Instrucciones para fumar marihuana

on Domingo, 30 Abril 2017. Posted in Artículos, Edición 104, Juan Sebastián Urdaneta , Ética, Cultura colombiana, Nacional

104 Urdaneta

Para que usted fume marihuana hará falta un poco de confianza en la procrastinación. A la ética del trabajo, reivindicada por igual por marxistas, obreristas, neoliberales inescrupulosos y fanáticos protestantes, deberá usted contraponer su derecho al ocio o, en palabras de Bataille, al gasto improductivo. Olvide las técnicas americanas de estudio, las diez claves del éxito y demás atajos que le propone el capitalismo. Absténgase del trabajo útil.

 

Juan Sebastián Urdaneta

@JSUrdanetaf

Fuente de la imagen: https://www.maspormas.com

Préndalo por uno de los extremos. Tómelo con las falangetas índice y pulgar como quien examina a un hombre chiquitito. Por la parte apagada lléveselo a la boca, siempre en calma pues no querrá parecer un vil vicioso. Sosténgalo en sus labios, proceda a aspirar el humo que por él emana. Fume y páselo a sus contertulios. Contenga la respiración unos segundos y posteriormente deje escapar la bocanada. Una vez acabado el procedimiento puede hacer un comentario breve sobre la calidad, el sabor, o entrar directamente a hablar del tema que le apetezca, aunque como opción subsidiaria siempre estará la posibilidad de que se quede callado. Cuando el porro vuelva, repita el procedimiento.

Si usted es fiel seguidor de la doctrina idealista, lo primero que notará es que su mente se agudiza. Se sentirá lúcido pero disperso (lo contrario de Funes) y tendrá la sensación más platónica posible: que las ideas no se inventan sino que se descubren o se recuerdan. En los casos en los que el fumador sea un solipsista radical sentirá que él es lo único sobre la tierra y que los demás son sólo representaciones de su mente; en tales casos se sugiere moderar el consumo so pena de convertirse en uribista.

Si, por el contrario, usted tiende al materialismo, lo primero que sentirá es que su cuerpo se relaja en una especie de letargo leve que se riega por el organismo. En ningún caso deberá preocuparse, incluso si merma su capacidad de abstracción, pues proviniendo usted del empirismo podrá hacer los cálculos pertinentes. Se agudizará su gusto y su oído. En cualquier situación, al cabo de unos minutos notará que el movimiento de la vida se enlentece, que su cabeza se puebla de ideas y que el tiempo se desfigura hasta que de golpe le es otorgado el don del rápido olvido. En ese momento usted será formalmente un marihuanero.

Antes de la combustión deberá elegir un lugar determinado. Hay muchos, pero lastimosamente dependerán de su posición social. Si usted es pobre ya sabrá que el capitalismo le ha destinado un barrio periférico y unos lugares privados limitadísimos. Esa combinación hace que lo más usual sea fumar en el parque del barrio, en cuyo caso deberá estar prevenido de la Policía y de las amigas de su mamá. Otras opciones: un barrio aledaño al suyo, un pastizal o en bicicleta (que hace las veces de no-lugar).

Para la clase media todo es relativamente más sencillo: la universidad o la casa de un amigo son lugares recomendados. Si usted pertenece a la crema de la sociedad deberá tener cuidado, pues las normas de la etiqueta censuran la marihuana para exaltar a la coca. En cualquier caso siempre podrá disponer de su apartamento en las Torres del Parque o de la finca de sus papás.

El prejuicio frente al consumidor también dependerá de la imagen que proyecte. Si por azares de la vida usted viste traje de lunes a viernes, no tendrá de qué preocuparse: como nos enseñó John Berger, el traje, “casi tan anónimo como un uniforme, fue el primer vestido con el que la clase alta idealizaría puramente el poder sedentario, el poder del administrador y de la mesa de conferencias”. Y como resultará obvio, a ningún policía se le ocurriría perseguir al poder sedentario. Mientras que si porta ropa deportiva o se encuentra en chanclas, deberá estar preparado para invocar la jurisprudencia de la Corte Suprema y de la Corte Constitucional.

Si usted es un hombre de dinero puede designar el peligro que implica conseguir marihuana a alguien económicamente de menor estatura. Para efectos prácticos no se culpe a sí mismo, sino al Fondo Monetario Internacional o a la división social del trabajo. Ser pobre, al fin y al cabo, implica en sí mismo una serie interminable de peligros. Si usted tiende al hipismo estará bien visto que plante siempre y cuando agregue el sintagma “pacha mama” a su vocabulario.

Sepa usted que si es mujer el asunto puede enmarañarse un poco. El derecho, la opinión pública y la religión suele condenar infracciones sin víctima, y en ciertos casos es mejor si el inmoral, el pecador o el criminal tiene dos tetas. No se amedrente y si es necesario eche mano de Michel Onfray, recordándole a su interlocutor que le debemos al cristianismo el desprecio por el placer, especialmente si quien disfruta es una mujer. Acto seguido reivindique el ocio no comercializado y maldiga tanto a la escolástica como al placer efímero y viciado que generan los centros comerciales. En el peor de los casos su contraparte no sabrá de qué habla y se alejará de usted. Más allá de las circunstancias se recomienda confrontación, rebeldía.

Para que usted fume marihuana hará falta un poco de confianza en la procrastinación. A la ética del trabajo, reivindicada por igual por marxistas, obreristas, neoliberales inescrupulosos y fanáticos protestantes, deberá usted contraponer su derecho al ocio o, en palabras de Bataille, al gasto improductivo. Olvide las técnicas americanas de estudio, las diez claves del éxito y demás atajos que le propone el capitalismo. Absténgase del trabajo útil.

Finalmente recuerde que la guerra contemporánea en Colombia (que tristeza poder hablar de distintas guerras) ha estado atizada por las drogas. Pero no por su consumo, sino por el moralismo ambiguo que desencadena su persecución. Por eso se recomienda que para completar el ritual llegue usted un día -sin antelación alguna que advierta a sus padres o su jefe-, y les cuente que de vez en vez fuma marihuana. Es su obligación desenmascarar al mojigato. En ningún caso fume y niegue que lo hace. Recuerde que los prejuicios se arraigan en el sentido común, y el sentido común no se cambia con pereza o cobardía.

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