Ética como fundamento para la paz

on Viernes, 14 Noviembre 2014. Posted in Artículos, Ética, Edición 45, Sebastián Ronderos, Cultura colombiana, Nacional, Proceso de paz

45 Ronderos

Hay que invertir el lente valorativo, la élite no debería ser un grupo privilegiado, depredador y egoísta, no se debería premiar a quien imposibilita la acción moral sino a quien la posibilita. En ese sentido debería surgir una élite menos parecida a un banquero y más a un campesino. La figura de Pepe Mujica es muy diciente en ese sentido y abre cuestionamientos útiles en función de explorar soluciones humanas a nuestros conflictos sociales.

 
Sebastián Ronderos
Fuente de la imagen: http://jeronimorivera.com/

Los más ricos, poderosos e influyentes aprovechan privilegios en función de sus intereses personales, privados, y como las instituciones públicas han estado cooptadas por éstos, el componente moral ha sido desterrado de nuestro precario sentido de gestión de los diversos conflictos sociales. El mismo oportunismo que denunciaba Jaime Garzón al poner el ejemplo de la compra de un carro: “el tipo siempre le va a empacar medio milloncito más a ver si usted cae”. El vivo y el bobo, un desorientado sentido de valores que premia el egoísmo y castiga el respeto a principios y normas consensuadas.

El escándalo de Interbolsa es uno más de los muchos que dejaron de ser escandalosos para convertirse en la normalidad de operaciones entre lo público y lo privado, que claro, en un país con tal desigualdad, acaban siendo casi lo mismo. Que se utilice captación ilícita de recursos para mantener los grandes monopolios no es novedad ni asombro, es la conocida y generosa comisión que se autoconceden quienes administran y representan. Al final, son los replicadores de las desastrosas fórmulas, incomprensibles para los ciudadanos de a pie, que llevaron a la catástrofe por medio de las célebres «subprime».

El modelo de desarrollo ha sido ejecutado por nuestros propios Chicago boys, el mismo discurso de Gaviria el 7 de agosto de 1990, dando ya abiertamente predominancia al modelo neoliberal, parecía citar casi textualmente al presidente estadounidense Harry S. Truman cuando, en 1949, nos declaró (a los del sur) subdesarrollados, prometiendo la llegada del desarrollo de la ciencia y el avance occidental a nuestras naciones atrasadas. Cada grandilocuente promesa de desarrollo ha resultado ser el anuncio previo a la tragedia. Como reconoce el economista Jeffrey Sachs, “de poco sirve tener una sociedad con leyes, elecciones y mercados si los ricos y poderosos no se comportan con respeto, honestidad y compasión hacia el resto de la sociedad”.

Es el legado de las malas recetas neoliberales y la cultura mafiosa proveniente del narcotráfico, ambas generosamente auspiciadas, en buena medida, por la élite económica y política, que han llevado a que el ladrón de cuello blanco sea merecedor del calificativo “doctor”, sin importar sus (des)méritos académicos, mientras el maestro caiga en las profundidades de la escala evolutiva. Claro, es una escala evolutiva medio a la inversa, donde los lagartos –entre otros reptiles- gobiernan las cumbres y los seres pensantes y compasivos soportan su peso. Fiel caricatura del Fausto de Goethe, haciendo a los demás soportar los costos de su voraz apetito de ciencia y desarrollo.

La clase política tradicional, sintiéndose profundamente europea, calca rituales de protocolo y etiqueta, moda y gastronomía, pero al tratarse de impuestos, de derechos, de construcción de espacios plurales recurre a discursos semifeudales para evadir cualquier tipo de responsabilidad o compromiso social. Se es lo suficientemente moderno para vestir a la moda o estar al tanto de las últimas tendencias artísticas, pero no para utilizar transporte público o pagar impuestos, eso es para los peones.

Cuando se le pregunta a Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia, para qué sirve la ética, responde algo sumamente curioso y desconcertante: “Para abaratar costes y crear riqueza”. Parece un postulado más cercano a Milton Friedman que a una catedrática de ética cercana a la Escuela de Frankfurt. Pero es así, la ética sirve, entre otras cosas, para recordar que es una obligación ahorrar sufrimiento y gasto como también invertir en lo que vale la pena en términos colectivos. La confianza abarata costes en dinero, en energías y en sufrimiento, se eliminan los gastos en transacción y se construye capital humano capaz de trabajar en función de necesidades e intereses sociales. Desde abajo y afianzando identidades y prácticas locales.

Permítanme traer un ejemplo recurrente pero fácilmente identificable. Existen condiciones bien conocidas que propician la insoportable crisis de movilidad en Bogotá: la falta de infraestructura, de un transporte público a la altura de las necesidades, las distancias por tener una ciudad centralizada, etc. Sí, evidentemente hay unas problemáticas provenientes de las instituciones, ancladas en las prácticas de corrupción por parte de cada burocracia en la gestión de lo público y licitación con lo privado. Pero el problema se refleja en nosotros, los ciudadanos.

Las camionetas polarizadas son dueñas de las vías por tener mayor capacidad de agresión ajena, “usted no sabe quién soy yo”, un postulado famoso desde quien conduce un coche de placas diplomáticas hasta el del Renault 4. Preguntaba Garzón al respecto: “Para qué queremos más vías, ¿para agredirnos?”. Es en primera instancia una crisis de valores y después una crisis en materia de movilidad, mientras no se trabaje en función de la primera, nunca va a existir una respuesta suficiente para la segunda. Pasa lo mismo en los demás sectores de nuestro sistema social.

La idea de ética que propone Cortina, “abaratar costes y generar riqueza”, se contrapone completamente a los principios neoliberales. No se trata de competir para generar riqueza económica, se trata de cooperar para generar riqueza humana.

Hay que invertir el lente valorativo, la élite no debería ser un grupo privilegiado, depredador y egoísta, no se debería premiar a quien imposibilita la acción moral sino a quien la posibilita. En ese sentido debería surgir una élite menos parecida a un banquero y más a un campesino. La figura de Pepe Mujica es muy diciente en ese sentido y abre cuestionamientos útiles en función de explorar soluciones humanas a nuestros conflictos sociales.

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