La gran comunidad de la violencia y el sistema democrático en Colombia

on Martes, 14 Enero 2014. Posted in Artículos, Jessica Fajardo Carrillo, Edición 25, Uribismo, Nacional, Democracia, Conflicto armado

25 jessicaEn estos momentos de reivindicación y contingencias es imprescindible construir una discusión sobre la gran comunidad de la violencia, reflexionar sobre las premisas de la democracia tradicional y construir un escenario político en donde se acabe con la imposibilidad de vida en Colombia.
 
Jessica Fajardo Carrillo
Fuente: www.laotra.com.ec

“Quería morir de un balazo, rápidamente, sin sufrir. Si lo agarraban vivo, irían a liquidarlo… Se estremecía, arrastrándose con dificultad por el suelo. No tenía miedo de morir. El hombre nace para morir cuando su día llega. Pero, si lo agarraban vivo, iban a torturarlo, a matarlo de a poco, exigiendo el nombre del comandante. Una vez, en el “sertão”, él y algunos otros habían matado así a un trabajador de la plantación, queriendo saber dónde estaba un tipo. Lo habían picado a cuchilladas, con el puñal bien afilado. Le cortaron las orejas, le arrancaron los ojos al desgraciado. No quería morir así. Todo lo que deseaba era un claro por donde los pudiera esperar, con el arma en la mano. Para matar y morir. Para no ser liquidado, como aquel infeliz, en el “sertão””.

De la gran cacería del negro Fagundes1

En el gran fenómeno de la violencia latinoamericana se ha gestado una pequeña comunidad, cuyo sentido común es muy diferente a los valores y prácticas de la gran democracia. En Colombia, esta comunidad ha encontrado la forma de alimentarse por sí misma con una serie de prácticas violentas recurrentes, que han terminado por constituir su propia forma de vida. Hay una gran multitud que, entre sus herramientas de trabajo está el fusil, no para defender unos intereses propios, sino para proteger la buena vida de aquellos que les dan comida y abrigo. Ya sea bajo un pacto de honor o bajo el miedo de sucumbir ante una vida sin posibilidad, esta multitud, hecha comunidad, entrega su vida a la voluntad violenta de unos. Bajo este panorama, durante el siglo XX en Colombia se ha ostentado un monopolio de la fuerza, no en las manos de un legítimo soberano, sino bajo la voluntad de unos, que han hecho lo imposible para defender sus riquezas. En las elecciones presidenciales de 2006, la reelección de Álvaro Uribe Vélez se muestra como una de esas formas imposibles de defender y garantizar la voluntad de unos. Sin embargo, en esta opinión no busco centrarme en el sistema democrático colombiano como una herramienta para justificar el proyecto de gobierno uribista. En este artículo trabajaré sobre la formación de una comunidad que ha constituido unas prácticas violentas organizadas, que van más allá de un proyecto de administración estatal.

El 29 de octubre del 2013, el cuerpo del campesino Ruber Herney Rosero fue encontrado sin vida en el municipio de Leiva (Nariño). El cuerpo de Ruber mostraba señales de tortura (fue degollado y recibió un disparo en la cabeza). Ruber era un líder campesino que participó en el Paro Nacional Agrario en las veredas de Galindez, en el departamento de Cauca2. La noticia citada, predica a un sujeto, la víctima; implícitamente la enunciación señala la gran estructura que existe alrededor de esta muerte, casi que podemos ver los rostros que dieron la orden para acabar con la vida de Ruber, y una vez más aparece el proyecto de gobierno uribista como la gran identidad que da forma a este tipo de acontecimientos. Sin embargo, es importante aclarar que las masacres a líderes campesinos son hechos que han existido en nuestro país durante mucho tiempo, antes que apareciese el uribismo como un proyecto de poder. En el periodo de la Violencia, la masacre ha encontrado un lugar en la voluntad que protege a los grandes propietarios de la tierra y de la vida en Colombia. La violencia como rito de terror, se ha perpetuado en las relaciones de dominio y ha encontrado el indulto en los proyectos de administración estatal. Ahora y volviendo con la noticia, sabemos que las acciones de violencia directa no son ejercidas por los grandes propietarios de la tierra y la vida. Las manos que están manchadas de sangre, son de aquellos que conforman una gran comunidad de cuerpos sin rostros, invisibles, no se habla mucho de ellos, en la denuncia sólo se mencionan las herramientas y los resultados de esta masacre. En la noticia, y en muchas otras, el agente de esa violencia oculta no se predica como sujeto sino como herramienta de poder. Son los grandes propietarios de la tierra y de la vida, los que conocen el rostro de la comunidad violenta, y son ellos los que les dan el lugar que no encuentran en el sistema democrático colombiano. Así, se convierten en los agentes de una violencia ritualizada, y contrario a lo que muchos piensan, son los sujetos que sostienen la estructura de poder en Colombia (no son herramientas o medios de grandes fines de poder). Por esa razón es fundamental conocer y enfrentar el rostro y la voz de la gran comunidad de la violencia, al momento de construir un proyecto político inclusivo e igualitario en Colombia. Para iniciar con este enfrentamiento es necesario hacer la crítica sobre las premisas del sistema democrático tradicional.

En aquél modelo democrático, los movimientos de reivindicación social deben estar respaldados por una identidad que se ajuste al bien común. Esa identidad representa una manifestación necesaria y natural, y la contingencia llega, cuando crean algo que no existía antes, es decir, encuentran la forma de hacer legítima una forma de vida que yacía oculta en el tejido social; esto lo podemos ver en las familias campesinas, las comunidades indígenas, las colectividades de género, entre otras. En este movimiento encontramos la cristalización de una identidad, y vemos como la contingencia se hace necesaria y natural. Ahora esos “otros” pueden tener un lugar instituido en distintos escenarios formales. Por esta razón, encontramos en estos movimientos algo que se ajusta a la percepción, que no ataca las entrañas de las personas, pues en este sistema democrático, predomina la premisa “vive y deja vivir”: cada uno conserva su identidad y mira con indiferencia o interés aquellos que no rompan con la buena percepción del mundo que habita. Por esta razón, en el sistema democrático tradicional, la gran comunidad de la violencia no tiene un lugar, y muchos se preguntan ¿Qué hacemos con esos criminales, esos ‘paracos’ y guerrilleros que encontraron la forma de sobrevivir entregando su vida a la violencia? Tomando palabras del escritor estadounidense William Faulkner, existen una gran cantidad de cuerpos que se encuentran ante la infamia, con su alma desnuda e inocente, que tomaron el mal, no por querer, sino por la obligación de hacer algo para conservar su vida. La violencia dominó sus prácticas y ahora son los “demonios” que duermen en la Colombia oscura, que muchos no quieren ver. En estos momentos de reivindicación y contingencias es imprescindible construir una discusión sobre la gran comunidad de la violencia, reflexionar sobre las premisas de la democracia tradicional y construir un escenario político en donde se acabe con la imposibilidad de vida en Colombia, esto es, construir un proyecto democrático que garantice la vida de cada uno de sus habitantes, no sólo de aquellos que poseen una propiedad común, sino de aquellos que se manifiestan como una diferencia incomprensible y oculta: ellos, al igual que muchos, necesitan un escenario de posibilidad política en Colombia.

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1Amado Jorge. (1984). Gabriela , clavos y canela. Círculo de Lectores; Bogotá., p 298.
2Modo de cita no textual. En el suroccidente están asesinando a campesinos que participaron en el paro agrario o son miembros de marcha patriótica. (2013, noviembre). En: Partido Comunista Colombiano. Colombia. Disponible en: http://www.pacocol.org/index.php/noticias/7057-en-el-suroccidente-estan-asesinando-a-campesinos-que-participaron-en-el-paro-agrario-o-son-miembros-de-marcha-patriotica

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