La incógnita de Podemos

on Viernes, 30 Enero 2015. Posted in Artículos, Edgar Straehle, Edición 50, Podemos, España, Internacional

50 Edgar

El próximo 22 de marzo serán las elecciones de Andalucía. En mayo vendrán las municipales y las autonómicas, en septiembre las catalanas y en otoño las generales, supuestamente en noviembre. Y no sería nada extraño que para entonces Pablo Iglesias fuera el próximo presidente del gobierno de España.

 
Edgar Straehle
Fuente de la imagen: http://iniciativadebate.org

Podemos acaba de cumplir un año y se ha convertido en un fenómeno fulgurante que desde las elecciones europeas del pasado 25 de mayo ha irrumpido con una fuerza inaudita en el escenario político de España. En aquel momento, tan sólo cuatro meses después de su fundación y en lo que hasta el día de hoy son sus únicos resultados electorales, obtuvo cinco eurodiputados y un 7,9% de sufragios. En otoño ya había escalado hasta posicionarse en las encuestas como la opción con mayor intención de voto, trastocando así el paisaje electoral español y logrando algo que parecía imposible justo antes de su aparición: que el llamado voto útil no beneficiara a uno de los dos actores del bipartidismo. Y es que para muchos votantes Podemos encarna la única esperanza para escapar de la batería de desgracias que asuelan España desde hace más de un lustro y para instaurar una democracia digna de tal nombre.

Sin duda alguna, y como desde Podemos se reconoce abiertamente, una de las principales razones del amplio apoyo popular tiene que ver fundamentalmente con el descontento, la rabia o el hartazgo producidos por la corrosión de una democracia que se atrinchera en unos partidos poco democráticos y demasiado empantanados en la corrupción. Pero eso implica a su vez que dicho apoyo puede ser volátil y probablemente poco proclive a un aventurerismo político, de modo que el éxito de Podemos ha coincidido no por casualidad con un giro del partido hacia unas posiciones más moderadas y centristas, renunciando abruptamente a algunos de los ejes de su programa inicial, tales como la instauración de una renta básica universal o el descenso de la edad de jubilación a los 60 años.

Podemos recurre sin cesar a un pragmatismo electoral que a fin de cuentas puede ser peligroso para el futuro, ya que con bastante frecuencia, en especial por la volatilidad de la opinión pública, puede conllevar una ostensible y peligrosa reducción de su margen de maniobra y a fin de cuentas el sacrificio de sus mismas señas de identidad. Ése es ahora mismo uno de los principales temores para muchos de los miembros de Podemos.

Además, la celeridad con la que se ha desarrollado este partido no ha hecho más que incrementar las sospechas y las críticas. A raíz de los cuantiosos cambios que se han efectuado, el mismo Podemos no deja de ser ahora mismo una incógnita tanto para propios como para extraños, una interesante incógnita a decir verdad que también puede servir como respuesta a la pregunta de cuál tiene que ser el rostro y cómo las dinámicas que deben asumir las organizaciones políticas del presente y del futuro. Podemos es un fenómeno español, pero, del mismo modo que se ha inspirado en elementos de movimientos extranjeros como el italiano 5 Stelle, la coalición griega Syriza o los círculos bolivarianos, es más que probable que muchas de sus estrategias puedan y vayan a ser exportables a su vez a otros países.

Las principales críticas recibidas a nivel interno han tenido que ver con el proceso de constitución oficial de Podemos, culminado en octubre y que le ha hecho asemejarse a la tradicional forma partido de la cual había renegado en un principio, sin dejarse de esforzar sin embargo a la hora fomentar dinámicas democratizadoras que no se encuentran en la mayoría de los otros partidos españoles: por ejemplo, la elección del candidato y de los puestos de responsabilidad a través de mecanismos de democracia directa, la capacidad de revocarlos en caso de conseguir reunir un número determinado de apoyos o la masiva creación de círculos de funcionamiento asambleario a lo largo de todo el territorio español (y de facto también fuera de él) como espacios de empoderamiento y democratización de la sociedad. En pocas palabras, Podemos sería según esto ciertamente un partido, mas no solamente un partido.

Ahora bien, también ha habido numerosas opiniones discordantes que ponen en tela de juicio la versión anterior y que, entre otros aspectos, insisten en los siguientes puntos: que el poder efectivo de los círculos es muy reducido; que la pluralidad real en los organismos directivos es poco significativa; que hay un exceso de dirigismo y rigidez en el seno del partido; que las condiciones para el éxito del revocatorio son tan difíciles de satisfacer (se requeriría el 25% del número oficial de inscritos en el partido) que a la hora de la verdad sería casi imposible de conseguir; o que el uso de la democracia directa no constituye en modo alguno la mejor forma de democracia, con mayor razón cuando la cabeza visible de Podemos es un político tan mediático y carismático como Pablo Iglesias, sin el cual la eclosión de este partido habría sido inimaginable. Él sería tanto su principal valor como su mayor amenaza, ya que ahora mismo su figura es tan indispensable que a poca gente se le escapa que el destino de Podemos está casi exclusivamente en sus manos.

Los detractores arguyen por eso que no iría mal que Podemos hiciera más gestos para integrar de algún modo algunas de las voces divergentes en su interior (habría sido interesante por ejemplo que hubieran tenido la oportunidad de formar parte del consejo ciudadano o del comité de garantías) e incentivara más la existencia de verdaderas estructuras de contrapoder interno, sin caer en la falsa dicotomía que obliga a escoger entre eficacia y democracia, como si se tratara de una disyunción excluyente y no se pudieran explorar sendas intermedias. También se reclama que se diera más importancia a los círculos, convertidos cada vez más en un simple instrumento del partido.

Sin embargo, muchas de estas críticas provienen de experiencias o dinámicas políticas como las que se desarrollaron dentro del movimiento de los indignados. Y es que aunque Podemos sea a menudo retratado como el heredero de este movimiento, en realidad encarna la meditada respuesta que trataría de superar lo que se considera que ha sido su fracaso, pues el empecinamiento de los indignados en la horizontalidad, en los procedimientos asamblearios y en una suerte de excesiva autenticidad democrática habría acabado por volverlos inoperantes e inocuos. Podemos se desmarca del 15-M en algunos puntos centrales de su manera de funcionar y se presenta como una máquina electoral que por motivos de estrategia acepta entrar de lleno en la arena electoral actual (aceptando por tanto la lógica de la representación1) y en exponerse constantemente en la palestra de los medios: eso sí, por medio del aprovechamiento de nuevas herramientas y técnicas de comunicación. Se trataría de intervenir activamente en los mismos mecanismos del poder para disputarlo y doblegarlo.

Por el momento las circunstancias parecen darles la razón, pues han obtenido una enorme y fructífera visibilidad que se ha traducido en un mayoritario respaldo electoral según las encuestas. Eso se ha logrado gracias a que uno los ejes vertebrales de su exitoso mensaje ha consistido en trasladar hábilmente la contienda izquierda-derecha al eficaz binomio casta-pueblo. De este modo se desenmascararía el verdadero rostro de la democracia y reemplazar la imagen de una pugna ideológica de dos posiciones a priori igualmente legítimas por otra que fuera el epítome de la actual situación de injusticia y desigualdad, donde una mayoría de personas serían víctimas inocentes de las decisiones tomadas por una minoría afincada ilícitamente en el poder y a cuyo servicio estarían los principales partidos políticos sin importar si son de izquierda o de derecha. Aunque el discurso de tildar a toda la clase política como casta también ha tenido sus detractores, porque habría servido de paso como una pantalla que facilitaría la indefinición del partido en algunas cuestiones cruciales, razón por la cual Podemos ha sido reiteradamente calificado de populista. Término por cierto que no eluden los propios dirigentes de este partido, siempre que esta palabra sea entendida desde el pensamiento político de Ernesto Laclau2.

Así pues, Podemos sigue siendo una incógnita, aunque su todavía breve pasado permite vislumbrar hasta cierto punto cuál es el futuro hacia el que tiende: probablemente, por lo menos en una primera fase, uno más próximo a la socialdemocracia y a lo que debería haber sido el PSOE en 1982, cuando éste se impuso con una mayoría arrolladora, que al de una auténtica refundación de la democracia. Es decir, al menos de entrada, una vía mucho más reformista que revolucionaria. Lo que, dicho sea de paso, no es poco, sobre todo si tiene la capacidad o el arrojo de luchar realmente contra la corrupción estructural e institucional tan abundante en España. El problema radicará en saber si será o no suficiente para un panorama como el español.

Conscientes de ello, desde el mismo Podemos se ha enfatizado en que las concesiones realizadas en vistas a conseguir ocupar la hegemonía mediática y política no son más que provisionales y que no se han perdido ni olvidado las metas originales. Un pensador como Santiago Alba ha dicho en este sentido que “hay que ser reformistas para que la confrontación misma desencadene una dinámica revolucionaria de cambio real”3. Y se ha hablado incluso de una política de dos fases: una, la electoral, la de la conquista del poder, mucho más pragmática; otra, la definitiva, mucho más democrática y en teoría más afín al espíritu de los indignados. Ahora bien, como la historia ha evidenciado con reiteración, el paso de la primera a la segunda no es nada fácil de dar y muchas veces ha sido pospuesta indefinidamente.

Quizá este año 2015 tan electoral nos brinde la respuesta. El próximo 22 de marzo serán las elecciones de Andalucía. En mayo vendrán las municipales y las autonómicas, en septiembre las catalanas y en otoño las generales, supuestamente en noviembre. Y no sería nada extraño que para entonces Pablo Iglesias fuera el próximo presidente del gobierno de España.

***

1Véase https://espejismosdigitales.wordpress.com/2014/10/23/en-defensa-de-la-representacion-o-por-que-he-votado-la-propuesta-claro-que-podemos/

2En este sentido se recomienda el visionado del programa Fort Apache en el que algunas de las figuras más importantes de Podemos reflexionan sobre la actualidad del concepto de populismo: https://www.youtube.com/watch?v=-q9oxr54X_Y

3http://blogs.publico.es/dominiopublico/11382/podemos-en-tension/

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