La democracia cómica de Francia

on Miércoles, 02 Abril 2014. Posted in Artículos, Francia, Elecciones Francia, Edición 30, Internacional, Anders Fjeld

30 AndersEsta idea podría retomarse para comprender la vida política en Francia hoy. Se trata de una democracia cómica, con un culto a la personalidad en la que nadie cree realmente pero sirve para desplazar o neutralizar lo político.
 
Anders Fjeld
Fuente de la imagen: www.es.euronews.com
Los resultados y las consecuencias inmediatas de las elecciones municipales que tuvieron lugar en Francia el domingo 30 de marzo, ilustran bien que la democracia francesa funciona como un juego de carismas con personajes cada vez menos convincentes.

El partido socialista, que gobierna y preside el país desde mayo del 2012, fracasó rudamente frente al avance importante, no solamente de la derecha conservadora (UMP, Union pour un Mouvement Populaire), sino también de la derecha extrema (FN, Front National). Esta última, que no tenía ningún alcalde antes de las actuales elecciones, ahora los tiene en 9 ciudades de más de 10.000 habitantes – en las elecciones municipales del 2008  el FN obtuvo 0,4% de los votos en la segunda vuelta, en 2014 el porcentaje fue de 8,7%. Este avance importante de la derecha extrema tiene que ver con una desilusión generalizada en las posibilidades políticas, producida por un culto cómico a la personalidad de la democracia francesa.

Exactamente como ocurrió durante  la presidencia de Nicolas Sarkozy de 2007 a 2012 y el gobierno del UMP, alguien tenía que asumir la responsabilidad personal de este fracaso. Hoy, es el primer ministro Jean-Marc Ayrault quien renuncia a su cargo el día siguiente a las elecciones, dejando al ministro del interior, Manuel Valls. No simplemente las elecciones municipales se entienden como una encuesta de popularidad del gobierno y del presidente, sino que además este reconocimiento de responsabilidad personal del fracaso, corresponde a una lógica de personificación de la vida política que neutraliza y desplaza lo político. No es que Ayrault haya sido un primer ministro particularmente malo, sino más bien que ante este fracaso era necesario mostrar que “el mensaje había sido escuchado” (una crónica de diputados socialistas publicada al día siguiente de las elecciones se llamó así), y la manera de hacerlo en la democracia francesa es cambiando las caras y no las políticas.

Sin duda este vaciamiento de lo político por una cultura de la personalidad y la toma de responsabilidad personal no es privativa de la democracia francesa, pero es particularmente fuerte por dos razones.

De un lado, Francia es un país donde los políticos son tratados como super stars por los medios de comunicación. Las noticias sobre los hechos políticos hacen profundamente parte de la economía mediática (hay por ejemplo dos canales dedicados únicamente a discusiones políticas de “comentadores expertos” y de noticias sobre el gobierno y los partidos de oposición). Hay múltiples empresas muy activas de medición de la opinión nacional1. Los tweets de los políticos son publicados en los periódicos y citados en los talk shows, quienes a su vez tratan sobre todo temas políticos, cada uno con su galería de “comentadores expertos”. A menudo hay encuestas sobre la aprobación popular del presidente, de los ministros y de los políticos de la oposición. En otras palabras, es una cultura de la personalización fuertemente institucionalizada, donde la popularidad semanal es el dios de la vida política.

Por otro lado, la presidencia de Sarkozy del 2007 a 2012, contribuyó a  consolidar esta cultura – que además ha sido completamente retomada y mejorada por el partido socialista después del 2012. Sarkozy, una vez elegido como presidente, hizo un viaje de lujo durante un mes, evento que fue tratado sin fin por los medios. También circularon repetidamente las sospechas de su infidelidad, su divorcio, su matrimonio con Carla Bruni,  el embarazo de Bruni, el nacimiento de su hija Giulia, etc. Su vida de familia se volvió interés nacional por una fuerte mediatización y por la voluntad del presidente de mediatizar su vida personal. Pero ocurrió algo aún más importante: su discurso político fue personalizado, con lo que se resaltó la idea de sincera responsabilidad que tuvo a nivel personal como presidente de los franceses, sobre todo en lo concerniente a la crisis financiera de 2008. No se trató realmente de decisiones políticas, sino de necesidades económicas sobre las cuales él tenía el coraje de actuar, y con estas “necesidades” se trató de fijar un vocabulario moral de sinceridad, honradez y responsabilidad, así como de desplazar cuestiones políticas del funcionamiento de los sistemas sociales por cuestiones de buen gobierno y justicia. Actualmente está investigado por corrupción y tráfico de influencias. Finalmente, durante su gobierno las reorganizaciones ministeriales fueron muy frecuentes. En parte por sospechas de corrupción, en parte porque los encargados tenían que tomar personalmente la responsabilidad por problemas políticos nacionales – vinculado al discurso moral. Durante la presidencia de Sarkozy, la vida política se volvió en gran parte especulaciones sobre las “relaciones de fuerza” entre los personajes que ocupaban la escena pública y sobre hechos de corrupción.

Durante su campaña presidencial y después de su éxito electoral en 2012, el partido socialista ha seguido estas vías mediáticas y personalizadas sin dudar un segundo. El “escándalo” nacional reciente de la infidelidad del presidente es ilustrativo, así como la renuncia del primer ministro Ayrault para “responder” al fracaso de las elecciones municipales. El vocabulario moral sigue siendo estructurante de los discursos, pero con la agregación de “verdad”. Como no cesa de decirlo el nuevo primer ministro Valls: “hay que decir la verdad a los franceses”.

Sí, la democracia francesa es un  culto a la personalidad bien institucionalizada, pero este culto tiene que comprenderse de una manera particular, diferente de la aceptación típica de este término. El culto a la personalidad es un término con el cual se busca normalmente describir la manera en que los “regímenes” socialistas y comunistas funcionan por una centralización ideológica del carisma de un líder popular. Además de la China de Mao o de la Unión Soviética de Stalin, así se piensa por ejemplo típicamente en la Venezuela de Chávez, con la falta de carisma de Maduro, comprendido inmediatamente como un problema nacional. Sin embargo, no se considera que el culto a la personalidad también puede aplicarse a democracias representativas liberales, pero con una diferencia importante: mientras que el culto a la personalidad en los “regímenes” socialistas presuponen y buscan una creencia activa en lo político, con un líder que tiene que lograr encarnar las “aspiraciones e intereses populares”, y con un proyecto político e ideológico fuerte, el culto a la personalidad en la democracia representativa liberal funciona más bien por la desilusión de lo político y una galería ridícula de personajes “representativos”.

En la Contribución a la crítica del derecho de Hegel de 1843, Marx describe el triste estado político de Alemania como un antiguo régimen cómico. Dice que el antiguo régimen ya ha sido abolido con la revolución francesa y la instauración del Estado moderno, pero que Alemania sigue siendo un antiguo régimen como si nada hubiera cambiado en la vida política. La fe en la monarquía y la convicción política ligada a los valores aristocráticos habían sido eliminadas por la revolución francesa, y el antiguo régimen alemán siguió como un anacronismo, insistiendo sobre valores en que ya nadie creía. Si el antiguo régimen en Francia fue una tragedia – una fe fuerte en la organización política cruel – el antiguo régimen alemán fue una comedia.

Esta idea podría retomarse para comprender la vida política en Francia hoy. Se trata de una democracia cómica, con un culto a la personalidad en la que nadie cree realmente pero sirve para desplazar o neutralizar lo político. En 1956 el culto a la personalidad fue famoso por ser desafiado en la Unión Soviética, después de la muerte de Stalin, por Nikita Krouchtchev, quien declaró que el totalitarismo de la Unión Soviética funcionó en gran parte por el culto alrededor de Stalin. Se trató justamente de un culto trágico de la personalidad. Hoy en Francia encontramos más bien un culto cómico de la personalidad, donde los personajes que pueblan el paisaje político son parecidos a los actores griegos que cayeron sobre cortezas de banano. Es en este culto cómico de la personalidad, con una desilusión fuerte con respecto a las posibilidades políticas, y con una izquierda cada vez más débil y “derechizada”, que la derecha extrema se vuelve cada vez más importante por su reivindicación de una “misión importante” de la política, un proyecto político fuerte, vinculado a una demarcación clara de los amigos (el pueblo nacional) y los enemigos (los inmigrantes y las “élites”). La derecha extrema es trágicamente el único actor político que logra responder, con su movilización de ilusiones xenofóbicas, a esta desilusión generalizada de la democracia cómica en Francia.

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1http://www.sondages-en-france.fr

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