La izquierda entre impotencia y reformismo

on Domingo, 29 Junio 2014. Posted in Artículos, Edición 36, Frente Amplio por la Paz, Izquierda colombiana, Nacional, André-Noël Roth

36 AndrePor vez primera, los movimientos y partidos políticos de izquierda y alternativos han influido de forma determinante en la victoria electoral de un Presidente de la República. Esta situación inédita implica para sus distintos componentes un replanteamiento político cargado tanto de nuevas oportunidades como de nuevas dificultades.
 
Andre-Noël Roth
Fuente de la imagen: http://notasdeaccion.blogspot.com/

La configuración política luego de la elección presidencial del 15 de junio 2014 ofrece para la izquierda un panorama complejo para su futuro desempeño como fuerza tanto de gobierno como de oposición. La defensa del proceso de paz ha permitido a la izquierda encontrar un importante punto de coincidencia cuasi unánime en esta coyuntura para apoyar el proceso de paz del centro-derechista presidente Santos y bloquear la vía para un regreso al poder de la derecha conservadora y extrema.

Por vez primera, los movimientos y partidos políticos de izquierda y alternativos han influido de forma determinante en la victoria electoral de un Presidente de la República. Esta situación inédita implica para sus distintos componentes un replanteamiento político cargado tanto de nuevas oportunidades como de nuevas dificultades. La izquierda puede aspirar a ser un componente para un gobierno de coalición de centro izquierda, de tendencia social liberal. A su vez, la gran mayoría de sus líderes (quién sabe sus electores) expresaron su voluntad de quedar en la oposición y no aceptar responsabilidad política o representación burocrática. Pero no todos.

Sin embargo, para analizar la situación es necesario partir de unos elementos de hechos concretos. Así, primero, la izquierda de gobierno (esencialmente Polo y Progresistas) sigue siendo una minoría sin mayor influencia en el Congreso de la República (así como prácticamente en todas las asambleas legislativas departamentales y municipales del país). Segundo, la derecha – hoy dividida entre derecha liberal (Partido de la U, Partido Liberal, Cambio Radical, elementos del Partido Conservador y otros partidos “regionales”) y derecha conservadora (Centro Democrático y Partido Conservador) – sigue ampliamente mayoritaria en el país (p.e. recordemos que, en la segunda vuelta, la sola campaña presidencial de Zuluaga se impuso en la mayoría de los municipios y en 14 de los 33 departamentos de Colombia). De allí se deriva que, si aún había dudas, la derecha domina el país, y en particular todas las asambleas legislativas del país, incluso la del Distrito Capital de Bogotá. Y seguramente ampliará aún su representación en los comicios territoriales de 2015 con una campaña agresiva del Centro Democrático. Es aún difícil vaticinar cuál será el efecto “paz” sobre los resultados electorales de la izquierda.

Por ahora, significa que electoralmente la izquierda sigue siendo minoritaria en todas partes. Sus victorias electorales importantes (gobernaciones, alcaldías) son todas relativas y se deben más a personalidades y situaciones de división de la derecha que a una incrustación política consolidada capaz (por ahora) de poner en jaque a las maquinarias clientelistas neo-tradicionales. La victoria de Santos se logró, grosso modo, en las tierras históricamente liberales, en las ciudades (con excepción de Medellín) y en las zonas de conflicto (incluido el Urabá antioqueño) para conformar una curiosa corona de zonas periféricas (costas y fronteras), más Bogotá.

En la actual coyuntura política postelectoral se abren dos frentes políticos para la izquierda: 1) la relación con el Gobierno nacional y 2) lo relativo a la preparación de los comicios territoriales de 2015.

En relación al gobierno nacional, es posible que la izquierda tenga alguna posibilidad de participación burocrática en el próximo gobierno. Si bien el Polo manifestó su desinterés, es probable que el gobierno encuentre mayor eco del lado de la Alianza verde (Partido verde, Progresistas) y de alguna personalidad “independiente”. Sin embargo, es poco probable que obtenga un ministerio importante, serán más bien algunas dependencias relacionadas con los temas de la paz y de las víctimas. Eso por una razón sencilla ya mencionada: la izquierda no tiene ningún peso en el Congreso. Podrá realizar alguna gestión político-administrativa pero no podrá obtener la modificación de alguna ley. Además, en la perspectiva de una posible refrendación popular de los acuerdos de paz, el voto favorable de la izquierda está prácticamente asegurado y, más bien, el gobierno deberá encontrar mayor apoyo hacia la derecha del espectro político. Por lo tanto, la posibilidad de ver una agenda legislativa progresista es casi nula, fuera de lo pactado en los eventuales acuerdos de La Habana: la paz está secuestrada por una derecha poderosa (45%) capaz de hacer tambalear el proceso de paz en las urnas (y ojalá lo haga solamente allí) si se refrendan popularmente.

Así, a nivel nacional, únicamente con movilizaciones y presiones extraparlamentarias estarán las fuerzas progresistas en capacidad de promover algunos cambios legislativos. Es principalmente a través de esta presión directa sobre la rama ejecutiva y la administración que la izquierda podrá avanzar algo en la satisfacción de sus reivindicaciones. En este sentido, desde ya se deben ejercer las mayores exigencias para que existan compromisos claros en el próximo Plan Nacional de Desarrollo. Pienso en particular en avances en temas como el reconocimiento concreto de los derechos para pueblos indígenas y afrodescendientes (y demás) (p.e. regulación más favorable para la consulta previa, mayor autonomía para los resguardos, creación de un Departamento Administrativo para el Dialogo Intercultural – el proyecto ya existe); existen también importantes márgenes de acción en las distintas políticas (educación, salud, agricultura, etc.) para permitir una política activa de inclusión y reducción de las desigualdades sociales y de género; también en materia de profundización de la democracia participativa y directa. De forma general, se debe aprovechar, hasta los límites de las posibilidades, lo que permite la ley y el margen de poder administrativo para concluir todo tipo de acuerdos negociados, con su adecuada financiación, entre los movimientos sociales y políticos de un lado y la administración pública del otro. Se trata de jugar a fondo la carta de la construcción de acuerdos vía la presión, el diálogo y la negociación con la burocracia nacional mediante decretos, recordando al Presidente lo que le debe a las fuerzas progresistas, y que no puede reducirse a los hipotéticos acuerdos de La Habana. Es una oportunidad para avanzar en la democratización de la labor administrativa y de sus formas de relaciones con la sociedad. En este sentido, se debería trabajar en llave entre las fuerzas progresistas instaladas en el gobierno (si las hay) y las fuerzas de oposición de izquierda, tanto las parlamentarias como las extraparlamentarias. ¿Logrará la diversidad de la izquierda superar sus rivalidades personales, organizacionales y estratégicas para conquistar objetivos comunes más allá de la paz? En cuanto a las reformas políticas de fondo, si deben ser aprobadas por el Congreso, ¿serán las previstas por los acuerdos de La Habana (que no conocemos en el detalle) y nada más?

Eso nos lleva al segundo escenario: las elecciones del 2015. La reciente conformación de un Frente Amplio por la Paz, agrupando a todas las fuerzas de izquierda que apoyaron a Santos, suena como una plataforma electoral interesante. Sin embargo, si quiere ampliar su espacio político en las instituciones en 2015, este Frente Amplio tendría que ser capaz de presentar candidaturas únicas frente a una derecha que probablemente seguirá dividida. Situación que permitiría augurar algunos éxitos a nivel de alcaldías y gobernaciones. Sin embargo, si se quiere avanzar en la construcción de un movimiento progresista de ambición nacional (pensando en las presidenciales de 2018), sería pertinente que este Frente logre proponer al país un proyecto nacional, para su aplicación, en lo que les corresponde y resulta factible, a nivel de los entes territoriales conquistados para generar credibilidad. ¿Aguantará la coalición cuando se trate de presentar propuestas y nombres?

La situación presentada muestra por lo tanto un panorama complejo para la izquierda. De un lado, está en posición de reclamar su parte del botín burocrático y de gobierno, pero a su vez no es capaz de transformar sus propuestas políticas en leyes de la República. Además, es probable que la agenda política siga polarizada por el Centro Democrático, tal como durante la campaña presidencial, entre paz y extrema derecha, obligando a la izquierda a defender lo malo para evitar lo peor. En estas condiciones, no sería raro que una agenda de reformas progresistas, democratizadoras y democráticas quede nuevamente postergada a nombre de una paz (y siempre será mejor una paz “mal lograda” que una “buena” guerra) hecha a la medida de los grupos armados. De toda evidencia, una oposición extraparlamentaria vigorosa seguirá siendo un elemento fundamental para hacer profundizar la democratización del Estado – y en particular de sus prácticas administrativas- y de la sociedad para hacer avanzar en el país una agenda progresista y democrática. Ojalá se pueda realizar en llave con esa parte de la izquierda con ganas de quedar instalada, y a veces acomodada, en las instituciones políticas y administrativas.

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