“La soledad de América Latina” y el orgullo de ser colombiano

on Jueves, 01 Mayo 2014. Posted in Artículos, Gabriel García Márquez, Edición 32, Nacional, Laura Quintana Porras

32 LauraNos han bombardeado por estos días con noticias varias que despliegan múltiples declaraciones, homenajes, columnas de opinión, a veces rimbombantes u oportunistas, sobre el reciente fallecimiento del escritor colombiano Gabriel García Márquez, y esta columna que escribo aquí no pretende contribuir a este bombardeo mediático que, en estos días de “duelo nacional”, ha venido creando un cierto consenso sobre la importancia de la obra y la figura de Gabo.
 
Laura Quintana
Fuente de la imagen: http://mundoasombroso.com/ 

..porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra

Quisiera abrir más bien un cierto disenso en este relativo consenso en los recientes homenajes a la figura de García Márquez, no para negar la riqueza de pliegues, hondura y poeticidad de su literatura pero sí para problematizar algunas interpretaciones sobre sus repercusiones políticas y sociales; interpretaciones que de hecho a mi modo de ver le niegan fuerza y radicalidad política a una escritura que llegó a ser también arriesgada, galopante, desestabilizante, visceralmente desconfiguradora.

A lo que apunto sin embargo no es a confrontar unas ciertas opiniones comunes desde un juicio crítico literario erudito o autorizado, que ni me interesa esgrimir ni tendría la autoridad disciplinar de aducir; quisiera más bien hacer ver ciertas comprensiones de lo político, lo social y la identidad muy problemáticas, que se presuponen en esas interpretaciones y que, de hecho, al entender de nuestro nobel constituían en parte el nudo de nuestra soledad. Una soledad que pienso –desde una experiencia de lectura personal sin ninguna pretensión de experticia– la escritura de García Márquez pudo figurar literariamente, dándonos palabras no meramente para “reflejar”, “retratar”, “espejear” una realidad dada, sino para hacernos ver, imaginar, sentir de otro modo ese mundo, en sus tiempos, espacios, archivos, cuerpos, memorias, olvidos, interacciones y afectos, como una realidad reconfigurable y abierta a la experimentación. Aquí en este hacernos ver de otro modo, en este darnos las palabras, al afectarnos y alterarnos para experimentar de otro modo nuestras circunstancias y no en las ideas políticas explícitas, adhesiones o simpatías del autor por X o Y tendencia, se encuentra – a mi entender– la politicidad de su escritura literaria. Algo que esta escritura sin duda alcanza con más fuerza en ciertos textos que en otros, y algo que también se produce incluso más allá de algunas intervenciones públicas de su autor que podrían considerarse algo acomodaticias a partir de los 90s; pero sobre todo algo que las “buenas conciencias” de todas las tendencias, que se enorgullecen de su colombianidad con el nombre y la obra de este escritor, están muy lejos de aceptar.

Tales interpretaciones se condensan muy bien en un reciente editorial de El Espectador, de acuerdo con el cual, la importancia de la obra de García Márquez tendría que ver con haber podido trazar la historia de la nación colombiana, logrando con ello generar una cohesión social entre sus ciudadanos que –parece suponerse– nos permitiría reconocer mejor nuestra realidad, afirmarnos en nuestra identidad, reivindicarla y darla a conocer al mundo, mostrando que somos algo más que violencia, “problemas endémicos”, “esquizofrenia colectiva”1. Como si la importancia de esta escritura tuviera que ver con devolvernos una imagen de nosotros mismos, de nuestra identidad, de nuestra patria que nos hiciera amables para el resto del mundo; una conclusión a la que también llegó Álvaro Uribe en su cuenta de Twitter: “Maestro García Márquez, gracias siempre, millones de habitantes del planeta se enamoraron de nuestra patria en la fascinación de sus renglones”2. En esta dirección no es de extrañar que el año pasado Proexport lanzara, junto a las bien difundidas “Colombia es pasión” y “Colombia el riesgo es que te quieras quedar” una nueva campaña de fomento del turismo titulada “Colombia, realismo mágico”.

Lo problemático de estas interpretaciones no es solo la banalización del realismo mágico al entenderlo como la capacidad de hacer aparecer como mágica, exuberante, prodigiosa, una realidad que es también violenta, brutal, aterradora, ni el anhelo ya bien cuestionable de una identidad que puede reconocerse como apreciable o admirable pasando por encima de tantas violencias estructurales que atraviesan nuestras complejas circunstancias históricas; el problema es también reducir ese nosotros, ese nuestro compartir unas circunstancias históricas, culturales contingentes, conflictivas, de unos territorios atravesado por afectos, tradiciones, prácticas sociales, rituales cotidianos, relaciones de poder que constituyen lo que llamamos Colombia o Latinoamérica, a la necesidad de adquirir una identidad de patria, nación, colectivo bien cohesionado en el que pudieran quedar neutralizados los conflictos e incluidas o integradas las diferencias; una identidad que pudiera reconocerse y afirmarse en una cierta conciencia histórica que la literatura -se asume- contribuiría a producir, en una voluntad de recordar lo que fue, como si estuviera simplemente allí para ser aprendido o reconocido.

Sin embargo, creo que es otro el trabajo con la memoria y con la identidad el que la escritura de García Márquez nos invita a emprender, aunque esté lejos de tener el espacio y el conocimiento para desplegarlo aquí con cuidado. Acaso, entre todos sus pliegues y polifónicos registros, ¿no nos habla también Cien años de soledad del tiempo, la memoria y el olvido y de la relación de éstos con la capacidad o la incapacidad de actuar, y comenzar de nuevo algo otro? ¿No nos confronta este texto con una doble temporalidad a la vez cíclica y a la vez lineal, a la vez repetitiva, y a la vez apocalíptica, que hace impensable la emergencia de un acontecimiento que pueda romper con la repetición de lo mismo? No hay que ser un experto literario para darse cuenta de esas repeticiones constantes de nombres y de vidas, en todo caso, también en un cierto sentido otras, que hacen afirmar a Úrsula Iguarán: “Ya esto me lo sé de memoria […] Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio”3, y como si el tiempo repitiéndose desgastara a la vez lo que regresa. Por eso, para Pilar Ternera, “No había ningún misterio en el corazón de un Buendía, que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencia le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje”4. Este es precisamente a mi modo de ver uno de los registros de la soledad de esos cien años de repetición desgastada y predicha que conduce a la aniquilación, a la muerte, la imposibilidad de hacer aparecer un acontecimiento que pueda darse el derecho de aparecer como otro, en la supervivencia de las huellas de un pasado que no está ahí dado, sino que es una multiplicidad de archivos reconfigurables, que también requieren ser acogidos y no meramente olvidados en sus huellas, a veces violentas. Un acontecimiento que sí logra ser el texto de la novela, que por eso nos deja menos solos; que por eso logra vencer de cierta manera nuestra soledad.

Así interpreto también la soledad a la que hizo alusión Gabo en su citado discurso de aceptación del Nobel: la soledad que allí se nombra tiene que ver con el espacio y el tiempo que se le ha recusado a esa complejidad de territorios acomunados por circunstancias históricas compartidas que llamamos América Latina para intentar algo nuevo, es decir, otras formas de experimentación en la reinterpretación de lo sido que no tenga que encajar en los esquemas de pensamiento dados, pues “la interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”5. Pero creo que aquí no tiene que estar en juego la afirmación de una identidad latinoamericana pura, local, libre de todo esquema europeo, capaz de descubrirse a sí misma, a sangre y fuego, como lo habría tenido que hacer también Europa, aunque algunas afirmaciones del discurso del Nobel podrían sugerir esta lectura; en juego podría estar la afirmación de una identidad que no es propiamente identitaria, inmunitaria, defensora de su mismidad, sino que en el reconocimiento de una cierta singularidad puede devenir otra, desestabilizar fronteras de sentido, asumiendo los devenires y desestabilizaciones que la han producido. Esto me parece es lo que sus fabulaciones pretendieron también fabular: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”6. Lamento que en el pasado homenaje a García Márquez en Ciudad de México el presidente Santos se haya apropiado de esta cita, porque esa utopía de una vida otra, movilizada y modificada en múltiples prácticas heterotópicas, es justamente lo que una política consensual como la suya no deja pensar ni apropiar.

***

1Ver www.elespectador.com/opinion/editorial/gabriel-garcia-marquez-1927-2014-articulo-487658.
2http://www.semana.com/nacion/articulo/reacciones-tras-la-muerte-de-gabriel-garcia-marquez/384147-3.
3García Márquez. Cien años de soledad, editorial sudamericana, Buenos Aires: 1967, 169.
4Ibid., 334.
5Puede consultarse por ejemplo en http://www.eltiempo.com/cultura/libros/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-13854335.html
6www.eltiempo.com/cultura/libros/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-13854335.htm

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