, que, cruzando fronteras y desestabilizando dicotomías, puedan ser el más sustancial alimento de ese “sancocho” por la paz, cuya receta habría que seguir potenciando y refinando, incluso en el peor de los escenarios, tras una eventual derrota el próximo domingo, esa que tememos con tanto escalofrío, con tanto temor y temblor. Pero es en esos casos de extrema angustia, donde más falta hace alimentarse bien.

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