¿El tiempo de la reconciliación?

on Sábado, 13 Septiembre 2014. Posted in Artículos, Reconciliación, Edición 41, Nacional, Proceso de paz, Laura Quintana Porras

41 Laura

Creo que podremos ser de otro modo cuando en lugar de domesticar al otro, por ejemplo, a la alteridad del pasado, podamos aprender a vivir con lo excesivo e indominable que lo atraviesa, que es la otra cara de las alteraciones que nos promete.

 
Laura Quintana
Fuente de la imagen: www.porrua.mx

La remembranza puede convertir lo inconcluso (la dicha) en algo concluido, y lo concluido-­ (el sufrimiento) en algo inconcluso.
Walter Benjamin


En estos días, desde registros políticos muy distintos y desde experiencias de vida sin duda muy diversas (desde organizaciones de víctimas de la violencia en Colombia, pasando por declaraciones gubernamentales, hasta los mismos actores armados), se insiste casi a diario en la necesidad que tenemos en Colombia de propiciar la reconciliación. Y seguramente dados los actores tan distintos que la emplean, los usos de esta noción han de ser así mismo diferentes y en algunos casos incluso inconmensurables, como seguramente lo es el proyecto de sociedad que en cada caso se defiende y en vista del cual habríamos de buscar la tan mentada reconciliación.

Sin embargo debo confesar, a riesgo de sonar políticamente incorrecta, que la idea misma de “reconciliación” me produce cierto escozor o, para decirlo en términos menos afectivos, me resulta tremendamente problemática. En primer lugar, porque sugiere como proyecto a conquistar el regreso a una condición de origen conciliatorio, de armonía y unidad, que no conocía fracturas; y con esto entonces un regreso que ponga término, que cierre por fin, todo aquello (violencias, dominaciones) que por un tiempo desunió o creó desarmonías y fisuras. Pero el imaginario acerca de una tal situación de armonía y unidad no sólo desconoce la manera en que las relaciones humanas están constantemente atravesadas por conflictos que tienen que ver con las múltiples formas de vida interpretativas en que puede desplegarse la condición humana, sino que pierde de vista la manera en que quizás las mayores violencias y dominaciones producidas en nuestra historia, por lo menos occidental, han tenido que ver con el proyecto de producir una humanidad unitaria, bien integrada, tan homogénea como libre de conflictualidad.

Además, el anhelo de “superación” y “cierre” que la idea de reconciliación pone en juego sugiere una lógica del tratamiento del daño y una forma de temporalidad que me parece crean obstáculos para la construcción de la paz. Por lo menos si tal construcción se entiende como un proceso abierto y siempre inacabado que no apunta tanto a la neutralización de los conflictos sociales –neutralización que reproduce siempre violencias simbólicas y culturales– sino que se propone la creación de las condiciones (económico-sociales, culturales, jurídicas y no jurídicas) para que esos conflictos más que meramente canalizarse como conflictos guerreros que se disputan el control de lo común, puedan manifestarse como conflictos políticos que incidan y confronten las formas de inclusión y exclusión, que siempre han de producir las fronteras que delimitan un espacio colectivo.

En efecto, la noción de ‘superación’ supone que las fisuras, tensiones, heridas de un pasado desgarrador han de ser sanadas, cerradas, reparadas, y con ello dejadas atrás, para posibilitar, en el cierre de la reparación, la restauración de los lazos que se fracturaron y rompieron. Me parece, sin embargo, que esta lógica del daño no permite reconocer que las heridas dejan huellas y fantasmas que no se pueden simplemente cerrar y dejar atrás, aunque esto no significa dejar sin suelo a la posibilidad de actuar de nuevo. Al contrario. Precisamente, es la idea de cierre y superación la que apunta a fijar un daño ya dado e irreparable, y lo que alimenta formas de resentimiento y de reacción pues éstas, como bien lo entrevió Nietzsche, tienen que ver con la sensación de que lo que fue fue y sólo cabe llevarlo a cuestas o enterrarlo. E inversamente es precisamente la idea de que el pasado no es nunca pasado, sino una dimensión abierta, surcada por fallas, fisuras, huellas, que siempre pueden volver, actualizarse de otra manera, lo que permite repensarlo desde el presente, y actualizarlo en el presente para desrealizar este horizonte del hoy; es decir, para poner en cuestión eso que ya somos y podemos dejar de ser siempre de nuevo; para dar lugar a acciones otras o a prácticas transformativas. Entonces más que la superación o borradura de lo que fue, como algo que ya fue, la posibilidad de actuar de nuevo supone reconocer que la herida abierta puede reconfigurarse sin dejarse atrás, sin superar las fallas y fisuras que creó, para propiciar más bien otras relaciones a partir de ellas. Supone asumir también que todo el sufrimiento de lo que ha sido, sus fallas y derrotas, no puede integrarse en una perspectiva integradora que lo redima por completo, para acoger que pueda reconfigurarse y dejarse volver de otro modo, siempre de nuevo; e implica reconocer por último que las violencias que hemos repetido y reproducido también tienen que ver con la incapacidad para exponerse y crear lo impensado, desde heridas que han quedado abiertas.

Sin duda esta exposición a los trazos siempre reconfigurables del pasado supone que siempre es posible volver de otro modo a lo sido desde un presente que busca confrontarse, reconocerse críticamente y, al reinterpretarse, abrir otras posibilidades por venir; es decir, se trata de una temporalidad desde la cual pasado, presente y futuro se encuentran, intersectan, chocan y modifican mutuamente en constelaciones de sentido que se rehúsan al cierre y a la completud. Una temporalidad muy distinta de aquella que se deriva de la idea –por lo menos de la idea dominante– de reconciliación. Pues desde esta perspectiva la paz, para retomar palabras del alto comisionado para la paz, “es una decisión por el futuro y en contra del pasado”1, que asume el tiempo en términos de una línea recta que opone el pasado de lo sido, al futuro por proyectar, y piensa el presente como mero tránsito. Esto es, una temporalidad que deja atrás, desecha, entierra las fallas y residuos que no puede integrar en vista de una comunidad que se proyecta como máximamente inclusiva, pero que sólo incluye al que se puede integrar. Así, la necesidad de dejar de repetir un pasado violento, la necesidad de ser de otro modo, que seguramente está en juego en las palabras citadas del alto comisionado para la paz, termina más bien al contrario desechando otras posibilidades de interpretación del pasado y con esto otras posibilidades de vida, otras posibilidades de ser, para privilegiar aquellas que se consideran más integradoras, aceptables, sostenibles, viables o prometedoras; es decir, termina produciendo formas de exclusión que no se asumen como tales, y con ello reiterando formas de violencia y dominación, con las que pretendía quebrar.

Las coordenadas que delimitan esta idea de reconciliación se dejan ver muy bien en campañas publicitarias recientes que promueven la reconciliación en nombre del progreso del país2, o del trato tolerante en las interacciones más cotidianas3, por ejemplo, en la muy reciente campaña, promovida por empresas privadas, “soy capaz”4. En efecto, estas campañas no sólo ponen de manifiesto que la idea de reconciliación tiende a hermanarse con una comprensión del tiempo como la progresiva, que, como bien lo destacó Benjamin, ha producido siempre montañas de ruinas, escombros, desechos, de lo que no se ajusta al movimiento finalizado de lo que -se pretende- ha de ser; también promueven una cómoda idea de tolerancia, de las buenas conciencias satisfechas de su corrección, que soportan meramente al otro (a otros sentidos, formas de ser, modos de experiencia, prácticas de organización), sin dejarse alterar, modificar o transformar por él.

Creo que podremos ser de otro modo cuando en lugar de domesticar al otro, por ejemplo, a la alteridad del pasado, podamos aprender a vivir con lo excesivo e indominable que lo atraviesa, que es la otra cara de las alteraciones que nos promete; cuando, retomando un eco de las palabras de Benjamin con las que empezaba, podamos abrir la tensión inconciliable, trágica también, de nuestra historicidad, y cerrar las promesas de armónicos paraísos perdidos que se reiteran en cada nueva y ya siempre frustrada exigencia de reconciliación.

***

1Sergio Jaramillo, “Todo lo que debería saber sobre el proceso de paz”, recuperado de http://www.kas.de/wf/doc/12888-1442-4-30.pdf).
2Ver http://www.reconciliacioncolombia.com/
3Ver por ejemplo la reciente campaña impulsada por empresas privadas “soy capaz”
4http://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/camapana-de-reconciliacion-soy-capaz/14499875

Comentarios (7)

Déje un comentario

Estás comentando como invitado. Autentificación opcional debajo.

Ediciones anteriores

Ver más ediciones