Necesitamos un antídoto contra el miedo

on Miércoles, 14 Junio 2017. Posted in Tatiana Roncancio, Artículos, Edición 107, Internacional, Democracia, Participación política

107 Tatiana

Es urgente que de manera sustentada y seria comencemos a averiguar cómo contrarestar el miedo paralizante. De otro modo, seguiremos entre la desesperación y la desesperanza.

 

Tatiana Roncancio

Fuente de la imagen: http://www.desdeelexilio.com/

Da la sensación de que en los últimos años cada resultado de una consulta electoral es peor que el anterior. El recuento del último año y medio es devastador: a final de 2015, Macri derrotó a Daniel Scioli, 51.4% de los votos frente al 48.6%; el 12 de mayo de 2016, el Senado brasileño aprobó el juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff (55 senadores a favor, 22 en contra); en junio de ese mismo año la consulta a los ciudadanos del Reino Unido acerca de su permanencia en la Unión Europea dio como resultado que el 51.9% de los votantes se manifestó a favor de abandonarla, contra un 48.1% que se manifestó a favor de permanecer; luego, en el plebiscito del 2 de octubre en nuestro país, ganó la oposición a los acuerdos de paz con el 50.23% de los votos, frente al 49.76% que se manifestó a favor de su refrendación; el año terminó con la elección en Estados Unidos de Donald Trump como presidente número 45 de ese país. Este año asistimos a la ratificación en Turquía del régimen opresivo de Erdogan en las urnas, con un 51.4% de los votantes, frente a un 48.6% que votó en contra.

Excepto tal vez por el caso de Brasil –las manifestaciones en contra del actual gobierno han sido copiosas en cantidad y en número de participantes–, las otras consultas comparten que resultó vencedora la opción más conservadora, la más opresiva y la más sectaria, con un amplio apoyo popular. Frente a este panorama, tan descorazonador como desesperanzador, los argumentos detrás del apoyo masivo a estas opciones son un tema que debería ser considerado prioritario para humanistas y científicos sociales.

Los eslóganes, consignas y promesas de las campañas vencedoras tienen tanto en común que parece que cada caso fuera la adaptación de un mismo guión: fórmulas simples, de fácil recordación –y eficaces en tanto tal– que, aunque carentes de contenido real, tocan temas sensibles para la población. Entre las fórmulas que se siguen está el señalamiento de algo o alguien como indeseado que funcione como aglutinador, el temor a los inmigrantes en Reino Unido y EE.UU., o a convertirse en Venezuela, para el caso de Colombia; hacer promesas genéricas a las que la gente puede aferrarse, pero sin referencia a lo que se requiere para su realización (las promesas de creación de empleo fueron decisivas en el triunfo de Macri y en el de Trump); la exacerbación de valores religiosos que desvían la atención de temas políticos o económicos de relevancia; y la alimentación de la polarización social mediante enunciados que siguen la lógica nosotros (el pueblo trabajador, los cristianos/musulmanes buenos) contra ellos (las elites tradicionales, los cristianos/musulmanes invasores/inmigrantes, los castrochavistas, los ateos, los homosexuales) estimulando valores tradicionalmente conservadores. Estas fórmulas están orientadas a desatar reacciones emocionales –en lugar de reflexiones sobre programas y propuestas– basadas en la rabia, pero cuyo fundamento es, en realidad, el miedo: a lo diferente, al cambio, a que se remueva la visión de mundo cimentada.

Los márgenes de diferencia de los resultados electorales dejan ver una polarización creciente, y aunque es verdad que se puede encontrar cierto consuelo en el hecho de que la diferencia entre quienes apoyan y quienes cuestionan las campañas y propuestas que han resultado vencedoras no es tan marcada; la polarización juega a favor de quienes premeditadamente están utilizando estrategias basadas en la generación de odio y miedo.

Las similitudes en el tipo de consignas, en los temas que se ponen al centro del debate público y en las estrategias para ganar el favor de la gente no son casualidad. Se hace uso de estrategias probadas que siguen dando resultado una y otra vez. Posiblemente quienes patrocinan este tipo de campañas no conozcan en detalle por qué es tan poderosa su estrategia, pero son plenamente conscientes de su efectividad para distraer la atención de las personas de temas más demandantes (cognitiva y emocionalmente).

La reacción de estrés que se desencadena debido a la sensación de temor es un mecanismo evolutivo para la supervivencia en situaciones de peligro. El problema es cuando las reacciones de estrés se prolongan (la sensación de amenaza permanece y la sensación de miedo, en consecuencia), pues una vez se sobrepasa el límite en que el estrés es útil para reaccionar con agilidad a situaciones imprevistas, éste se convierte en un factor que imposibilita la reflexividad y el cambio en el curso de acción. El miedo es, por supuesto, una emoción socialmente mediada; podemos rastrear en el curso de la historia la transformación de los temores y fobias de las personas; asimismo, la organización social se nutre de los miedos de las personas que la conforman. Fomentar una sensación continuada de amenaza entre las personas da como resultado que el miedo nuble la reflexividad, lo que resulta muy funcional para los proyectos políticos cuyo emblema es la defensa del status quo.

En nuestro mundo se viven momentos muy difíciles. Es normal que nos sintamos atemorizados. Desde el punto de vista neurobiológico, la reacción de estrés es una herramienta que puede servir para encontrar nuevos caminos de acción, que necesitamos urgentemente. Sin embargo, la manera en que en las campañas políticas recientes se asocia el miedo con la ira y con la defensa de valores conservadores está dando como resultado que, en lugar de servir para encontrar nuevos caminos de acción, las personas se aferren a sus viejas conductas y valores como un refugio de seguridad frente a una realidad que perciben amenazante. La apropiación de nuevas estrategias de valoración, así como cambios fundamentales en el pensar, sentir y actuar sólo son posibles mediante la previa desestabilización y extinción de patrones obsoletos; eso no está ocurriendo porque la reacción de estrés continuada conlleva a la parálisis y a la repetición de rutas de acción conocidas.

La dificultad ahora radica en que, aunque más o menos se puede explicar el fenómeno, bien biológicamente bien sociológicamente, no es para nada claro qué se puede hacer al respecto. En el panorama actual es urgente que de manera sustentada y seria comencemos a averiguar cómo contrarrestar este miedo paralizante, pues no se desvanecerá espontáneamente. De otro modo seguiremos como estamos, entre la desesperación y la desesperanza, mientras el tiempo que tenemos para encontrar caminos nuevos que permitan que nuestro mundo sea sustentable se agotan.

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