Intensificar la democracia es una cuestión de pueblo, no de electorado

on Lunes, 30 Noviembre 2015. Posted in Artículos, Edición 70, Alcaldía de Bogotá, Elecciones 2015, Argentina, Neoliberalismo, Nacional, Democracia, José David Copete

70 Copete

En Nuestra América en general, la transformación radical de la sociedad -con el salto cualitativo democrático que implica-, pasa por asumir la centralidad del pueblo como sujeto histórico que, además de votar, participa activamente en el marco de un entramado institucional que provee los mecanismos necesarios para que retumbe su voz, obviada históricamente.

 
José David Copete
Fuente de la imagen: www.elespectador.com

En los últimos meses hemos visto cómo las propuestas políticas erigidas en torno a los preceptos neoliberales han ido retomando espacios en la política latinoamericana. Vuelven a ser gobernantes, con la frente en alto y el pecho erguido, las mismas élites políticas que generaron crisis monumentales y reorientaron el Estado hacia el fortalecimiento de las dinámicas de la acumulación capitalista en desmedro de las mayorías.

Esta tendencia se da en forma simultánea con la pérdida de espacios en gobiernos que, en distinto grado, han tratado de remar a contracorriente del dogma neoliberal -en algunos casos contra él y en otros con él. Es evidente que se ha modificado notoriamente el panorama de cambio y transformación social que caracterizó el escenario político-electoral en los albores del siglo XXI. El viraje hacia la izquierda que se generó durante la primera década del presente siglo ha perdido potencia y asistimos a la restauración conservadora.

Si bien los gobiernos de la Alcaldía de Bogotá y de la Argentina no daban cuenta de proyectos antineoliberales, es un mal signo que hayan salido electos exponentes de la ortodoxia, después de una década de rechazo a las políticas neoliberales implementadas en ambos lugares hasta entrado el siglo XXI. Otra prueba de fuego tendrá lugar el 6 de diciembre en Venezuela. Si bien estos episodios nos remiten a debilidades en términos de captar el electorado suficiente, ello no es lo más grave. El problema real estriba en que la posibilidad de superar el círculo de la democracia liberal implica poner en tela de juicio sus inherentes restricciones en términos de quién participa y cómo lo hace.

En este contexto, en la presente columna se plantea que la superación de la democracia liberal, mediante la intensificación de las prácticas democráticas, pasa tanto por la configuración de mecanismos institucionales como por la generación de un sujeto histórico que encarne la democratización de lo cotidiano: el pueblo.

Intensificar la democracia

Un rasgo inherente a los discursos políticos que han retomado posiciones en gobiernos en la región es la descalificación de la politización, pretendiendo erradicarla de los ejercicios de gobierno. No ha de sorprender a nadie que uno de los gendarmes de la política neoliberal, que vuelve a ser alcalde de Bogotá, afirme: “vamos a hacer un gobierno sin política”. Esta visión de la política pretende separar las decisiones técnicas de los proyectos políticos que las sustentan, convirtiendo los ejercicios de gobierno en la reproducción de técnicas gerenciales desprovistas de ideología y totalmente ajenas a las luchas políticas que se libran en la sociedad gobernada.

Ello está indefectiblemente ligado a un andamiaje conceptual en el que el recurso a conceptos como Nueva Gestión Pública, elección racional, gobernanza y otros, busca expropiar al ejercicio del gobierno de su ineludible carácter político de conducción de una determinada sociedad. En este marco, la democracia funciona muy bien cuando la gente no está preocupada por lo político en su cotidianeidad, sino que dicha preocupación se expresa periódicamente en la elección de tal o cual gobernante-gerente. Dicha lógica que genera la democracia liberal representativa -que deriva en democracia delegativa-, no puede ser la que guíe el accionar político de los proyectos políticos alternativos. Actuar dentro de la democracia liberal no puede ni debe derivar en limitarse a lo acotado por la misma.

Ahora, aludiendo al ineluctable principio de factibilidad es necesario resaltar la necesidad de actuar dentro de la democracia liberal pero sin perder de vista la necesidad de superarla. En este punto, es necesario resaltar lo planteado por Boaventura de Sousa Santos, cuando afirma que “la democracia liberal es, por varias razones, una democracia de muy baja intensidad, no garantiza la igualdad política, reduce la participación en el voto, es vulnerable a la participación y no reconoce otras identidades que las individuales. Pero es contradictoria, y es contradictoria porque puede ser utilizada -y está siendo utilizada- para desarticular el poder de los de arriba1.

Ello nos ubica en un escenario en al cual la generación de alternativas supone tanto la interacción con el andamiaje conceptual e institucional propio de la democracia representativa liberal como, y ante todo, su superación mediante el establecimiento de alternativas concretas. En la construcción de una democracia de alta intensidad se debe tener en cuenta la recomendación de Lukacs, en términos de “fijar una relación dialéctica precisa en relación con el contenido y la forma”2.

Así las cosas, uno de los varios elementos de superación de las dinámicas y las estructuras propias de la democracia representativa liberal -dinamizada bajo la dogmática neoliberal-, es el ligado a la configuración y el despliegue de otros mecanismos de participación que labren el camino hacia la concreción de una democracia con alta intensidad. Tal dinámica se cimienta en la materialización de escenarios propicios para el desdoble del poder popular, posicionando subjetividades políticas que van más allá de la individualidad y que pueden participar en la gestión de los problemas sociales y políticos en distintos niveles.

Entonces, los diseños institucionales son vitales para intensificar la democracia, pero, aun cuando ello implique un notorio avance, es necesario ir más allá. Es de vital importancia asumir que el individuo atomizado no puede ser el sujeto de una democracia de alta intensidad y los asentamientos populares no pueden ser vistos como aglomeraciones de individuos que valen en tanto electorado. Proyectar una nueva democracia implica también dar lugar a la construcción de sujetos colectivos que se integren a un proyecto político orgánico. Es aquí cuando el pueblo se convierte en sujeto protagónicos en la construcción de una nueva democracia.

El pueblo y el electorado no son lo mismo

Aun cuando las sociedades latinoamericanas, como las de todo el mundo, distan de ser homogéneas hay en las formaciones sociales latinoamericanas ciertos rasgos culturales, sociales, políticos y económicos que ponen en escena la configuración de sujetos históricos concretos. Es en nuestras formaciones sociales que oligarquía, gamonal y pueblo se tornan relevantes a la hora de asir las dinámicas políticas y económicas. En la actualidad, la heterogeneidad de las sociedades latinoamericanas se diluye en la homogeneización de la sociedad, asumiendo que las distintas expresiones culturales, sociales y políticas a su interior son simple y llanamente una agregación de electores.

Asimismo, hace carrera una concepción según la cual, el gobierno es un ejercicio meramente técnico y está alejado de las luchas y las tensiones propias de las distintas ideologías políticas que convergen en una sociedad. En este marco, desde las orillas hegemónicas no se puede dejar de ver a la democracia como elecciones y a la ciudadanía sólo como electorado. Entonces, cuando se habla de salvaguardar la democracia, de lo que se trata es de mantener el ejercicio técnico del gobierno alejado de las tensiones propias de la sociedad y, ante todo, de asumir que la ciudadanía y sus diversas expresiones solo participan en la elección de los técnicos que han de gobernar.

Lo desafortunado del actual panorama es que algunas agrupaciones políticas que se asumen como alternativas han caído en asumir tal perspectiva, aun cuando su discurso y sus propuestas políticas disten de la profundización del neoliberalismo. De allí que las prelaciones de algunos gobiernos, denominados alternativos, se restrinjan a administrar lo suficientemente bien como para que el electorado refrende su continuidad. Ello sí que es necesario, pero quedarse allí implica dejar a la deriva la configuración de un proyecto orgánico de transformación social que desborde la mecánica electoral.

Por consiguiente, se plantea que es vital asumir que la transformación radical de nuestras sociedades y, por supuesto, de la democracia, debe pasar de captar al electorado a generar políticas, prácticas y discursos que pongan en el centro de la acción política al pueblo como sujeto histórico. De allí la importancia de traer a colación a Dussel, cuando afirma que el pueblo “no es solo el residuo y el sujeto del cambio de un sistema histórico (abstractamente modo de producción o de apropiación) a otro. En cada sistema histórico, además, es el bloque social de los oprimidos, que se liga históricamente en la identidad del “nosotros mismos” con los bloques sociales de las épocas anteriores3.

Desligados de un proyecto político orgánico, la táctica y la estrategia dejan de ser cuestiones relevantes. La proyección de varios gobiernos se limita a la continuidad en la administración, suponiendo que ello se corresponde con la transformación de la sociedad. Lo anterior pone de presente que llegar a gobernar, mantenerse y poder desbordar las lógicas delegativas de la democracia liberal implica generar dinámicas políticas de participación activa.

Así, la intensificación de la democracia está ligada tanto a políticas que contrarresten las dinámicas de acumulación como a la concreción de un sujeto histórico que vote en elecciones y que, ante todo, vaya ganando protagonismo en la conducción de su sociedad. Como bien resaltara Gino Germani, en el prólogo del libro “El miedo a la libertad” de Erich Fromm: “la estabilidad y la expansión ulterior de la democracia dependen de la capacidad de autogobierno por parte de los ciudadanos, es decir, de su aptitud para asumir decisiones racionales en aquellas esferas en las cuales, en tiempos pasados, dominaba la tradición, la costumbre, o el prestigio y la fuerza de una autoridad exterior4.

En Nuestra América, en general, la transformación radical de la sociedad -con el salto cualitativo democrático que implica-, pasa por asumir la centralidad del pueblo como sujeto histórico que, además de votar, participa activamente en el marco de un entramado institucional que provee los mecanismos necesarios para que retumbe su voz, obviada históricamente. En este contexto, es necesario fortalecer tanto la capacidad organizativa del conglomerado popular -con su proyección política- como la configuración de mecanismos que promuevan nuevas lógicas en el ejercicio de las relaciones entre la sociedad y el Estado.

Independientemente de los resultados de las jornadas electorales del 6 de diciembre en Venezuela, es necesario resaltar que -aun cuando se pretenda dar por sentado el agotamiento tanto de los gobiernos alternativos como, y ante todo, de las alternativas al neoliberalismo y al capitalismo- la lucha por un régimen democrático persiste y que la generación de alternativas reales al neoliberalismo es tan posible como plausible.

***

1SANTOS, B,S. (2008). Pensar el Estado y la sociedad: desafíos actuales. La Paz, CLACSO – Muela del Diablo. p. 23.

2LUKACS, G. (2008) Testamento político y otros escritos sobre política y filosofía. Madrid. El viejo topo. p. 68.

3DUSSEL, E. (1985). La producción teórica de Marx. Un comentario a los Grundrisse. México, Siglo XXI Editores. p. 411.

4FROMM, E. (2005). El miedo a la libertad. Buenos Aires, Paidos. p. 18.

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