La crisis del neoliberalismo y la caída de las izquierdas. El caso francés

on Lunes, 30 Junio 2014. Posted in Artículos, Edición 36, Francia, Matthieu de Nanteuil, Crisis europea, Neoliberalismo, Internacional

36 InternacionalEn un contexto de aguda crisis del modelo dominante, es muy probable que asistamos a la puesta en marcha de estrategias de control o de dominación, duplicadas por los actores que tienen un interés explícito en la perpetuación de estas prácticas, lo que significa que la creencia en su superioridad o en su inexorabilidad está en marcha.
 
Matthieu de Nanteuil
Fuente de la imagen: www.zoomnews.es

Para entender la secuencia política que tuvo lugar en Francia, luego de la derrota de los socialistas en las elecciones municipales, del remplazo de J-M Ayrault1 por Manuel Valls, de la composición de un gobierno “estrecho”, es decir compuesto exclusivamente por socialistas y radical-socialistas, y de las elecciones europeas (uno de los peores puntajes obtenidos por el partido socialista, pero el mejor obtenido por el Frente Nacional, con un fondo de abstención record) es conveniente hacer un poco de historia. Estos cambios en el gobierno indican la manera en que los socialistas franceses, así como numerosos social-demócratas europeos, piensan enfrentar la crisis del neoliberalismo, que desde hace casi cinco años afecta al conjunto de las economías occidentales.

¿Crisis del neoliberalismo? ¿No se trata luego de una crisis principalmente económica, financiera, ecológica? ¿No toca acaso las mismas estructuras de nuestro sistema de producción y de consumo, cuya amplitud quiere ser disimulada por el neoliberalismo? Sin ninguna duda. Sin embargo, el propósito de este artículo es el de subrayar la concomitancia de dos crisis: la del sistema económico-financiero y aquella del tipo de respuesta que nuestras sociedades occidentales han elaborado desde finales de los años 80. Es en ese sentido que se puede hablar de una crisis del neoliberalismo: la tesis que defendemos es que la respuesta neoliberal, que nuestras sociedades occidentales han privilegiado luego de muchos años, se encuentra desacreditada por la misma crisis que ésta pretendía ocultar. En este sentido, no se trata solamente de una crisis del sistema de producción y de consumo: se trata de una crisis de valores, una crisis en valores. Ella remite al agotamiento de un cierto tipo de cultura, aquella que pensaba ir mas allá de las dificultades pasajeras de la formación de riquezas, considerando las premisas del cada uno por su cuenta y del dinero fácil, como el alfa y omega de los comportamientos sociales. Habría allí, en teoría, un bulevar de acción para las izquierdas europeas y la izquierda francesa en particular. ¿Cómo se explica que esta última sea incapaz de aprovecharla?

Su comienzo tiene lugar con la caída de Lehman Brothers a finales de septiembre de 2008. Pero la crisis abrió la vía a una crisis cultural de una amplitud considerable, que por sus efectos en cadena cuestionó una gran parte de la legitimidad con la que contaba el tipo de capitalismo que había emergido en la escena mundial, a comienzo de los años 80. Esto no quiere decir que los efectos de la dominación del modelo neoliberal hayan quedado atrás, al contrario, a corto plazo estos pueden fortalecerse. En un contexto de aguda crisis del modelo dominante, es muy probable que asistamos a la puesta en marcha de estrategias de control o de dominación, duplicadas por los actores que tienen un interés explícito en la perpetuación de estas prácticas, lo que significa que la creencia en su superioridad o en su inexorabilidad está en marcha.

La autonomía del sector financiero con respecto a las actividades industriales, junto con la creciente movilidad de capitales a escala global, el retroceso generalizado del Estado Social y la imposibilidad para los ciudadanos de ejercer un control democrático sobre el modo de producción de la riqueza, ha marcado el final del capitalismo de regulación pública y su substitución por el capitalismo de mercado2. ¿La consigna de este último? La ausencia de reglas drásticas frente a los operadores del mercado, así como la mercantilización de estos tres bienes elementales: la moneda (especulación sobre las tasas monetarias y las deudas soberanas), el trabajo (la flexibilización del mercado de trabajo) y la tierra (especulación sobre los bienes agrícolas e impunidad frente a los desplazamientos forzados de poblaciones, causados por la compra de superficies explotables). Todos estos elementos se encuentran agrupados en el “Consenso de Washington”.

Sin embargo, no se menciona lo suficiente todo lo que saltó en pedazos de las bases culturales de este consenso, incluso en el mismo seno de las élites liberales-conservadoras, luego de la famosa crisis del verano de 2008. ¿Cuáles son los signos de este estallido?, citemos tres:

Primero, la victoria paradójica de la ecología política. Nadie, excepto los climato- escépticos, se opone a la urgencia de cambiar los estilos de vida frente al recalentamiento climático que tiene efectos cada vez más precisos. Hay un desacuerdo profundo acerca de las respuestas políticas, pero poco o nada acerca del diagnóstico.

Segundo, la evolución de ciertas personalidades conservadoras que han entendido perfectamente hasta qué punto, empujado al extremo, el capitalismo de mercado podría socavar los cimientos del orden social. Esto explica por qué hubo un aumento de la popularidad de Alain Juppé frente a Nicolas Sarkozy o frente a Fraçois Fillon. Más allá de los escándalos (Bygmalion, etc.), que involucran al principal partido francés de derecha, Alain Juppé condenaba recientemente a un programa del UMP centrado exclusivamente en la disminución del costo de trabajo, el aumento de la edad para pensionarse y la eliminación de las 35h3. Esto, que es mucho más importante, es lo que está en juego en Alemania. Angela Merkel confirma su voluntad de establecer un salario mínimo a nivel nacional: todo un gesto histórico de parte de los demócratas cristianos alemanes, lo que no excluye las dificultades de la puesta en marcha, ni las tensiones en el seno de la coalición gubernamental, pero muestra hasta qué punto el símbolo de la social-democracia europea ha migrado hacia el otro lado, dejándola huérfana de uno de sus logros más importantes. En otras palabras, no es imposible que las derechas europeas, al menos las que se califican comúnmente de « republicanas » o « demócratas », estén comenzando a tomar conciencia de las insuficiencias de la respuesta neoliberal para su propio electorado. Más allá de los conflictos de personalidades, esto se traduce en un trabajo programático que las izquierdas no han comenzado aún, o al menos, cuando ellas se acantonan detrás de la denuncia « del mundo de la finanza », o del « adversario neoliberal” para ocultar su debilidad ideológica.

Finalmente, el tercero, el aumento de la popularidad de partidos nacionalistas o regionales, que vienen a complementar el ascenso de la extrema derecha. Como la historia lo muestra, estos nacionalismos florecen sobre un fondo de crisis social aguda que conocen numerosos países europeos. Estos partidos tienen esencialmente como blanco « la Europa de libre cambio” que ellos quieren derrotar en nombre de una política identitaria que puede tomar la forma de una reivindicación de autonomía (el UKIP en el Reino Unido, la NVA en Bélgica) o de una política de rechazo a los extranjeros, en la línea de la extrema derecha (los Vlaams Belang en Bélgica, el FN en Francia.) Es importante insistir en lo que esta evolución esconde a propósito de las divergencias internas, y que puede observarse en el mosaico de grupos o partidos políticos situados a la derecha del partido conservador europeo4. Nos equivocaríamos si creyéramos en la formación de un bloque de extrema derecha unido y homogéneo: el rechazo de la matriz neoliberal, por parte los partidos de la derecha radical, toma múltiples matices según las tradiciones y las dinámicas políticas nacionales. Al respecto, la voluntad de la Nueva Alianza Flamenca (NVA) de hacer parte del Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (CRE, con conservadores británicos) y no del grupo de independentistas de Europa Libertad y Democracia Directa (ELDD) (del que hace parte el Partido de la Independencia del Reino Unido,) ni tampoco de la Alianza Libre Europea (ALE, que agrupa la mayoría de partidos regionalistas o independentistas), dice mucho de la voluntad de este partido de buscar, cueste lo que cueste, una legitimidad democrática, evitando ser calificado excesivamente de “nacionalista” o de ser asociado a la tradición racista o xenofóbica de la extrema derecha. A nuestro parecer, esto no puede considerarse solamente como una estrategia para la conquista del poder: ella traduce el hundimiento duradero de la base electoral, que había estructurado la derecha europea alrededor del núcleo neoliberal y la situación de profunda desorientación ideológica que provoca.

Articuladas entre ellas, estas tres tendencias recuerdan que las poblaciones occidentales – y especialmente la clase media- no quieren un “consenso neoliberal” plagado de amenazas ambientales, fracturas sociales y desestabilización identitaria. El fundamento cultural del Consenso de Washington encuentra aquí sus límites, que posiblemente son definitivos. Todo el problema es el de saber lo que debe seguir. Se abre así una nueva era en el plan de la conflictividad política: uno de los mayores desafíos de nuestras sociedades globalizadas es el de la lucha por el control de referentes políticos, que tomaran el relevo de una crisis, que el conocido antropólogo Karl Polanyi llamaba la crisis de « la utopía del mercado auto-regulador. » Sin embargo, no es seguro que las izquierdas europeas hayan comprendido lo que está en juego en esta lucha. La nominación, en Francia, de M.Valls como primer ministro es una muestra de esta incomprensión.

En los albores de la modernidad, el liberalismo fue una filosofía doblemente revolucionaria: frente al absolutismo monárquico o católico, pero también frente a los modelos de vida populares, fundados en el enraizamiento territorial, en la estabilidad de las posiciones y de las relaciones sociales, en la confianza del carácter inviolable, “sagrado”, de ciertos elementos de base de la vida en común.

Frente a lo que fue un verdadero choque antropológico, las familias conservadoras se apropiaron de ciertas conquistas del capitalismo neoliberal, en particular del derecho individual de propiedad y de la acumulación material ilimitada. Simultáneamente, éstas buscaron imponer un régimen de orden, promoviendo el colonialismo y oponiéndose a la evolución de costumbres. La autoridad tenía que remplazar la inestabilidad, así se tuviera que hacer uso de armas en el territorio nacional, acompañando al mismo tiempo el proceso de creación de riquezas generado por el capitalismo naciente. Si el comunismo intentó oponerse frontalmente al conjunto de la tradición liberal generando las esperanzas, así como las tragedias que conocemos, las izquierdas occidentales abrieron las vías del progreso a través de la creación del Estado social y del apoyo a la emancipación de las mujeres. Sin embargo, las izquierdas se mostraron ambiguas al apoyar los movimientos anti-colonialistas mientras que al mismo tiempo acreditaban las prácticas coloniales.

En los años 80, el Consenso de Washington parecía poner fin a esta continuidad histórica. Pero al contrario, su colapso cultural abrió la vía a nuevos posicionamientos. Para el sector más ilustrado de la familia liberal-conservadora, la idea era la de apoyar el desarrollo desigual del capitalismo mundial, preservar el núcleo que forman los derechos fundamentales propios del liberalismo político e inventar soluciones técnicas y tecnocráticas a la crisis ambiental. A esto se suma la voluntad de reafirmar la autoridad de instituciones tradicionales (el Estado, la escuela, la familia, etc.) mientras se adaptan a la era del internet y a la individualización de costumbres. De ahí que exista, por ejemplo, una diferencia de posiciones con respecto al plan de derechos acordados a las minorías sexuales. Pero, ¿y qué pasa con las izquierdas?

Al final de la segunda guerra mundial, éstas pueden valerse de la “Declaración de Filadelfia” de 1944, que daba a los trabajadores el estatus de ciudadano de pleno derecho y hacía de la solidaridad entre las clases y las generaciones un valor inalienable, así como de la mayoría de conquistas de la social-democracia europea: Estado social, ingreso mínimo, etc. A esto se agrega un intenso trabajo de refundación cultural que les permitió apoyar la liberación de las mujeres, la innovación socio económica (economía solidaria, etc.) y la libertad de las artes. Pero a falta de haber sabido renovarse, éstas, en su mayoría, se transformaron en partidos de elegidos, casi que de notables, completamente inscritos en la idea de que la conquista del poder central o regional debía constituir desde ese momento el fundamento de su acción. La evolución reciente del socialismo francés, sin ser la única, es particularmente ilustrativa de este fenómeno.

Es frente a esta situación histórica que la nominación de un primer ministro, tan criticado como Manuel Valls, es especialmente significativa. ¿Su característica principal? Responder a, sintetizando la mayoría de los comunicados oficiales, las “necesidades de autoridad y de eficacia” de la población francesa. Dicho de otra manera, se trata de ofrecer una respuesta política de corto plazo que busca restablecer la autoridad, supuestamente perdida, de un gobierno socialista que aún no ha sabido ofrecer una respuesta creíble a la crisis, ni tampoco mejorar la eficacia de un accionar gubernamental que supuestamente debe actuar de manera más delimitada. ¿Pero qué pasa a largo plazo? Al privilegiar la racionalidad estratégica sobre la reconstrucción de una cultura política adaptada a la época actual, rechazando la renovar, así sea mínimamente, el análisis de las crisis que golpean hoy el continente europeo, esta perspectiva está llena de riesgos mayores. En efecto, tres áreas son ignoradas por el nuevo gobierno: la justicia en el trabajo; la definición de criterios de hospitalidad frente a las poblaciones extranjeras, fundada en la experiencia de asociaciones; y la gestión de la transición ecológica en una forma no tecnocrática. Las posibilidades dadas por la pareja Hollande - Valls sobre estos tres temas son muy claras. Ellas han sido explícitas en el discurso del primer ministro sobre la política general:

1. Más allá de la necesaria reducción del déficit público, asistimos a la generalización de una política de lucha contra el desempleo, en detrimento de una reflexión sobre las mutaciones actuales del trabajo asalariado. Nunca antes, bajo un gobierno socialista, el trabajo había sido tan asimilado a un costo. Nunca antes la cuestión del trabajo había sido tan ocultada en beneficio de una perspectiva contable de la « curva del desempleo ». Esta visión terminó por frenar todo análisis crítico del rol del trabajo en nuestras vidas y de lo que sigue siendo la espina dorsal del socialismo: todo análisis de las formas de injusticia que éste comporta. Dichas injusticias están cambiando, ellas ya no se reducen a un paradigma único, como fue entre otros, el de la explotación, y se combinan en modalidades complejas (inequidad de salarios hombres-mujeres, burn-out, restructuraciones, etc.) que están lejos de desaparecer.

2. Sobre la inmigración, la construcción cultural de « culpables » (los Rumanos) va de la mano con una política de expulsión5 que es idéntica a la del gobierno Fillon6 y con la ausencia de un compromiso serio en favor de los refugiados sirios, así como con los refugiados tunecinos o egipcios. A pesar de un avance en las regulaciones, la “patria de los derechos humanos” es incapaz de apoyarse en la riqueza de su red asociativa (comisión consultativa de derechos del Hombre, red de educación sin fronteras, etc.) para redefinir los criterios de hospitalidad con las poblaciones que hoy huyen de la violencia y del hambre.

3. Finalmente, sobre la transición ecológica, el rechazo de una alianza gubernamental con la ecología política torna muy hipotético el éxito de una política de izquierda en la materia. En términos más generales, descubrimos una tradición política que no consigue articular su práctica del poder con el vasto campo de experiencias alternativas, que en otro tiempo alimentaban sus ideas, y que en un futuro serían capaces de darle una base práctica a esos proyectos. ¿Qué sería hoy el equivalente de lo que fue el ideal autogestionario de los años 70s? ¿Qué base política dar a los proyectos de innovación que buscan abordar los diferentes grupos de intereses de la empresa, que rechazan el dictado del beneficio inmediato, que valoriza los activos inmateriales y que afirman la importancia de una economía regenerativa? De hecho, es sobre este tema que se esperaría de la parte de la izquierda francesa nuevas alianzas entre socialistas y ecologistas: en ausencia de respuestas creíbles a las formas de injusticia en el trabajo, el proyecto ecologista corre el riesgo de dirigirse solamente a una estrecha franja de los asalariados -sin mencionar a los que están excluidos del trabajo – y de no disponer de una base popular durable; al no abrirse a una crítica del consumismo y del productivismo, el socialismo corre el riesgo de cercenar perdurablemente la rama sobre la que está sentado, que consiste en luchar contra las injusticias sociales en detrimento de la preservación de los recursos naturales y de la “durabilidad de su base material.

¿Qué horizonte de innovación ofrece la izquierda del gobierno a las clases medias y populares? Y de manera más general, ¿a sociedades que están inscritas en la dinámica del corto plazo? ¿La crisis del neoliberalismo no es, antes que todo, una crisis cultural en la que el individuo es cortado de sus bases colectivas y privado de una inscripción de larga duración? ¿Por qué el gobierno francés no está en capacidad de proponer un horizonte que sea a la vez coherente con su tradición (el trabajo no es empleo: éste reclama una política específica; la hospitalidad es un valor prioritario: él exige una política rigurosa fundada sobre el saber asociativo) y adaptada a los desafíos de hoy (la disminución de la base material del sistema productivo hace un llamado a modificar progresivamente nuestros modos de vida)? Al no afrontar estas problemáticas, el socialismo francés toma el riesgo de entrar en un ciclo de marginalización sin precedentes.

Éste es un análisis del papel histórico de la izquierda, de cara a los desafíos contemporáneos que necesitamos. A pesar de su maquiavelismo, éste era el sentido de la política de Mitterrand, su debilidad y su genio a la vez. ¿Hoy, la izquierda francesa es capaz estar a la altura de la Historia?

***

1Primer ministro francés en el periodo comprendido entre el 15 de mayo de 2012 y el 31 marzo de 2014. (N de la R).
2También llamado "capitalismo fordista", "capitalismo de regulación pública" se centra en el equilibrio entre la producción y el consumo de masas, la estabilización de la fuerza de trabajo y de los sistemas de redistribución generalizada. En otras palabras, era el capitalismo caracterizado por una fuerte intervención estatal. El capitalismo de mercado, impulsado por las políticas liberal-conservadoras de la era Reagan-Thatcher, considera que el mercado - o, más exactamente, los mercados, como la institución central de regulación de los intercambios económicos.

3En el año 2000, el tiempo legal de trabajo asalariado de tiempo completo pasó de 39 horas a 35h. Esta reforma tuvo lugar durante el gobierno socialista de Jospin. (N de la R).
4Además del Partido Popular Europeo (PPE) que agrupa las derechas tradicionales europeas, se observa la existencia : del grupo Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), del que hacen parte los británicos David Cameron y los miembros de la Nieuw- Vlaams Alliantie (NVA) de Bart de Wever ; del grupo Europa de la Libertad y la Democracia directa (ELDD) del que hacen parte los independentistas del Partido por la Independencia del reino Unido (UKIP) de Nigel Farage y de los no inscritos. Dentro de estos últimos, que no hacen parte de un grupo político en el Parlamento europeo, figura le partido de la Alianza Europea por la Libertad, que incluye los diputados del Frente Nacional (Francia) o del Vlaams Belang (Bélgica). Por otro lado, el partido europeo Alianza Libre europea (ALE) agrupa numerosos partidos regionalistas o independentistas, como el Scottish National Party. En el 2014, esta estructura se alió a los partidos ecologistas tradicionales para formar un grupo político, el grupo de los Verdes/ ALE, concebido como un grupo de partidos « verdes y regionalistas ».
5Véase el informe de la Liga de Derechos Humanos del 5 de enero de 2014, titulado "Inventario de las evacuaciones forzadas de los espacios habitados por los rumanos extranjeros en Francia evacuaciones."
6Primer ministro durante el mandato presidencial de Nicolas Sarkozy. (N de la R).

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