¿Más allá del populismo?

on Martes, 14 Marzo 2017. Posted in Artículos, Edición 101, Populismo, Chantal Mouffe, Nacional, Laura Quintana Porras

101 Laura

Al cuestionar que el proyecto de la democracia radical tenga que pensarse desde el populismo no pongo en cuestión que la figura del pueblo tenga que ser reinventada y movilizada como figura polémica de un sujeto colectivo disensual que pone en cuestión las fronteras y criterios establecidos de lo común, pues esto es algo crucial en una comprensión radical de la democracia.

 

Laura Quintana
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Sugerir, si quiera, en la forma de una pregunta abierta, la necesidad de un “ir más allá del populismo” no deja de producirme un cierto escozor, una prevención, un tartamudeo de los signos, que casi que se rehúsa a dejar aparecer la interrogación por escrito. Pues no quiero estar del lado de quienes usan la noción “populismo” como un calificativo negativo para desvirtuar y deslegitimar toda demanda, exigencia o conquista popular, que se revindique o se haga valer como tal. Sin embargo, en días pasados, tras oír a Chantal Mouffe en su breve visita a Bogotá1, esta pregunta se acentuó aún más, y no pude ya evitar dejarla asomar por escrito, quizás aun tentativamente.

Entendámonos: comparto completamente la preocupación del proyecto de democracia radical, que apunta a reactivar el carácter conflictivo de la noción de democracia y la manera en que ésta tendría que pensarse sobre todo como un espacio nutrido por formas de antagonismo, por las cuales se afirman y emergen nuevos actores políticos, así como formas de organización del espacio social e instituciones políticas más abiertas a la intervención popular y a la discusión pública sobre lo que pueden suponer las demandas de igual-libertad del imaginario democrático. Además, comparto con Mouffe la insistencia en que esta radicalización es hoy más necesaria que nunca, ante la crisis de las instituciones representativas, potenciada por el consensualismo post-político (post-democrático) del centro neoliberal; crisis hoy evidente con el crecimiento de populismos corporativos de derecha (piénsese en el fenómeno Trump) que, paradójicamente, parecerían también resquebrajar ese consenso de la llamada “tercera vía” (à la Blair, à la Clinton, à la Santos). También coincido en que los enfoques liberales deliberativos, pese a sus esfuerzos, han contribuido a esa despolitización y que se han demostrado incapaces de contener la fuerza creciente, peligrosa y amenazante, de los populismos de derecha. Coincido asimismo en que la salida a esta crisis no puede suponer una “demonización” de la lógica de la representación, ni una romantización del horizontalismo, el espontaneísmo, ni el anti-estatalismo en los movimientos de protesta, aunque me separo del tono normativo de Mouffe, la teórica política que, por lo menos así parecía seguirse de su intervención en Bogotá, le dicta a los movimientos sociales cuáles son las formas de intervención correctas y los ejemplos paradigmáticos, y cuáles puros gastos innecesarios de energía. Además, no puedo compartir la confianza de Mouffe en pensar que la tarea se reduce sobre todo a “radicalizar las instituciones representativas actuales para que se vuelvan más incluyentes”2, aunque aquí por razones de espacio no pueda argumentarlo. Pero sobre todo, y es lo que me concierne aquí en esta breve intervención, me parece muy problemático hacer converger el proyecto de democracia radical con el populismo, entendido por Laclau y Mouffe como lógica de lo político. Precisemos.

Al cuestionar que el proyecto de la democracia radical tenga que pensarse desde el populismo no pongo en cuestión que la figura del pueblo tenga que ser reinventada y movilizada como figura polémica de un sujeto colectivo disensual que pone en cuestión las fronteras y criterios establecidos de lo común, pues esto es algo crucial en una comprensión radical de la democracia; tampoco quiero solo problematizar la figura del líder carismático, que al menos históricamente ha estado vinculada con los populismos; aunque sin duda esta figura ha hecho perder de vista el papel que tendrían que jugar las instituciones estatales y populares en un proyecto de democracia radical y ha conducido a muy problemáticos personalismos; mucho menos quiero perder de vista el importante papel que juegan los afectos en la política, más aún en una comprensión democrático radical, y la necesidad de desestabilizar la rígida oposición entre razones y afectos que ha permeado nuestro vocabulario político, y también es cierto, ciertas denuncias liberales de los populismos existentes; tampoco minimizo las conquistas de derechos y de formas de igualdad que se hayan podido alcanzar en algunos populismos latinoamericanos. Apunto más bien a cuestionar que tengamos que confiar en el populismo como clave para la construcción de cualquier apuesta colectiva emancipatoria o, más aún, que tengamos que asumirlo como la lógica de lo político, como parecen proponerlo en sus textos Laclau y Mouffe. Pues a mi modo de ver la lógica populista puede ser una lógica reductiva3, que con su operación de identificación puede tender a conformar, tanto en los populismos de derecha como de izquierda, una problemática polarización y unos afectos inmunitarios que, siguiendo el vocabulario de Nietzsche, podrían ser caracterizados como afectos del resentimiento4. Pero de nuevo una gran pausa. Cuando digo esto no quiero estar del lado de quienes acuden a la noción de ‘resentimiento’ para sancionar y deslegitimar las experiencia de indignación, los sentimientos de injusticia, que impulsan a muchas demandas y exigencias populares; quiero más bien destacar la manera en que ciertos afectos de odio y de rechazo tienen que ver con la fijación de una frontera que permite la definición de sí, como identidad colectiva, a partir de la precedente definición de un otro como el rechazable5. En este sentido, no me parece tan clara la distinción entre populismo de derecha y populismo de izquierda que pretende trazar muy nítidamente Mouffe. Aunque es evidente que uno da lugar a una política segregacionista y discriminadora que acentúa las desigualdades y el otro puede estar animado por una política progresista de inclusión y de denuncia de esas desigualdades y de los poderes oligárquicos que los hacen prevalecer; en ambos casos, si concedemos que se trata de formas de populismo, funciona una lógica identificadora que sólo puede construir lo común desde el trazado de una frontera entre un nosotros y un ellos, más aún de un nosotros a partir de un ellos (o por lo menos así es como Laclau y Mouffe definen la lógica del populismo). Sin embargo, esta es en todo caso una frontera que, por no sustancial que se asuma, puede potenciar nuevas fijaciones identitarias y afectos de odio, al confrontarse continuamente con el problema “de una constante redefinición del demos legítimo de la comunidad”, que requiere para su afirmación de la incorporación y expulsión “del adversario del campo legítimo de la representación”; de ahí “esa imagen contradictoria que es propia de los populismos: la amplitud de su representación y al mismo tiempo la polarización de la sociedad” (Carlés, 27).

De afectos entonces se trata y de su papel fundamental para la política. Sin embargo, no creo que la lógica del populismo, con su lógica polarizante, permita reinvertir los afectos de odio e inmunitarios de los populismos de derecha, al dirigirlos “correctamente” a los sectores que los merecen (de los inmigrantes y marginalizados, a la oligarquía dominadora); tampoco evidentemente estoy abogando por afectos conciliadores, armonizadores, consensuales, perdiendo de vista el papel de la indignación y del rechazo en las luchas emancipatorias. Pero sí me pregunto por la manera en que la indignación y el rechazo han posibilitado la conformación de sujetos políticos que han resultado no de la definición de sí a partir de la negación de otro, sino del deseo de ser de otro modo, del reconocimiento de ciertas condiciones de precariedad compartida, de afectos de fragilidad y solidaridad, impulsados también por la evocación de historias fallidas, por los diagramas de fuerza de sus memorias y contra-memorias. Por esto mismo no creo que se trate de encontrar las pasiones que puedan mover a la gente a las causas igualitarias y promover estas causas desde discursos emotivos o figuras carismáticas que emocionen; esto es lo que hemos pensado una y una y otra vez, y es lo que también asumen los líderes de los populismos de derechas y los gerentes de campaña del marketing electoral. Tal vez la experiencia histórica (las historias de movimientos, organizaciones, levantamientos y revoluciones) nos pueda mostrar también otras cosas; por ejemplo, que las mejores razones que la gente encuentra para defender sus causas de justicia y las instituciones más igualitarias que se han creado, han supuesto primero un trabajo con los afectos, la conformación de afectos que permitían pensar de otra manera y hacer valer otras redes de interdependencia, canalizadas luego en la voz de un líder, o de una organización estructurada, y en argumentos inseparables de afectos, que por eso también emocionan. Quizás sea un trabajo que se viene haciendo y sea un trabajo aún por hacer. Por lo pronto necesitamos pensar más de abajo hacia arriba y hacer menos teoría política de arriba hacia abajo.

***

1Me refiero a la reciente charla dada por Mouffe, el 26 de febrero en la Biblioteca Nacional de Bogotá.

2Transcripción de sus palabras en la intervención de Bogotá.

3Esto me parece ha sido argumentado también convincentemente por Gerardo Aboy Carlés, en varios de sus textos sobre el populismo, pienso particularmente en el artículo “Populismo, regeneracionismo y democracia”, en POSTData 15, Nº1, Abril/2010, pp. 11-30.

4Ver al respecto Genealogía de la moral, libro I, sección 10.

5Esta es, según Nietzsche, la lógica característica del resentimiento.

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