Medios de comunicación y estructuración de la opinión pública

on Lunes, 17 Diciembre 2012. Posted in Artículos, Edición 1, Nacional, Hugo Chávez, Elecciones Venezuela, Medios de comunicación, Omar Ramírez

foto estructuracion de la opinion publica

Ante la claridad de que la opinión política de buena parte de la población colombiana se crea mediáticamente a imagen y semejanza de los intereses de poderosos sectores económicos, los diálogos de paz demandan no sólo enormes esfuerzos por parte de los actores directos del conflicto, sino también exigen que esos diálogos se hagan extensos a todos los niveles de la sociedad con el objetivo de cambiar los imaginarios existentes.
 
Omar Ramírez

 

El domingo 7 de octubre de 2012, tras la confirmación de la victoria electoral del presidente Hugo Chávez, algunos sectores de la población colombiana (no me atrevería a decir que la mayoría) sintieron una especie de indignación al asumir como propia la derrota de Henrique Capriles en las contiendas venezolanas. El origen de este sentimiento no era claro ni siquiera para quienes lo detentaban, sabían que estaban incómodos por diferentes razones, casi todas caprichosas, pero una cosa era clara: dicha desaprobación se encontraba atravesada por una imagen desfavorable, incluso de desprecio, del mandatario Hugo Chávez.

Pese a la cercanía de Venezuela y a las similitudes geográficas, gastronómicas, históricas, económicas y sociales con nuestro país, es muy poco lo que un colombiano del común conoce de esta nación, especialmente del proyecto político propuesto e implementado desde 1999 por el gobierno de Chávez. ¿Cómo, entonces, un colombiano precariamente informado de lo que pasa en Venezuela asume una postura de rechazo tan radical? El mismo desconocimiento es una respuesta en sí misma, pero éste, lejos de ser obra de un antojo del destino, responde a una decisión, a una apuesta política de quienes definen los contenidos transmitidos por los medios masivos de comunicación.

Conscientes de que la población colombiana estructura su opinión política a partir de los simplistas análisis presentados a través de dichos medios, quienes manejan los principales canales de televisión, los programas de radio de mayor audiencia y gran parte de la prensa de cobertura nacional y regional, han dejado en claro que no tienen el más mínimo interés en dar a conocer las ventajas, los triunfos, los avances, ni siquiera ciertos elementos llamativos que puedan existir en el socialismo implementado en el hermano país. Pero más allá de estas intenciones, los grandes fabricantes de opinión han dispuesto su infraestructura para divulgar, masiva y sistemáticamente, toda noticia censurable del gobierno de Chávez. El objetivo: crear en los colombianos la sensación de desaprobación de un gobierno que, distanciado del propio, genera temor, miedo e inseguridad. Este ejercicio fue muy bien ejecutado durante el periodo del presidente Uribe, cuando noche tras noche, por un periodo de ocho años, asistimos a programas periodísticos y de análisis que tenían la intención de censurar y descalificar dicho gobierno. El periodo de Santos no ha escapado de esta dinámica, muestra de ello son las varias emisiones del programa La Noche del canal RCN, dedicadas a entrevistar a opositores de Chávez durante la semana del 08 al 12 de octubre. Todo lo anterior ha desencadenado un sentimiento de rechazo hacia el proyecto chavista, un masivo desprecio de una propuesta política, social y económica por parte de gran parte de la población colombiana que, pese a no conocer la compleja realidad venezolana (insisto en esta idea), incorpora un enorme menosprecio de todo lo que pueda relacionarse, directa o indirectamente, con el denominado socialismo del siglo XXI.

Tras este bombardeo mediático en el marco de una confrontación ideológica, lo que está en medio del juego es un ataque a la expresión socialista con mayor trayectoria que ha vivido Suramérica en los últimos años. Esto significa que si bien el propio presidente Chávez se consolida como el objeto de crítica constante, el manto de desprestigio desborda su propia imagen y busca cubrir todo lo que él pueda representar, a saber: socialismo, pensamiento de izquierda, soberanía nacional, modelo alternativo de sociedad, crítica a la dinámica intervencionista de Estados Unidos, estatización de empresas extranjeras, empoderamiento de las clases populares, entre otras características. Estos elementos igualmente desbordan los límites geográficos de Venezuela y calan en el contexto colombiano, lo que promueve el descrédito de los sectores sociales y políticos que tienen dentro de sus banderas algunas de dichas características. El caso paradigmático sin duda es el de la insurgencia. El imaginario que gran parte de la población tiene de ella es producto de la forma como los medios masivos de comunicación la han querido presentar, y no resultado de un conocimiento amplio de sus propuestas. Pero sin necesidad de ir a casos extremos, esta situación la han vivido (y la viven) gobiernos locales y regionales de tendencia progresista y de centro izquierda, quienes no han tenido eco en los masivos medios de comunicación para socializar sus avances.

Ahora bien, en medio de este contexto coyuntural, que viene a reforzar el histórico proceso de descalificación al que ha sido sometida la izquierda en Colombia, ¿cómo interpretará la población colombiana la posibilidad de un proceso de paz con los grupos insurgentes? ¿Cómo reaccionará ante el evento de que unas organizaciones que comparten varias de las características “indeseadas” tengan participación política en el país? En otras palabras, y teniendo presente el alto nivel de prejuicio que tenemos interiorizado y que es reforzado día a día, ¿El país está preparado para aceptar la presencia (y de alguna forma el ascenso) de una izquierda radical que haga presencia en diferentes esferas de la vida, en especial en el ámbito electoral?

Ante la claridad de que la opinión política de buena parte de la población colombiana se crea mediáticamente a imagen y semejanza de los intereses de poderosos sectores económicos, los diálogos de paz demandan no sólo enormes esfuerzos por parte de los actores directos del conflicto, sino también exigen que esos diálogos se hagan extensos a todos los niveles de la sociedad con el objetivo de cambiar los imaginarios existentes. Es el momento, augurando un buen final de los actuales diálogos de paz, de incentivar discusiones que de alguna forma contrarresten o minimicen aquellos sentimientos de odio y rechazo hacia las propuestas de izquierda, que pugnen por bajar los ánimos hostiles para que las expresiones sociales y políticas sean valoradas más allá de opiniones parciales mediáticamente construidas, para que se incentive una mirada sospechosa de las opiniones ampliamente difundidas, para que se abran canales de diálogo donde las opiniones aisladas a lo largo de la historia encuentren una respuesta diferente a la censura, la persecución y el señalamiento; para que la opinión pública pueda encontrar diferentes puntos de referencia y para que la población colombiana no acepte, bajo ninguna circunstancia, la repetición de aquella historia sangrienta vivida en los años 80.

Los diálogos deben buscar un cese del conflicto armado, pero deben ser también el inicio de nuevas formas de entender la política nacional, donde el ejercicio democrático contenga una reconstrucción de los imaginarios colectivos, lo que implica, irremediablemente, un distanciamiento de aquella opinión pública orquestada desde los centros de poder y una reconfiguración del papel de los medios de comunicación en la caracterización política del país.

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