Hombres, machos y compañeros

on Sábado, 31 Mayo 2014. Posted in Artículos, Estudios de género, Edición 34, Feminismo, Nacional, Andrea Marcela Cely

34 CelyLas situaciones que vivimos a diario como mujeres en relación con los hombres, se presentan como un escenario para actuar de manera contundente, pero no necesariamente a partir de considerar a quienes responden a un orden masculino como el enemigo. Son situaciones que distraen el objetivo de la lucha y muchas veces traen el efecto contrario.
 
Andrea Marcela Cely
Fuente de la imagen: http://www.metiendoruido.com

Es común escuchar a hombres que hablan del feminismo como una cosa de mujeres y para mujeres. Así como es frecuente presenciar que una mujer feminista le haga un llamado en público a algún hombre que habla por ella o no incluye a las mujeres en sus formas de expresión (lo que hasta hace poco no era un problema). Incluso a varias mujeres no les interesa reconocerse como feministas, ya sea porque no están de acuerdo o porque lo consideran una etiqueta más, promovida por algunas mujeres que se identifican en la distancia. Estos ejemplos nos conducen a pensar en relaciones, hoy frecuentes, que dinamizan más distancias entre mujeres y hombres que encuentros. Y, sin embargo, son situaciones necesarias, es decir, se convierten en ocasiones importantes para visibilizar tensiones aún existentes.

La lucha que decidimos emprender algunas mujeres también responde en varias ocasiones a las experiencias que vivimos a diario en relación con los hombres. Y de allí que tampoco sea tan fácil plantear que debemos promover una relación sin tensiones, cuando sigue siendo desigual. Como mujeres algunas veces le describimos a un hombre la descarga de energía que nos produce la rabia sentida en un medio de transporte público, en la calle o ante un programa de televisión y rara vez sentimos una solidaridad concreta o una expresión de disgusto, en comparación a la misma escena dada entre mujeres. Y esto por una razón muy simple y contundente: no vivimos las mismas experiencias a diario. Los hombres se pueden desenvolver en distintos escenarios con más facilidad, pues en su oficina no cuentan con un jefe acosador o en la calle no tienen que pensar siempre en cubrir su cuerpo para caminar con un poco más de tranquilidad. Todas estas situaciones podrían dejar de ser o de cargar con este sentido discriminatorio si el feminismo se apropiara como un modo de vida que transforma.

No obstante, también tenemos casos en los que el feminismo se entiende como una “batalla de sexos” o, en otras palabras, como una contienda por derrocar la supremacía de un género sobre otro. Para muchas feministas es válido acabar con las relaciones desiguales que nos ponen en desventaja con los hombres y otras lo entienden como una lucha por ganar autonomía, pero en otros casos se llega hasta el punto de generar relaciones de subordinación a la inversa y, el feminismo no puede ser reducido a este último tipo de acción, pero tampoco puede descartar esa noción de batalla que sigue acompañando a varios grupos de mujeres. Me explico, las situaciones que vivimos a diario como mujeres en relación con los hombres se presentan como un escenario para actuar de manera contundente, pero no necesariamente a partir de considerar a quienes responden a un orden masculino como el enemigo. Son situaciones que distraen el objetivo de la lucha y muchas veces traen el efecto contrario.

Si nos mantenemos en una posición de exclusión hacia los hombres como parte del ejercicio feminista, ellos estarán por fuera de la posibilidad de luchar contra las relaciones patriarcales. Hay quienes consideran que los hombres por su misma condición de superioridad tienen más tiempo, energía, posibilidades y facilidad de ejercer una lucha feminista. Pero también otras que los excluyen al considerar que solamente a nosotras como mujeres nos corresponde librar la batalla. Y sin embargo ahí no está el problema, necesitamos identificar cuál es nuestro campo de lucha como parte del movimiento feminista, hasta dónde llega y cómo peleamos en él. No creo que el objetivo de nuestras acciones se encuentre en ‘ganarles’ a los hombres y tampoco creo que ahora ellos se conviertan en un aliado más que sale ileso. Se trata de ganar autonomía mientras estamos en medio de un proceso que pretende alcanzar una liberación femenina que pasa necesariamente por la liberación de todos aquellos que vivimos en medio de condiciones de explotación y subordinación.

Una batalla por la autonomía lleva consigo la necesidad de acabar con todas las relaciones de subordinación. Y, por esta razón, la lucha no se concentra en ubicar y luchar contra el hombre o los hombres que ejercen dominación, sino en identificar como mujeres los mejores momentos y las estrategias más efectivas para ganar autonomía frente a este tipo de relaciones que no ejercen solamente los hombres. También estamos sometidas a relaciones de subordinación como trabajadoras por parte de otras mujeres, discriminadas por el color de la piel o dominadas a partir de los modelos de belleza hegemónicos.

Ahora bien, si la resistencia feminista se debe exigir y practicar a diario como una forma de vida, la relación con los hombres juega un papel fundamental. Y no se trata ahora de bajar la guardia, al contrario, se trata de contar con hombres que puedan contribuir para hacer del feminismo un espacio en el que se exponga, confronte, oponga y transforme el sexismo en los demás hombres (Hooks, 1984, p. 83). Y en este punto es necesario acercarnos a la manera como estamos entendiendo las relaciones de poder y de dominación, pues efectivamente no son lo mismo. Los hombres no hacen parte de un ‘sexo opuesto’ y las mujeres tampoco representamos su ‘otra mitad’. Los hombres no son la oposición a las mujeres y tampoco constituimos entre nosotros una relación de elementos binarios. Hacemos parte de una misma especie, tenemos aspectos físicos en común e incluso muchos rasgos similares. Las concepciones binarias que se han constituido alrededor de las relaciones entre hombres y mujeres, penes y vaginas, cuerpos y almas, espacios públicos y privados, se presentan demasiado obvias (Rutter-Jensen, 2011, p. 42).

Para Michel Foucault (1992), el poder no se encuentra en una dinámica de exclusión o de rechazo, tampoco se presenta de forma binaria. El poder se ejerce sobre los cuerpos en medio de relaciones complejas y multiformes. Y por lo tanto, la lucha entonces no es una pelea contra el poder, sino por la desexualización de las relaciones de poder. En otras palabras, por una “economía general del placer que no esté sexualmente normatizada” (1992, p. 170). Lo que quiero argumentar es que el poder que ejercen los hombres sobre las mujeres no responde a una condición natural o que sea resultado de una relación entre contrarios en batalla. Es un poder que debe ser analizado en términos tácticos y estratégicos y por lo tanto, merece el reconocimiento como práctica de dominación sobre cuerpos sexuados en múltiples escenarios y bajo contextos distintos.

Y sin embargo, cotidianamente se ejercen mecanismos de discriminación que provocan que esta sexualización de las relaciones de poder mantenga una tensión entre estos hombres y estas mujeres.

El feminismo entonces no puede seguir provocando más tensiones, al contrario, debe asumir esta lectura estratégica del poder, reconociendo además que éste no se construye a partir de las voluntades individuales o en bloque de algunos hombres. Las prácticas de dominación que se ejercen por la sexualización de las relaciones de poder se construyen y reproducen en medio de más relaciones de producción que así también lo provocan. De allí que nos inclinemos más por una noción del poder que han desarrollado algunas feministas radicales para cambiarle la percepción negativa y de exclusión por una creativa y afirmativa.

El movimiento feminista entonces requiere clarificar los poderes que las mujeres manejan a diario y construir formas de usarlo para resistir a la dominación y la explotación sobre otras mujeres y hombres. Debe ser convertido en un ejercicio de liberación que reconozca esa fuerza y la asuma como parte de su lucha. El patriarcado no se ha vencido.

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Hooks, Bell (1984). From margin to center. Cambridge: South and Press.

________ (2000). Feminism is for everybody. Passionate politics. Cambridge: Sotuh and Press.
Foucault, Michel (1992). “Las relaciones de poder penetran los cuerpos”. En: Microfísica del poder. Madrid: La Piqueta

Rutter-Jensen Chloe (2011). Temblores. Notas sobre sexo, cultura y sociedad. Bogotá: Ediciones B.

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