Los enemigos invisibles de la paz y la política de los gestos

on Lunes, 15 Abril 2013. Posted in Artículos, Edición 7, Nacional, Proceso de paz, Carlos Andrés Manrique

7 CarlosLa política de los gestos de la multitud enseña que los enemigos invisibles de la paz (las grietas abismales entre un pueblo invisibilizado y empobrecido y una élite asentada en los poderes institucionales del Estado), no se derrotan ni a través de la representatividad política, ni a través de la gestión tecnocrática de la población.
 
Carlos Andrés Manrique
Fuente: http://www.eldiario.es
Hace 65 años en una Bogotá de más o menos 400.000 habitantes la “marcha del silencio” convocada por Jorge Eliécer Gaitán, condujo en una fría tarde de febrero a 100.000 manifestantes que abarrotaron la Plaza de Bolívar y sus calles colindantes, portando sus consignas en enlutadas banderas negras, en rechazo de la violencia partidista y en memoria de las víctimas (campesinos y trabajadores rasos en su mayoría) silenciadas por anónimos fusiles tras la toma de posesión de Mariano Ospina Pérez.

Las pocas fotos que se conservan de este poderoso acontecimiento, las palabras pronunciadas por Gaitán en la famosa “oración por la paz”, la sutil gestualidad y espacialidad que emergieron esa tarde en el centro de Bogotá, y una cierta dosis de imaginación, nos sitúan ante una escena de contundente dramatismo: una muchedumbre de rostros adustos expresando su voluntad y su fuerza como pueblo en un enlutado silencio (en palabras de Gaitán: “…la conciencia popular, ampliamente ratificada en esta manifestación, donde los aplausos desaparecen y sólo se oye el rumor emocionado de los millares de banderas negras…”i); un inusualmente carismático líder de la oposición al gobierno de turno señalándolo con el dedo índice desde una improvisada tarima, a una cuadra de distancia del palacio presidencial, y exigiéndole con el respaldo de esa silenciosa muchedumbre, que asumiera la responsabilidad para detener los crímenes impunes de los enemigos de la paz en contra de campesinos y trabajadores (“serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los hombres que llenan esta plaza… os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, en favor de la tranquilidad pública. Todo depende de vos…”); y el frío viento de esa tarde gris, y los edificios impávidos de esa plaza, atestiguando cómo las invisibles y abismales grietas entre los gestos y rostros de ese pueblo de anónimos y sencillos campesinos y trabajadores, por un lado, y la privilegiada élite gobernante, por el otro, se veían esa noche sacudidas, desestabilizadas por esa portentosa y desafiante manifestación, y el punzante poder oratorio de quien, en la tarima, hablaba como vocero e intérprete del querer de ese pueblo (“…sabiendo que interpreto el querer y la voluntad de esta inmensa multitud, que cobija su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo este silencio clamoroso, para pedir que haya piedad y tranquilidad para la patria”).

En varios sentidos, la dramaturgia de la “La marcha por la paz, la democracia, y la defensa de lo público” este 9 de Abril del 2013 en Bogotá y muchas otras ciudades del país, diverge notablemente de ese austero e impactante escenario. Los gestos de la muchedumbre de trabajadores, estudiantes y campesinos que, llegando desde diversas y remotas regiones del país, abarrotaron numerosas calles de Bogotá hasta converger en la Plaza de Bolívar, no iban andando con banderas negras enlutadas, sino con camisas blancas y pancartas y consignas multicolores; el silencio adusto de muchos de sus rostros (afrodescendientes, mujeres, estudiantes, campesinos del llano y del caribe), iba contrapunteado con cánticos y tambores; los líderes políticos que se tomaron en algún momento la tarima, menos extraordinarios que el de la otrora “marcha del silencio”, pero también a su manera comprometidos con el empoderamiento de los sectores más excluidos, invisibilizados y empobrecidos del pueblo colombiano, no hablaron esta vez en actitud desafiante frente a los poderes estatales asentados en los palacios de la Plaza de Bolívar, sino en alianza estratégica con ellos; los enemigos de la paz que esta alianza estaba desafiando con el respaldo de la multitud de manifestantes, no son, en apariencia, fuerzas tan invisibles y anónimas como entonces, ocultas bajo la pasiva complicidad del poder Estatal, sino que son sectores políticos de oposición con un rostro identificable y un amplio impacto mediático (Uribe y sus aliados), e incluso un partido activo en la arena pública (el “puro centro democrático”). Y digo que no son “en apariencia” tan invisibles y anónimos esos enemigos de la paz de entonces, como lo son los de ahora, porque justamente, a pesar de estas importantes diferencias entre esa marcha de 1948 y la de hoy con respecto a la teatralidad del escenario, y la gestualidad de sus actores, el principal punto de coincidencia entre estos dos escenarios políticos son esas grietas (quizás con otro trazado, pero aún sumamente profundas), entre, por un lado, los gestos de los cuerpos de esa multitud movilizada para manifestar su querer, su dolor, su voluntad, con miras al propósito común de un mejor país (un mejor país que deje de humillarlos violentamente y, mirándolos al rostro, les reconozca su valor irremplazable, su valentía, su tesón, su dignidad, su ejemplo, y los respalde con las condiciones materiales de vida que ese valor y esa dignidad exigen); y, al otro lado de unas grietas aún tan abismales y profundas como entonces, la élite económicamente privilegiada afianzada en el poder gubernamental que no ha dejado de gobernar este país desde el congreso, el palacio presidencial y sus cortes. Esas grietas hondas, volcánicas, siguen siendo hoy, como entonces, los principales enemigos de la paz en este país, y son de alguna manera “invisibles”, pues no se las puede tan fácilmente señalar con el dedo como, con cierta comodidad, señalamos con indignación a Uribe y sus aliados, quienes marchamos el 9 de Abril.

Pero hay que tener claro que la construcción de paz en este país, como promesa de otro país posible, no depende de que se derrote políticamente a los enemigos visibles de la paz (Uribe y su aliados) en la firma de un acuerdo para la terminación del conflicto en la mesa de la Habana, y en los esfuerzos por implementar progresivamente ese acuerdo refrendado por un plebiscito popular, a través de los canales institucionales del Estado. Depende por completo, me atrevería a decir, de hasta qué punto este acuerdo y esta implementación contribuyan a ir poco a poco derrotando a los enemigos invisibles de la paz: esas grietas abismales que siguen confrontando a los gestos y rostros de una multitud desposeída que vive tan precariamente, con la impasibilidad de una clase política y económica desde hace mucho asentada en los poderes del Estado, mientras se siguen reproduciendo sus privilegios. La actual coyuntura nos confronta entonces con preguntas profundas y complejas: ¿la firma del acuerdo, el plebiscito popular que lo refrendará, el tiempo de implementación de los acuerdos en un agitado y reconfigurado mapa electoral, conducirá a reparar, a desplazar, a alterar esas grietas, o las dejará en el fondo intactas bajo la apariencia de un país pacificado? (en cuyo caso habría que escuchar con atención la advertencia que proviene del lado de algunos movimientos sociales: “que la paz no conduzca el desarme de las Farc-ep y a la derrota del pueblo”) ¿de qué o de quién depende que en la coyuntura de este proceso de paz el país avance por los derroteros de uno, o del otro, de estos dos caminos posibles? ¿Y si esto depende del nivel de participación activa y decisoria del “pueblo” en su abigarrada pluralidad y diversidad en este proceso de construcción de paz, tal y como parecen sostenerlo sectores diversos situados en lugares distintos del espectro político, cómo se puede dar esa participación, y en qué consiste su eficacia? En suma, ¿cómo se transforma un país?

Hay algo que podemos aprender de esa imponente escena que pone frente a frente los gestos y rostros de una multitud desposeída, y las élites privilegiadas asentadas en los poderes institucionales del Estado, que los pone frente a frente para exacerbar, intensificar, las grietas abismales que los separan. Primero, esa multitud no habla ni actúa políticamente en un espacio de deliberación unívoco (las instancias de la representatividad política del Estado, y la “mesa de negociación” que opera ahora, con ciertas salvedades, como una de esas instancias), ni siguiendo procedimientos unívocos de lo que se supone debe ser la acción política (deliberación argumentada con miras a la reforma jurídica o legislativa). Esa multitud habla en el silencio indescifrable de la singularidad de cada uno de sus rostros, que llevan consigo, cada uno, las huellas de una biografía, de una historia de vida. Es a esto a lo que yo quisiera llamar la “política de los gestos”. Por eso no se trata de incluir sus voces en el espacio deliberativo de la “mesa de negociación”, como reclama por ejemplo la presidenta del polo democrático Clara López al señalar críticamente el carácter excluyente de este espacioii. Los reclamos de esta inclusión o bien se refutan como utópicos, irrealizables, y estratégicamente inconvenientes pues impedirían el carácter expedito de las conversaciones en la mesa y le darían argumentos a los enemigos visibles de la paz, o bien se “resuelven” con esos foros de participación que la mesa de negociación organiza para que el pueblo proponga, y luego sus “representantes” (los actores de la mesa y sus asistentes) filtren, evalúen, seleccionen sus propuestas, y decidan qué hacer con ellas. Ambas salidas obedecen a la misma lógica, la lógica de la representación política en la que se le da “voz” al pueblo para silenciarlo con las decisiones de sus representantes y los intereses que las guían. Es importante tener en cuenta la política de los gestos de la multitud, para saber que las grietas abismales entre el pueblo desposeído y la élite asentada en los poderes institucionales del Estado no se reparan a través de la lógica de la representatividad política (lógica en la que parece estar inscrita la mesa de negociación, incluso si el acuerdo llega a refrendarse con un plebiscito).

Segunda lección de la política de los gestos: los rostros de la multitud y la singularidad de cada biografía que la constituye, de cada historia de vida de una comunidad étnica o campesina y de sus integrantes no se dejan usar como un número en una estrategia política (“cientos de miles marcharon en contra de los enemigos de la paz”); la movilización social puede desplazar y alterar la correlación de fuerzas en un escenario político, sin duda, pero lo hace en la medida en que los rostros de la multitud se manifiestan en su singularidad, y en su singularidad se resistan a ser usados como instrumento en una estrategia electoral o partidista; quien cuenta por miles o cientos de miles y usa al pueblo como estrategia electoral, después va a contar por miles y cientos de miles para diseñar políticas públicas de gobierno y administración de la población, donde se tiene en cuenta a la gente como sujetos por gobernar, en la medida en que no se los tiene en cuenta como actores políticos que tienen planes de vida para sí mismos y sus comunidades, e incluso proyectos de país. Es importante escuchar a la política de los gestos de la multitud, para saber que las grietas abismales entre el pueblo desposeído y la élite asentada en los poderes institucionales del Estado no se reparan a través de la lógica gubernamental de la gestión de la población a partir de la experticia tecnocrática y sus números (lógica en la que podría fácilmente caer presa la fase de cumplimiento de los acuerdos pactados en la mesa, a no ser que estos acuerdos lleven a fortalecer, de alguna manera, mecanismos de auto-gobierno que empoderen a las comunidades y a los distintos sectores sociales y económicos menos favorecidos).

La política de los gestos de la multitud enseña, entonces, que los enemigos invisibles de la paz (las grietas abismales entre un pueblo invisibilizado y empobrecido y una élite asentada en los poderes institucionales del Estado), no se derrotan ni a través de la representatividad política, ni a través de la gestión tecnocrática de la población. Por el contrario, esos son justamente los principales mecanismos que han acentuado esas grietas abismales en las últimas décadas en este país. Pero la política de los gestos también nos deja un enorme interrogante: ¿cómo hace entonces un pueblo para transformar un Estado y un gobierno? Más allá de la mesa de negociación, del Senado y de las Cortes, que cumplen ahora un papel definitivo avanzando en el acuerdo para la terminación del conflicto, y diseñando los instrumentos jurídicos que hagan posible su implementación, pareciera que la respuesta a esta última pregunta, sin embargo, solamente puede provenir del lado de los movimientos sociales y su experiencia con las formas y espacios alternativos de acción política que han laboriosamente creado y cultivado desde hace años (por nombrar solamente dos ejemplos: ejercicio de una democracia directa en la construcción de mandatos populares; o defensa campesina de ciertas formas de relación con el territorio, con el trabajo, y con la comunidad, amenazadas por el modelo de desarrollo económico imperante, en una estrategia mixta que va desde el cultivo de ciertas prácticas comunitarias hasta el uso estratégico de recursos jurídicos “adormecidos” como la figura de las Zonas de Reserva Campesina). Allí quizás puedan pensarse respuestas a las preguntas sobre las que depende que se logre derrotar, algún día,a los enemigos invisibles de la paz: ¿cómo participar en procesos de política electoral que no caigan en la lógica de la representatividad política cuya insuficiencia se hace evidente en la política de los gestos de la multitud? ¿Cómo construir mecanismos de auto-gobierno a nivel local, comunitario y territorial, que logren interrumpir la lógica de la gestión tecnocrática de la población, sin fragmentar a la nación? ¿Cómo se puede manejar la economía de un país, por ejemplo, de tal manera que la singularidad de los rostros de la multitud y su interpelación, no quede completamente borrada y neutralizada en números estadísticos?

***

iEn este link se puede consultar la versión completa del breve discurso pronunciado ese día por Jorge Eliécer Gaitán: http://www.angelfire.com/rnb/17m/Gaitan/gaitan_oracion.html
iiEsta crítica a la “mesa de negociación” la articuló Clara López en conversación en el programa “Controversia” de Canal Capital, moderado por León Valencia, la noche anterior al día de la marcha, como una argumento adicional al ya esgrimido antes (que no apoyaban la marcha para no apoyar a Santos)

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