La asfixia, el estado racista y la movilización social en defensa de las vidas negras

on Miércoles, 14 Enero 2015. Posted in Artículos, Racismo, Edición 49, Política criminal, Internacional, Andrés Fabián Henao

49 Henao

¿Cómo existir para los otros cuando el aire por el que circula la voz está contaminado con gas lacrimógeno? El movimiento social y la protesta popular constituyen una respuesta, se trata de multiplicar la singularidad de la voz rechazada por el estado racista en la pluralidad de todas esas gargantas congregadas en las calles. Se grita “¡no puedo respirar!” para transformar la asfixia del estado racista, para limpiar el aire contaminado ya no con el aire acondicionado del capital corporativo sino con el que circula, impropio, por las gargantas en común de la protesta popular.

 
Andrés Fabián Henao
Fuente de la imagen: www.laportadacanada.com

No puedo respirar…

(las últimas palabras pronunciadas por Eric Garner antes de ser asfixiado letalmente por la policía)

No es que los de Indochina descubrieran una cultura propia y entonces organizaran la revuelta. Esto sucedió ‘simplemente’ porque para ellos se volvió imposible respirar en más de un sentido del término

(mi traducción de Frantz Fanon, Peau Noir, Masques Blancs, 1971, pp. 182-183)

 

La asfixia y el estado racista

Eric Garner, un hombre afro-americano desarmado de 43 años fue asesinado por la policía de Nueva York el 17 de julio del 2014, después de que la policía le aplicara una llave ilegal, denominada “chockehold”, cuyo objetivo es interrumpir el paso del aire a los pulmones.

Las últimas palabras de Garner, antes de ser asfixiado letalmente por la policía, fueron “no puedo respirar…” El homicidio por compresión del cuello (así declarado por el médico forense) fue capturado en video por un amigo de Garner, la única persona a la que se le abrirían cargos en el caso, pues ningún proceso se abriría contra el oficial Daniel Pantaleo, responsable directo por el estrangulamiento de Garner, que ya tenía dos investigaciones abiertas por racismo en el ejercicio de sus funciones. La banalidad del presunto crimen—la razón aducida por la policía para acosar a Garner en primer lugar era la sospecha de que estaba vendiendo ilegalmente cigarrillos por unidad en la calle—que no obstante es capaz de motivar el más excesivo uso de la fuerza, se inscribe en la política policial “stop & frisk” (detener y registrar), que organizaciones de derechos humanos llevan años demostrando que constituye una de las políticas racistas más agresivas del estado norteamericano, pues principalmente viola los derechos civiles de los negros y de los latinos en Nueva York. La presión política que ejercieron estas organizaciones y los movimientos sociales por la equidad racial lograron que las detenciones policiales se redujeran de más de setecientas mil en el año 2011 a menos de cincuenta mil en el año 2014, sin embargo, el excesivo uso de la fuerza policial principalmente contra mujeres y hombres negros sigue registrando los más altos índices de impunidad en una innegable realidad de segregación racial.

La decisión de no abrirle proceso alguno a los policías de Nueva York se dio a conocer el miércoles 3 de diciembre del 2014, una semana y dos días después de que se diera a conocer la decisión de no imputarle cargos al oficial Darren Wilson por el asesinato del joven afro-americano de 18 años Michael Brown, también desarmado, el 9 de agosto de 2014 en Ferguson, un suburbio de St. Louis en el estado de Missouri. El movimiento social “Black Lives Matter” (Las vidas negras importan)—que nació tras el fracaso de la justicia norteamericana de procesar a George Zimmerman por el asesinato del adolescente afro-americano Trayvon Martin el 26 de febrero de 2012—inmediatamente organizó una serie de protestas de carácter nacional contra el evidente racismo del sistema en su conjunto, haciendo visible una vez más la desigualdad racial y los nuevos modos en que el estado racista reorganiza su violencia en la denominada era del “color-blindness” (literalmente ceguera frente al color). Trayvon Martin, Michael Brown y Eric Garner no son casos aislados. De acuerdo con el reporte publicado en abril del año 2013 por el movimiento social Malcolm X y titulado Operación Ghetto Storm, en el año 2012 se registraron 313 ejecuciones extrajudiciales contra personas de raza negra, un indicador que no revela todos los datos pues como la asegura la co-autora del reporte, Arlene Eisen, “los departamentos de policía y las agencias gubernamentales se esfuerzan en demasía por esconder la información sobre los asesinatos extrajudiciales y en particular la raza de las víctimas”. Esto significa que cada 28 horas un individuo empleado o protegido por el gobierno de los Estados Unidos asesinó a una persona negra. En solo 13% de los casos se pudo comprobar que la persona asesinada estaba involucrada en actividades criminales que representaban un presunto riesgo a la vida de los otros, la única justificación legal para el uso de fuerza letal por parte de agentes del Estado y una clara demostración de la impunidad con que el sistema le dice a los afro-americanos que sus vidas no importan.

En su ya célebre libro Michelle Alexander ha denominado este racismo como el nuevo Jim Crow—nombre que se le dio al modelo de segregación racial que surgió tras la abolición de la esclavitud después de la Guerra Civil y que culmina históricamente con el movimiento por los derechos civiles de los años 60—, pues comparte con el antiguo el estar basado en un “sistema de leyes, políticas, costumbres e instituciones que operan colectivamente para asegurar el estatus subordinado de un grupo definido principalmente por la raza” (mi traducción de Alexander, 2013, p. 14). El libro de Alexander sobre el encarcelamiento masivo principalmente de mujeres y hombres negros ha revelado datos aterradores, de acuerdo con la investigación “hay más afro-americanos hoy en día bajo control correccional—incluyendo aquellos con libertad condicional—que esclavos en 1850, una década antes de la Guerra Civil” (ibíd., p. 180), así como también más afro-norteamericanos han sido privados del derecho al voto hoy en día que en el año 1870, “cuando la quinceava enmienda fue ratificada prohibiendo leyes que explícitamente negaban el derecho al voto con base en la raza” (ibíd., p. 181). El desmesurado crecimiento de la población carcelaria y sus claros lineamientos racistas han sido efecto de la llamada “guerra contra las drogas”, que ha construido como su principal objetivo militar a las comunidades pobres de color tanto en los Estados Unidos como en Latinoamérica y otras partes del mundo. De acuerdo con Alexander, “el impacto de la guerra contra las drogas ha sido impresionante. En menos de 30 años la población penitenciaria de los Estados Unidos explotó, pasando de 300 mil a más de 2 millones de personas, un incremento que está profundamente relacionado con las condenas por drogas. Los Estados Unidos tiene el índice más alto de encarcelamiento en el mundo (…) y el rasgo más notable de dicho sistema de encarcelamiento masivo es su dimensión racial. Ningún otro país en el mundo encarcela tanta gente de su minoría étnica o racial. Los Estados Unidos encarcela un porcentaje más alto de su población negra que Suráfrica en el pico del apartheid” (ibíd., p. 6). Esto explica por qué uno de los primeros destinos de la protesta popular contra la decisión judicial de no abrirle cargos al oficial Wilson por el asesinato de Michael Brown fuera la prisión (así sucedió en la ciudad de Boston, por ejemplo), una institución de carácter nacional en la que diariamente los agentes del estado cometen actos de tortura contra las personas de color, como sucede con el sistemático uso del confinamiento solitario para “disciplinar” principalmente a hombres negros (ver Gawande, 2009).

La heroica visibilización del inequitativo uso de la violencia estatal contra las personas de color, principalmente mediante sus estructuras punitivas, es tan antiguo como el propio uso de dichas estructuras y los movimientos sociales de base siguen siendo sus actores principales. Años antes de que Michel Foucault publicara su famoso estudio sobre el nacimiento de la prisión en 1975, Vigilar y Castigar—en el marco de su propio activismo con el Grupo de Información Sobre las Prisiones (Groupe d’Information Sur les Prisons)—las panteras negras y el movimiento por los derechos civiles ya habían publicado extensas investigaciones sobre las formas disciplinarias del poder racista en los Estados Unidos (ver Stoler, 1995). A esta larga tradición que vincula la academia con la lucha social hizo referencia la profesora emérita Angela Davis, miembro de las panteras negras e incansable luchadora por la abolición de las prisiones (ver Davis, 2003), cuando fue invitada a dar la lección inaugural en la Universidad de London con ocasión de la Conferencia Internacional sobre la obra de Stuart Hall el 28 de noviembre de 2014, cuatro días después de que se diera a conocer el fallo a propósito del asesinato de Michael Brown. Atenta a la importante movilización social que surgió en Ferguson y que rápidamente adquirió un carácter nacional, Davis hizo referencia a la importante investigación colectiva Policing the Crisis: Mugging, the State and Law and Order (ver Hall, Critcher, Jefferson, Clarke y Roberts, 2013), publicada originalmente en 1978, un proyecto ejemplar del modo en que la movilización social y la investigación académica se retroalimentan, particularmente en la experiencia de la lucha contra la segregación racial en los Estados Unidos, para hacer visible el origen colonial de estas formas de control racial y sus continuas exclusiones con la reorganización del estado racista moderno.

Contra la absurda celebración de paridad racial en los Estados Unidos, ejemplarizada por la elección del ciudadano afro-americano Barak Obama a la Presidencia, la investigación académica continúa haciendo visible la profunda discriminación estructural que reproduce para la mayoría de la población negra lo que la profesora de estudios críticos de la raza, Kimberlé Crenshaw, ha denominado la tubería que va de la escuela marginal a la prisión. El caso de Ferguson es particularmente revelador en este sentido. En un artículo titulado “Ferguson Feeds Off the Poor: Three Warrants a Year per Household” (Ferguson se alimenta de los pobres: tres órdenes judiciales por hogar), Michael Daily aseguró que la corte municipal de Ferguson “manejó 12.108 casos y 24.532 órdenes judiciales en el año 2013. Esto significa un promedio de 1.5 casos y 3 órdenes judiciales por hogar en Ferguson. Las multas y las tarifas de la corte por año en esta ciudad de tan solo 21.000 habitantes equivalen a US$2.653.400. La suma hace de la corte municipal la segunda más grande fuente de ingresos”. Criminalizar a la población afro-americana pobre no es solamente rentable para el capital y en particular para los organismos represivos del Estado, incluido el más grande sistema carcelario del mundo ahora también en manos de compañías privadas, el racismo estructural es también espejo de la prioridad que tiene la renta sobre la vida cuando se trata de las vidas negras en los Estados Unidos. Esto explica por qué los medios de comunicación que cubrían la protesta contra el fallo en el caso de Michael Brown—un fallo que se demoró en hacerse público para darle suficiente tiempo a la policía para organizar su operativo contra los manifestantes—inmediatamente comenzaran a hablar de saqueo y de atracos. No pasaron muchos minutos para que el discurso se desplazara del racismo sistemático que hace a los hombres negros más vulnerables a la violencia letal del Estado, hacia una preocupación por la propiedad privada de los blancos en la que nuevamente circulaban todos los violentos estereotipos contra los afro-americanos. El mismo Presidente Barak Obama no tardó en apropiarse de las palabras del padre de Michael Brown—que hizo un llamado a la protesta pacífica en la larga tradición de la no-violencia del movimiento de los derechos civiles, con ocasión de las marchas programadas en reacción al anticipado fallo—para disciplinar la protesta social, y lo hizo mientras las cámaras registraban el indiscriminado uso de gas lacrimógeno por parte de la policía contra los manifestantes en la calle. “Hands up, don’t shoot!” (¡Manos arriba, no disparen!), continúa gritando el movimiento en las calles, pero la policía continúa disparando y al asesinato de Michael Brown lo han seguido el asesinato de 14 menores de edad, entre ellos el de VonDerrit Myers Jr., también de 18 años y no muy lejos de donde asesinaron a Michael Brown, cuando lo impactaron siete balas después de que un policía que estaba fuera de servicio le disparara 17 veces.

Esta sistemática violencia letal hace parte de las escenas de subyugación que, desde la esclavitud y el viejo Jim Crow, han producido la identidad afro-americana de manera inseparable al daño y las heridas. En aquella excelente reconstrucción de la violenta producción de la esclava y el esclavo en la Norteamérica del siglo diecinueve, Saidiya Hartman (1997) inicia su texto haciendo referencia a la bien conocida escena de la tortura de Hester, la tía de Frederick Douglass, en la que éste identifica “la centralidad de la violencia en la producción de la esclava y del esclavo […] un acto generativo original equivalente a la declaración ‘He nacido’” (mi traducción, Hartman, 1997, p. 4). Hartman se rehúsa a describir la escena porque considera que la facilidad con la que circulan las narrativas de violencia contra el cuerpo de la esclava y del esclavo la banalizan a tal punto que en lugar de producir la indignación del espectador, un afecto capaz de transformase en movimiento político contra la injusticia del racismo estructural, lo que generan es una incapacidad en el espectador de registrar el dolor precisamente por efecto del rutinario espectáculo del sufrimiento de la gente negra. El espíritu crítico por romper con la familiaridad de esa anestesiada mirada informa la propia decisión de Hartman de no buscar las escenas de subyugación que forman la identidad de la esclava y del esclavo en las más espectaculares exhibiciones de la tortura sino en aquellas escenas en donde no suelen verse, como sucede con la coerción de las esclavas y los esclavos a bailar en el mercado o la simulación de su voluntad individual en las leyes que regulan la esclavitud, por ejemplo. ¿Cómo volver, entonces, a las escenas más rutinarias de subyugación en la era del “color-blindness” y la presunta sociedad post-racial, en donde ya ni siquiera se trata de desplazar la atención de la espectacularidad del terror a sus formas menos visibles, sino que la violencia letal, ni siquiera cuando es capturada en cámara, supone un reto a la continuidad del sistema, todo lo contrario, es la propia visibilización de esa violencia extrema la que se criminaliza?

Aquí cabe modificar la definición de la política de Jacques Rancière (2001), en donde el movimiento social busca hacer visible y audible lo que el régimen policial quiere invisibilizar y sumir en el silencio. La política, para Rancière, consiste en modificar las relaciones que distribuyen lo que es sensible para la comunidad partiendo del presupuesto de la igualdad. La policía, por el contrario, tiene su más claro principio en la fórmula de control: “¡no hay nada que mirar, circulen!” que los policías usan para dispersar a las multitudes en las calles y garantizar la continuidad del status quo en la invisibilidad del daño. La experiencia del movimiento social y político que ha surgido en los Estados Unidos ha expuesto un cambio en la fórmula policial dominante. Ya no se trata, en este contexto, de garantizar la invisibilidad mediante la interpelación verbal sino mediante la asfixia material. Es una asfixia que se manifiesta tanto en el estrangulamiento de Eric Garner como en el uso del gas lacrimógeno para controlar la protesta popular que busca hacer visible la injusticia y reparar el daño. Se trata de contaminar el aire para que, en la medida en que el aire no circule, la gente se vea obligada a “circular” en la invisibilidad respecto a la violencia racial que garantiza la reproducción del status quo. En más de un sentido se ha vuelto nuevamente imposible respirar en este estado y, como lo señala Frantz Fanon, cuando eso sucede la alternativa es la revuelta.

El aire, la existencia y la intensidad del tiempo

El soporte material de la existencia, la extensión del ser en el tiempo, reside en el aire, en la capacidad del ser humano para respirar y en la capacidad del aire para circular lo dicho, para ponernos en relación con el otro. El aire, como lo señala Luce Irigaray (1999) en su crítica a Martin Heidegger, constituye el soporte material de la condición humana. “Hablar es existir de manera absoluta para el otro”, dice Fanon en Peau Noire, Masques Blancs, y es esa existencia la que hoy en día la policía amenaza mediante sus políticas de asfixia. La crítica feminista a la obsesión masculina por escapar sus condicionamientos materiales ha sido renovada por la filósofa italiana Adriana Cavarero, que asegura que “cuando la voz humana vibra, hay alguien de carne y hueso que la emite” (mi traducción, Cavarero, 2005, p. 4). De acuerdo con Cavarero, en su crítica a la obsesión de la filosofía occidental por hacer residir la comunicación en una concepción incorpórea del habla, la singularidad de la existencia no reside en lo dicho (modelo semántico de la palabra) sino en el decir (modelo fonético de la voz). Se trata de registrar la materialidad del lenguaje en el engranaje corporal que la hace posible, la garganta, los pulmones, las cuerdas vocales, la lengua, etc., todo aquello que fue comprimido en el cuello de Eric Garner. Se trata de volver al hablante mediante una concepción de la comunicación que registre la unicidad del ser en la materialidad corporal de su voz, la voz de Garner que sigue gritando “¡no puedo respirar!” en las miles de voces que se reúnen en las calles para exigir justicia, para hacer visible el sistema de exclusión racial, para comunicar su desacuerdo y para rehusarse a partir silenciosamente a las calles mientras la violencia contra la gente de color continúa.

Es otro el tiempo del aire, no es el tiempo cronológico que divide el pasado del presente y el futuro, ni el tiempo posmoderno que distingue la velocidad de la lentitud, es más bien el tiempo político de las luchas que invoca la extensión al servicio de la intensidad. Y aquí cabe recordar lo dicho por Martin Luther King Jr. en la Carta desde la cárcel de Birmingham, “hemos esperado más de 340 años por nuestros derechos constitucionales (…) quizás es fácil para aquellos que nunca han sentido los punzantes dardos de la segregación, decir, ‘¡esperen!’” (mi traducción de King, 2004, p. 78). Extensión temporal (340 años) convertida en intensidad de la lucha (ya no podemos esperar), ese es el tiempo del aire que confronta la asfixia del estado racista. Malcolm X se refirió con la misma urgencia a la necesidad de proteger los derechos civiles de los negros, afirmando que “los derechos civiles, para quienes pertenecemos a la filosofía del nacionalismo negro, quieren decir: ‘denos los derechos ahora’. No esperan al año siguiente. Denos los derechos ayer, y ni siquiera ayer es suficientemente rápido’” (ibíd., p. 172). ¿Cómo enfrentar la horrible realidad de ese indicador numérico según el cual una vida negra se pierde a manos de la violencia estatal blanca cada 28 horas de manera impune sin sentir la asfixia, la intensidad del tiempo, la existencia que se escapa con el aire que ya no circula? ¿Cómo existir para los otros cuando el aire por el que circula la voz está contaminado con gas lacrimógeno? El movimiento social y la protesta popular constituyen una respuesta, se trata de multiplicar la singularidad de la voz rechazada por el estado racista en la pluralidad de todas esas gargantas congregadas en las calles para demandar justicia. Se grita “¡no puedo respirar!” para transformar la putrefacta atmósfera de violencia racista, para limpiar el aire contaminado ya no con el aire acondicionado del capital corporativo sino con el que circula, impropio, por las gargantas en común de la protesta popular.

Literatura consultada

Adriana Cavarero. For More Than One Voice: Toward a Philosophy of Vocal Expression, Stanford: Stanford University Press, 2005.

Angela Davis. Are Prisons Obsolete?, Open Media Series, 2003.

Ann Laura Stoler. Race and Education of Desire: Foucault’s “History of Sexuality” and the Colonial Order of Things, Durham: Duke University Press, 1995.

Atul Gawande. “Annals of Human Rights: Hellhole”, en: The New Yorker, No. 30, Marzo de 2009.

Black Lives Matter Movement, consultada por última vez el 13 de Diciembre del 2014 en: http://blacklivesmatter.com/a-herstory-of-the-blacklivesmatter-movement/

Jacques Rancière. “Ten Theses on Politics”, en: Theory & Event, Vol. 5, No. 3, 2001.

Malcolm X. “The Ballot or the Bullet”, en: David Howard-Pitney. Martin Luther King Jr., Malcolm X, and the Civil Rights Struggle of the 1950s and 1960s: A Brief History with Documents, Bedford/St. Martins, 2004, pp. 165-176.

Malcolm X Grassroots Movement. Operation Ghetto Storm, consultado por última vez el 13 de Diciembre del 2014. https://mxgm.org/operation-ghetto-storm-2012-annual-report-on-the-extrajudicial-killing-of-313-black-people/

Martin Luther King Jr. “Letter From the Birmingham Jail” en: David Howard-Pitney. Martin Luther King Jr., Malcolm X, and the Civil Rights Struggle of the 1950s and 1960s: A Brief History with Documents, Bedford/St. Martins, 2004, pp. 74-90.

Michael Daily. 2014. “Ferguson Feeds Off the Poor: Three Warrants a Year per Household.” The Daily Beast, consultado por última vez el 13 de Diciembre del 2014. http://www.thedailybeast.com/articles/2014/08/22/ferguson-s-shameful-legal-shakedown-three-warrants-a-year-per-household.html

Michelle Alexander. The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness, New York: The New Press, 2013.

Luce Irigaray. The Forgetting of Air in Martin Heidegger, Austin: Texas University Press, 1999.

Frantz Fanon. Peau Noir, Masques Blancs, Points French, 1971.

Saidiya Hartman. Scenes of Subjection: Terror, Slavery, and Self-Making in Ninetheenth-Century America, Oxford: Oxford University Press, 1997.

Stuart Hall, Chas Critcher, Tony Jefferson, John Clarke and Brian Roberts. Policing the Crisis: Mugging, the State and Law and Order, New York: Palgrave Macmillan, 2013.

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