¡Para sembrar la paz hay que aflojar los medios! Reflexiones sobre lo que pasó en las pasadas elecciones

on Martes, 01 Diciembre 2015. Posted in Artículos, Edición 70, Julián Cortés, Izquierda colombiana, Nacional, Medios de comunicación, Movimientos sociales

70 Julian

Urge que los movimientos sociales sumemos nuestros esfuerzos en la creación de una ley de medios que democratice la propiedad de estos, y el escenario de La Habana es más que propicio para esto, donde en el segundo preacuerdo de participación política se habla de la necesidad de la democratización de los medios.

 
Julián Cortés
Fuente de la imagen: www.semanariovoz.com

Los escarabajos de Lomehuz son unos diminutos insectos que viven en algunos hormigueros. Ellos dominan muy bien el lenguaje de las hormigas. Las hormigas muy solidarias y laboriosas al primer pedido de este parásito entregan el alimento que han recolectado. Ellas se golpean de manera especial entre sí para pedir alimento, los escarabajos, muy hábiles, han aprendido este lenguaje de gestos y obtienen la comida de las hormigas con facilidad. Sin embargo, los benditos escarabajos son muy voraces y obligan a batallones enteros de hormigas a alimentarlos. Los escarabajos tienen mechones de pelos dorados en su cuerpo que secretan una sustancia que al ser consumida por las hormigas hace que estas pierdan todo el sentido común. Esta sustancia es como una exhalación, un sudor o tal vez la misma mierda del escarabajo. Las hormigas, al perder su sentido común, empiezan a alimentar al escarabajo y a sus larvas con tal ahínco que las desgraciadas dejan de dar comida a sus compañeras e incluso a sus propias larvas. Finalmente caen en un envilecimiento total, de tal modo que terminan alimentando a los escarabajos con sus propios huevos hasta quedar sin descendencia y en caso extremo, ellas estarían dispuestas a salvar las larvas del escarabajo más que a las propias1.

Esta historia, muy descriptiva del comportamiento de estos insectos, puede ayudarnos a entender lo que pasó en Bogotá en las últimas elecciones. Sin descartar las típicas estrategias de las élites tradicionales para ganar votos a punta de regalar tamales, ladrillos o tejas, que pueden haber sido útiles a la hora de ganar las elecciones por parte de Peñalosa; sin descartar también las posibles contradicciones dentro de los diversos sectores de la izquierda que puedan haber ayudado a la pérdida de la Alcaldía de Bogotá por parte del movimiento progresista; y sin descartar los errores de la misma izquierda que no ha podido generar una transformación hacia un movimiento amplio y que impacte mediáticamente la sociedad colombiana, se puede hacer un análisis de su derrota en Bogotá si miramos cual ha sido su principal causa: el bullying (o manoteo en español) contra la izquierda y contra todo lo que signifique una transformación política de Colombia hacia un gobierno progresista, como lo tiene el vecindario en América Latina, y que se ha convertido en un discurso que ha transformado a millones de colombianos en hormigas envilecidas.

Un ejemplo de este bullying lo vi hace poco en el parlamento de Bruselas. Allí escuchábamos la presentación magistral del profesor Darío Fajardo, miembro de la comisión histórica del conflicto, quien contaba a los asistentes una breve pero interesante reseña histórica del conflicto agrario en Colombia. Mientras algunos colombianos lo escuchábamos atentos, no pude evitar girar mi mirada hacia un grupo de jóvenes también colombianos, que se encuentran adelantado estudios en universidades belgas. Alrededor de seis jóvenes escuchaban estupefactos la realidad del país que antes parecían no conocer. Se miraban unos a otros con cara de asombro, pero su asombro aumentó aún mucho más al escuchar el saludo que el abogado asesor de las FARC-EP, Enrique Santiago, había enviado en un video a los asistentes al evento, explicando algunos puntos del acuerdo en materia de justicia y obviamente sus argumentos para explicar el conflicto armado. Habló del interés de las multinacionales en la pacificación del país y de prisioneros políticos, entre otros asuntos. Sus rostros palidecieron, querían esconderse; para ellos era completamente insensato, anticientífico y tal vez irreal que se dijera algo diferente a lo que siempre han escuchado en un escenario como el Parlamento Europeo. Sin embargo, su comportamiento llegó a la cúspide cuando la lideresa campesina y presidenta de ANZORC, Carmenza Gómez, en su lenguaje popular y digno del campesino colombiano se dirigió a los asistentes; los muy sinvergüenzas no ocultaron la risa que les provocaba escuchar el dialecto campesino con el que esta valiente mujer del campo habló en el parlamento europeo. Qué infantil estupidez la de algunos colombianos.

Sin embargo, haciendo un análisis un poco más tranquilo de la situación y del bullying contra la izquierda, se puede percibir algo que desde hace rato nos viene preocupando a quienes hacemos parte de los movimientos sociales. La lucha contra-hegemónica la estamos perdiendo. No hemos sido capaces de lograr entrar a esa esfera pública en la cual podamos expresar nuestras utopías con la libertad que tiene un producto para salir al mercado. O, tal vez, fruto del proceso de paz, de las movilizaciones sociales como el paro agrario y de la administración de Bogotá, las élites afilaron sus plumas para evitar el avance de la izquierda y evidentemente lograron frenar lo poco que se había logrado en materia de comunicación por parte de los movimientos sociales colombianos. Y ese puede ser uno de los más grandes obstáculos para el éxito del proceso de paz. La mayoría de colombianos no están preparados ideológicamente para aceptar las ideas de izquierda como alternativa, no porque ellos lo hayan decidido así, ni porque no les convenga; es porque durante años el acceso a la esfera pública le ha sido negado a la izquierda, y porque se han difundido ideas erróneas acerca de sus fines y utopías. Desde los guerreros en armas hasta los movimientos sociales y partidos políticos de izquierda, se les han ocultado los micrófonos y las cámaras, y así es muy difícil el ejercicio de la democracia. No sirve el triunfalismo tradicional de la izquierda de decir que vamos avanzando cuando evidentemente estamos perdiendo en términos mediáticos.

La gente, el ciudadano de a pie, la clase media, la clase televisiva y seguidora de RCN y Caracol, lo único que ha aprendido durante años es a odiar a la insurgencia y a todos quienes sean relacionados con ella ideológica o políticamente, e incluso territorialmente como ocurre con la población campesina. Este bullying que ha promovido el odio no solo hacia la insurgencia y hacia la izquierda sino también hacia lo popular, hacia los de abajo, hacia los propios, fue dirigido en sus inicios precisamente contra el movimiento insurgente, considerado este por las clases dominantes como el más fuerte dentro de la izquierda colombiana. Fue tan fuerte la campaña mediática en contra de las insurgencias en las dos últimas décadas, en especial contra las FARC-EP, que la mayoría de colombianos se convencieron de que el mayor problema de Colombia era la guerrilla y no los 5000 niños que morían (y mueren) de hambre cada año o la corrupción que campea increíblemente en la impunidad.

Un sector de la izquierda legal, que se veía elogiada por los poderes tradicionales y se mostraba como el modelo a seguir; una izquierda dispuesta a seguir las reglas del juego en lo que se llamó la democracia más antigua de América Latina, ingenuamente creía (o cree) que a ellos no les tocarían las campañas mediáticas, que contra ellos no afinarían las plumas ni el bloqueo de los medios para poder difundir sus opiniones. Es más, algunos espacios se abrieron, para que izquierdistas reconocidos o arrepentidos pudieran sacar sus opiniones en los medios tradicionales, así fuera en sus versiones online, para mostrarle al mundo que en Colombia sí se dejaba participar a la izquierda y que solo los terroristas de “la FAR” eran los que no querían seguir las reglas del juego.

Hoy ya sabemos que para las élites no importa si se usan las armas o no. Ese no es el dilema. El problema para las élites es cruzar esa línea que no se puede cruzar, tocar sus intereses y sus mafias. Bloquear la multimillonaria ganancia de unos contratos de basuras y cerrar la plaza de toros como lo hizo Petro o impedir el acceso de los grandes proyectos latifundistas y multinacionales al campo como lo ha hecho la guerrilla, significa para las castas en el poder cruzar esa línea prohibida.

Se podría decir también, que lo que se gestó contra la administración de la Bogotá Humana y que se estuvo desarrollando en los últimos años y con más intensidad como reacción al periodo de gobierno de Petro, quien profundizó ciertas políticas sociales, pero que principalmente fortaleció ideológicamente el canal Capital, fue gobernado por el miedo de las élites a perder esa hegemonía que durante años han conservado. Petro en Bogotá logró profundizar esa crisis hegemónica mientras que las FARC-EP por su lado hacían lo mismo con las negociaciones de La Habana. Para nadie es un secreto que en los resultados del informe de memoria histórica se develan verdades que no gustaron a las castas en el poder, de haberles gustado, hubieran difundido ampliamente el informe de los doce historiadores. ¿Cómo hicieron las élites para contrarrestar esa crisis hegemónica? Pues como lo han venido haciendo durante las últimas décadas, a través de fuertes campañas mediáticas de desinformación.

Y así, a punta de campañas de manipulación, aunque algunos puedan decir que esto suena a teoría conspirativa, hasta la izquierda legal se comió el cuento del juego limpio de la democracia colombiana. La dejaron jugar y, solo cuando sus líderes cruzaron la línea indebida que no tenían que haber cruzado, se fueron contra estos, y llovieron denuncias y demandas, enfilaron las armas de la Procuraduría para destituir a valiosos líderes de los movimientos sociales, los columnistas afilaron sus plumas, los fotógrafos manipularon imágenes, los medios maquillaron cifras, las cámaras no filmaron los avances sociales de la alcaldía de Petro ni el desarrollo del proceso de paz, pero sí fueron a grabar al mismo ladrón callejero todos los días. Manipularon encuestas y manejaron la opinión pública a su antojo. Repitieron una mentira mil veces y esta se convirtió en verdad, los discursos crearon verdades y esa verdad del rechazo y el bullying contra la izquierda se evidenció en las pasadas elecciones. Generó el mismo efecto sobre la población colombiana el falso incremento de la inseguridad en Bogotá como las falsas agresiones sexuales contra mujeres cometidas por guerrilleros.

Una niña de seis años preguntaba inquieta por el resultado de las elecciones: que porqué ganaban los malos, yo le dije un poco confundido que a veces las personas como las hormigas de Lomehuz de tanto consumir mierda perdían el sentido común. Los medios han sido la garantía de la hegemonía de las castas y familias que tradicionalmente ostentan el poder económico y político en Colombia y que entre otras cosas son sus dueños. Han hecho de sus ideas el sentido común de muchos colombianos mal informados, han impuesto la cultura, la música que se difunde, las ideas, definiciones y criterios para entender el conflicto, han simplificado la política y banalizado la televisión, han tomado todas las frecuencias de radio para difundir sus ideas y obnubilar a los colombianos como lo hace el escarabajo de Lomehuz con sus hormigas. Han ganado la hegemonía y a la izquierda se le ha reducido el espacio para pelearse esa hegemonía.

No han permitido a los movimientos sociales entrar en la esfera pública con la misma amplitud que los sectores tradicionales lo hacen (basta escuchar un debate en Caracol Radio) y, si no lo podemos hacer en los próximos años, simplemente toda la izquierda, incluyendo el movimiento político que surja de la insurgencia después de La Habana, podría desaparecer como fuerza política o al menos convertirse en una fuerza marginal como ocurre en muchos países. Lo que no pudieron hacer con las armas, lo van a hacer con las plumas si no logramos democratizar los medios de comunicación. Mucho se dice que uno de los principales peligros para el movimiento político que salga del proceso de paz es la continuidad del paramilitarismo, pero no menos peligroso es la continuidad del aparato mediático en manos de los gamonales, las familias y los emporios económicos de siempre. Preocupante dejar en manos de un electorado manipulable y manipulado por años para odiar todo lo que sea progresista (aún a pesar de que pueda beneficiarle) el destino del proceso de paz y el futuro de una eventual transformación de las instituciones y de la democracia colombiana a través de una constituyente. Definitivamente, para que la democracia funcione se necesita que la gente tenga poder de decisión y eso no se logra si solo se le permite escuchar un espectro de la política.

Urge que los movimientos sociales sumemos nuestros esfuerzos en la creación de una ley de medios que democratice la propiedad de estos, y el escenario de La Habana es más que propicio para esto, donde en el segundo preacuerdo de participación política se habla de la necesidad de la democratización de los medios. El éxito de su implementación, garantizaría la existencia de un movimiento político de oposición jugando con reglas claras y justas; de lo contrario, veremos morir nuevamente, ya no solo por la acción contundente del terrorismo de Estado, el nuevo movimiento político de izquierda que se debería fortalecer en los próximos años. Pero también urge hacer esfuerzos innovadores y creativos por continuar mejorando la lucha contra-hegemónica desde los espacios que tenemos a nuestro alcance. Si queremos llevar a las castas colombianas a una etapa de crisis hegemónica que ponga a tambalear su poder, el acceso a los medios es vital. Se podría afirmar que la lucha popular por el acceso a los medios va a continuar siendo más fuerte cada día, tanto como la lucha por la tierra. ¡Para sembrar la paz hay que aflojar la tierra! reza uno de los libros del profesor Fajardo, habría que añadir: ¡Para sembrar la paz hay que aflojar los medios!

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1Historia adaptada de un fragmento del libro: Manipulación de la conciencia de Serguei Kara-Murza.

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