La crisis europea: ¿funciona el capitalismo?

on Martes, 14 Mayo 2013. Posted in Artículos, Edición 9, Crisis europea, Internacional, Andrés Felipe Parra Ayala

9 parraSi el lema de los recortes en Europa es: la vida que obstruye al mercado no merece vivir, la pregunta más razonable no es si la vida merece vivir, si los europeos merecen o no los recortes y las condiciones miserables de vida que se les imponen, sino: ¿el mercado, el capitalismo, merecen tener nuestro aval y aprobación?, ¿es democrática una sociedad que depende del mercado para la definición del destino de la vida de sus miembros?
 
Andrés Felipe Parra
Fuente: http://mx.ibtimes.com
Lo que pasa actualmente en buena parte de las sociedades europeas no ha sido considerado en toda su magnitud ni en todas sus implicaciones. La información y análisis que brindan los principales medios de comunicación nacionales y extranjeros es parcial y bastante sesgada.

Se puede recordar en este momento que durante los años 2009 y 2010 en los que la economía venezolana tuvo una recesión debido a la drástica reducción de los precios del petróleo en al menos un 60%, todos los periodistas y hombrecillos de cabecera que llamamos analistas económicos, volvían a poner sobre la mesa el eterno debate: ¿funciona el socialismo?, ¿es sostenible fiscalmente un gasto público tan elevado como el que tiene lugar en Venezuela?  

Ahora en que las economías griega y española tienen una situación de recesión prolongada, un desempleo superior al 25% y una generación que puede renunciar a cualquier expectativa de futuro dentro del estado actual de las cosas, nadie se pregunta si el capitalismo funciona, si es sostenible una forma de vida que debe prescindir de las expectativas y esperanzas humanas para seguir funcionando.

La clave para no hacerse esas preguntas incómodas es relativamente sencilla: no es el capitalismo el que es insostenible, son las expectativas egoístas de los trabajadores que no se conforman con un salario de hambre las que son insostenibles en los niveles de crédito y calificación de inversión; son los deseos infames y desconsiderados de las personas que quieren salud y educación los que hacen insostenible una situación económica que no está basada en la competencia sino en la absurda solidaridad que crea privilegios, como el poder educarse o el no morirse en el corredor de un hospital esperando a ser atendido.

Esta sencillez es, por su parte, espeluznante. El borde que traza y define ese tipo de razonamientos recuerda la decisión que tomó Hitler al final de la segunda guerra mundial: cuando Alemania estaba siendo asechada por las tropas aliadas, los niños debían ir a la guerra para que las duras condiciones del terreno de la lucha decidieran cuál vida merecía ser vivida.

Esas duras condiciones ahora se llaman eficiencia, competencia y niveles de rentabilidad de la deuda pública. Son las vidas que no merecen ser vividas las que son ineficientes y entorpecen el correcto y adecuado desarrollo del mercado: esas vidas no corresponden sólo a los desempleados que tenían subsidios del Estado,  también a los médicos que ganaban demasiado, los trabajadores que juraban que podían ir de vacaciones una vez cada dos años, las personas que consideraban que era legítimo enfermarse y ser atendidas gracias a los aportes que hacían ellas mismas a la seguridad social. No es el capitalismo, sino las vidas egoístas con privilegios las que no funcionan y no pueden tener lugar dentro de la sociedad.

Se puede decir, sin embargo, que la culpa es de los Estados y de los trabajadores egoístas que querían privilegios sin hacer nada. Ahora, toda la manada de flojos y perezosos está pagando lo que fue su buena vida a costillas del gasto fiscal. Los acreedores sólo están haciendo lo que deben: cobrar lo que es suyo. La crisis es culpa de los trabajadores.

Decir una cosa así sólo tiene una explicación: querer hacer el ridículo. Vergüenza que pasan todos aquellos que ignoran cuál es el problema de fondo de la crisis capitalista actual. El crédito existe hace mucho, desde las primeras civilizaciones antiguas. Pero el crédito en su forma capitalista tiene una misión particular: la de hacer ricos sin dinero.

Para decirlo esquemáticamente, el problema es el siguiente: a los dueños de las grandes empresas les interesa aumentar o mantener sus ganancias. Para ello, intentan producir más y tratar de vender todo lo que han producido en el mercado. El inconveniente es que no pueden venderlo porque quienes compran, los trabajadores, ganan muy poco. Si se sube el salario de los trabajadores, la ganancia será menor; si se baja el salario hasta el límite, no habrá quién compre todo lo que se produce, entonces no hay ganancia porque lo que se ha producido terminará en la quema o el botadero. El crédito intenta subsanar ese excedente de lo que no se puede comprar debido a que los salarios son bajos: grandes sumas de dinero son prestadas para que el consumo no se detenga ni se estanque, ni tampoco se equipare al nivel del poder adquisitivo de los salarios.

El crédito privado tiene esa clara función: en vez de consumir lo que soporta su salario, una tarjeta de crédito permite expandir el nivel de consumo sin que exista un aumento del salario y las ganancias de las empresas no se vean disminuidas, ya que se puede producir más y venderlo todo a crédito.

Pero el crédito público también tiene esta misma función. El endeudamiento de los Estados por medio de las obras públicas, la compra de armamentos y la creación de una infraestructura de servicios públicos (transporte, salud, educación, etc.), es una forma de que grandes volúmenes de productos y mercancías sean comprados sin subir los salarios de los trabajadores.

No es esta la única ventaja del crédito, porque además de ser una salida al dilema de la ganancia y el salario, el crédito en sí mismo representa más ganancia gracias a los intereses. El crédito es, como tal, un buen negocio y ello implica una doble ventaja: no sólo ayuda a que lo que se produce pueda ser vendido, manteniendo la ganancia, sino que en sí mismo es ganancia, sobre todo si dispone de los ahorros de quienes trabajan ya sea en forma de ahorro privado o de ahorro público en forma de contribuciones tributarias.  

La ganancia que reporta el crédito hace que éste mismo pueda ser vendido una y otra vez. Los fondos de inversión, las figuras de pagaré libranza y todas las alternativas bancarias que se ofrecen a los ahorradores hacen parte de la compra y venta de los créditos. Un ahorrador invierte su dinero en un fondo para que este mismo fondo ofrezca créditos a personas que quieren comprar un bien cualquiera, por ejemplo, una casa o un carro o a empresas que solicitan créditos de inversión, etc. Quien adquiere el crédito debe pagar unos intereses que se reportan como ganancia para el prestamista y que, en menor medida, irán a parar a las manos del ahorrador.

Cuando estas operaciones se multiplican, las inconsistencias, pérdidas y quiebras empiezan a surgir. Los intereses que va a pagar el deudor empiezan a venderse, y cuando estos se compran, vuelven a ser vendidos y así sucesivamente. La demanda de títulos crediticios termina revirtiéndose en el crédito original elevando su precio.

Tomemos el ejemplo didáctico de una persona que pidió un crédito para comprar una casa por 80 millones y pagará 15 millones de intereses. Estos 15 millones son ganancias para los acreedores, en especial para los bancos y los fondos de inversión financiera y en menor medida para el ahorrador. Pero el banco para aumentar sus ganancias vende el título crediticio a otro banco o a otro inversionista; supongamos que la venta le reporta 10 millones. Ahora bien, quien compró el título al banco, lo vuelve a vender por 12 millones a otro inversionista u otro banco. Si nos damos cuenta, en este punto, ya no hay en juego 95 millones del crédito original sino 117 millones contra una operación que representa 95. Cuando la cadena de acreedores comienza a hacer efectiva la titularidad de los derechos crediticios, es decir, comienza a cobrar los intereses de su inversión, la única forma de poder pagar a todos los acreedores es que el deudor original, quien pidió un crédito para la casa, no pague 95 millones sino 117. Naturalmente, esta persona no podrá pagar esta suma y estos 117 millones literalmente estarán perdidos: el dinero de los ahorradores no podrá recuperarse.

Lo que sucede con el ejemplo de la casa sucede también con los bonos de deuda pública y está a la base de la crisis europea actual. Los intereses de créditos internacionales son vendidos y revendidos entre las grandes corporaciones de inversión, lo que se revierte en el aumento súbito e inesperado de la deuda estatal y la imposibilidad de su pago. Para arreglar la situación, los inversionistas renegocian los términos y formas de pago de la deuda, pues si esta no se paga, miles de millones de ahorradores perderían todo su dinero. El enfrentamiento entre Grecia, España y Alemania, por ejemplo, dentro de la Unión Europea, responde a este problema: buena parte de los créditos públicos de los Estados europeos se hacen con dinero de ahorradores alemanes.  

La compra y venta de operaciones financieras y títulos crediticios no es simplemente una política irresponsable o fruto de la avaricia de quienes componen el sector financiero. El problema se hace más intenso y complejo cuando las empresas que producen bienes reales están totalmente relacionadas y enredadas con las operaciones crediticias y financieras, no sólo para aumentar sus ganancias vendiendo sus bienes mediante el crédito, sino vendiendo sus acciones en el mercado de finanzas, que dependen en última instancia de la rentabilidad y de los intereses de los créditos. La crisis europea nos está mostrando las características inherentes y sus consecuencias sobre la vida, de nuestra forma de organización social, de eso que llamamos el capitalismo.

Si el lema de los recortes en Europa es: la vida que obstruye al mercado no merece vivir, la pregunta más razonable no es si la vida merece vivir, si los europeos merecen o no los recortes y las condiciones miserables de vida que se les imponen, sino: ¿el mercado, el capitalismo, merecen tener nuestro aval y aprobación?, ¿es democrática una sociedad que depende del mercado para la definición del destino de la vida de sus miembros? El centro del debate contemporáneo, de acuerdo a los acontecimientos que tenemos en frente, no debería ser si el socialismo funciona o no, si es obsoleto volver a plantearlo, sino si podemos seguir soportando una forma de vida que sólo funciona atropellando a la vida misma.

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