Misiva de Quebec sobre la emancipación: por una extensión de los posibles políticos

on Domingo, 01 Septiembre 2013. Posted in Artículos, Martin Breaugh, Quebec, Edición 16, Internacional

16 internacionalLa importante participación, primero de los estudiantes y luego ciudadana en «la primavera del arce», muestra por un lado el deseo de una participación política intensa y por otro muestra una capacidad política de las masas que toma forma en la acción política creativa, y que se sitúa más allá de las instituciones políticas de la modernidad.
 
Martin Breaugh
Fuente: http://www.ciudadcapital.com.mx

[Texto traducido del original escrito en francés]

En un artículo publicado el 10 de diciembre 2011, en el periódico más prestigioso de Quebec, Le Devoir, el sociólogo Joseph Yvon Thériault defendía con vigor las instituciones políticas de la democracia liberal. Según él, la configuración política dominante de la modernidad, especialmente el gobierno representativo y el sistema de los partidos políticos, concretiza la idea que el pueblo debe ser el fundamento de la “política”, definida como “la acción para ordenar la sociedad más allá de las diferencias”.

Esta configuración logra cumplir la tarea difícil y delicada de reconciliar política y democracia. El eminente profesor insiste sobre la importancia de las mediaciones para la democracia y subraya que la función de los partidos políticos es hacer “inteligible la elección de los electores”, sosteniendo al mismo tiempo, que el régimen parlamentario a la Westminster ofrece a las sociedades liberales una estabilidad política necesaria. Es por esto que las tentativas actuales de “hacer política de otro modo” y que disminuyen, por ejemplo, el poder de los elegidos o que ataca la política partidista, tiene que ver con lo “impolítico”.

Esta posición resume, a grandes rasgos, los postulados de base de la mayor parte de los actores políticos, como por ejemplo los de Stephen Harper y de Nicolas Sarkozy, pero también los de Barack Obama y de François Hollande. Ella es el telón de fondo del trabajo de los periodistas, comentadores y otros poseedores del poder mediático y comunicacional. Por otra parte, esta posición se suma a las corrientes dominantes de la investigación en sociología política y, de manera aún más significativa, a las corrientes en ciencia política. Esto quiere decir que dicha perspectiva es ampliamente extendida y constituye uno de los más importantes argumentos en favor de la preservación de las instituciones políticas actuales.

Ahora bien, el imaginario político que sustenta este debate acerca de las instituciones democráticas, me parece más bien limitado. Para revitalizar la discusión, es necesario extender el campo de nuestros posibles políticos, especialmente en dirección de configuraciones democráticas capaces de ofrecer al más grande número una participación política efectiva y, por esta vía, ofrecer más libertad, más solidaridad, más igualdad. Por esto es importante, en primer lugar, realizar un análisis crítico de esta posición que tiene origen en la historia, la teoría y la práctica de las instituciones de la democracia moderna. Sin embargo, tal análisis queda insuficiente: es necesario indagar lo real para encontrar signos de renovación política y de prácticas emancipadoras.

Una crítica de la política

El sistema de los partidos políticos es un componente fundamental de la configuración política dominante de la modernidad. Si la emergencia histórica de los partidos en el siglo XIX coincide con la extensión progresiva del derecho al voto, es precisamente porque esta forma de organización política apuntaba a acoger el más grande número y a ofrecer una organización capaz de canalizar las energías democráticas nuevamente liberadas. Como nos enseña Moisei Ostrogorski en su libro clásico La démocratie et l’organisation des partis politique, desde su aparición, los partidos están marcados por una “línea de partido” que arruina la espontaneidad y reduce la acción política a “acciones reguladas”. Esta disciplina de partido está más presente en el régimen parlamentario que en el régimen presidencial. Los partidos se transforman así en “maquinas electorales” que apuntan a obtener y a preservar a toda costa el poder político, ofreciendo además una lectura totalizante de los problemas políticos – que se modelan principalmente según la coyuntura y no según la óptica ideológica elegida. De esta maniera los partidos animan el “conformismo político” adoptando “la ortodoxia del partido” establecida y transmitida por políticos profesionales.

La vida política del Quebec de hoy, ilustra bien estos fenómenos. Los dos partidos tradicionales, el Partido liberal (centro derecha) y el Partido Quebequense (centro izquierda) son aún “máquinas electorales” que están dispuestas a sacrificar ideas y principios para obtener o conservar el poder. Son dirigidos por políticos de oficio que manejan tanto el lenguaje del engañoso como el lenguaje vacío. Por ejemplo el gobierno actual de Quebec, dirigido por el Partido quebequense, cuyo artículo 1º del programa político defiende la soberanía de Quebec (después de varios años ya, esta opción no tiene el apoyo de la opinión) ha prometido poner en marcha una “gobernanza soberanista”. Ahora bien, las insuficiencias del concepto de “gobernanza” son tales, que el gobierno sabe de antemano que su propuesta es una concha vacía, que solamente apunta a convencer a sus más feroces militantes. De manera similar, la creación reciente de un nuevo partido político, la Coalición Porvenir Québec (partido de derecha) que se apoya en la voluntad de abordar los problemas por la vía de la “lucidez” y de la realpolitik, ha sido impulsada por políticos profesionales, cuya ideología es una amalgama, más o menos contradictoria, de paternalismo político y de neo-liberalismo económico.

En tales condiciones no queda claro, cómo los partidos políticos, retomando las palabras del profesor Thériault, pueden hacer “inteligible la elección de los electores”. Al contrario, esta forma de organización vuelve confusos los caminos de la acción política, atenta contra la espontaneidad y hace que el cinismo ambiente se vuelva legítimo, socavando de esta manera el vínculo con la esfera pública. El sistema de partidos participa a la perdida de compromiso ciudadano frente a las formas que dominan la práctica política moderna, y por ende, participa a una despolitización de la sociedad quebequense. Si añadimos a estas consideraciones el fenómeno de la corrupción política, que es masiva en los partidos políticos municipales en Montreal y en Laval, hecho demostrado por la Comisión Charbonneau (que investiga actualmente la corrupción y la colusión en Quebec), entendemos mejor por qué esta forma de organización política ha agotado su legitimidad.

Es cierto que el régimen parlamentario ha dado una gran estabilidad política a Quebec y a Canadá. Sin recordar aquí la historia de las consideraciones aristocráticas, anti-democráticas, al origen del gobierno representativo, especialmente en el contexto canadiense, importa recordar que el parlamentarismo británico es, en primer lugar y sobre todo, un régimen de “notables”, es decir, un sistema que favorece por medio de las elecciones un “tipo de élite particular”1. Este régimen está fundando sobre principios formulados explícitamente, que tienen el objetivo de reservar el ejercicio del poder político a un pequeño número. En la práctica como en la teoría, es un régimen que confiere una grande estabilidad política sacrificando al mismo tiempo las cualidades democráticas del espacio público. Conjuntamente, en estos regímenes se observa una relación particularmente intensa, casi enfermiza, al orden y a la estabilidad, que se expresa en el momento en que surgen experiencias políticas que no se inscriben en el marco de las instituciones políticas existentes. Es así que el deseo de estabilidad prima sobre la aceptación de la expresión conflictual de la disidencia política.

Entonces ¿qué se puede decir de la cualidad democrática de sociedades que, frente a manifestaciones pacíficas despliegan las llamadas “fuerzas del orden”, crean cercos y perímetros de seguridad, adoptando al mismo tiempo y en una total opacidad decretos que permiten la suspensión de los derechos cívicos más elementales? Los eventos que rodearon el encuentro del G20, en el verano del 2010 en Toronto, son un testimonio elocuente de esa relación malsana con el orden. Más aun, en el marco de la “primavera del arce” en 2012, cuando los estudiantes de Quebec, hicieron un paro contra el aumento del costo de las matriculas, el gobierno de Quebec aprobó una ley para restringir et incluso eliminar, el empleo de prácticas democráticas extraparlamentarias básicas, como por ejemplo el derecho a la protesta.

Prácticas emancipadoras

Creo que en Quebec y en Canadá hay dos fenómenos que apuntan hacia una renovación de las prácticas políticas emancipadoras, es decir de prácticas que buscan profundizar la libertad, la igualdad y la solidaridad

En primer lugar, después de algunos años se puede observar en Quebec la reconstrucción de un espacio de pensamiento crítico. Ya sea a través de periódicos y revistas comprometidas (À Bâbord!, Le Couac, Possibles, Relations) o a través de la creación reciente de casas editoriales de calidad (Écosociété, Lux, M éditeur), las ideas heterodoxas han vuelto a aparecer en la escena intelectual. Este vigor se manifiesta por ejemplo, en la introducción en el debate público, de problemas políticos fundamentales que a menudo son pasados por alto por los defensores del statu quo: el decrecimiento, la soberanía alimentaria, el aumento del masculinismo, el hostigamiento judicial, etc. Este nuevo espacio en el que un pensamiento crítico se expresa, refleja un deseo de renovar los parámetros del debate público, abriendo horizontes diferentes a los que se ofrecen actualmente.

En segundo lugar, la globalización neoliberal ha sido un temible catalizador de fuerzas políticas extra-parlamentarías. El movimiento altermundialista, desde La Cumbre de las Américas del 2001 en Quebec hasta el movimiento de los Indignados en el otoño del 2011, sigue siendo un laboratorio político formidable en donde la utopía de una vida emancipada se enfrenta a las exigencias de la acción colectiva. En el caso del movimiento Ocupemos, la inteligencia con la cual las asambleas generales se organizaron, con el fin de permitir una máxima y respetuosa participación de una inmensa mayoría de participantes, es admirable. Cuando se comparan estas asambleas a las deliberaciones de la Asamblea Nacional, de la Cámara de los Comunes, de las cámaras elegidas del Quebec y de Canadá, surge la pregunta de cuáles logran con éxito conciliar política y democracia.

Finalmente, la importante participación, primero de los estudiantes y luego ciudadana en « la primavera del arce », muestra por un lado el deseo de una participación política intensa y por otro muestra una capacidad política de las masas que toma forma en la acción política creativa, y que se sitúa más allá de las instituciones políticas de la modernidad. Los estudiantes se movilizaron como nunca antes lo habían hecho, tanto en las asambleas asociativas, que estaban organizadas en democracia directa, como en numerosas manifestaciones. La creatividad de las tácticas y de los slogans sorprendió a más de un observador de la escena política. Por ejemplo, los estudiantes organizaron una manifestación en la que se «desnudaron». Esta táctica ilustraba la situación de precariedad en la cual los estudiantes podrían encontrarse un vez que la propuesta de alza de matrículas fuera puesta en marcha. Pero más aún, estas manifestaciones « desnudas » fueron la ocasión para la expresión de una creatividad y de una inteligencia política remarcable. El eslogan « la grave indecencia, es la gobernanza » es testimonio de estas. Esto se entiende, puesto que cualquiera que se presente en el espacio público desnudo, corre el riesgo de ser acusado de « grave indecencia ». Las manifestaciones voltearon esta imputación contra uno de los actuales caprichos de la dominación política, el seudo-concepto de la gobernanza. Desde un punto de vista crítico, la gobernanza es un asunto de « grave indecencia » como lo explica con lucidez el teórico Quebequino Alain Deneault en su importante obra La Gouvernance. Le management totalitaire (Lux, 2012).

Me parece que la búsqueda de tales experiencias de la vida colectiva estaría en capacidad de enriquecer nuestro imaginario y de ofrecer pistas para una eventual recomposición de la acción política que profundizará nuestra relación con la democracia. El espíritu de este esfuerzo encuentra la actitud de ese pensador incansable de la autonomía que era Cornelius Castoriadis, cuando, en respuesta a la pregunta, « ¿Qué quiere usted entonces? ¿Cambiar la humanidad? » Él responde: « No, una cosa infinitamente más modesta, que la humanidad se cambie, como ella ya lo ha hecho dos o tres veces”2.

***

1MANIN, Bernard, Principes du gouvernement représentatif, Flammarion, 1996.

2CASTORIADIS Cornelius, « Voie sans issue ? », Le monde morcelé. Les carrefours du labyrinthe 3, Seuil, 2000, p.124.

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