Notas de debate sobre la coyuntura y los socialistas

on Jueves, 31 Julio 2014. Posted in Artículos, Edición 38, Reelección, Jaime Rafael Nieto, Nacional, Gobierno de Santos, Proceso de paz

38 Nieto

Votar por Santos no fue apoyar políticamente su gobierno, fue activar en un contexto de confrontación electoral el único mecanismo político necesario para detener el peligro inminente del uribismo y salvaguardar la conquista más valiosa de la coyuntura: el proceso de paz con las guerrillas junto con las posibilidades más favorables para la acción política de izquierda y de masas. Así de simple.

 
Jaime Rafael Nieto
Fuente de la imagen: www.las2orillas.co

En sectores importantes de la izquierda colombiana, especialmente entre los socialistas, ha quedado aún sin saldar el debate relacionado con la pasada coyuntura electoral, que arrojó como resultado la reelección de Juan Manuel Santos como Presidente de la República para el período 2014-2018. Saldar este debate es importante para definir cursos de acción políticos de cara a la coyuntura postelectoral.

Dos son los temas que concentran la controversia: por un lado, el tema acerca de la postura política de la izquierda frente al escenario de la segunda vuelta presidencial, y concretamente la controversia acerca de si fue correcto o equivocado el llamamiento a la ciudadanía que hizo la mayor parte de la izquierda aglutinada al rededor del Frente Amplio Por la Paz (FAPP) a votar por el candidato Santos; por otro lado, el segundo tema, si los socialistas deben participar o no en el proceso de conformación del FAPP. Los dos temas están íntimamente relacionados y, aunque no es la única manera de afrontarlos, la nota dominante es considerarlos en forma consecuencial. De este modo, para quienes consideraron correcto el llamamiento a votar por Santos, igualmente consideran acertado participar en el proceso FAPP; mientras que para los partidarios de la postura contraria operaría la misma lógica consecuencial, ya que tan equivocado fue votar por Santos como participar en el FAPP. Valga destacar, sin embargo, que la consecuencialidad entre los dos aspectos de ambas posiciones no es necesaria ni fatal, puesto que ni teórica ni políticamente es incoherente que un aspecto de una postura pueda llevar a otro aspecto correspondiente a la de la otra postura y viceversa. Sobre esto vale la pena volver más adelante.

Dilucidemos el punto. ¿Fue correcto llamar a votar por Santos en la segunda vuelta presidencial? Lo fue. Dejando de lado las posturas decidida y anticipadamente capituladoras de Progresistas y sectores de la Alianza Verde, quienes incluso desde mucho antes de la primera vuelta presidencial llamaron no sólo a votar por Santos sino a apoyar su gobierno, la mayor parte de la izquierda, especialmente UP, PCC y el sector de Clara López e Iván Cepeda dentro del Polo, llamó a votar por Santos preservando el criterio de independencia política frente a su gobierno y su política de paz. Por supuesto, detrás de este llamamiento no siempre había unidad de criterios en cada uno de los sectores, sin embargo lograron imponerse dos o tres criterios centrales, que más tarde se convertirían en referente político para la conformación del FAPP.

En primer lugar, el llamamiento a votar por Santos se asumió como el llamamiento a votar por la continuidad del proceso de paz que se lleva a cabo en la Habana entre el Gobierno nacional y las guerrillas de las FARC, y de ninguna manera significó ni apoyo político al gobierno de Santos ni mucho menos a su modelo de paz, lo que en otros términos significó respaldar las posibilidades de mantener vigente la salida política al conflicto armado y cerrar el ciclo prolongado de la acción armada como forma de acción política tal como lo ha practicado las FARC con todas sus consecuencias nefastas para la construcción de alternativas políticas de izquierda y movimiento popular de masas. En segundo lugar, el voto por Santos fue asumido como una apuesta política táctica orientada a bloquear el peligro inminente que representaba el triunfo electoral del uribismo, quien venía envalentonado luego de imponerse en la primera vuelta presidencial. Estos dos criterios, con tonos y matices diferentes, fueron claros en las declaraciones de la izquierda durante el tramo de la segunda vuelta presidencial y son referentes políticos centrales en la conformación del FAPP. Incluso, en tonos diferentes, de este mismo corte fueron las posiciones sostenidas por buena parte de los columnistas de opinión, de intelectuales y académicos antiuribistas y antisantistas, quienes esgrimieron argumentos similares para sustentar su opción de votar por Santos en la segunda vuelta presidencial sin que tal opción representara un apoyo político al gobierno (ver, entre otras, especialmente la columna de Caballero en vísperas de las elecciones del 15 de junio en la revista Semana).

Se trató de eso. Y la táctica arrojó resultados. La segunda vuelta presidencial se convirtió en una medición de fuerzas electorales entre quienes le apuestan a una salida política al conflicto armado y quienes insisten en la apuesta por la guerra, así estos últimos, a través de mil piruetas discursivas, intentaran adecuarse a la creciente expectativa ciudadana por la paz durante esa segunda vuelta presidencial. La contienda por ahora se resolvió a favor de la continuidad del proceso de negociación (que no hay que confundir unívocamente con la política de paz de Santos), lo cual no quiere decir que tenga una conclusión feliz. Lo único seguro de este proceso es que nada es seguro. La amenaza del uribismo contra el proceso de paz sigue vigente. El uribismo perdió las elecciones presidenciales pero no está derrotado ni mucho menos enterrado. Representa casi la mitad de la votación electoral del país, goza de una importante representación parlamentaria y de una bancada sólida. Es una fuerza política vigorosa, con fuertes apoyos dentro del establecimiento y también fuera de él (respecto de esto último, se equivocan quienes creen que el paramilitarismo y sus lazos con el uribismo son cosa del pasado, ahí está el desangre desatado tras los tímidos procesos de restitución de tierras para corroborarlo). La apuesta uribista en el corto plazo será seguramente desarrollar una estrategia de desgaste del gobierno y del proceso de paz, con probabilidades de entorpecer e incluso de triunfar en el proceso de refrendación de los acuerdos de paz con las guerrillas, que será seguramente su segunda medición de fuerzas.

Y es aquí, justamente, donde entran a jugar su papel crucial las posibilidades creadas con el proceso de configuración del FAPP, porque significa la posibilidad estratégica, no sólo de convertir el proceso de paz en un proceso irreversible, sino de que la izquierda y el movimiento popular se conviertan en líderes y sujetos protagónicos de un proceso de paz que vaya más allá del silenciamiento de los fusiles y la participación política de las guerrillas. Aquí puede estar el núcleo de la construcción de un vigoroso movimiento nacional y regional de paz con demandas de justicia social, transformaciones democráticas y anticapitalistas y convocatoria a una asamblea nacional constituyente. Insisto, aquí puede estar la llave para el desarrollo de una estrategia típica de programa de transición y de revolución permanente según la ha concebido el marxismo revolucionario. Por supuesto, como se dijo, nada está asegurado, pues los procesos revolucionarios no son compañías aseguradoras. Lo único seguro son las crecientes posibilidades y la potencia que encierra el momento. Y los socialistas pueden jugar un papel crucial para activar, a través de las consignas precisas y oportunas, los cursos de acción revolucionarios correspondientes a cada momento. Este es el papel y las responsabilidades que no podemos eludir.

El MOIR y Daniel Libreros (que representa una voz respetable entre los grupos socialistas de Colombia) adoptaron y tienen una postura equivocada. Los dos esgrimieron como argumento para no votar por Santos el criterio de la continuidad que representa Santos en lo concerniente al modelo de desarrollo extractivista neoliberal. Aunque cabe subrayar que en el caso del MOIR el criterio de la continuidad es mucho más abarcante, puesto que Santos no sólo es continuidad de Santos I sino también de Uribe I y II, de modo que votar por Santos no era sólo votar por Santos sino también por Uribe. Desde el primer gobierno de Santos, el MOIR siempre sentenció equivocadamente que Santos era Uribe III.

Por supuesto, no vale la pena ahora dilucidar semejante disparate, pues la propia experiencia se ha encargado de dar buena cuenta de él. Es más productivo que nos ocupemos del sentido restringido de la continuidad que tanto el MOIR como Daniel destacan en el modelo de desarrollo para oponerse al llamamiento a votar por Santos en la segunda vuelta. Para empezar: ¿hay alguien que desde la izquierda pueda negar tal continuidad? Sensatamente creo que nadie. El modelo neoliberal, ahora extractivista y financiarizado, viene de lejos y probablemente va a continuar por mucho más tiempo del que esperamos y deseamos, con todos sus efectos perversos en términos sociales, económicos, territoriales, ambientales y culturales. Santos sigue siendo el mismo Santos neoliberal, antipopular y autoritario.

De modo que en términos de coyuntura electoral el debate sobre si Santos representa o no la continuidad del modelo, no es el debate, pues la izquierda en términos generales asume que es ese uno de los desafíos centrales de Colombia, hoy y en el futuro próximo. Las preguntas son mucho más precisas e incisivas: ¿Se convirtió el modelo de desarrollo neoliberal en el tema central de la coyuntura electoral? ¿Se constituyó en el parte-aguas político de la ciudadanía en esa coyuntura? ¿Se convirtió en el tema político crucial de debate electoral? Por mucho que lo deseáramos, no fue así. Como en muchas otras coyunturas electorales pasadas, el problema de la guerra y la paz se convirtió en el epicentro político que decidía electoralmente el futuro inmediato del país. Por eso, intentar definir una postura política electoral a partir de un tema que no logró tomar fuerza en el debate electoral, era equivocar las respuestas. Significó extrapolar los tiempos y los temas de la coyuntura electoral. La pregunta decisiva que sobredeterminó no sólo los otros temas sino también el orden de las prioridades y las posturas políticas en la coyuntura electoral fue la pregunta por la paz o la guerra, no la pregunta por el modelo de desarrollo. No captar la actualidad y urgencia de la pregunta llevó al MOIR y a Libreros a equivocar las respuestas. Esto explica la indiferencia frente a la convocatoria electoral de votar por Santos o Uribe y optar más bien por el atajo: la abstención o el voto en blanco. Esta misma postura es la que los lleva a denostar del FAPP como configuración política surgida de cara a ese desafío de la hora.

Si en el MOIR hay equívocos por exceso de amplitud en el criterio de la continuidad, en Daniel lo hay, además del ya señalado criterio restringido de la continuidad, debido a un restringido criterio de la estrategia. Desde una postura más bien dogmática y sectaria, muy lejos de la acción política, Daniel anatemizó de entrada el voto por Santos como voto de “conciliación de clases”, “frentepopulista” y toda esa jerga propia de cierto trotskismo osificado. Pero el trotskismo es otra cosa, es marxismo vivo. Las fórmulas hechas acabaron por sustituir el análisis vivo y dinámico del movimiento de la coyuntura y el realinderamiento de fuerzas y actores en ella. Esas descalificaciones desde las fórmulas de texto impidieron identificar dónde estaban los puntos nodales y potenciadores de la coyuntura y cuál era la táctica adecuada. La acción política por supuesto no es equiparable a un ejercicio hermenéutico propio del sacerdocio medieval. Es más compleja y arriesgada. En este terreno no hay fórmulas hechas, hay desafíos, voluntad de poder y decisiones. La teoría es guía para la acción, no la acción misma. La experiencia bolchevique rusa convertida en teoría es bienvenida, pero no para paralizar la acción sino para facilitarla y enriquecer aquella.

Con el propósito de ilustrar, ha saltado al debate la evocación bajo la pluma de Trotsky del golpe de estado del general zarista Kornilov y la postura de los bolcheviques frente a esta amenaza contra la revolución en los marcos del gobierno provisional de Kerensky luego de las memorables jornadas de julio de 1917. Reseñemos brevemente aquí la postura de los bolcheviques, sin desatender el grado diferencial de las proporciones entre aquella experiencia y las características de nuestra coyuntura electoral del 15 de junio de 2014.

Dice Trotsky en la Historia de la Revolución Rusa: “Kerenski y Kornilov representan dos variantes de un mismo peligro; pero esas variantes, la una mediata, inminente la otra, se vieron contrapuestas hostilmente a fines de agosto. Había que dominar, ante todo, el peligro agudo, inminente, para liquidar después el mediato”. Estamos, como es obvio reconocerlo, en un contexto revolucionario, de confrontación abierta por el poder, en el que decide la fuerza, pero no una fuerza figurada, simbólica o mediatizada, ni mucho menos electoral, sino la fuerza real basada en las armas. Por esto prosigue inmediatamente Trotsky en los siguientes términos: “Los bolcheviques no sólo entraron a formar parte del Comité de Defensa –aunque la situación que ocuparan en el mismo fuese la de una pequeña minoría-, sino que declararon que en la lucha contra Kornilov estaban dispuestos a concretar una alianza ‘militar y técnica’ incluso con el Directorio”. Enseguida presenta la postura de Lenin: “Los bolcheviques, dice Trotsky, eran revolucionarios de hechos y no de gestos, de fondo y no de forma. Su política se hallaba determinada por el agrupamiento real de las fuerzas, y no por simpatías o antipatías. Lenin, que era objeto de una campaña encarnizada por parte de los socialrevolucionarios y mencheviques, escribía: ‘Sería un error profundísimo pensar que el proletariado revolucionario, para vengarse, por decirlo así, de los socialrevolucionarios y mencheviques por haber contribuido a la represión de los bolcheviques, a los fusilamientos en el frente y al desarme de los obreros fueran capaces de negarse a prestarle su ‘apoyo’ contra la contrarrevolución”.

Destaco aquí dos cosas: uno: para Trotsky, Kerenski y Kornilov no son lo mismo, son dos variantes distintas de un mismo peligro, lo que en términos de la coyuntura específica de ese tramo de la revolución de 1917, quiere decir que Kornilov representa el peligro inminente al cual había que detener inmediata y resueltamente; dos: el carácter de esta alianza que momentáneamente proponían los bolcheviques al gobierno Kerenski sólo podía ser militar y técnica, puesto que en ese momento, lo militar y lo técnico, eran el único mecanismo posible que podía detener el peligro inminente que representaba Kornilov en el contexto de una inminente confrontación militar.

Los bolcheviques tenían claro que tal alianza, o tal apoyo como lo llama Lenin, no podía ser político. Al respecto es clarísimo y profuso Trotsky: “Tratábase de apoyarles técnicamente, ya que no políticamente. En una de sus cartas al Comité Central, Lenin ponía decididamente a éste en guardia contra el apoyo político: ‘Ni aun ahora debemos apoyar al Gobierno de Kerenski. Sería una traición a los principios. Se nos pregunta: ¿Es que no debemos luchar contra Kornilov? Naturalmente que sí. Pero no es lo mismo, hay un límite, límite que ahora traspasan algunos bolcheviques, y con lo que caen en la política de ‘conciliación’, arrastrados por la corriente de los acontecimientos (…) Combatiremos, combatimos contra Kornilov, pero no apoyamos a Kerenski, sino que denunciamos su debilidad” (todas las cursivas son mías, JRNL).

Moraleja: Votar por Santos no fue apoyar políticamente su gobierno, fue activar en un contexto de confrontación electoral el único mecanismo político necesario para detener el peligro inminente del uribismo y salvaguardar la conquista más valiosa de la coyuntura: el proceso de paz con las guerrillas junto con las posibilidades más favorables para la acción política de izquierda y de masas. Así de simple.

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