Los dos 11 de septiembre y la intervención en Siria (primera parte)

on Domingo, 15 Septiembre 2013. Posted in Artículos, Edición 17, Siria, Internacional, Andrés Fabián Henao

17 HenaoLa invasión a Siria es una suerte de síntesis reaccionaria entre los dos 11 de septiembre. Del 11 de 1973 los Estados Unidos extrae la eficacia de la política represiva y oculta su participación en ella. Del 11 del 2001 los Estados Unidos extrae la neutralización política que conlleva rehacerse simbólicamente como víctima y exteriorizar —incluso lingüísticamente, al reclamarse líder de la ‘guerra contra el terror’— la violencia de la que ese gobierno es el principal agente.
 
Andrés Fabián Henao
Fuente: www.diario-octubre.com

“La guerra es la paz
La libertad es la esclavitud
La ignorancia es la fuerza”

(Los tres eslóganes del Partido, escritos en letra elegante sobre la cara blanca del Ministerio de la Verdad en 1984 de George Orwell)

La reciente invasión de Siria, que prepara el gobierno de los Estados Unidos, no se inscribe en el mundo que sucedió al 11 de septiembre del 2001 sino al modo en que los agentes de ese mundo han intentado, infructuosamente, borrar su participación en el mundo al que dieron origen cuando protagonizaron el otro 11 de septiembre de 1973, del que se cumplen este año cuatro décadas. A ambos eventos, el ataque al World Trade Center en New York y el apoyo a la dictadura de Pinochet en Chile, no los une una coincidencia temporal sino política: la política criminal de los Estados Unidos (el terror de estado).

El 11 de septiembre del 2001 supuso una novedad para el régimen imperial. Como lo dijo Noam Chomsky en su 9/11, la novedad del evento residió en que el objetivo del ataque fueron los Estados Unidos, cuyo territorio no había sido atacado desde la guerra de 1812 (el ataque que sufrió los Estados Unidos en Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, tuvo lugar en una de sus colonias—Hawai—y no en su territorio). Esto supuso un cambio en el contexto global de la violencia neo-colonial. A diferencia de la tradicional circunscripción de la violencia en el territorio de la colonia (Chomsky incluye—aunque la lista es mucho más extensa—los casos de Inglaterra en India, Bélgica en el Congo, Italia en Etiopia y Francia en Algeria, ver 9/11, p. 12), esta vez la violencia tocó al imperio. Esta novedad, como lo recuerda Slavoj Žižek en El desierto de lo real, contrastó con la tradicional reacción militarista y unilateral del gobierno estadounidense, característica del otro 11 de septiembre.

Hace 40 años los Estados Unidos apoyaron el derrocamiento del gobierno socialista de Salvador Allende, democráticamente electo en 1970, e instauraron, con el apoyo de los grandes empresarios y los sectores militares de Chile, la sanguinaria dictadura de Augusto Pinochet. La novedad de ese 11 de septiembre consistió en haber implementado lo que Naomi Klein denominó, la ‘doctrina del shock’, un modelo de control social que comienza por la represión militar (el shock) para facilitar la implementación de las políticas neoliberales que aún hoy en día—veinticinco años después de que Pinochet perdiera el plebiscito—siguen vigentes en Chile. Dicha novedad, cabe señalar, también contrastó en su momento con la extensa intervención estadounidense en Latinoamérica, que para entonces ya incluía, entre muchos otros casos: la ocupación de Puerto Rico desde 1898 (que continúa siendo una de sus colonias ahora denominada territorio no incorporado); la fundación de la Escuela de las Américas para el entrenamiento de la contra-insurgencia en 1946, en donde se educaron los más grandes violadores de derechos humanos que ha conocido la región (la Escuela aún funciona en Fort Benning, en el estado de Georgia); el sostenido apoyo a los más brutales regímenes dictatoriales (los Duvallier en Haití, Rafael Trujillo en República Dominicana, Anastasio Somoza en Nicaragua, Batista en Cuba, Ubico en Guatemala, Hernández Martínez en el Salvador y Carías Andino en Honduras, entre otros); la infraestructura militar y logística para que se llevara a cabo la política represiva del Plan Cóndor en los países del Cono Sur y que Reagan extendió a Perú y Ecuador; el sostenido apoyo al General Ríos Montt en Guatemala, que protagonizó el genocidio contra los Mayas a principios de los ochenta, etc. Así de extensa es también la intervención de los Estados Unidos en el Medio Oriente, con su sostenido apoyo a la guerra entre Iraq e Irán y la división entre sunitas y chiítas; el financiamiento de la horrible ocupación de los territorios palestinos por parte del gobierno de Israel; la provisión del 80% de las armas para la contra-insurgencia Turca contra los Kurdos; el apoyo a la extensa dictadura de Hosni Mubarak en Egipto (depuesto por la revolución del 2011) y al nuevo dictador que lo sustituyó y que Tariq Ali caracterizó como un Pinochet árabe (http://www.lrb.co.uk/blog/2013/08/28/tariq-ali/on-intervening-in-syria/); por no hablar de lo que Osama bin Laden consideró como la invasión de Arabia Saudita o el propio apoyo de los Estados Unidos al régimen Talibán cuando resistía la invasión Rusa en diciembre de 1979, que Zbigniew Brzezinski denominó como la ‘trampa afgana’ diseñada por él, entre muchos otros casos.

La campaña criminal de los Estados Unidos sigue su curso y el objetivo militar que se discute en este momento es Siria. En este caso sobresalen los paralelos con la guerra de Iraq. Así como los Estados Unidos primero recurrió a la brutal dictadura de Saddam Hussein para contener la república islámica del Ayatollah Khomeini (líder de la revolución Iraní que triunfó en 1979), antes de embarcarse en una guerra por derrocarlo, así también, antes de invadirlo, el gobierno estadounidense ha recurrido al gobierno Sirio para la realización de sus crímenes—como sucedió cuando el régimen aceptó, bajo solicitud del entonces presidente George Bush, que se torturara a Maher Arar en sus prisiones. Aquí también cabe recordar que fue durante la invasión de Irán por el gobierno de Hussein, el 22 de septiembre de 1980, con el apoyo de los Estados Unidos, que se usaron por primera vez armas químicas en el Medio Oriente, desde que las usaran los Estados Unidos en Vietnam. Así lo publicó en su momento Nicholas D. Kristof en The New York Times, cuando aseguró que entre 1978 y 1988 los Estados Unidos—involucrados en el entrenamiento de los oficiales militares iraquíes para el uso de armas químicas desde 1960—enviaron al gobierno de Hussein siete cargamentos con Anthrax. De acuerdo con Mahmood Mamdani cuando “Saddam comenzó a gasear a la minoría Kurda en Iraq, en Mayo de 1987, los Estados Unidos proveían ayuda al gobierno Iraquí por el monto de 500 millones de dólares al año” (mi traducción de Good Muslim, Bad Muslim, p. 182).

Si la invasión de Iraq se justificó por las armas de destrucción masiva que, sin evidencia alguna, el gobierno de los Estados Unidos aseguró que Saddam Hussein poseía, la invasión de Siria se justifica ahora por el uso de armas químicas que, con muy dudosa evidencia, los Estados Unidos le atribuyen al gobierno de Bashar al-Assad. Y aquí cabe señalar no sólo que las Naciones Unidas esperaron demasiado tiempo para enviarle una solicitud formal al gobierno Sirio para que les permitiera ejercer una inspección imparcial de los hechos, y que el gobierno Sirio respondió al día siguiente de recibida, sino también que dicha solicitud habilitaba a los inspectores para determinar si en efecto se trataba de armas químicas o no, pero no para determinar quién las había usado. Esta información, todo parece indicar, proviene del gobierno de Israel, interesado en que los Estados Unidos invada por las implicaciones que dicha intervención tendría en su guerra contra Hezbollah en Irán.

El sufrimiento humano y el costo político y económico de la guerra en Siria serán todavía peor que en el caso de Iraq. Días antes de que se cumpliera una década de la invasión estadounidense en Iraq, el 19 de Marzo de 2013, la Universidad de Brown publicó que la guerra había dejado más de 190 mil personas muertas (70% de ellos civiles) y le había costado al gobierno de los Estados Unidos 2.2 trillones de dólares (más de 3.9 trillones si se tiene en cuenta el acumulado de intereses). Aún más, los 60 billones de dólares que el gobierno de los Estados Unidos invirtió en la llamada ‘reconstrucción de la democracia’ en Iraq, no fueron destinados para la construcción de infraestructura (hospitales, colegios, plantas de agua para el tratamiento de agua, caminos, etc.) sino para el reequipamiento militar y policial del país (http://news.brown.edu/pressreleases/2013/03/warcosts). En el caso de Siria, donde la guerra civil ya ha cobrado más de 100 mil vidas y, de acuerdo con las Naciones Unidas, cerca de 2 millones de personas han tenido que desplazarse forzosamente de sus territorios ante las amenazas del gobierno estadounidense, la situación será mucho peor. Los propios representantes del pentágono han afirmado que en caso de intervenir militarmente los misiles cruzados con los que el gobierno atacaría a Siria cobrarían la vida de muchos más civiles. La indiferencia de las autoridades norteamericanas frente a la muerte de civiles por causa de sus acciones tampoco es una novedad y no hay nada en este gobierno que indique lo contrario. En 1996, cuando gobernaban los demócratas con Bill Clinton, Lesley Stahl le preguntó a la entonces embajadora de los Estados Unidos para las Naciones Unidas, Madeleine Albright, en 60 minutos, si se justificaba la muerte de más de medio millón de niños que, de acuerdo con el reporte de la sub-comisión de las Naciones Unidas para la protección de los derechos humanos, habían sido causadas directamente por las sanciones que le había impuesto los Estados Unidos al gobierno de Saddam Hussein. Albright respondió que sí se justificaba. Sanciones que, vale la pena agregar, tienen uno de sus precedentes en el embargo que los Estados Unidos le impuso a Cuba, cuando la revolución cubana derrocó el régimen dictatorial de Batista que las empresas norteamericanas apoyaban en 1959 para garantizar el suministro de materias primas baratas. Un embargo más agresivo fue el que le impuso Clinton a Sudán, y que implicó el bombardeo, en agosto de 1998, de la única planta farmacéutica (Al Shifa) que proveía medicinas a bajo costo para la población. Este tipo de sanciones, sin haberse declarado la guerra, ya se han impuesto contra el gobierno de Irán. Sanciones que de haber sido impuestas contra el gobierno estadounidense éste habría considerado incontrovertiblemente como actos de guerra. Este tipo de violencia y de violaciones al orden internacional son más bien una constante en la política criminal de los Estados Unidos. Así quedó claro desde que el Departamento de Estado le dio la orden a los contras en Nicaragua de atacar lo que denominaron con el eufemismo de ‘objetivos blandos’ (las cooperativas agrícolas), justo después de que la Corte Internacional de Justicia les ordenara acabar con su campaña terrorista y pagar reparaciones sustanciales a Nicaragua.

Así que la invasión a Siria es una suerte de síntesis reaccionaria entre los dos 11 de septiembre. Del 11 de 1973 los Estados Unidos extrae la eficacia de la política represiva y oculta su participación en ella. De ahí la editorial del Wall Street Journal, según la cual Egipto tendría suerte “si sus generales resultaran del mismo molde que el general de Chile, Augusto Pinochet”. Del 11 del 2001 los Estados Unidos extrae la neutralización política que conlleva rehacerse simbólicamente como víctima y exteriorizar —incluso lingüísticamente, al reclamarse líder de la ‘guerra contra el terror’— la violencia de la que ese gobierno es el principal agente. Hoy es necesario complementar la hipótesis interpretativa de Klein sobre la doctrina del shock. Ya no se trata de una sucesión temporal entre lo militar y lo económico sino de su simultánea coproducción. Así como sucedió en Chile y en la guerra en Iraq, los grandes beneficiarios de la guerra en Siria serán la compleja industria militar y la estructura financiera que la soporta. En este nuevo orden global, en donde el imperio viola impunemente el derecho internacional y comete los peores crímenes contra la humanidad, el Ministerio de la Verdad escribe en sus muros que se prepara para ‘intervenir humanitariamente’ mientras somete la candidatura de Obama para el premio nobel de la paz.

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