La memoria fuera de lugar. Sobre la situación de la víctima en Colombia

on Sábado, 01 Febrero 2014. Posted in Artículos, Edición 26, Víctimas, Vladimir Rodríguez, Uribismo, Nacional, Memoria histórica

26 VladimirMe interesa referirme brevemente a algunos aspectos con respecto al tema de las memorias y las víctimas durante el proceso de paz con los grupos paramilitares durante el gobierno de Álvaro Uribe ya que esto nos podría brindar una perspectiva sobre el procesamiento social del conflicto y la deuda que aún se tiene con quienes lo vivieron más de cerca.
 
Vladimir Rodríguez
Fuente: www.desarrollolocal.casariche.es 

“Memory believes before knowing remembers. Believes longer than recollects, longer than knowing even wonders”

William Faulkner

Nora (1984) nos presenta el lugar de la memoria como un dispositivo que funciona en varios niveles, está en el espacio, situada, es visible y es significada por el conjunto de la sociedad en tanto existen unas prácticas que dan sentido a un significado que de otro modo estaría vacío, que sería apenas una plaza o un monumento sin relación con la experiencia cotidiana que se reconfigura e inserta lo traumático en el devenir, reconociendo así que algo ha sucedido, una cosa que no nos extraña y de la que somos responsables ya que forma parte de una historia común que ha salido a la superficie.

También puede suceder lo contrario, que el espacio y el nombre, que la celebración y el cierre del conflicto o que uno de ellos sea precedido de un pacto de silencio, que el lugar o la audiencia o la nota en prensa sobre las atrocidades de todos los bandos y colores sean parte de un proceso de reconciliación que presupone un concilio previo, un escenario sin tensiones en el que la violencia se representa como una anomalía que, por virtud de algunas malas personas, fue llevada al extremo y que ahora, cuando se vislumbra el fin y se observa en la distancia la silueta de los desmovilizados de las AUC, todo está por terminar y podemos abrazar las promesas de progreso que augura para Colombia The Wall Street Journal o alguna consultora económica.

Y en el segundo plano de la paz, las víctimas, la sociedad civil, los candidatos de la oposición –los que están inhabilitados y los que no-, todo un abanico de silenciados a la fuerza por un proceso que se cierra y que necesariamente nos hace pensar en lo que ha habido antes, en cómo se configuraron las cicatrices del pasado para que nos resulte normal lo que está sucediendo, para que no sea un problema la formalidad de la norma frente al silencio/silenciamiento de los espacios, los de debate y los físicos, en un escenario cuyos actores parecen conocer muy bien sus papeles y los interpretan a la perfección.

No puedo hablar del proceso de paz que se está llevando a cabo con las FARC, no es algo que se haya cerrado y sería apresurado decir algo sin saber los resultados de los diálogos y de las elecciones presidenciales de mayo; sin embargo me interesa referirme brevemente a algunos aspectos con respecto al tema de las memorias y las víctimas durante el proceso de paz con los grupos paramilitares durante el gobierno de Álvaro Uribe ya que esto nos podría brindar una perspectiva sobre el procesamiento social del conflicto y la deuda que aún se tiene con quienes lo vivieron más de cerca.

Hablo de memoria fuera de lugar en oposición al lugar de memoria, sobre lo segundo ya hablé arriba y me interesa poder desarrollar lo primero. La memoria que es reducida a una circulación oculta, en el registro del rumor, del secreto a voces que el Estado conoce y da por silenciado mermando así su efecto performativo o generando una performance otra del binomio víctima/memoria que se constituye en una periferia de la política, de la violencia, de la necesidad de condena o reparación, agentes los dos, tanto víctima como su memoria de una zona gris en la que entran todos los no/combatientes, los que no son una amenaza para el orden establecido y que por lo mismo carecen de la posibilidad de hacer una demanda.

Así pues no trato solamente el tema de la memoria fuera de lugar sino de los sujetos de memoria desplazados en la imagen hasta hacerse irreconocibles, allí donde los actores del conflicto se encuentran perfectamente delineados, rodeados de los flashes de las cámaras y las líneas editoriales de la prensa oficial, es ahí donde se difumina el otro fuera del combate entre los dos agentes plenamente constituidos aunque siempre haya un bando al margen de o paralelo a la ley, este otro que asume el rol pasivo de la víctima en un esquema discursivo en el que el término no puede tener otro valor, víctima y reparación entrarán entonces en otro juego binario que es propio de la tradición católica que es el cimiento de la construcción cultural colombiana.

Curiosa transubstanciación de la materia política de la víctima que deja de ser un agente para convertirse en un peticionario, visto desde el punto de vista de la escatología política colombiana tendrá el rol de los mendigos que aún forman parte de las fachadas de la mayoría de las iglesias, construidos de este modo como beneficiarios sin nombre de un juego de voluntades en el que todo reconocimiento es efecto de la buena voluntad de un tercero infinitamente más grande (el soberano/el señor/el padre) y no del reconocimiento de la vulneración original por parte –muchas veces o con el aval- de la figura cuya legitimidad emana de quien(es) ha sido sujeto del cambio de registro.

Podríamos pensar, como ya lo había hecho Calveiro (1985), en una forma de poder desaperecedor que se instala, desde las periferias de la política, en un contexto de violencia, en el centro de la sociedad para justificar una forma de actuar sobre lo social para normalizar las subjetividades y los cuerpos de acuerdo con un proyecto de Estado; de hecho hacerlo no sería un error pero estaríamos desconociendo que la situación en la Argentina ocurre en el marco de un estado de excepción en tanto en Colombia se desarrolla en un contexto de pleno goce de las instituciones democráticas –al menos en el nivel jurídico-, tendríamos que hablar de otra cosa, de una forma de poder victimizador en el que tanto el sujeto físico como su memoria son producidos constantemente en las periferias del sistema.

Pienso aquí en la dimensión de la historia y su correlato en la memoria (Ricoeur 1999) abstraídos en La mémoire de Magritte (1948), en esta imagen aparece la cabeza de un monumento en primer plano con una mancha de sangre en la sien, está como exhibida y hay un telón que establece la teatralidad de la escena como eje del pacto de lectura que hacemos con la obra; de acuerdo con lo que he venido señalando la víctima existe de un modo sustantivo en un escenario dominado por el poder victimizador del que es al mismo tiempo eje y detritus, substancia/medula y residuo ya que no hay un relato de esta, actúa en el centro del dispositivo sin un discurso de sí desde sí.

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La cabeza que vemos no nos dice nada de su cuerpo, nos dice que sangra, la víctima no nos dice nada de su condición, nos dice su condición y de ella sabemos tanto como de cualquier otra cosa, sin embargo este saber se mueve en un tiempo y por unos lugares distintos, está, como se señala en la cita de Faulkner al inicio de este escrito en el registro de la creencia, de la communitas, no en el reconocimiento del Otro que opera según su propia lógica y niega sistemáticamente el derecho a la memoria, reconocerlo sería perder su legitimidad de soberano para entrar un juego de representación política de orden democrático.

Es esta una de las razones por las cuales en su contexto Álvaro Uribe no podía reconocer el rol de las víctimas de los paramilitares, no se trata de pensar en la arbitrariedad propia de un caudillo de derecha en un Estado fallido del tercer mundo, sino de reconocer cómo es que esto fue posible y puede volver a serlo mientras se opere de acuerdo con su lógica que es de una complejidad enorme ahora que empezamos a pensar más allá de la reconstrucción de los hechos para cuestionar cuál es el entramado cultural –en el que la cultura no es apenas una variable en el sistema- que se reproduce en los distintos escenarios de violencia extrema en Colombia y que se hace viable gracias a la anulación de una territorialidad de las memorias de víctimas activas en el conflicto.

***

Ricoeur, Paul (1999). La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido, Madrid, Ediciones UAM.
Nora, Pierre, “Entre memoire et histoire” en Nora, Pierre (dir) (1984), Les lieux de mémoire I. La Republique, Paris, Gallimard.

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