Juntar Voces de paz para superar la mentira y la politiquería guerreristas

on Miércoles, 14 Junio 2017. Posted in Artículos, Edición 107, Sectores populares, Protesta social, Nacional, José David Copete, Movimientos sociales, Proceso de paz

107 Copete

Las Voces de paz que se despliegan hoy en el marco de la protesta social deben acompasarse al exterior y, ante todo, al interior de la institucionalidad colombiana en aras de democratizarla y cerrar el camino a quienes quieren perpetuar la guerra con base en la mentira y la politiquería.

 

José David Copete

Fuente de la imagen: http://m.elcolombiano.com/

En los últimos meses se vienen levantando distintas voces que evidencian profundas problemáticas sociales y políticas en nuestro país. Diversas movilizaciones y protestas sociales se han desplegado, poniendo en evidencia problemáticas sociales que aquejan a millones de colombianos y que se deben resolver para avanzar en la construcción de la paz. La potencialidad de la activación de las expresiones políticas de la ciudadanía debe irrigarse por la sociedad y enfocarse en los escenarios institucionales en los que hoy la mentira, la politiquería y el espíritu guerrerista le apuestan a la continuidad de un país en el que se han normalizado la discriminación, la violencia y la pauperización.

En este marco, en los últimos meses en Colombia se ha venido decantando un escenario político en el que se evidencia la tensión entre dos perspectivas de país: una que evidencia las tensiones propias de un país que quiere construir la paz y otra que se resiste a los cambios a la vez que demuestra su desinterés por la paz. Tenemos, entonces, que por un lado están los sectores sociales y políticos que evidencian la necesidad de lograr cambios sociales, políticos y económicos de profundo calado como dinámica de construcción de la paz y, por el otro lado, estamos en frente de sectores que consideran que los cambios en nuestro país deben ser meramente nominales y que el sendero trazado históricamente, antes que controvertido, debe ser reforzado.

Así, nos encontramos frente a un pulso por la posibilidad de construir un país que se vaya acercando paulatinamente hacia la construcción de la paz. Dicho pulso nos acerca a un momento de inflexión en el 2018 y es allí donde las voces de paz le deben disputar el balón a los guerreristas.

La mentira y la politiquería como recursos de posicionamiento guerrerista

En Colombia, las fuerzas políticas que dotan de significado y vigencia a la reacción han venido evidenciando que su perspectiva de futuro se liga a la defensa del pasado y sus inherentes dinámicas de discriminación y pauperización. El tinte antidemocrático y reaccionario ha salido a flote de diversas maneras y en distintos escenarios. Según los representantes de estos sectores, los problemas del país refieren a las dinámicas institucionales y están lejos de ser aquellos por los cuales se genera la protesta social. Para la muestra, unos cuantos botones.

Su liderazgo en los escenarios institucionales y burocráticos tiene dos elementos en común: primero, están en contra tanto de los acuerdos como de las dinámicas que implican construir la paz y, segundo, se perfilan como protagonistas de la contienda electoral del 2018. Hay tres elementos entrecruzados que permiten avizorar propuestas políticas que, impregnadas de un aire guerrerista, se empeñan en arremeter contra los Acuerdos de La Habana.

Un primer elemento nos acerca a la mentira descarada como principal elemento de la propuesta política. Es necesario iniciar resaltando la prolongación de lo desplegado en el 2016 y que culminó con la victoria del No en el plebiscito por la paz. Alejandro Ordóñez, quien fue destituido como procurador, lanzó su campaña de recolección de firmas en su carrera hacia la presidencia la semana anterior. No sorprende pero indigna que en su campaña se refuerce la sarta de mentiras y la manipulación que puso de presente Juan Carlos Vélez -a la postre excomulgado del Centro Democrático- en la campaña del plebiscito. La mentira no es tan descomunal como para que siguiera pronunciándose en contra de la corrupción -como se hizo el 1 de abril de este año- pero es de tal dimensión que insiste en “la ideología de género”, en la inminencia de convertirnos en “castrochavistas” y en la “impunidad” de la cual están impregnados los acuerdos de La Habana.

A las evidentes mentiras a las que ha venido recurriendo usualmente el candidato Ordóñez se le deben agregar las que un senador de la república ha manifestado tanto el interior como al exterior del país. Más allá del tinte antipatriótico por el cual muchos han criticado las declaraciones de Álvaro Uribe en el marco del foro Concordia, lo que se ha de resaltar es la mentira que se tornó eje de su intervención.

En segundo lugar, cuando de politiquería se habla no se puede obviar el peso de la urdimbre relacional que ha generado Germán Vargas Lleras y que lo tiene perfilado como uno de los más fuertes candidatos a la presidencia del 2018. Su robustez como candidato está ligada al posicionamiento de partidarios suyos en las últimas elecciones regionales y a las gestiones que dinamizó desde su vicepresidencia, que en ocasiones se tornó evidente campaña política. Los escándalos más sonados, pero no los únicos, están asociados a la asignación de avales a personajes de muy dudosa reputación y a los casos de flagrante corrupción en la costa y específicamente en la Guajira. Con el escaso carisma de Vargas Lleras, la campaña se ha cimentado en torno a una fortaleza burocrática cuya cumbre era la vicepresidencia.

En una tónica distinta a la del Centro Democrático, que ha escalado con todo tipo de argucias en la opinión, el candidato de Cambio Radical ha apuntalado su fortaleza desde la maquinaria y la utilización politiquera del presupuesto público. Como es bien sabido, el acomodamiento de Cambio Radical dentro de la Unidad Nacional nunca se ha correspondido con un trabajo decidido por la paz y, muy por el contrario, se ha entendido que el vicepresidente y sus partidarios son potenciales enemigos de los acuerdos y su implementación. Ello lo corroboran las declaraciones de Jorge Enrique Vélez -presidente de Cambio Radical-, quien declaró que en un gobierno de Vargas Lleras la mesa de diálogos con el ELN se levantaría1.

Con lo tercero que nos encontramos es con las limitaciones que se le imponen a las manifestaciones democráticas que desbordan los comicios periódicos de elección de representantes. Vemos a un alcalde que se precia de ser demócrata pero le teme enormemente a la revocatoria de su mandato. Los distintos comités que se han dado a la tarea de recolectar firmas para la revocatoria del alcalde Enrique Peñalosa se han topado de frente con toda suerte de obstáculos jurídicos y legales que, mediante el recurso al CNE o por medio de una tutela, evidencian la desazón del círculo cercano a la administración con tal iniciativa. La dilación en este tema es preocupante y evidencia que la importancia de la participación popular es muy relativa. Los cientos de miles de personas que se han manifestado con su firma no han sido escuchados y tal vez el proceso se dilate y diluya en el agitado escenario político y electoral de los meses venideros.

Pero esta actitud frente a la revocatoria está precedida por otras reacciones similares frente a la manifestación democrática de las poblaciones. No podemos olvidar la incomodidad y el profundo debate que se levantó con el No rotundo a la minería en Cajamarca y las decisiones del mismo cuño que se han generado -en Cumaral, Meta- y se avizoran en el marco de próximas consultas populares que están cercanas -en Pijao, Quindío; Paujil, Meta y Marmato, Caldas. La voz de las poblaciones ha preocupado a algunos sectores por su impacto político y económico. Entonces, tanto la revocatoria del mandato como las consultas populares se tornan, según algunos sectores, amenazas a la estabilidad institucional y económica del país. El mensaje es muy peligroso, pues queda en el aire la sensación de que es bueno que la población se manifieste, pero no es bueno que esa manifestación se torne mandato y tenga implicaciones políticas y económicas.

Las voces de paz: con los acuerdos y más allá de ellos

Como en los últimos años, en nuestro país las dinámicas de protesta social y de movilización popular han estado a la orden del día. Los acuerdos de La Habana se constituyen en un elemento nodal de la construcción de la paz en Colombia en tanto representan el final del conflicto armado y la extraordinaria oportunidad de eliminar el maridaje entre la política y la violencia. En este marco, se tornan relevantes las expresiones de diversos actores sociales que levantan su voz para confrontar el actual estado de cosas, promoviendo discusiones que como país debemos dar si queremos caminar hacia la construcción de la paz. La actualidad social y política del país evidencia que si bien es cierto que la paz no se agota en la implementación de los acuerdos, también lo es que no se podría hablar del logro de la paz en Colombia sin que se dé la concreción de lo acordado en La Habana.

En este contexto, la alusión a las voces de paz en Colombia se dirige en una doble dimensión. La primera nos remite a las diversas expresiones de movilización y protesta social que se han desplegado en el país, poniendo de presente problemáticas de profunda raigambre y que no se pueden adjudicar a la existencia del conflicto armado. Ello pone de manifiesto la existencia de la conflictividad social que debe aflorar en una sociedad democrática para poder construir la paz como un escenario de sociedad justa, en el que se legisle y gobierne para la vida digna. A la hora de pensar las dinámicas de construcción de la paz en Colombia, la verdad funge de piedra angular. La reflexión sobre nuestro devenir histórico y la proyección como sociedad no puede cimentarse en el desconocimiento y/o la mistificación de la barbarie que ha acarreado el conflicto armado -que se ha entrecruzado con el despliegue de todo tipo de discriminaciones y de dinámicas de explotación y pauperización- en el marco de una democracia cada vez más formal.

Las luchas de los maestros, de las comunidades de Buenaventura y de Chocó, antes que expresiones particularistas o excepcionales, evidencian profundos problemas sociales, políticos y económicos de nuestro país. Contrario a lo publicitado desde los medios masivos, la profunda crisis educativa que se ha tratado de solventar con la vana y superflua promesa de convertir a Colombia en la “más educada” para el 2025, hunde sus raíces en la aplicación de las políticas neoliberales desde los noventa. Las peleas actuales de los maestros nos remiten a las dinámicas de gobierno que han generado el declive de la educación pública. Asimismo, las profundas problemáticas sociales y políticas de varios territorios del país evidencian una deuda histórica que no se saldará si las comunidades no se movilizan y luchan por sus derechos.

La democratización que lleva aparejada la construcción de la paz hace que se vislumbren movilizaciones de víctimas del conflicto, de mujeres, de jóvenes, de campesinos y tantos otros cuyos problemas no se han resuelto y cuyas raíces son profundas. En este contexto se yergue central asumir que los acuerdos entre el gobierno y las Farc-ep son un elemento ineludible de la construcción de paz en nuestro país en tanto abren la arena política y hacen que se deje de ver la protesta social como un acto ilegal o sin fundamento.

La segunda dimensión está ligada a la transformación de la política colombiana, que tiene una clara expresión en el movimiento político Voces de paz. La valía de esta colectividad está dada por la potencia ligada a la presencia institucional de sectores democráticos que quieran construir la paz en Colombia. El movimiento evidencia la voluntad de cambio que tienen quienes dinamizaron una lucha política contra el Estado desde la insurgencia, pero va más allá, enarbolando reivindicaciones ligadas a problemáticas arraigadas en nuestro país y que no se han abordado desde la institucionalidad. El movimiento es el puente idóneo entre la institucionalidad “democrática” y esos actores que, desde su paso a la legalidad, se encargarán de nutrir la democracia colombiana.

Así, esta colectividad se perfila de gran valía en tanto entra a hacer parte de la contienda política electoral por democratizar el país en y desde la institucionalidad. En su despliegue ha de juntarse con otras iniciativas sociales y políticas que le cierren el camino a las colectividades que, con gran protagonismo en el campo de lo electoral, han posicionado un proyecto guerrerista y se proyectan como actores protagónicos en y desde la institucionalidad colombiana. Las voces de paz, que se despliegan hoy en el marco de la protesta social, deben acompasarse al exterior y, ante todo, al interior de la institucionalidad colombiana en aras de democratizarla y cerrar el camino a quienes quieren perpetuar la guerra con base en la mentira y la politiquería.

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1Al respecto, ver http://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/cambio-radical-anuncia-que-levantaran-mesa-con-el-eln-si-ganan-la-presidencia-91300

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