La decadencia de la política y el fortalecimiento de las fuerzas reaccionarias en Francia

on Jueves, 04 Diciembre 2014. Posted in Artículos, Fuerzas reaccionarias , Edición 46, Francia, Elecciones Francia, Internacional, Régis Bar

46 Regis

Esta coyuntura ha sido muy bien aprovechada por el partido de extrema derecha para ajustar su discurso y pavimentar su camino hacia el poder, asumiendo un rol de fuerza antagónica a todos los aspectos de la globalización. Este proceso también es el resultado de años y años de condicionamiento ideológico, que afirma que no existe alternativa al sistema neoliberal, así que de la inconsistencia y la ceguera de las élites nacionales, tanto políticas como económicas, académicas y mediáticas.

 
Régis Bar
Fuente de la imagen: www.dailystormer.com

El pasado fin de semana tuvieron lugar, en la agenda política de Francia, dos sucesos importantes que pueden servir para ilustrar la situación política nacional actual. El sábado por la noche, el expresidente Nicolas Sarkozy fue electo a la cabeza del UMP, el partido principal de derecha, sólo dos meses después de la oficialización de su regreso a la política. Al día siguiente tuvo lugar el XV Congreso del FN, el partido de extrema derecha, con la reelección de Marine Le Pen a su cabeza. La conjunción de estos dos hechos, el regreso de un expresidente despedido por los electores y supremamente demagógico como jefe de la derecha y una nueva demostración de fuerza del partido de extrema derecha en su camino hacia el poder, es una ilustración más del estado preocupante de la coyuntura política francesa.

En el año 2007 Nicolas Sarkozy fue elegido presidente de la República con la idea de ruptura con un supuesto inmovilismo y con una presunta tendencia a la autocrítica permanente, señaladas de ser derivadas del "espíritu de mayo de 1968", y con la promesa de rehabilitar algunos valores fundamentales, incluyendo el del orgullo de ser francés, y de convertir Francia a los beneficios de la modernidad globalizada. En esas elecciones presidenciales, el candidato del FN, y su líder histórico, Jean-Marie Le Pen, llegó solamente a ocupar un cuarto puesto, con un poco más del 10% de los votos. El retroceso del FN en dichas elecciones, comparado con las elecciones del año 2002 donde Le Pen había llegado a la segunda vuelta, permitió a Sarkozy presentarse como aquel que logró derrotar a la extrema derecha y reintegrar a sus electores en el "seno republicano".

Sin embargo, la presidencia de Sarkozy fue, en muchos aspectos, un fracaso y un desengaño que llevó a su derrota cuando intentó quedarse en el poder después de sus cinco años de mandato, convirtiéndolo en el segundo presidente que no logró hacerse reelegir en la historia de la V República. Durante esos cinco años crecieron el desempleo, la deuda, la pobreza y la desindustrialización, estallaron varios escándalos de corrupción y se hicieron "regalos fiscales" a los más ricos. Paralelamente, se estigmatizaron más y más a los inmigrantes y a los musulmanes, demostrando así que Sarkozy no había debilitado al FN sino que por el contrario había permitido la normalización de las ideas de este partido. En suma, las únicas verdaderas rupturas que encarnó Sarkozy fueron la teatralización de la vida privada del presidente y la integración en el gobierno de elementos lingüísticos propios de la extrema derecha.

La decepción y el rechazo a la figura de Sarkozy le impidieron quedarse en la presidencia y tuvieron como efecto lógico y clásico la llegada al poder del candidato del PS (Partido Socialista), el otro "gran" partido de gobierno y que supuestamente representa a la izquierda. Es decir que la elección de François Hollande como presidente fue principalmente la consecuencia directa de la derrota de Sarkozy. Hollande, un personaje que viene de la élite clásica nacional y que siempre se ha caracterizado por su falta de carisma, se convirtió en el candidato presidencial del PS casi por un "accidente histórico", después del escándalo que salpicó al gran favorito de las encuestas, Dominique Strauss-Kahn.

Aunque estamos sólo en la mitad de su mandato, se puede afirmar de manera evidente que el gobierno de Hollande constituye un fracaso contundente y una profunda decepción para los que seguían pensando en el PS como alternativa. El mismo Hollande ha llegado a niveles de impopularidad históricos (por debajo de un 20% de opiniones favorables), y su gobierno ilustra de manera dramática esa impotencia que los ciudadanos tanto reprochan a su clase política. Varios de sus colaboradores, o miembros de la coalición gubernamental, han sido salpicados por escándalos de corrupción y su vida privada ha sido expuesta de manera patética en los medios. A tal punto que el libro de "ajuste de cuentas" que escribió su ex compañera Valérie Trierweiler se convirtió en un verdadero best-seller.

El presidente Hollande tiene una personalidad y una manera de gobernar muy distintas a las de Sarkozy, mucho menos agresivas y polarizantes, pero personifica como nunca antes la inacción de los políticos frente a los grandes problemas socio-económicos del país y la práctica de los gobiernos de turno de sólo administrar los asuntos corrientes. Como consecuencia "peligrosa" pero inevitable de esto, una parte cada vez más grande de la población considera que el UMP y el PS son dos caras de la misma "plutocracia" que lleva décadas gobernando el país, alejada de los problemas verdaderos de la gente y que sólo actúa en su propio beneficio. En otras palabras, hay un rechazo creciente hacia las instituciones políticas del país y un profundo descontento popular, que vienen siendo captados por el FN que sabe usar una retórica hábil de crítica general al sistema "UMPS".

Lo único en que se siguen distinguiendo, de manera más o menos artificial, el UMP y el PS, son en las problemáticas que tienen que ver con los valores y las costumbres. Precisamente, los dos años y medio de gobierno del PS han sido el escenario de una espectacular e inquietante ola de conservatismo regenerado y de reaccionismo moralista. Por ejemplo, la ley que presentó el gobierno y que fue adoptada el año pasado sobre el "matrimonio para todos" fue el objeto de varias grandes manifestaciones en su contra, que dieron nacimiento a un movimiento que se llamó "La manif para todos". Este movimiento no sólo se opone al matrimonio y a la adopción de niños por parte de las parejas homosexuales, sino que milita por la defensa de una visión muy conservadora de la familia, bastante inspirada en "valores católicos", y trata de influir a los políticos de derecha.

Otro ejemplo es la creciente popularidad de un famoso editorialista de derecha, Eric Zemmour, cuyas posiciones ideológicas se hacen más y más extremas y polémicas. Su último libro, un panfleto llamado "El suicidio francés", se vende de manera espectacular a varios cientos de miles de ejemplares. Este libro recoge su planteamiento general según el cual durante las últimas décadas, Francia ha sido víctima de un proyecto subversivo de deconstrucción de su identidad y de su unidad nacional a través de la imposición de valores extranjeros y de una inmigración masiva, todo con la complicidad de las élites nacionales. Zemmour, quien beneficia de una sobrerrepresentación mediática, se hace el portavoz de una supuesta "mayoría silenciosa". Lo grave es que este personaje cuenta con verdadero aprecio por una parte importante de la población, que lo ve como uno de los pocos que se atreve a desafiar el statu quo de lo "políticamente correcto".

Por su lado, el FN se ve lógicamente reforzado por esta ola reaccionaria, pero se encuentra en realidad en una dinámica que viene de mucho más lejos y que va mucho más allá. El crecimiento lento del partido es una constante de la política nacional desde hace por lo menos treinta años, pero desde que Marine Le Pen, hija del líder histórico del FN Jean-Marie Le Pen, asumió su liderazgo en 2011, entró en una nueva etapa. Una etapa en la que, para sus cuadros políticos, el FN tiene que pasar de ser un partido de "contestación" a ser un partido con vocación de poder. En este sentido, llama mucho la atención el resultado que alcanzó el partido en las elecciones europeas de este año, donde se posicionó por primera vez como el partido más votado, con casi un 25%, mucho más arriba del UMP (con menos de 18%) y del PS (con 14%). Además, según la encuestas, Marine Le Pen llegaría en primera posición en la primera vuelta de las presidenciales de 2017. Estas señales alentadoras para el FN son el resultado de lo que los observadores han llamado la estrategia de "desdiabolización" del partido. Básicamente, esto ha consistido en purgar el partido de sus militantes más radicales y menos presentables, como por ejemplo los skinheads, y en asegurarse una presencia constante en los medios.

Pero otro elemento decisivo en el éxito creciente y más reciente del FN ha sido la manera como ha logrado incorporar un discurso de tipo social en su aparato ideológico. Es decir que el FN ha conseguido presentarse como el partido defensor de los sectores populares y de los franceses excluidos, el que resiste a la globalización neoliberal y a las medidas de austeridad "impuestas" por los dirigentes de la Unión Europea. En otras palabras, es como si el FN se hubiera adueñado de todo un lenguaje propio de la izquierda para presentarse como el partido protector del pueblo y así seducir a más y más electores potenciales. Por su parte, las fuerzas políticas auténticamente de izquierda parecen no saber cómo reaccionar a este fenómeno y siguen debilitadas por sus divisiones, la incapacidad de algunos de romper definitivamente con el PS y la dificultad que tienen para renovarse.

Como lo hemos visto, el panorama político francés es bastante desalentador. Los dos grandes partidos del país están claramente en crisis y hay un profundo rechazo de la ciudadanía hacia el establecimiento, en un contexto económico bastante difícil. Sin embargo, en vez de representar una oportunidad para las fuerzas de izquierda para crecer, esta coyuntura ha sido muy bien aprovechada por el partido de extrema derecha para ajustar su discurso y pavimentar su camino hacia el poder, asumiendo un rol de fuerza antagónica a todos los aspectos de la globalización. Este proceso también es el resultado de años y años de condicionamiento ideológico, que afirma que no existe alternativa al sistema neoliberal, así que de la inconsistencia y la ceguera de las élites nacionales, tanto políticas como económicas, académicas y mediáticas. Es posible que una crisis más aguda en el país tenga como consecuencia positiva un nuevo vigor de las fuerzas de izquierda, como por ejemplo ha pasado con el vecino español, pero también es posible que esto acerque aún más al FN del poder. Sabiendo que ahora la pregunta ya no es si el FN va a llegar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales sino más bien si puede ganarlas a corto plazo.

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