Los sentidos de la indignación

on Miércoles, 31 Mayo 2017. Posted in Artículos, Edición 106, Globalización, Sebastián Ronderos, Protesta social, Nacional

106 Ronderos

Presenciamos una radicalización e individualización de las identidades del despojo, reforzando protagonismos identitarios y biológicos por sobre la capacidad de generar sujetos colectivos, empáticos y emancipatorios.

 

Sebastián Ronderos

Fuente de la imagen: http://grenzamag.com/

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley.
Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar.
El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.
— Franz Kafka, Ante la ley

Globalización, como proceso de integración internacional, ha existido desde el siglo XVI, fruto de tres genocidios/epistemicidios fundamentales que convienen el surgimiento de la modernidad y forjan el proceso de articulación del Sistema-Mundo a partir de 1492. 1) La esclavización de los pueblos africanos por dinámicas coloniales, 2) la articulación de trasferencia de valor económica tras las ocupaciones en América y el exterminio de sus poblaciones originarias y 3) el acceso de occidente a un corredor mercantil en Asia a partir del genocidio de musulmanes y judíos durante la retoma del Al-Ándalus en la península ibérica—valdría agregar el asesinato sistemático a mujeres en la hoguera acusadas de brujas.

El oro que robaron los españoles sería después ultrajado por los piratas ingleses, proveyendo las bases materiales necesarias para desarrollar la Revolución Industrial.

Como ya indicaba Marx en Los Grundrisse, hablar de “mundialidad” es hablar de la espacialidad del capital. El espacio y el tiempo son condiciones esenciales para su existencia, en un necesario despliegue por incrementar la velocidad en los procesos de acumulación de riqueza.

La diferencia fundamental, en términos económicos, de la actual Globalización frente procesos anteriores, es su carácter financiero. El Plan Marshall en Europa, la reconstrucción de Asia tras Hiroshima y Nagasaki y la imposición del dólar como lastro según los acuerdos de Bretton Woods, forjaron una supremacía financiera en la economía global que multiplica exponencialmente los procesos de generación y acumulación de riqueza, en comparación con las dinámicas anteriores, propiamente mercantiles.

En el 2010, 388 personas acumulaban la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la población mundial). En el 2015, esa cifra se redujo a 62 personas, cuya riqueza, en los últimos cinco años ha incrementado en un 45%, mientras que la riqueza en manos de los 3.600 millones de personas más pobres se redujo en más de un billón de dólares durante el mismo periodo, es decir, un desplome del 38%1.

Warren Buffet lo entiende perfectamente bien cuando afirma: la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando.

Conocemos las cifras de las/los explotados con inclemente suficiencia. Sabemos cuántos niños mueren por diarrea, cuántas personas viven con menos de un dólar al día, qué porcentaje de la población trabaja en condiciones de explotación… pero poco sabemos de su causa vital: La riqueza. ¿Cómo se genera? ¿En qué offshores tienen los/las Santo Domingo, los/las Sarmiento Angulo, los/las Buffet o los/las Bloomberg sus cuentas bancarias?

No hay acceso, no es contable. Se reproduce entonces un sentido de indignación. Sentimos que las cosas van mal, pero no sabemos muy bien por qué. Las grandes urbes comienzan a ser los epicentros más visibles de dicho proceso de explotación centro-periferia, y los sentidos de indignación abren un momento destituyente del orden dominante.

A partir del 2011, diversos actores comienzan a ocupar las calles, exclamando al unísono “no nos representan” o “yes, we camp”, aunque con demandas dispares. Junio de 2013 en Brasil, la Primavera Árabe, el 15-M en España, el Diren Gezi en Turquía o el Occupy Wall Street en Estados Unidos. Resultan expresiones distantes, pero con elementos comunes. No podemos llamarles movimientos, sino movilizaciones, pues son fenómenos espontáneos, heterogéneos e imprevisibles. Huérfanos de identidad política. Si le preguntamos a algún asistente de cualquiera de dichas manifestaciones: ¿eres de izquierda o de derecha?, no sabrá posicionarse dentro de tal espectro. No sabe muy bien por qué está ahí, pero siente que debe estarlo. Como en una fuga de energía que se desata sobre las calles, las plazas y, como toda energía, no puede crearse ni destruirse, solo transformarse.

Freud, en Psicología de las Masas y Análisis del Yo (1921), relaciona la identificación como fundamento de los procesos grupales y organizaciones colectivas, ofreciendo el siguiente ejemplo:

Cuando una joven alumna de un pensionado recibe, de su secreto amor, una carta que excita sus celos y a la cual reacciona con un ataque histérico, algunas de sus amigas, conocedoras de los hechos, serán víctimas de lo que pudiéramos denominar la infección psíquica y sufrirán, a su vez, un igual ataque.

En este sentido, la histeria provocada por un Yo genera, por medio de la “infección psíquica”, una sintonía en otro Yo, desembocando en un ataque histérico común o, si se me permite, en una histeria colectiva. Continúa Freud: Sospechamos ya que el enlace recíproco de los individuos de una masa es de la naturaleza de una tal identificación (…) y podemos suponer que esta comunidad reposa en la modalidad del enlace con el caudillo.

El enlace con el caudillo, podríamos suponer, deviene de una identificación frente a un discurso dominante, lo que Jacques Lacan llamaría el Discurso del Amo. El Discurso del Amo supone una dominación sobre los saberes del esclavo, que permiten el funcionamiento y la reproducción del sistema. El Discurso Histérico, por su parte, surge por una insatisfacción, como cuestionamiento del discurso dominante, pero que, y según Lacan, acaba desembocando en el propio Discurso del Amo.

Decía Lacan sobre a los acontecimientos de mayo del 68:

Si tuvieran un poco de paciencia, y si aceptaran que nuestras improvisaciones continuasen, yo les diría que la aspiración revolucionaria solo tiene una oportunidad, la de culminar, siempre, en el discurso del amo. Esto es lo que la experiencia demostró.

Es a lo que ustedes aspiran como revolucionarios, a un amo.

Ustedes lo tendrán2.

Ahora bien, volviendo a las movilizaciones, como mencionábamos anteriormente, encontramos en ellas tanto una fragmentación de demandas, como una falta de contenido ideológico.

Esta pulverización cobra vigencia en la confluencia de indignaciones colectivas que, frente a tal fragmentación, buscan un significante que permita dar sentido a sus insatisfacciones. Energía creativa que, carente de una forma o sentido propio, espera ser canalizada y transformada por otro agente, por un discurso dominante. Por tanto, son los sentidos de esa indignación que entran a ser diputados, que abren una ventana de oportunidad para cambiar las estructuras existentes, abriendo un nuevo proceso constituyente, o para lo contrario, para sostenerlas y relegitimarlas.

Los medios de comunicación resultan fundamentales para comprender la domesticación de nuestras pasiones. En todos los casos, el significante vacío que entra a disputar su centralidad es la lucha “anti-corrupción”. Los medios, al servicio de los grandes capitales, crean una estocada que favorece, en último análisis, a dos proyectos o grupos ideológicos. Por un lado, a las élites financieras, y por otro, proyectos proto-fascistas de refundación nacional. Muchos votaron por Donald Trump, por João Doria, o por Emmanuel Macron, queriendo castigar a los políticos tradicionales, pues los identifican como la fuente central de sus insatisfacciones, de ese grado descomunal de enriquecimiento mediante la apropiación arbitraria del trabajo colectivo. No relacionan la corrupción en la esfera pública como espejo de la supremacía de intereses particulares en el sector privado. La deslegitimación de los sistemas políticos no parece transferirse a los sistemas económicos, que a fin de cuentas sustentan la desigualdad y son la fuente central de la crisis migratoria. El discurso dominante acaba recomponiéndose mediante la energía proveniente de la histerización del discurso.

El único caso de actores no-tradicionales, desde la izquierda, que logran comprender el momento destituyente y conformaron organización popular para entrar a disputar el significante “anti-corrupción”, ha sido PODEMOS en España. Entendieron la centralidad del poder comunicacional en una disputa por formar sentido común en el ámbito de lo público, y trasladar el debate político por fuera de la gestión técnica y administrativa. Leyeron bien a Ernesto Lacau cuando escribió:

Al ser la construcción del pueblo el acto político par excellance –como oposición a la administración pura dentro de un marco institucional estable–, los requerimientos sine qua non de lo político son la constitución de fronteras antagónicas dentro de lo social y la convocatoria a nuevos sujetos de cambio social, lo cual implica, como sabemos, la producción de significantes vacíos con el fin de unificar en cadenas equivalenciales una multiplicidad de demandas heterogéneas.

Presenciamos una radicalización e individualización de las identidades del despojo, reforzando protagonismos identitarios y biológicos por sobre la capacidad de generar sujetos colectivos, empáticos y emancipatorios. Resulta imperativo generar un proceso de interseccionalidad en las luchas. Desde lo múltiple, darle la potencialidad a lo COMÚN para, y como dirían los zapatistas, proveer al ejercicio político de una condición libertadora, al exigir el derecho no de simplemente “ser quienes somos”, pero de “tornarnos lo que queremos”. De lo contrario, perderemos la capacidad de revertir las lógicas civilizatorias modernizantes, que acabarán por negarnos, muy pronto, la capacidad material de reproducirnos como especie.

***

1Ver informe de OXFAM: Una Economía al Servicio del 1% (2016).

2Sacado de LEMOS, Patricia. De la “histeria colectiva” al discurso histérico (2016).

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