Los terroristas tenían la razón, el profeta Mahoma tiene cabeza de toalla

on Jueves, 15 Enero 2015. Posted in Artículos, Charlie Hebdo, Edición 49, Francia, Vladimir Rodríguez, Internacional, Medios de comunicación

49 Vladimir

Ahora bien, volvamos al registro de la sospecha, hagamos a un lado por un momento los cohetes de la pandemocracia para leer entre las líneas el mensaje deslactosado que se viene desarrollando detrás del slogan, Je suis… al no serlo.

 
Vladimir Rodríguez
Fuente de la imagen: www.eluniversal.com.co

Participar del río de tinta que ha corrido tras lo que pasó con Charlie Hebdo es un goce del que no quiero privarme, más cuando es evidente que todos los resortes del occidente civilizado han saltado desde la hora cero como una fina y bien aceitada maquinaria de relojería. Desde el compañero de trabajo que entre lágrimas reclama “no pude salvarlos”, hasta el pandemocrático discurso de Hollande que daba voz a eso que debemos tener de buenos los seres humanos.

Más tarde, la plaza se fue llenando de gente conmovida que portaba carteles comprometidos y la internet de columnas que salían con la lanza al frente por una libertad de expresión increíblemente ausente de todo lo que sucedía; la respuesta a la cosa le daba la razón al acto de los que habían entrado disparando a la diminuta sede del diminuto semanario satírico que decía, con una igualmente diminuta tirada de 50.000 ejemplares, algo que incomodaba al occidente descafeinado, que hoy llora sobre los cuerpos y se reafirma sobre algo que en poco tiempo habría muerto como se muere en el occidente tardocapitalista.

En lo que pocos se fijan es en que la revista estaba por desaparecer porque sencillamente no vendía y eso nos puede dar una clave de lectura para comprender la respuesta de la communitas a la tragedia. Todo lo que se ha dicho ha sido codificado en la lengua del otro, expropiando a la sátira la posibilidad de reivindicar esa libertad de expresión que se defiende con un acto en el código del muerto y no de quien lo llora.

Del mismo modo que una madre que para las fiestas le regala a su hijo una prenda tejida con mucho amor, pero que será desechada al fondo del armario para ser vestida los días de visita, la respuesta de traje y llanto, de análisis crispado de una sana indignación elude la cuestión principal. No se habla de las leyendas de la pluma que perdió el mundo sin que aparezca alguien más a decir en un acto colectivo que el buen Mahoma era sodomita y sin caricaturizar al Estado Islámico como una banda de muchachos armados hasta los dientes para hacer lo que suelen hacer estas simpáticas formaciones.

No, la respuesta de nuestros representantes ha sido la del decoro y la sobriedad. Apolo se tomó el velorio de Baco por medio de un asalto de patetismo que asegura que las cosas vuelvan a estar en el lugar que deben, después de que con la edición de un millón de ejemplares garantizada por los grupos editoriales que, en breve, asegurarían la desaparición de la revista si el atentado no se hubiera dado como la oportunidad dorada para reunir a todas las diferencias, en un mismo ritual de vindicación folletinesca de la libertad de decir las cosas en un buen tono bajo un encantador estandarte publicitario.

Je suis…

Y ahora todos somos. Hasta Jorge el Clon ha donado trescientos mil créditos para participar de la conmoción global y sumar su nombre a la infinita lista de buenas conciencias que se apilan bajo un YO SOY que no llega a ser. La edición del miércoles 14 tendría 60.000 ejemplares editados en el entorno angustioso que se debe sentir al estar al borde de la bancarrota. Esta vez aparecerá el buen profeta satirizado incluso en un diario turco; parece que de repente todos somos Charlie Hebdo. Ese millón de copias se va a vender como el pan y es posible que próximas ediciones tengan un éxito similar.

Ahora bien, volvamos al registro de la sospecha: hagamos a un lado por un momento los cohetes de la pandemocracia para leer entre las líneas el mensaje deslactosado que se viene desarrollando detrás del slogan, Je suis… al no serlo. La etiqueta suplanta la tensión que implica ser Charlie Hebdo, en un escenario en el que pocos pensarían en satirizar, parodiar, burlar o lo que fuera al otro. Sucede que por temor a ser acusados de ejercer el doloroso bullying a un alma, credo o religión se apoya con clicks o cheques que se superponen al acto que realizaría este ser Charlie Hebdo, pocos o ninguno utilizarán una estampa satirizando al profeta o, de hacerlo, será en el mismo registro en que se recicla a Frida Kahlo como el ideal de un algo vaciado de contenido por el fashion feminoide.

Creo que aquí está el punto central de la cuestión. Al margen de lo sucedido se desarrolla un vaciamiento, una designificación si se quiere, del contenido del ataque y de lo que lo provocó llevándolo a otro registro que, paradójicamente, anula la intención de Charlie Hebdo. Defenderás la libertad de expresión, no el derecho a la sátira y eso no es la misma cosa. Del mismo modo que el turista extranjero o el intelectual que compra un CD de música afro X para escucharlo en el living con la calidad que sólo un Mac® puede dar, el tomar un mensaje y reproducirlo ad infinitum, forma parte de una situación cuyas condiciones no sólo el usuario no conoce sino que es incapaz de experimentar. Así que aunque el ego nos duela y la empatía se nos quiebre sólo Charlie Hebdo es Charlie Hebdo, los muertos son sólo los doce que murieron y no hay manera de cambiar eso sin importar cuánto sea al monto de la donación. Al momento de ejercer el derecho a la parodia tendremos que pensarlo dos veces.

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