La Marcha de las Putas, Baudelaire y Walter Benjamin

on Domingo, 30 Junio 2013. Posted in Artículos, Edición 12, Nacional, Andrés Fabián Henao

12 HenaoLa puta, como el poeta y el bohemio, también es irreductible a la mercancía que ella misma personifica. Aparece ‘delante de’ como mercancía y como aquello que la excede. En su mirada el paseante, que la mira de vuelta, también es convertido en arcada (arca de), en espectáculo de la mercancía.
 
Andrés Fabián Henao
Fuente: www.fotocommunity.es

Lo ‘por debajo de’—ese fue el primer demonio. Siempre estuvo conmigo. Y el que yo supiera que tú—si yo te contara—no entenderías nada de esto—”
(Mi traducción de la última línea del poema de Marie Howe “Magdalena—Los siete demonios”).

Este texto comenzó a escribirse el sábado 6 de abril del 2013 cuando, mientras en la ciudad de Bogotá tenía lugar la “marcha de las putas”, tuve la oportunidad de escuchar por primera vez el poema que Marie Howe le dedicó a una de las putas más conocidas de la historia, titulado “Magdalena—Los sietedemonios”. El título del poema hace referencia al siguiente pasaje del evangelio según Lucas: “María, que se llamaba Magdalena, de la que había salido siete demonios” (8:2), que la poeta incluye como epígrafe del poema que confiesa haber rehecho más de 60 veces y que concluye con una enigmática afirmación dirigida simultáneamente a Lucas y a quién lo escucha.

¿En qué consiste ese ‘por debajo de’, del que su destinatario no entendería nada incluso si se lo contaran? Quisiera aventurar una hipótesis que consiste en relacionar lo ‘por debajo de’, que caracteriza lo demoniaco, con la estructura poética de la política como malentendido lingüístico. Así es como interpreto el esfuerzo del filósofo francés, Jacques Rancière, por caracterizar al ser humano como un animal literario. La política tiene lugar cuando una subjetividad se reinventa a sí misma a partir del modo en que articula un litigio alrededor de un término—en este caso la ‘puta’—haciendo colisionar dos mundos en uno. Se trata, por un lado, del mundo que representan quienes consideran a las putas como mujeres libres y empoderadas y, por otro lado, del mundo que representan quienes afirman—como lo hiciera aquel policía canadiense—que “las mujeres deben evitar vestirse como ‘putas’ para no ser víctimas de la violencia sexual”. Ambos mundos entran en colisión porque la palabra ‘puta’ empodera a las mujeres en boca de las primeras, pero las re-victimiza en boca de los segundos al convertirlas en víctimas de violencia sexual y al hacerlas responsables de la violencia de la que son objeto. Ambos mundos no están ahí para clarificar sus puntos de vista y resolver la ambigüedad semántica que los lleva a reclamar el mismo término. Ellas y ellos no hablan de la ‘puta’ para ver si logran resolver discursivamente su desacuerdo (mésentente). Todo lo contrario, ambos mundos están ahí, en la calle, para hacer visible el desacuerdo constitutivo que existe entre ellos y la fractura lingüística que origina y expande la política.

Etimológicamente ‘puta’ es un diminutivo del término ‘prostituta’, que proviene del latín, prostitutus, y que significa: pro (delante de) stitutus (estar). Estar ‘delante de’ quiere decir estar expuesta, estar en público. En la antigüedad, tanto los griegos como los romanos reservaban el segundo piso de sus hogares para que las mujeres, en caso tal que extraños visitaran el domicilio, pudieran ser recluidas en él y así evitar que fueran vistas por el inesperado visitante. Gozar de publicidad, estar delante de otros en la calle, era un privilegio masculino. Las mujeres, en su gran mayoría, solo podían ‘estar delante de’ si lo hacían como mercancía. El violento costo de su visibilidad pública ha sido el de forzarlas a intercambiar su actividad sexual por dinero. Y aquí reside la paradoja. En cierto modo la topografía sexual de la ciudad encuentra en la puta el vértice de su deconstrucción histórico-política. La puta es aquella figura que la división entre lo público/masculino y lo privado/femenino al mismo tiempo reproduce y niega, engendra y reprime. La puta es una figura intersticial sin la cual dicha división territorial-sexual no puede funcionar pero que supone, al mismo tiempo, la crisis de sus fronteras.

La puta, la que está delante de, es la primera figura política que pone en entredicho la separación entre los dos mundos opuestos que ella misma hace colisionar: el masculino y el femenino, el público y el privado, el del goce político de las mujeres que marchan en las calles de Bogotá y el del daño policivo e instrumental de los hombres que las agreden y las utilizan. Así pues, existe una relación muy estrecha entre la emancipación femenina y la figura de la puta, una relación que la marcha de las putas ha sabido honrar al invocar, poéticamente, la figura de la puta para instaurar el desacuerdo político con el que reorganizan el ‘estar delante de’ de la ciudad según los principios de igualdad. La política es poética porque no existe una relación de correspondencia fija entre el nombre y su referente, porque la subjetividad se (re)crea en la brecha que separa al sujeto del nombre que se le asigna conflictivamente y que el propio sujeto re-significa en el litigio que inaugura. Puta es, simultáneamente, una ofensa y un elogio, el adjetivo con el que se descalifica al sujeto abyecto y aquel con el que se celebra la mujer libre.

Poetizar la puta no quiere decir hacer invisible el daño que se le inflige a la mujer que se cosifica y se mercadea en la calle. Todo lo contrario, poetizar la puta significa registrar el exceso semántico de la política en la performatividad plural de un término que: i) hace visible la estructura político-económica del capitalismo patriarcal que soporta y condiciona la reproducción de dicho daño y ii) contesta las relaciones de poder con las que dicho régimen policivo busca naturalizar el daño infligido, a partir de una mimesis alternativa con la que se re-significa la puta como un término de conflicto sobre la forma de ‘estar delante de’ en la ciudad. De modo que no se trata ni de romantizar la prostitución en Colombia ni de condenarla sino de entender su dimensión política más allá del horizonte liberal que la codifica alrededor del consentimiento libre (la prostitución que se elige) y la esclavitud sexual (la prostitución que se fuerza). No quiero decir con ello que la pregunta por las condiciones sociales que llevan a la mujer a prostituirse no deban ser interrogadas, condiciones que, en mi concepto, no tienen que ver exclusivamente con la regulación laboral del trabajo sexual sino con el modelo capitalista en su conjunto y la consecuente transformación de los seres humanos en mercancías. La interrogación comporta una dimensión políticamente mucho más amplia de lo que el liberalismo está dispuesto a aceptar cuando la neutraliza al diferenciar la mujer que elige (buena prostitución) de la que es forzada (mala prostitución). Es mucho lo que se da por sentado cuando el desacuerdo político de la igualdad, la forma en común del ‘estar delante de’ en la ciudad, que la poética de la puta pone de presente, se sacrifica frente a la codificación minimalista de la libertad según los lineamientos del modelo jurídico, político y económico vigentes. La pregunta por el consentimiento, sin duda relevante, diluye el escándalo público que inaugura la puta al darla por sentado. Lo que ya no se interroga es el modo en que la puta demuestra el presupuesto de la igualdad en el régimen policivo de la desigualdad al vincular dos mundos contradictorios en el mismo espacio, ya que la puta ‘esta delante de’ (igualdad) en tanto que mercantiliza su cuerpo (desigualdad).

La estrecha relación que hay entre la puta, la política y la poética es uno de los temas centrales en la lectura que hace Benjamin de los poemas de Baudelaire. Según Benjamin, Baudelaire, que consideró la prostitución como una inevitable necesidad para el poeta (aforismo 41 de Central Park), “varias veces […] comparó al escritor, en primer lugar y más que todo, con la figura de la puta” (mi traducción de The Paris of the Second Empire in Baudelaire, Vol. 4, 1938-1940, Harvard: Cambridge, p. 17); una comparación que pueda leerse en aquel censurado verso de La Muse Vénale, publicado en Les Fleurs du mal (mi traducción),

Pour avoir des souliers, elle a vendu son âme;        (Para tener zapatos, ella ha vendido su alma;
Mais le bon Dieu rirait si, près de cette infâme,         Pero el buen Dios se reiría si, cerca de aquella infame,
Je traenchais du Tartufe et singeais la hauteur,        Yo me hago el hipócrita y actúo con holgura,
Moi qui vends ma pensé et qui veux être auteur.        Yo que vendo mi pensamiento y quiero ser autor)

Baudelaire, que nunca escribió un poema sobre la prostitución desde el punto de vista de la puta (aforismo 4 de Central Park) y, según Benjamin, consideró la prostitución como la levadura en la que se cultiva la imaginación en las ciudades (aforismo 18 de Central Park), concluye su musa venal afirmando, “Cette bohème-là, c’est mon tout” (mi traducción, “Aquella bohemia, es mi todo”). Baudelaire incluye a la puta entre las figuras de lo bohemio y le permite a Benjamin entender la esquiva equivalencia con la que la modernidad parisina del segundo imperio transmuta la igualdad política del ‘estar delante de’ en la igualación mercantil del alma, que no es otra cosa que la institucionalización de la desigualdad por el capital y el patriarcado. Para Benjamin, en Baudelaire se hace claro que la verdadera situación del ‘hombre de letras’ es la de “dirigirse al mercado como un paseante (flâneur), supuestamente para mirarlo todo pero en realidad porque está buscando a un comprador” (ídem). Así pues, la puta aparece entre las figuras de lo bohemio. El bohemio se vuelve indistinguible del poeta. El poeta no es otro que el paseante que todo lo mira pero que en realidad busca un comprador. El paseante aparece como la prostituta que recorre las calles. Puta, bohemio y paseante se hacen indistinguibles. La secularización del capital en la ciudad reduce todas estas vidas singulares, vidas ‘por debajo de’, en una avasalladora mismidad que las vuelve ejemplares reemplazables de un indiferenciado valor de cambio.

Pero la puta, como el poeta y el bohemio, también es irreductible a la mercancía que ella misma personifica. Aparece ‘delante de’ como mercancía y como aquello que la excede. En su mirada el paseante, que la mira de vuelta, también es convertido en arcada (arca de), en espectáculo de la mercancía. El ojo que mira a los paseantes es también el ojo que mira a la policía, el ojo que invierte la cosificación de lo visible en el laberinto de la ciudad hasta confundir las relaciones entre lo visible y lo invisible. Porque la puta de la ciudad no es principalmente la del burdel sino la de la calle, la que se pasea por la calle para negociar el valor de su sexo, pero también la que ‘aparece delante de’, la que marcha por el laberinto. Es gracias a ese irreducible exceso que Benjamin entiende a la puta como la encarnación de la alegoría, una figura político-literaria que se nutre del exceso semántico del lenguaje.

Benjamin tiene razón cuando asegura que “el primer ‘arcanum’ conocido para la prostitución es, por lo tanto, el aspecto mítico de la ciudad como un laberinto. Esto incluye, como uno lo esperaría, la imagen del Minotauro en su centro” (mi traducción, íbid, p. 189). El Minotauro, aquel monstruo híbrido con cabeza de toro y cuerpo humano, también nace como consecuencia de una transgresión a la ley. El rey de Creta, Minos, que ha recibido los favores de Poseidón para heredar el reino de Asterión, lo desobedece al no matar el toro blanco que éste le pide como sacrificio. Seducido por su belleza Minos intenta engañar a Poseidón y sacrifica otro toro. Como castigo, Poseidón hace que Pasífae, su esposa, procree con el toro blanco al Minotauro. Hubo que esperar a que Julio Cortázar publicara Los Reyes, su versión del mito griego, para que se revelara una identidad política alternativa del monstruo, que no es otra que la del propio poeta que la ciudad rechaza porque, como sucediera con Baudelaire, teme mucho ver la belleza en lo maldito. De modo que ahí ‘están delante de’, la puta y la poeta, marchando en los ‘por debajo de’ de la laberíntica ciudad, y procreando los siete demonios con los que la política continúa escribiendo su poema urbano.

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