La economía política de la pregunta, o una poliética del periodismo: Reseña del libro Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero

on Miércoles, 14 Mayo 2014. Posted in Artículos, Poliética, John Gibler, México, Edición 33, Internacional, Andrés Fabián Henao

33 HenaoLa poliética de Gibler consiste en confrontar una economía política de la pregunta que la inscribe en la lógica violenta del interrogatorio, con una economía política alternativa que la inscribe en la lógica ética de la conversación. La primera deshumaniza al otro, al destinatario de la pregunta, al incluir el lenguaje en el repertorio del dolor que inflige quien la enuncia. La segunda re-humaniza al otro, al restaurar el lenguaje que pone dos mundos en común mediante enunciados que se reconocen incompletos, falibles e interdependientes.
 
Andrés Fabián Henao
Fuente de la imagen: http://www.mascultura.com.mx 

La pregunta, cualquiera que sea su contenido, es un acto que hiere; la respuesta, cualquiera que sea su contenido, es un grito
(Elaine Scarry, The body in pain, citado por John Gibler en Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero, México: Tusquets, 2014, pp. 47-48)

(…) yo elijo otra lógica: la que desecha la competencia a favor de la conversación
(John Gibler, Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero, p. 144)

Que escribir, leer, hablar y escuchar sean todos verbos compañeros
(John Gibler, Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero, p. 147)

Andrés Tzompaxtle Tecpile es el protagonista de este libro que, como todo gran libro de periodismo, escapa a una fácil clasificación. El libro está compuesto por diez capítulos (sin contar los epígrafes, los agradecimientos, las notas y la bibliografía), en los que John Gibler mezcla, con tanto rigor como imaginación, la metáfora literaria con la narrativa del reportaje, el testimonio con el ensayo teórico, la entrevista abierta con la reflexión crítica. Tzompaxtle—que como Gibler lo dice desde el inicio, más que contar su historia lo que busca es honrarla—incluye notas periodísticas, teorías decoloniales, investigaciones de archivo y, sobre todo, la traducción en prosa de treinta horas de entrevistas grabadas que Gibler realizó con Tzompaxtle y que, junto a un testimonio escrito suyo con fecha de “Primavera de 1999”, Gibler condensa en los dos capítulos titulados en cursivas, “Te arrancan del mundo” y “Un pedazo de ser” para indicar con ellas que se trata de las propias palabras de Tzompaxtle que la violencia del Estado quiso que ya nunca se pudieran escribir.

El libro de Gibler es una forma de rehacer dos mundos: el mundo del que el Estado mexicano quiso arrancar a Tzompaxtle y el mundo (o más bien el no-mundo) que busca convertir ese arranque, en palabras de José Gil Olmos (reportero de la revista Proceso en la ciudad de México) en “uso y costumbre del estado mexicano”, ahora “que se habla de veinticinco mil doscientos setenta y seis personas desaparecidas entre diciembre de 2006 y julio de 2012, de acuerdo con la estadística oficial de la Procuraduría General de la República” (p. 190). De ahí que Gibler no sólo le dedique el libro a Tzompaxtle sino también a quienes luchan para que historias como la suya no se repitan, una lucha que no es exclusiva de México y en la que el propio libro de Gibler participa.

La historia de Tzompaxtle, como se lo dijo el mismo un día a Gibler, “no es la historia de un muerto,” sino la de quien puede enunciar semejante frase. La suya es la historia de un guerrillero que se fugó del estado mexicano que lo quiso desaparecer, después de haberlo torturado por 4 meses, desde que lo capturó de manera ilegal el 25 de octubre de 1996 en las inmediaciones de Zumpango del Río—cuando, según una nota de La Jornada, el ejército lo detuvo antes del vencimiento de la tregua unilateral fijada por el propio ejército para el 27 de octubre a las 20:30 horas, que estuvo acompañada de declaraciones públicas que llamaban al diálogo—hasta que Tzompaxtle se escapó del campo militar de Llano Largo en Acapulco, el 22 de febrero de 1997—cuando tanto el ejército como el gobernador, Ángel Aguirre Rivero, continuaban negando tanto su participación en la captura como su conocimiento sobre su detención. La historia de Tzompaxtle es, de este modo, la historia de un mexicano al que el Estado quiso borrar de la historia, la historia de la violencia que se acumula para que muchas historias, como la de Tzompaxtle, sean arrancadas del mundo y ya no quede ni un pedazo de ser que pueda reconstruirlas. También es la historia del exitoso encuentro entre un guerrillero y un periodista que la violencia estatal intentó estropear por siempre ese viernes 25 de octubre, cuando el operativo frustró el encuentro entre el grupo guerrillero y los periodistas.

Tzompaxtle, nos cuenta Gibler, nació en una de las regiones más pobres del país, aquella en la que sus antepasados “se refugiaron después de esa derrota del 13 de agosto de 1521, en la guerra de Tenochtitlan” (p. 55). De modo que su historia es también la macro-historia de un México que nunca fue conquistado, que nunca fue colonizado y que, por lo tanto, continúa luchando contra el intento neo-colonial, ya no del imperio español sino del estado mexicano, la empresa multinacional y el imperio estadounidense, no sólo por negarle su existencia (subordinando el náhuatl al castellano, por ejemplo), sino por exterminar su forma de vida. Porque su historia es también la micro-historia del Ejército Popular Revolucionario (EPR), que nació el 28 de junio de 1996, durante el primer aniversario de la masacre de Aguas Blancas en donde el gobernador de entonces, Rubén Figueroa Alcocer y su secretario de gobierno, José Rubén Robles Catalán, “organizaron una emboscada a más de noventa campesinos desarmados [miembros de la Organización Campesina de la Sierra del Sur que se dirigían hacia Atoyac para realizar una manifestación ampliamente anunciada] que viajaban en dos camiones de redilas entre Tepetixtla y Coyuca de Benítez el 28 de junio de 1995” (p. 15). Pero la historia de Tzompaxtle es también la meso-historia de quien sueña con un mundo diferente, uno que el propio Tzompaxtle enuncia en el siguiente alternativo imaginario instituyente de la sociedad:

“Vida. Tradición. Omeyocan, toltecáyotl, tlachinollan. Nuestra dualidad, nuestra filosofía, nuestra sangre. Somos conscientes, dirías, de nuestra historia. Antes que nosotros hubo otros. Hoy somos nosotros pero mañana habrá otros. Queremos vivir bien. Pero ¿qué es vivir bien para nosotros? Vivir bien es vivir en armonía con la naturaleza. Vivir bien es no contaminar nuestros ríos y mares, no deforestar. Es comer sano y sin tanto químico. Producir nuestro alimento. Intercambiar nuestro alimento. No queremos palacios ni edificios, ni llenarlo todo de cemento ni de contaminantes. No es vivir saqueando. No queremos vivir acumulando, amasando. No queremos explotar a otros. No queremos acabar con la tierra, porque es nuestra vida. No queremos dañarla más de lo que ya lo han hecho. Queremos vivir bien, queremos que se conserve, porque parte de la vida de esa tierra somos nosotros. El pensamiento es otro, no es igual. En esa posición de salvar muchas cosas, se salva la especie. Y muy a su pesar ellos mismos se salvan, tienen la garantía de vivir. Esa es la explicación de por qué se está en esto. Por todos esos valores, por la dignidad, por ese decoro, por ese sentimiento. Antes que un pensamiento, es un sentimiento. Antes que ideología, es humanismo” (en cursivas en el texto para indicar que se trata de las palabras de Tzompaxtle, p. 59).

En el cuerpo de Tzompaxtle se acumulan muchas violencias, las violencias estructurales de la exclusión social y política de los campesinos indígenas, que se manifiesta en el hambre1, la pobreza, la humillación pública, la negación de su cultura, la escasez de todo (medicinas, infraestructura vial, establecimientos educativos, etc.), la obscena desigualdad2, el estímulo al narcotráfico, la absoluta precariedad sancionada por el Estado. También se acumulan las otras violencias, también estructurales, de la masacre3, la desaparición forzada, la tortura y la impunidad del Estado. Esas violencias que se acumulan en el cuerpo de Tzompaxtle también lo exceden, no es él su único destinatario. Afectan a sus compañeras y compañeros de lucha en el EPR, también a quienes no decidieron tomar las armas pero continúan padeciendo la exclusión y el exterminio tanto en el estado de Guerrero como en el resto de México. Afectan a sus hermanos Gerardo y Jorge Tzompaxtle Tecpile que, junto a Gustavo Robles López, “fueron exonerados de los cargos de delincuencia organizada y secuestro por falta de pruebas” el 16 de octubre de 2008, dos años y nueve meses después de su detención, siendo solamente “sancionados por el delito de cohecho, que lleva una pena de tres meses de cárcel” (p. 163). Afectan también a sus hijos y a su compañera, Nube, que también tomó las armas porque, en sus propias palabras,

“conoces a personas que piensan lo mismo, ellos tienen un poco de sentimiento, tienen… ¿Cómo se dice en otras palabras? Tienen algo de dignidad, valores. Hay personas que, después de todo, del hambre, de la miseria, del frío, de lo que tú quieras, siguen pensando lo mismo que tú nomás que no hacen nada; nadie hace nada. Todo sigue igual. Cuando conoces a esas personas que piensan igual que tú y tienen un grado de sensibilidad, dices: ‘Bueno, aquí piensan igual que yo. Ya no soy la única’. Te das cuenta de que hay más y más” (palabras de Nube, transcritas de la entrevista grabada entre Tzompaxtle y Nube, que Gibler decidió publicar en un capítulo completo con cambios de edición que consultó con Tzompaxtle, p. 177).

El texto de Gibler no busca hacer una apología del movimiento guerrillero, no se trata de justificar la lucha armada sino de comprender la violencia de la que surge y a la que responde. Esa violencia que, como lo afirma Carlos Montemayor en La guerrilla recurrente, quiere alcanzar la paz no por vías de la negociación y del cambio social sino mediante el exterminio de las bases sociales. Pero el texto de Gibler no se agota en el ya imprescindible rescate de la vida de Tzompaxtle que los poderosos quisieron sumir en el silencio. Dos imperativos, uno político y otro ético, son transversales al espíritu de lucha que anima este libro y que hace su lectura imprescindible.

A nivel político, el libro configura un espacio narrativo en donde esa parte incontada por el poder—la que el filósofo Jacques Rancière ha denominado la parte suplementaria en relación a las partes contables—adquiere la visibilidad que le fue negada por un Estado que buscaba garantizar su desaparición, y con ella también hacer desaparecer la infraestructura político-militar con la que ha querido convertirla en “uso y costumbre”. Se trata, en las palabras de Gibler, de concebir el re en el reconocimiento de la historia de Tzompaxtle, ya no como el originario re que solicita un retorno, sino como el iterativo re que solicita una repetición transformadora, es decir, una capaz de convertir el conocimiento en conocimiento público, para que la historia de Tzompaxtle no se repita, para que la repetición literaria que invita a la discusión del libro interrumpa la repetición de la violencia que aclimata a la sociedad a aceptar la desaparición como excepcionalidad transformada en norma.

A nivel ético, se trata de luchar con la escritura contra la propia violencia que la escritura ejerce. En primer lugar porque la palabra escrita—la que se materializa tanto en el orden constitucional como en el programa de alfabetización que juzga una cultura como superior a otra—es copartícipe de la violencia estructural que inscribe a Tzompaxtle entre los incontados. En segundo lugar, porque de otro modo el testimonio resulta sometido a los mismos requisitos jurídicos de precisión que reproducen la violencia que de otro modo intentan contestar, al no darle espacio a los silencios, las ausencias y las contradicciones que siempre lo constituyen. Finalmente, porque si no se parte “del reconocimiento del dolor que implicará el proceso de escribir sobre la persona que habla”, quien lo hace corre mayor riesgo de “reproducir la dinámica del racismo o la del interrogatorio o de la impunidad sufrida”, que se debe “evitar que se materialicen a toda costa” (p. 142).

La poliética de Gibler consiste en confrontar una economía política de la pregunta que la inscribe en la lógica violenta del interrogatorio, con una economía política alternativa que la inscribe en la lógica ética de la conversación. La primera deshumaniza al otro, al destinatario de la pregunta, al incluir el lenguaje en el repertorio del dolor que inflige quien la enuncia. La segunda re-humaniza al otro, al restaurar el lenguaje que pone dos mundos en común mediante enunciados que se reconocen incompletos, falibles, e interdependientes. La primera, como lo señala Elaine Scarry, hace la pregunta equivalente al acto que hiere y la respuesta equivalente al grito que su dolor provoca. La segunda, como lo señala Gibler, hace la pregunta equivalente a “un poder ser dentro de la incertidumbre” y la respuesta equivalente al compañerismo entre los verbos. La primera hace ingresar el sonido de las palabras en el silencio del sufrimiento. La segunda hace ingresar el sufrimiento irrepresentable en el universo simbólico del lenguaje que re-constituye el mundo en común. La geometría de la primera es vertical, instaura una jerarquía en la que el interrogado termina por decir lo que no quiere. La geometría de la segunda es horizontal, invita a una igualdad que produce el reconocimiento.

Dos virtudes caracterizan esta poliética del periodismo: la honestidad y la escucha. La honestidad le permite a Gibler no sólo no esconder las relaciones de poder que atraviesan su relación con Tzompaxtle sino hacerlas explícitas. Es así que Gibler califica de arrogante aquella concepción que lo coloca a él—un hombre blanco que escribe sobre un hombre indígena que habla—en la exclusiva posición de poder. Y no es que Gibler niegue que es él quien “tiene acceso a la editorial y al mercado para producir el libro”, que es él quien “sentado frente al teclado, decide qué va y qué no va, dónde colocar tal cita y cómo estructurar tal capítulo: resumiéndole, que lo hacen a él ‘el autor’ del libro” (p. 144). Todo lo contrario, Gibler lo reconoce y lo enuncia en el texto, pero reconoce también la agencia de Tzompaxtle, su propio poder en esta ecuación en la que es él quien “decide hablar con Gibler o no, elige qué contarle y qué callar”. Pero la honestidad del texto no se agota en equilibrar las cuentas de poder y contra-poder, sino en desechar la lógica capitalista de la competencia que reducen la relación autor-persona a un problema de autoridad, para escoger la conversación, en donde tiene lugar el diálogo y la pluralidad de voces en el texto. La segunda virtud consiste en cultivar la escucha, en re-imaginar la actividad periodística más allá de la falsa lógica binaria que opone la ciega entrega de la persona entrevistada contra el escepticismo del periodista (el modelo de Janet Malcolm), con una actividad que parte del respeto, antes que nada, por “no volver a producir a través del trato o del lenguaje la violencia vivida”, en otras palabras, de “eliminar los fósiles epistemológicos de la violencia colonial y patriarcal” para que la palabra escrita pueda convertirse en “un puente entre la soledad—o muchas soledades—y la comunidad” (p. 144, 145).

Los problemas que confronta este libro, principalmente la transformación de los crímenes de Estado en “uso y costumbre” del poder y la posibilidad de escribir sin violencia, no son ajenos al contexto colombiano. Tzompaxtle constituye, en mi concepto, una satisfactoria respuesta a ambos, una que vale la pena replicar en nuestro contexto político, en donde muchas vidas también son arrancadas del mundo y en donde muchas historias se siguen escribiendo con violencia.

***

1De acuerdo con el análisis de Gibler sobre las estadísticas del año 1996 para el estado de Guerrero, tomadas de la Encuesta Nacional de Alimentación y Nutrición en el Medio Rural, “el hambre representaba un riesgo mortal para uno de cada tres niños en las comunidades no indígenas, y para uno de cada dos en las comunidades indígenas” (p. 17).
2Las estadísticas también dejan ver que para 1996, cuando Guerrero tenía cerca de tres millones de personas, un millón trabajaba todos los días sin recibir salario mientras miles de turistas se alojaban en los hoteles de lujo durante las vacaciones (p. 16).
3Gibler hace referencia, entre otros hechos de violencia letal, a las masacres que sucedieron la ejecución extrajudicial de Enrique Ramírez, al que un soldado del ejército mató a quemarropa en Chilpancingo “mientras intentaba colgar una manta que decía MUERA EL MAL GOBIERNO” (p. 17). Masacres que finalmente llevaron al levantamiento armado de Lucio Cabañas cuando escapó de la masacre de Atoyac el 18 de mayo de 1967, en la que murieron cinco personas e hirieron a veinte, tres meses antes de que “policías estatales masacraran a más de ochenta trabajadores de la copra en Acapulco” (p. 17).

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