Imaginemos la paz en Colombia

on Miércoles, 30 Enero 2013. Posted in Artículos, Edición 2, Nacional, Diego Hernández, Proceso de paz

2 Diego¿Cómo hacemos para que la desactivación del conflicto armado desencadene la paz en Colombia? ¿Cómo hacemos para que la cura de la guerra no termine siendo otro mal, aunque sea un mal menor (suponiendo que aquél es un mal menor, sobre todo en el largo plazo)? 
 
Diego Hernández.

Fuente: http://shirtoid.com

En La Habana guardan secreto. El proceso de paz transcurre con sigilo. Las negociaciones son un misterio. Para la mayoría de los analistas de prensa, esta discreción extrema es la principal fortaleza de este intento de ponerle fin al conflicto armado.

Por mi parte estoy curioso. Supongo que si cierran la puerta es para hablar de las cosas entrenós. Supongo que uno de los asuntos que esas partes más tienen entrenós es el narcotráfico. Es un tema muy relevante en cuanto a la paz y al mismo tiempo uno en el que la opinión de todos quienes no estamos involucrados es poco relevante. Aunque quisiera decir cosas al respecto, reconozco que no tengo velas en ese entierro. La mesa secreta es útil para efectos de negociar asuntos que ellos tienen entrenós, como el narcotráfico.

Pero la paz es más que el narcotráfico o su fin (suponiendo que la negociación secreta sea para ponerle fin). He llegado a esa conclusión imaginando lo que sería bueno que se discutiera para construir una Colombia en paz. Ya que no tenemos información concreta sobre la negociación de paz, propongo que hagamos un ejercicio: imaginémonos una Colombia en paz... Imaginémosla otra vez...

Partamos de una base: en la Colombia de hoy, todo el mundo la pasa bien. El rico la pasa bien, el pobre la pasa bien, el paraco la pasa bien, el guerrillero la pasa bien, los niños la pasan bien, los viejos la pasan bien, los extranjeros la pasan bien. Al mismo tiempo, aunque la pasamos bien, somos víctimas de muchas formas de violencia. Y es que en Colombia hay muchas formas de violencia: hay violencia armada, violencia social, violencia de género, en fin. Y también hay muchas formas de paz: hay paz escolar, paz comunitaria, paz espiritual.

¿Cómo queda una Colombia en paz?

La coyuntura del proceso de negociación entre el Gobierno y las Farc avanza en la dirección correcta, supongamos. Es imaginable que los diálogos secretos lleven a que Colombia desactive el mecanismo de la violencia armada en el corto plazo (digamos tres años, para contar la reelección). Lo bueno de esto es que tendríamos un frente de violencia menos. Y vaya frente; su desactivación completa implicaría la desmovilización de las guerrillas, las Bacrim, de los frentes contraguerrilla y antiterrorismo del Ejército y la policía, los carteles, etc. Implicaría también la desmilitarización de las calles y los pueblos, y el recogimiento del Ejército Nacional a una vida discreta, propia de un país sin guerra.

Es imaginable -y aquí comienza la mejor parte- que la desactivación de este frente de violencia desencadenara la sucesión de la desactivación de otros frentes de violencia. La violencia social, en particular, que ha sido el germen de la violencia armada. Y la violencia política, que ha impedido que las voces populares disidentes asciendan en la escena política y tramiten las transformaciones que reivindican por las vías institucionales. Si esto pasara, la paz en Colombia instauraría condiciones de vida digna para todos y todas y un sistema democrático con garantías reales para el ejercicio de la oposición política y el acceso al poder de nuevas voces.

Es imaginable también que la paz social y política diera lugar a la desactivación de la violencia sexual, ejercida contra las mujeres particularmente. Además de abrir la sociedad política a la voz de las mujeres, la paz en Colombia nos liberaría de la violencia contra las mujeres y de la estigmatización de las opciones sexuales no hétero e instauraría un ambiente de paz en los hogares, heterosexuales u homosexuales, en el que los niños y niñas crecerían más felices. Esta forma de paz sexual e intrafamiliar -me parece plausible- desencadenaría la paz intergeneracional, y tendríamos una vejez digna y más sabrosa, se escucharía políticamente de la voz de los niños y jóvenes y aplicaríamos prácticas a gran escala de responsabilidad con respecto a las generaciones futuras.

La desactivación de los frentes de violencia más locuaces serviría de impulso para desactivar fuentes de dolor más silenciosas. Es imaginable que una Colombia en paz superara definitivamente el racismo en todas sus expresiones, que renunciara conscientemente a todo recurso al daño como mecanismo para conseguir objetivos, y que, por consiguiente, adoptáramos efectivamente el valor de cuidar a la madre Tierra.

Una Colombia en paz como la puedo imaginar es la misma Colombia de hoy pero sin guerra, sin pobreza, sin racismo, con democracia, igualdad de género, promoción de las nuevas generaciones, una vejez más sabrosa, celebración de la diferencia y cuidado de la madre Tierra. Puedo imaginar esta paz en Colombia porque muchas tendencias y procesos apuntan en esa dirección y porque los y las colombianas somos gente de bien, feliz de ser lo que somos y que nos amamos (aunque a veces muy en el fondo).

Es deseable que haya paz. Deseo una Colombia en paz como la que imagino. Quiero que por el amor a esa Colombia imaginable desactivemos todos los frentes de violencia y nos quedemos con lo sabroso y vivamos delicioso.

Y entonces me pregunto, ¿será de todo esto de lo que dialogan a escondidas? Supongo que no. Obvio, primero lo primero, me dirían. Comencemos por lo más grave, que es la guerra -y el narcotráfico- y ahí vamos avanzando hacia el resto. De acuerdo, comencemos por ahí. Desactivemos el frente de violencia más locuaz y luego desencadenamos la reacción imaginada. Está bien, pero hay que tener en cuenta una cosa: el que se desactive ese frente no implica necesariamente que se desencadene la hermosa reacción que soñamos.

Supongamos (pero no deseemos) que el proceso de paz se limitara a una negociación secreta entre dos bandos en la cual, a cambio de algunas zonas (territorialmente minoritarias) de reserva campesina (por ejemplo), llegáramos a un único producto concreto que fuera el de desocupar el campo para la inversión (sobre todo extranjera). Hacer esto, sin más ni más, para una inversión que no da muestras, ni en Colombia ni en el resto del mundo, de querer a la madre Tierra ni de querer a las personas... Creo que casi nadie quiere que esto pase.

¿Cómo hacemos para que la desactivación del conflicto armado desencadene la paz en Colombia? ¿Cómo hacemos para que la cura de la guerra no termine siendo otro mal, aunque sea un mal menor (suponiendo que aquél es un mal menor, sobre todo en el largo plazo)? Puedo decir que hay un requisito esencial para esto, y es el mismo en virtud del cual el diálogo a puerta cerrada sobre el narcotráfico tiene sentido. El requisito es que las partes relevantemente concernidas con la desactivación de cada frente de violencia estén sentadas en la mesa. Si para darle fin al narcotráfico (imaginemos que sea para eso) deben sentarse el gobierno y las Farc, para hacer la paz en Colombia deben sentarse todos y todas las colombianas, todos y todas quienes sufrimos las violencia y todos y todas quienes, en medio de todo, la pasamos delicioso.

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