El sentido de este sinsentido

on Lunes, 15 Julio 2013. Posted in Artículos, Edición 13, Economía colombiana, Nacional, Justicia social, José David Copete

13 CopeteAfortunadamente el fin de la historia no es más que una refinada falacia, superada por las dinámicas de actores sociales cuyas energías vitales ponen de presente la posibilidad y necesidad de un mundo mejor. Hoy, en un contexto de mundialización de la ley de valor y de hegemonización de la relación social capitalista, es necesario, tal vez más que nunca, traer a colación la propuesta de Ernesto Guevara en términos de ser realistas y hacer lo imposible.
 
José David Copete
 

La actualidad política, social y económica de nuestro país evidencia un complejo panorama que debe asirse en el marco de una cruenta confrontación. No sólo es una confrontación bélica, es ante todo la pugna entre una democracia representativa cada vez más fatua e indefendible y nuevas formas de asumir y re-producir lo político  por parte de diversos actores sociales y políticos. Una lucha en la que el discurso hegemónico oculta situaciones injustificables. A su vez, la realidad desborda el alcance discursivos de las élites y evidencia una crisis endémica que agobia a cientos de miles de colombianos de diversos sectores y poblaciones.

En este marco, el gobierno nacional vende al interior y al exterior la imagen de una robusta democracia que avanza rauda en compromisos y logros para el bienestar de las mayorías, pero tal situación idílica halla contrapunteos por doquier y desde diversos actores sociales y políticos. En un panorama en el cual pululan los cantos de sirena y se alardea con “indiscutibles” estadísticas, hay un creciente descreimiento, proveniente de las duras dinámicas del “desierto de lo real”.

La convocatoria de paro por parte de los cafeteros, la crisis de los cacaoteros, las movilizaciones en el Catatumbo, con la problemática campesina que le subyace, la desindustrialización, cuyo ejemplo fidedigno es el cierre de la producción en Icollantas, la amenaza de paro por parte de los mineros y, en general, los conflictos territoriales que se irrigan por la geografía colombiana no han de verse como fenómenos aislados e inconexos. La agitada actualidad colombiana insta a poner en tela de juicio esa serie de presupuestos que, desde lo hegemónico, fungen de irrebatibles.

Estas álgidas problemáticas y las múltiples que están madurando en el seno de la sociedad colombiana ameritan un abordaje que supere la visión de las partes atomizadas y trate de rastrear su interrelación y articulación. En esa dirección, se erige esencial asir las dinámicas de re-producción del régimen de acumulación y de la dogmática neoclásica como gendarme de esta tragedia civilizatoria.  

Con base en lo anterior, en esta columna se abordan las luchas populares y comunitarias como respuesta a la dinamización, desde orillas estatales, de lo que algunos autores han dado en llamar el pensamiento único. Esto con el objetivo de lograr que en posteriores ocasiones se dé cuenta de algunas problemáticas como la desindustrialización, la administración de la pobreza, las geografías de la acumulación u otras, no como fenómenos aislados sino como eslabones de una dinámica y compleja cadena. Así las cosas, es necesario rebatir el pensamiento único, superando la concepción del mundo que pone en el centro las libertades y derechos del capital y relega a mero detalle las tragedias y penurias de los seres humanos.    

El pensamiento único: presuposición hegemónica

Para iniciar, es necesario resaltar que se asume el pensamiento único como aquel derivado de las ecuaciones y modelaciones econométricas investidas con el manto de la sacralidad y dotadas de eficacia sin parangón: la concepción hegemónica de la ciencia económica1 como ciencia de lo social. Esta manera de pensar está íntimamente ligada a garantizar las dinámicas de eficiente re-producción del capital. El pensamiento único se concreta no sólo en planteamientos teóricos de corte abstracto, también, y ante todo, se proyecta e irriga en el cuerpo social como verdad irrefutable, como presupuesto insalvable.

Esto nos acerca a un escenario en el cual los fenómenos sociales, políticos y económicos están signados por un horizonte de sentido que subyace a ellos y les da su especificidad. Esto no debe asumirse como algo abstracto o casuístico, por el contrario ha de asirse en un momento histórico determinado en una formación social concreta. Esta dinámica desborda los límites geográficos nacionales y nos ubica ante el despliegue de la hegemonía al interior y al exterior de las naciones.  

De allí que los fenómenos que golpean a las poblaciones rurales y urbanas de nuestro país desborden la especificidad de las comunidades y poblaciones afectadas. Es más, no se podría pensar que es un fenómeno exclusivamente colombiano. Es necesario traer a colación un planteamiento de Gramsci según el cual “toda relación de «hegemonía» es necesariamente una relación pedagógica y se verifica no sólo dentro de una nación, entre las diversas fuerzas que la componen, sino en todo el campo internacional y mundial, entre complejos de civilización nacionales y continentales”2.

Así las cosas, el andamiaje teórico y conceptual de la ortodoxia económica se ha posicionado globalmente como la única forma de abordar e intervenir los problemas y las dinámicas sociales. En este sentido, es necesario resaltar que “al “pensamiento único” corresponde la “política única” (…) este nuevo determinismo resulta altamente funcional a los intereses de la nueva coalición dominante del capitalismo internacional, que ha obtenido un rotundo triunfo al convertir al neoliberalismo en un verdadero sentido común epocal”3. La política única se concreta en una tendencia en la que todo se mide con el rasero de la acumulación, en donde es vital el acople de la acción estatal a la salubridad y robustez del régimen de acumulación.  

Esta tendencia delimita las posibilidades de concreción de los planteamientos de los distintos actores sociales y políticos que se re-producen en nuestras sociedades. En un país con un cruento y extenso conflicto armado, social y político se han hecho públicas perspectivas que desmienten la infalibilidad del pensamiento único y sus recetas. A lo largo y ancho del  país los cantos de sirena han cedido lugar a la realidad y las dulces promesas de la tecnocracia han dejado ver su falsedad constituyente.    

En tal escenario, se avizoran perspectivas disimiles y hasta contradictorias que ponen de presente la necesidad de rastrear el horizonte de sentido que sustenta y legitima los constantes desmanes en contra de diversos actores sociales y políticos. Caminar hacia un país en paz con justicia social implica poner en cuestión las presuposiciones hegemónicas que se centran en que algo cambie para que realmente nada cambie.

Así las cosas, se yergue vital superar el presupuesto según el cual las sacralizadas fórmulas neoclásicas no se pueden tocar. Hay que salir de ese callejón y buscar nuevas formas de gestionar las necesidades y demandas de las poblaciones colombianas.

Hay que salirse del callejón sin salida

El pensamiento único se convierte en el eje gravitacional de un callejón sin salida, en el cual el régimen de acumulación es el entramado incuestionable y la relación social capitalista se yergue intocable. Se genera una suerte de destino manifiesto, plasmado en las dinámicas de re-producción de los múltiples campos de la vida social. Si bien es cierto que se tiende a la univocidad y que las interrelaciones nos enfrentan a un escenario en el que las alternativas son asumidas mediante la adaptación funcional, es necesario buscarle la salida a ese callejón sin salida. Dada la extensión y complejidad del tema en cuestión, en estas líneas se abordará lo ligado al campo de la acción estatal.

El despliegue de la intervención estatal está signado por una racionalidad crecientemente economicista en la que las tecnocracias y los “think tanks” tienen la primera y la última palabra. Esta cuestión, aparentemente vana, adquiere valía cuando asumimos la centralidad del Estado a la hora de satisfacer o no las necesidades de las poblaciones y de limitar y delimitar las dinámicas de re-producción social; en últimas, se torna valioso cuando asumimos la importancia del poder del Estado.    

Actualmente tanto el escenario de la política pública ha tendido a privilegiar como elemento de análisis la relación costo-beneficio. La reacción de Sartori ante la excesiva cuantificación de la Ciencia política4 puede, perfectamente, trasladarse al campo de las políticas públicas. Éstas han venido relacionándose con una tendencia de exclusividad de cuantificación en el análisis, diseño, formulación y evaluación de las políticas públicas.

Es por ello que mientras en los barrios periféricos de las ciudades se evidencian las carencias y afugias ligadas a la pobreza, el gobierno publicita estadísticas que nos dicen que esa gente no es pobre. Esa realidad que evidencia pobreza, artificiosamente se desvanece desde el abordaje estadístico; las gentes siguen viviendo la pobreza, pero desde la oficialidad ya salieron de esa condición. Y salir de la condición de pobre, más allá del efecto simbólico e ideológico que pueda conllevar, implica relegarse para los instrumentos de focalización de los recursos estatales.  

Esto nos ubica en un escenario en el cual la primacía de la relación costo-beneficio en la órbita de las organizaciones estatales ha hecho que el Estado se distancie de sus obligaciones respecto de la ciudadanía. De allí que los Derechos Humanos no constituyan un elemento relevante y las preocupaciones, cuando existen, no desborden la retórica.

Afortunadamente el fin de la historia no es más que una refinada falacia, superada por las dinámicas de actores sociales cuyas energías vitales ponen de presente la posibilidad y necesidad de un mundo mejor. Hoy, en un contexto de mundialización de la ley de valor y de hegemonización de la relación social capitalista, es necesario, tal vez más que nunca, traer a colación la propuesta de Ernesto Guevara en términos de ser realistas y hacer lo imposible.

Las organizaciones sociales y políticas del país que se agrupan en el Congreso de los Pueblos, la Marcha Patriótica y en las diversas agrupaciones sociales y políticas campesinas y urbanas de nuestro país han venido generando propuestas que dan al traste con la irrefutabilidad de la explotación y el saqueo histórico.

En nuestro país y en América Latina en general se están reinventando la política y la democracia, independientemente del disgusto y la reprobación de los gendarmes hegemónicos nacionales y transnacionales.

***

1Es necesario resaltar que no es la ciencia económica como tal, como un todo, sino la propuesta de la ortodoxia y sus tendencias que, valga la pena recalcarlo, han devenido hegemónicas hace varias décadas.

2GRAMSCI, Antonio, Introducción a la filosofía de la praxis, Barcelona, Ediciones Península. 1970. p. 24.
3BORON Atilio, Pensamiento único y resignación política: los límites de una falsa coartada, contenido en Tiempos violentos. Neoliberalismo, globalización y desigualdad en América Latina, Buenos Aires, CLACSO. 1999. p. 9.
4En un documento reciente, unos de los padres fundadores de la Ciencia política se cuestiona acerca de la excesiva cuantificación que ha caracterizado a la disciplina y que afecta las dinámicas de re-producción de conocimiento en torno a lo político. Al final de un artículo afirma que “la alternativa, o cuando menos, la alternativa con la que estoy de acuerdo, es resistir a la cuantificación de la disciplina.” Ver SARTORI Giovanni (2004), ¿Hacia dónde va la ciencia política?, en Revista Política y gobierno, Vol. XI, N° 2, II semestre de 2004. pp. 349-354.  

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